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La insignia
25 de mayo del 2005


A fuego lento

Privatización de la poligamia


Mario Roberto Morales
La Insignia*. Guatemala, mayo del 2005.


No fue sino hasta que los hombres pudieron acumular riqueza que se preocuparon de heredar sus bienes a los hijos, asunto que los llevó a crear mecanismos para cerciorarse de que esos hijos fueran en efecto suyos y no ajenos. Antes de que la acumulación de riqueza fuera posible, todos sabían quién era su madre y a nadie le importaba quién era su padre, ya que al declarar treguas en sus conflictos bélicos por territorios, las comunidades tribales se reunían para intercambiar mujeres en prolongadas y alegres bacanales, asegurándose así la procreación de niños sanos y sin las deformidades de los que eran concebidos dentro de la estrecha consanguinidad tribal. Quién era el padre de las criaturas importaba, pues, muy poco. Por eso, el parentesco se establecía en forma matrilineal y la monogamia era un castigo para quienes violaban el tabú del incesto. Se vivía en pleno matriarcado.

Los mecanismos de aseguramiento de la paternidad empezaron con la invención de la familia, que resultó del surgimiento de la apropiación privada (heredable) del excedente producido en sociedad, y del Estado como institución legitimadora de este modo de dominación de minorías. Las formas de organización social comunitarias cedieron paso, pues, a formas de organización estatales que sirvieron para legitimar tanto la propiedad privada de los hombres, como la institución masculina de la familia, la cual consistió en un confinamiento en el que las mujeres tuvieron que especializarse en el cuidado del hogar y de los hijos. Al ser ellas el pivote de la familia como institución que garantizaba la preservación del parentesco patrilineal, los hombres tuvieron que inventar una ideología y una moral que idealizara la condición oprimida de las mujeres, y les adjudicaron virtudes que no tenían ni deseaban, como la castidad, el recato, la virginidad, la abnegación y el sacrificio. Había nacido el patriarcado.

Junto al surgimiento de la propiedad privada, la familia y el Estado, aparece la monogamia como un valor masculino impuesto a las mujeres para garantizar que los hijos fueran propios y así poder heredarlos. Y aunque los hombres adoptaron también la restricción monogámica, no asumieron las obligaciones familiares que garantizaban su cumplimiento, asunto que tornó la monogamia en un valor público y la poligamia en una práctica privada para ambos sexos, cada uno ejerciéndola según las posibilidades que le brindaba su posición subordinada o dominante en la sociedad.

Tanto la propiedad privada como el Estado acusan, pues, los mismos orígenes y los mismos mecanismos coercitivos para reproducirse. Por lo que resulta vano contraponerlos -como hacen los neoliberales- adjudicándole a la primera la virtud de ser un mecanismo de producir riqueza en forma legítima, libre y buena, y al segundo el estigma de apropiársela mediante la ilegitimidad del robo, como si ambas instituciones no hubieran surgido de la misma necesidad ni su reproducción siguiera rigiéndose por su interdependencia.

Es por ello obvio que el objetivo de los neoliberales es privatizar el Estado reduciéndolo a una oficina gerencial que incremente "legalmente" los negocios de la tribu oligárquica, mientras mantienen sus coercitivas instituciones hermanas (la propiedad privada y la familia) tan intactas como la virginal concepción que tienen de la esposa ideal. Es de suponer empero que, como buenos abogados de la libre empresa, consideren los servicios poligámicos de la prostitución voluntaria un negocio privado tan legítimo y bueno como consideran, entre otros, la venta libre de armamentos militares a consumidores civiles.


(*) También publicado en A fuego lento



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