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La insignia
7 de febrero del 2004


Satanizar para victimizarse a gusto


Mario Roberto Morales
La Insignia*. Guatemala, febrero del 2004.


En su ensayo de 1934, «Las cinco dificultades para decir la verdad» (La Insignia 22-1-04: lainsignia.org), Bertolt Brecht alude al coraje que se necesita para escribir la verdad a contrapelo de los intereses de los poderosos, sin caer en cómodas retóricas culturalistas acerca de nociones idealizadas referidas a los "débiles" y "subalternos", mediante cuyos subterfugios se evade ir a la raíz de los problemas de éstos, que resultan siendo usados por quienes escriben mentiras para adecuar su discurso a los mandatos del poder haciéndolo así rentable. Dice Brecht:

"Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. (...) Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor. (...) En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?"

En otras palabras, ¿acaso no es el problema económico lo que constituye la base material de la existencia y la prolongación indefinida del racismo, y no la supuesta "maldad" intrínseca de quienes los victimizados erigen como su contraparte negativa? Si nos perdemos en satanizar a la contraparte mediante un discurso culturalista que no alude a la raíz de los problemas interétnicos e interraciales, estamos mintiendo en favor de los poderosos, ya sean estos los oligarcas o los organismos de ayuda internacional. Así, mientras blancos y negros o indígenas y ladinos satanicen a sus contrapartes para que los poderosos les financien sus proyectos supremacistas, quienes escriban en favor de esta ética de la inculpación victimizada estarán mintiendo y evadiendo ir a la raíz de los problemas.

Cuando Miguel Ángel Asturias escribió, a los 22 años, su tesis de abogado, "El problema social del indio", hizo girar sus razonamientos acerca del agotamiento físico y espiritual de la población indígena de su país en torno a las taras que la explotación física crea en los explotados, y fustigó a los explotadores por incurrir en semejante injusticia. Lo hizo dentro de las coordenadas intelectuales del positivismo de principios del siglo XX, que analizaba las relaciones interraciales e interétnicas en términos de "sangre", de biología, de condicionamiento darwiniano y, al leer la propuesta de las miscegenación que Sarmiento había impulsado en la Argentina, se le ocurrió proponer lo mismo para Guatemala. Si Asturias merece ser satanizado por racista debido a este libro, también merecen serlo el positivismo y el darwinismo, y todo el pensamiento antropológico del siglo XIX, de la misma manera como Shakespeare merecería ser tachado de racista por hacer de Otelo, que era negro, un personaje patológicamente celoso, y Homero de sexista por el papel pasivo al que relega a Penélope en la Odisea, y proponer no leerlos por su pecado "políticamente incorrecto". Uf. Pero hay que tener sentido histórico y poner cada cosa en su lugar. Satanizar es fácil. Analizar, no tanto.

Así, aunque Brecht fue un comunista convencido, su pensamiento ético puede enderezarse ahora en contra de los "comunistas" corruptos que se venden baratos a cualquier amo poderoso que compre sus vergonzosos servicios; y decir esto no implica mentir; al contrario. Pero satanizar a otros para poder victimizarse a gusto sí lo implica, y de la manera más triste, indigna y rastrera.


(*) También publicado en Siglo Veintiuno



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