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La insignia
25 de septiembre del 2004


Horizonte de sucesos

Pequeño, grande


Rodolfo Martínez
Drímar / La Insignia. España, 2004.

Pequeño, grande (Little, big), de John Crowley .
Minotauro. Barcelona (España), 1989. ISBN: 84-450-7083-5
Traducción de Matilde Horne.


A mediados de los años cincuenta, la literatura fantástica moderna se encontró con su mayor escollo, tropezó con algo que estuvo muy cerca de herirla de muerte: la publicación de la novela de Tolkien El Señor de los Anillos cuyo éxito (impensable tanto para su autor como para sus editores) convirtió a la inmensa mayoría del fantasy anglosajón en imitaciones, homenajes, relecturas y refritos de la Guerra del Anillo. Por supuesto, Tolkien no es responsable de eso: él se limitó a escribir lo mejor que sabía, pero lo cierto es que la influencia de El Señor de los Anillos ha supuesto más un lastre que un acicate para la fantasía moderna.

Ha habido excepciones, por supuesto, pero sorprendentemente no ha sido en la fantasía pura donde ha manifestado su mejor evolución el género, sino en el terror. Los hallazgos interesantes de la fantasía moderna no los encontraremos en las dragonadas sino en la obra de Clive Barker, Neil Gaiman y, ocasionalmente, Stephen King.

Con Pequeño, grande John Crowley demostró que se podía escribir un cuento de hadas contemporáneo, enraizado en la tradición pero ambientado y atado al presente, un cuento de hadas en el sentido más estricto y tradicional del género, sin abandonar ni un solo momento el mundo actual, aunque sea un mundo actual sorprendentemente intemporal, uno de los grandes aciertos de la novela.

Y uno de muchos. Porque estamos ante el que es, sin la menor duda, el cuento de hadas definitivo, la historia que aspira a ser el cuento de cuentos y, para quien esto escribe, lo consigue con creces. Crowley ha sabido conjugar elementos tan dispares como la narración fantástica tradicional británica, el realismo mágico latinoamericano, el ocultismo y la literatura de búsqueda personal y ha construido un aparato desmesurado y enorme, una especie de laberinto circular que se retuerce una y otra vez sobre sí mismo y no parece acabar nunca; y que cuando acaba lo hace de un modo tan fluido, tan inevitable que uno piensa que, desde el principio sabía (aunque no lo supiera) que sólo podía terminar de esa manera.

Pequeño, grande es una historia que está llena a su vez de otras historias, un cuento que cuenta cuentos y reflexiona sobre el arte y el modo de contarlos, una casa de muchas fachadas, de innumerables puertas e incontables escaleras en las que uno puede perderse sin haberse movido jamás del mismo lugar. Posiblemente el mayor acierto de la novela, el pegamento que consigue que todo permanezca unido mientras la historia va serpenteando sin que sepamos muy bien hacia dónde, es su ritmo: siempre tranquilo, sin prisas pero nunca moroso. Pocas veces he visto a un libro respirar de un modo tan regular y adecuado, llevarnos de la mano con tanta suavidad hasta parajes tan extraños e imposibles que sólo pueden estar a la vuelta de la esquina.

Es una pena que no hay más libros como este. Pero, claro, las obras maestras lo son entre otras cosas por su escasez.



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