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La insignia
11 de noviembre del 2003


El debate sobre las drogas

El truquito y la maroma


Juan Cajas (*)
La Insignia. México, noviembre del 2003.


Broadway, serpenteante e infinita como un látigo de fuego, es uno de los espacios urbanos más sensuales de Manhattan, el corazón nocturno de Nueva York; deslumbrante metáfora de la aldea global. Diversos grupos disputan el control de las calles. La ciudad no tiene dueño: así lo ha sido desde un extraviado amanecer del siglo XVII, cuando Peter Minuit, un mercader de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, sedujo a los indios algonquinos y por unas cuantas baratijas de subasta les compró Manahatta o "isla de las colinas". Meses después los flamantes propietarios construirían el primer edificio de ladrillos rojos en el extremo sur, sobre un lecho de rocas, a unos cuantos metros del cementerio de concreto de las tristemente célebres Torres Gemelas. Con los años surgiría un moderno y prodigioso Manhattan, el escenario cosmopolita más espectacular de la Unión Americana, refugio de nacionalidades, negocios y transas subterráneas. Los negocios ilícitos figuran desde su fundación y se prolongan desde los bajos fondos en la noche de los tiempos.

La isla de Manhattan, en el centro de Nueva York, es una lengua pétrea, lanceolada y plana, entre el Hudson, el East River y el río Harlem, de unas diez millas de largo por dos en la parte más ancha. Sus calles dispuestas como un tablero de ajedrez, numeradas de sur a norte, se recortan en ángulos rectos, y son cruzadas por la Quinta Avenida y la Broadway. Caminar las calles de la Gran Manzana es una delicia posmoderna que invita a evocar, seducidos por la sensualidad del Hudson, a las hespérides, las míticas hijas de Atlas, los demonios gore de Easton Ellis, o el espectro nocturno de los individuos intercambiables de Auster: cazadores y presas.

Los potorros (1) de Broadway están calientes, eufóricos. No es para menos: tienen bien armada su selección. Son "dueños" de un trozo de espacio, rumorante y viscoso, en Uptown, pleno en sudores y rumor de malevaje. Nada escapa a su control; botan caspa, y desde luego, chumbimba. Los gritos y las risas de los niches se mezclan con los altos decibeles de la música que emerge de las bocinas de gigantescas grabadoras que invariablemente se portan como una bazuca sobre el hombro, disparando descargas polirítmicas de salsa. La expresión sonora de los habitantes de la calle: ¡Oye como va, mi ritmo, bueno pa'gozar, mulata!

La alegría potorra contrasta con un punto débil, su talón de Aquiles: dependen de las fuentes de abastecimiento; los proveedores son colombianos. Casi todas las líneas de introducción de cocaína a los Estados Unidos están controladas por los caliches, los hombres mágicos de míticos y legendarios Cárteles, vocablo acuñado por el imaginario burocrático de la CIA y la DEA para nombrar a los traficantes de cocaína de Cali o Medellín. Redes clandestinas de estructura clánica, sí, pero a años luz de la sofisticada organización burocrática que suponen y describen los medios de comunicación, o los organismos de seguridad. El mundo de los traquetos opera como un negocio familar. Encaro la calle. Como "acto interpretativo" la parte alta de Manhattan, aún no me dice nada. Solo soy un transeúnte en el espacio urbano tratando de habitar el sobremoderno "lugar antropológico". Me olvido de Geertz y Augé, guías virtuales de la expedición y concentro mi temerosa atención en la explosiva sintaxis de mis informantes:

---"¿Sabe qué, llave? ---Me interrumpe Garfield---. La lógica de este asunto es pillar, sólo pillar, estar pilas, para no ir de gancho ciego, de suizo, o quedar en medio de un ganso, que a la hora del té no se va a poder desplumar. Así qué cofres (2), no se arrugue, ni se deje fotografiar a la hora del cruce, que teus no tiene boletos pa'l baile".

Garfield es uno de los alias de mi informante; hábil para las relaciones públicas y con más de diez años de vivir en el submundo de las drogas, en el bussines traqueto. Él dispuso para mi información básica, la logística del trabajo y sus contactos. Sin su ayuda el trabajo de campo hubiera sido imposible. Al calcular los riesgos de esta aventura antropológica supe que requería de estar preparado para enfrentar cualquier eventualidad con las autoridades, tener, por ejemplo, una coartada creíble y camuflar la investigación. Era necesario vivir la impresionante oferta cultural de la capital del siglo XX. Nada mejor que frecuentar algunos de los 100 teatros de Broadway, una de las mil iglesias neogóticas, 100 mezquitas o 500 sinagogas; el Lincoln Center, la monumental librería pública, beaux art,y su millonario acervo; el Empire Estate buildin; Observar los vuelos rasantes de los aviones desde las Torres Gemelas; los artificios eróticos de los sex shop de la 42; ir al cine; visitar a Woody Allen tocando su clarinete en el Michael's Pub; deleitar el paladar en algunos de los 17 mil restaurantes de la ciudad; husmear en Columbia o en la Universidad de Nueva York. Simultáneamente asumir la aventura de husmear en los bajos fondos neoyorquinos, donde los calichanos sin hablar inglés, han aprendido a moverse con una maravillosa facilidad por los diversos caminos de la "gran aldea". Su palabra es ley. Mi estrategia sería pasear las calles de día y observar la ciudad como un diligente y distraído turista japonés, disparando la cámara a diestra y siniestra. La noche reina de los noctívagos, pasión sin límites, sería otra cosa; los desplazamientos nocturnos serían calculados de antemano.

Un trabajo de campo particular y en riesgo inminente, pero atractivo, negarlo sería inútil. Los antropólogos experimentamos diversión en estas suertes. Parece, escribía irónicamente Geertz (1989), que la habilidad de los antropólogos consiste en penetrar otras formas de vida, de haber podido habitar y estado alíl, y reproducir ese milagro invisible a través de la escritura; síntesis, diría Bettelheim, de un corazón bien informado que invade con su existencia cálida la razón. Metáfora del fuego pasional que alimenta al antropólogo como autor. Si el investigador no se enamora del objeto, difícilmente caminará el paso de Alicia hacia el otro lado del espejo, al jardín de los inéditos. La sabiduría está en la oscuridad, en el estar alíl, no en el típico gabinete saturado de polvo y ruinas recicladas. La captura del dato es, obviamente, y eso lo saben quienes me han antecedido en este tipo de estudios, una aventura in crescendo.

Frente a mí la ciudad parece vivir una orgía perpetua; su nocturnidad es sobrecogedora. La noche es el refugio de lo no soñado. El día es finito, la noche en cambio, sentenciaba García Lorca, en Poeta en Nueva York, es interminable: Hay barcos que buscan ser mirados para hundirse tranquilos. De las bocinas de los autos emergen, inconfundibles, las voces de Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Henry Fiol, Papo Lucca, Rubén Blades y Willy Colón, los salseros mayores. Espectáculo visual. Suenan las maracas, y los timbales, a horcadas sobre las piernas largas de los negros, marcan el taconeo de los bacanes en las banquetas, siguiendo el piano enérgico de Palmieri en "Vámonos pa'l monte". Sin salsa no hay transa. La salsa es traqueta, pero también niuyorketa: nació de la soledad y el desamparo; fusión de afroantillanidades, incertidumbre y dolores generacionales, transformados en ritmo y movimiento de palmeras. La salsa nació en Nueva York de un diálogo intercultural entre la ciudad y el caribe, y de una "manera de hacer música"; es la avanzada cultural de los migrantes. El condimento musical que sazona el placer de darle movimiento a la cadera para seducir a una dama, liberar el cuerpo de la fatiga diaria en un parche o concertar un tumbe. Soberbia y sensual la salsa se oye en Manhattan, pero también en el Bronx, Brooklyn o Queens, "pero no hay como los huecos, papá. Que no es lo mismo oír salsita en un tiosi de tacón que en una olleta. En la olla lo mejor de La Fania es sonido bestial".

Sólo la uniformidad de los edificios, erguidos como cubos de concreto, de ocho, diez o doce pisos, y los chorros de humo blanco emergiendo de las alcantarillas, mezclado con el olor dulzón de los hot dogs en las esquinas, permite diferenciar fragmentos de Broadway, a la altura de Washington Heights, de una calle de Dominicana o Puerto Rico. Casi no hay blancos; solo unos cuantos gringos despistados que caminan con desparpajo en medio de los negros, mulatos y coreanos. Los wasps, blancos anglosajones protestantes, están en otra parte, en el otro Nueva York, en el perímetro de Central Park, en las exclusivas colmenas habitacionales de la Quinta Avenida, o en los añejos vecindarios de Gramercy Park y Chelsea.

Nueva York constituye un enjambre de folclorismos tropicales; sus calles albergan infinidad de comportamientos culturales: es un melting pot, un crisol de razas; pero el multiculturalismo es engañoso, una ficción de la democracia liberal estadounidense: el crisol desaparece para fundirse en una batalla a muerte del "sálvese quien pueda". Nueva York, comentaba Caballero, un agudo periodista colombiano, no tiene dueño, no pertenece a nadie -como sí pertenece, por ejemplo, París a los franceses, y en París hay que estar sin cesar pidiéndoles permiso y perdón a los franceses por no serlo: a la portera, al camarero, a la señora de los baños-. Y como no pertenece a nadie -salvo tal vez, a los negros-, cada cual tiene su propio Nueva York.

En ocasiones el paisaje urbano nos remite a un escenario del antiguo tercer mundo o a los actuales "mercados emergentes". Algunas calles de Chinatown o El Barrio, con las inevitables moscas del verano, semejan paisajes urbanos de Calcuta o Bombay: montañas gigantescas de desperdicios, niños famélicos, hurgando en las infalibles bolsas negras de poliuretano, drogadictos mendicantes de un quarter para un vial de crack y prostitutas a la caza de noctívagos; otras calles, la Quinta Avenida, por ejemplo, con su urdimbre de aparadores multicolores, o las imponentes construcciones de acero y cristal, que parecen perderse entre las nubes, nos ubican en la quintaesencia de la modernidad, en el aparador del mundo. La opulencia de Trump Towers o el Word Trade Center es ofensiva y humillante, si la contrastamos con la miseria de los inmigrantes haitianos, chinos o camboyanos, que duermen su "sueño americano" en las cloacas del metro. No todo es color de rosa en la urbe de hierro.

Las lenguas de asfalto de las calles, obviando los departamentos multifamiliares, apiñados como fichas sobre un tablero de ajedrez, son viñetas sudamericanas, caribeñas u orientales, ricas en sonidos, olores y colores. Negros, mulatos, latinos y blancos se mueven con desenfado entre las calles a la caza de un cliente, un negocio, o buscando cocaína para oler. En esta ciudad todo es posible. Sólo el asombro es imposible. Ha desaparecido. Nueva York es una ciudad para todos los gustos y deleites; pareciera que todos los extremos se dan cita, y eso la convierte en un emporio surrealista sugestivo y agradable. Lúdica en la anormalidad de su fauna urbana: hábitat de excéntricos y asociaciones. Las hay de boy scout y de pedofílicos; defensores de animales que recogen de Washington Square y en las cercanías de los Cloisters los desechos de los heroinómanos para que las ardillas o las palomas no chupen jeringas y algodones impregnados de esencias desestructurantes, y zoofílicos que encuentran nuevas fuentes de placer en los animales; sectas hinduistas que buscan trascender a través de la pureza, y grupos coprófagos, que igualmente aspiran a la trascendencia, pero a través de la mierda; de peleteros y nudistas; defensores de la moral y pornógrafos; asimismo existen variadas expresiones artísticas retro y ultra vanguardistas; y una innumerable pandilla de locos, locos-locos, y otros todavía más locos, y los que se hacen los locos; estudiantes, poetas, teatreros, huérfanos, gay, lesbianas, transexuales, excombatientes de Vietnam, lisiados de la guerra del Golfo, drogadictos y, desde luego, antropólogos. Su presencia se hace visible y legendaria, en interminables desfiles pintorescos. El 4 de julio se canta en coro el inevitable God bless America! Obviamente, según nos lo recuerda Kerouac, también hay neoyorkinos normales, ridículamente fuera de lugar, tan raros como su pulcra rareza, llevando pizzas y Dayly Newses, dirigiéndose a oscuros sótanos o a los trenes de Pensilvania.

Las advertencias de Garfield me parecen atinadas y coherentes. En la calle la situación está en orden; todo es murmullo, un ir y venir de figuras trashumantes. Andar con un duro en los tejemanejes de la observación participante, tiene sus ventajas, inspira respeto; las cucas se acercan dispendiosas y los líchigos se ofrecen a colaborar, sin más ni más; intuyen nexos comerciales que en realidad son inexistentes. Igual tiene desventajas: que te sorprendan las autoridades gringas en tan "malas compañías".

En Nueva York, la capital de la aldea global, anunciada por McLuhan, ventana del siglo XX, los inmigrantes sudacas que no consiguen trabajo se van de carrolocos; lo que sea es bueno, a veces son sólo mendrugos, pero una migaja caída de la mano de un duro, es como un quarter de oro en tiempo de vacas flacas. Serviciales, atentos a cualquier demanda, los carrolocos están para lo que sea. Van y vienen; se desempeñan en un particular servicio de información callejera, que conecta con precisión milimétrica a Manhattan con el enjambre de caletas desperdigadas en Queens o el Bronx. En Manhattan se concentra todo, absolutamente todo. No solo los altos negocios de Wall street, sino también los truquitos y las maromas. Nueva York es esencialmente Manhattan: todo fluye hacia sus fauces hambrientas. ¡Ah! el viejo y amado Manhattan de Gregory Corso, ese loco maravilloso, y de Kerouac, que no dudó en preguntar ¿Quién sería el primero en arrojar un pitillo de marihuana sobre el presidente en un desfile?

La vida de un carroloco oscila entre la delincuencia y una que otra actividad legal; su historia personal es un resumen bastante preciso de los colombianos que entran por el hueco: la frontera de 3.200 kilómetros de México con los Estados Unidos, perforada en varios puntos: Tijuana, Laredo, El Paso, Agua Prieta, con la complicidad de los polleros mexicanos, arquitectos del tráfico de indocumentados y del moderno contrabando de hombres, capítulo final de la vorágine migratoria de la gran aldea. Los carrolocos son portadores por excelencia del relato mítico que rodea como una aureola sagrada a los hombres mágicos, los que hicieron realidad el Sud American Dream, de subir a los yunais. Novicios en el arte de los cruces, el relato de los carrolocos se va engrandeciendo, en la misma proporción que aumenta su vínculo y lealtad hacia los patrones, los "dueños de la mercancia, y de la marca". Los patrones constituyen la cabeza visible de la urdimbre clánica. Son cientos. Surgen espontáneamente. Destruir la red del narcotráfico es imposible. Los clanes familiares se clonan. Las autoridades destruyen uno y surgen dos. La red se expande en múltiples negocios.

La admiración por los hombres que encarnan lo prohibido se transforma en una secuencia de metáforas. El carroloco alimenta de imágenes a los trovadores locales. Las coplas, los versos, hablan de dioses de carne y hueso. La música del coro barrunta la cercanía del dios-hombre: el mágico. Los narcos son los héroes épicos de esa suerte de Iliada que es la vida moderna. Sus alias: "El Doctor", "El ajedrecista", "El señor de los cielos", "El Mexicano", sus vidas y aventuras, enteramente mundanas, son el condimento de la tragedia que narran los homeros posmodernos en letras, no exentas de censura, con ritmo de corrido o vallenato:

Tuvo cargos importantes/y jefaturas de Estado
y caminaba entre el polvo/pero bien relacionado
Cómo gastar los millones/el problema más pesado
compraron armas y aviones/de lo más sofisticado
ni el radar los detectaba/el viaje iba asegurado
ni la Interpol ni la CIA/lo hubieran imaginado (...)
De Colombia hasta Miami/de México a Nueva York
Entre todos los carteles/Era el mejor proveedor (3).

Los duros de Nueva York reciben línea de las oficinas de Cali y Medellín (4), pero también de clanes diversos, peruanos o brasileños. Algunos completamente desconocidos. El anonimato es garantía de sobrevivencia en el negocio de las drogas. Ni ostentación ni lujos. Garfield es un duracel; su habilidad para moverse, de manera natural, tanto en los bajos fondos como en la superficie, lo han transformado en un simpático personaje; inflexible, pero generoso; un hombre leal, ecuánime, un fino; un varón a toda prueba, presto para disparar cuando la necesidad lo amerita, pero siempre dispuesto a mediar en disputas ajenas, y a perdonar a los faltones. Error fatal. Garfield es un hombre querido y respetado en diversos clanes; su palabra es un excelente crédito en cualquier tipo de transacción.

"¿Saben qué?, el hombre es parcero y viene con patrocinio; así que moscas hijueputas"--- Sentencia Garfield, en el protocolo de las presentaciones---. Ritual que se repitió en varias rumbas, fiestas nocturnas que culminaban con las primeras luces del alba; espacios de esparcimiento, donde el dinero fluye, se ratifican las lealtades y se conquista la admiración de los recién subidos y de las hembritas. El lenguaje festivo es áspero y rudo, en apariencia: términos como hijueputa, güevón o marica, son de uso cotidiano y cariñoso. Todo depende del "tonito" de quien lo emplee. Y si el tonito sube las cosas pueden terminar mal. Las viandas de comida típica y los alcoholes nacionales se mezclan con explosiones de júbilo y declaraciones de afecto: "Usté no se amure, mija; déjeme ver un negocito y yo le hago ganar un plantecito; eso si cayetano, mija, cayetano, que amor con amor se paga". El alcohol diluye las promesas y, en ocasiones, aunque no siempre, se olvidan, "¿pero después de un polvo con un duro, quien té quita lo bailado?". Sobrevive la nostálgica alegría de haber parchado con la gente del movimiento. Y de haber obtenido unos dólares extras, cueritos de rana, de las manos de un varón. La esperanza nunca muere; sólo es cuestión de esperar momentos oportunos o de que la libido de los patrones se vuelva a exacerbar. Y a los patrones es sabido, no hay nada que les produzca mayor placer que comprar cuerpos de reinas de belleza, artistas o mujeres púberes: "Les gustan los culitos, entre más sardinas mejor. Al Doctor, no le gustaba la mecha ni las bambas. Siempre de camisita a cuadros, bluyines, y pisos tenis sin amarrar, pero siempre tenía hembritas a la mano. Lo último que se comió, antes de que lo quiñaran en Los Olivos, se lo trajeron de la capital, un virgo de 14 años". Sobre las mesas, abandonados como dioses tristes, quedan botellas, vasos vacíos, tarjetas telefónicas y partículas de fino polvo blanco "escamita de pescado", esparcidas sobre el vidrio.

Al principio asumí estas garfilianas presentaciones con temor; tanto se ha escrito o dicho sobre la "mafia colombiana" que sentía mucha desconfianza; con los meses, ya en el proceso mismo de depuración de la información que iba acumulando, la temida "mafia" se me develaba en el mito y en las fantasías de los medios de comunicación. Nada parecido al mundo de El Padrino o El Siciliano de Mario Puzzo, personajes que tanto gustaban a Pablo Escobar. Excepto las anécdotas de un realismo mágico conmovedor, y que se narraban con frecuencia: Griselda Blanco, la "Reina de la Coca" y Darío Sepúlveda, habían bautizado a su primogénito con el pomposo nombre de Michael Corleone. La idea de rígidas estructuras verticales, se disolvía. A mi paso sólo encontraba a núcleos familiares dedicados al comercio de drogas y a negocios colaterales: telefonía pirata, prostitución, robo, contrabando de armas y de hombres. Las redes cruzan fronteras, son tan amplias que se vuelven inidentificables. Las alianzas clánicas son transitorias. Duran el tiempo necesario para finiquitar los negocios. La "hermandad mafiosa" o los "pactos de sangre" irrenunciables, son una fantasía. La Omertá y los códigos de honor, funcionan en la mafia tipo Cosa Nostra, pero no en la estructura de redes de los traficantes colombianos o mexicanos. Las presentaciones se me hicieron menos forzadas y casi llegué a tener una sensación, transferencial, dirían los psicoanalistas, de ser un "duro", bueno, un antropólogo duro, en el arriesgado, pero no menos pintoresco, submundo del mercado de drogas. Los estigmas de mi nacionalidad me acompañaron siempre. Parece fácil pero en verdad es como un continuo desangrarse. Ser colombiano, para usar una feliz expresión de Jorge Luis Borges, "es un acto de fe"; debo reconocer que mucho de esto me acompañó de principio a fin. De otra manera hubiera abandonado la investigación con los primeros éxtasis de adrenalina.

Las amistades se sellan con un pasodoble: cinco líneas de cocaína amarradas en billetes de diez o veinte dólares, formando un rectángulo pequeñito. Es parte del rito. Así, y por intermediación de Garfield, conseguí mis primeros informantes, la fauna, pues, del tráfico de la mama coca: el "apocalipsis andino" de la Erythroxylon Coca Lamarck, cuyos recursos proveen tantas satisfacciones subterráneas, como el mejor de los programas económicos de cualquier lugar del mundo: millones de personas dependen de los dineros calientes, que arroja anualmente esa inofensiva planta de tronco color rojizo, tan importante como el maíz y la papa, mare nostrum de las civilizaciones andinas. Es como si de repente, siglos después de la conquista, frente a un poporo de oro, los desheredados de siempre, los transterrados, los "condenados de la tierra" de Fanon, hubieran alzado la voz para exclamar como los indios bolivianos: ¡Mamita cuquita, ayúdanos!

La polocha ronda de cerca pero no se anima a intervenir en los negocios; en realidad no es que no se animen sino que andan a la caza de una pesca mayor, no de especies menores. Y la calle está llena de gente que mueve material de poca monta, y compradores de dosis. Los cruces siempre se hacen en la calle, de un coche a otro, y en movimientos rápidos. En ocasiones en casas de seguridad o caletas. Mientras no haya policías muertos, las cosas marchan con relativa calma. Muchos sucumben a los sobornos. Un policía muerto es un riesgo; solo excepcionalmente y, para salvar el pellejo, los duros se aventuran a un tiro con los agentes gringos. Esa es una transgresión imperdonable que los policías tarde o temprano se encargan de cobrar, pero igual muchos sucumben al soborno, y se hacen los locos. Para saberlo los clanes mexicanos que en los ochenta ejecutaron en Guadalajara, a Enrique Camarena, un agente infiltrado de la DEA, y fueron brutalmente perseguidos por las autoridades antidrogas. En 1994, vendría la acción del alcalde Rudolph Giuliani y del comisionado de policía de Nueva York, William Bratton, y la publicitada "tolerancia cero". A partir de entonces las cosas irían modificando el escenario de la calle, hasta el extremo de obligar a los individuos a permanecer en casa, y evitar las pláticas de grupos en las esquinas. Si para Corso, el poeta beatnik, permanecer de pie en una esquina neoyorkina, sin esperar nada, era "poder", con la tolerancia cero, pararse en una esquina con aspecto descuidado o excéntrico, se convierte a fines del nuevo siglo en riesgo de terminar en la cárcel. Giuliani se encargó de atacar justamente ese poder, pero igualmente otros mecanismos de acción social sobreviven. Los traquetos tienen su propia opinión sobre la autoridad:

"Uno los huele, mijo. Pille, loco, las antenas de los roca. Los federicos se amuran fácil; eso de la tele, Miami Vice, Eliot Ness, es mierda en la cabeza. Los monos se asaran con facilidad. Uno les bota braviata y listo. Pero ojo, mijo, mucho ojo con los gusanos, que son torcidos los tripleijueputas. A esos hay que tenerles el lente encima y a tiro de cañón. Son iniciadores, pero además riatas, y siempre que pueden buscan quedarse con el billete o la merca. Esa tomba de cubanos de Miami se enceban con la gente que agarran. Son una plaga, les gusta iniciar a la gente, picarles arrastre, para después joderlos. Con ellos no puede uno patrasiarce; a la primera de cambios hay que sonarles. Pa' gorzobias los cubanos; les queda fácil. Vea, la gusanera habla inglés y español, y algunos como son monos, confunden a la tegen. Primero se la hacen de llavería, que por aquí, que por allá, que furufufú y farafafá, ¿me entiende?, el truquito, la maroma; y 'que yo tengo un cliente nítido'; y si uno se pasa de güevón pues cae, entrega los soscos, y luego pum a llevar del bulto; y si estás de buenas no te mandan con beca al Prescint. ¿Se imagina cinco o diez años en tendido de sombra? Así hermano, fácil te bajan del plante. Los gusanos no tienen honor; luego reviran de que los cobradores acaben hasta con el nido de la perra. Este negocio no funciona como en las cintas mafiosas. Los caliches se han ganado la plaza a punta de plomo, y a veces, pues, se han excedido, eso es cierto: hasta los italianos han aprendido a respetar a los calichanos. Donde hemos guerriado por el piso han preferido negociar. Los caliches no respetan nada, las familias valen güevo. Si alguien se pasa de avión, toda la familia lleva del bulto. Le digo, este es un negocio superteso. El Padrino es una cinta rosa. Para los caliches la organización es otra cosa, nada de familias, ni de mafias. Cada quién tiene su combo. Se hacen los negocios y a cada quién su parte. Luego todo vuelve y juega. Como este es un negocio face to face, y en billetes de a contado, nada mejor que moverse con la familia de uno. Usted sabe. Un man de la calle no se tienta el corazón para tumbarlo, un hermano no, es carne de uno".

Una lluvia tenue, ácida, cae sobre los techos grises de la amplia cadena de edificios, color marrón, de Broadway. Los traquetos menores se agolpan en las esquinas como moscas en una gota de miel. Otros van y vienen, suben y bajan controlando el piso; cada quién con su propio combo; algunos son empleados de los cárteles, otros son sujetos independientes; y los menos, los recién llegados, se balconean para agarrar cartel, son los subidos, los que están dispuestos al yo voy pa'lo que sea. Algo en común es su juventud. Esperan braviando; unos cuantos fumando champaña en rama. Es lo mínimo permitido. Las oficinas no admiten viciosos en sus líneas; paradójico, pero si alguien cae en el "vicio" automáticamente es excluido; su presencia es un riesgo: varios trabajos se vienen abajo por su culpa al no resistir la tentación de abrir los paquetes y catar el material. Presos de la euforia y el optimismo inicial que produce un pasón de cocaína de buena calidad, se entregan al exceso lúdico y descuidan elementales tareas de vigilancia o brindan evidencia visual fácilmente detectable por las autoridades aduanales. Meterle cizalla a la merca "no tiene perdón de dios". Se consume algo de hierba o perico, sobre todo en las fiestas o, clandestinamente y en forma moderada, fuera de la mirada disciplinaria de los duros. Excepcionalmente se permite el consumo en las bodegas o caletas, cuando hay que entregarse a largas jornadas de vigilia, o en las tediosas travesías marítimas, para ponerse a salvo de la fatiga corporal.

Hipotéticamente sólo los patrones tienen licencia para el consumo, no obstante no hacen uso de tal prerrogativa; su relación con el coco se reduce la mayoría de las veces a un mecanismo para cortar los efectos del alcohol, esa sí su droga predilecta. Su consumo es moderado. Pablo Escobar, ocasionalmente bebía cerveza; aunque gustaba de fumar algunos varillos de marihuana. La gran excepción en el mundo de los cárteles fue Carlos Ledher, el "dueño" de Cayo Norman, en las Bahamas, punto de obligada referencia en los primeros y más importantes trasiegos de cocaína hacia Miami y, de quien se dice, cayó de la gracia de dios por su afición desmedida a la ebriedad profunda de la nieve: dionisiacas expediciones semanales de varios gramos diarios, y líneas tan grandes como la pista de su aeropuerto clandestino. La oficina no quiso tratos con él. Se sospecha que sus socios clánicos facilitaron la captura, hartos de sus desvaríos. En ocasiones, cuando el jefe del clan es débil, o está demasiado quemado o vigilado por las autoridades, se precipita su caída proporcionando información básica para su captura. De este modo, las capturas de un capo importante, pero caído en desgracia, contribuyen a la gloria vana de las autoridades en sus compromisos con los Estados Unidos, y a relajar la persecución y cercos policíacos a los demás clanes. "García Herreros (6) --- me cuenta El Robis--- el curita del "Minuto de dios", el que arregló la rendición de Pablo, quería meter las manos por él, pero ya caído en desgracia con los gringos, ni siquiera él que era un santo, lo pudo levantar. El hombre tiene cadena perpetua en la Florida. Dicen que lo vendieron. Buen tipo, jovial y bien parado. Tenía mucho pegue con las hembras, pero era un narigón de a gramo, y con las tuercas flojas no se puede camellar".

Fuera del alcance de los grupos que se atropellan en las esquinas, hombres y mujeres anónimos, observan distraídos a través de las ventanas, mirando hacia cualquier parte, rumiando sus respectivos problemas. Conservar una prudencial distancia con los vecinos es una estrategia de supervivencia. Los gritos nocturnos de la violencia doméstica, alteran los nervios, pero no hay respuesta a las llamadas de auxilio y los alaridos de las víctimas se pierden en las paredes de los pasillos. A nadie parece importarle el correveidile turbulento de la calle, escenario de actores que improvisan roles, papeles y conversatorios con la muerte:

"En este negocio, hermano, es necesario banderiarse un poco: un pase de muleta, de vez en cuando, para intimidar a la competencia, pero a lo bien, a lo correcto, siguiendo las reglas para que salga natural: uno se ajusta severa tartamuda, debajo, debajito de la chaqueta, en la chucha. Va al grocery y pide sus pielrojas de tacón alto; al pagar levanta el brazo para que los manes pillen que va entubao. Uno se va de panel al teléfono, y deja que le vean el fierrito. Si es una Browning de 18 tiros, ufff, queda sano, sanito; y si ya de lujo se le pone el silencioso tiro a tiro, el efecto visual es nítido, inspira respeto. Si uno va montao las cosas cambian; cosas, pues, para marcar presencia. Pero ojo, mucho ojo, funciona en Queens; en Harlem, el trueno hay que llevarlo a lo varón, en la mano. Allá no le comen de parafernalia; allá, vea, hay que ir con la soba soba pelada, echao pa' delante; no es que uno saque el aparato y luego se patrasie. No, 'jueputa, si se saca el tubo hay que estar listo pa' voliar fruta y salir ventiao. Eso es impajaritable. El problema con los grones, no es el de fajarse al tú por tú, sino que les gusta tropeliar en gallada; son bullosos: '¡que foquiu men! ¡foquiu men!'; pero cuando uno les hace el quiebre, los malparidos se vienen en montón. El grone nunca sale a voltiar solo. Cuando hay que cascarle a alguno, toca montar un operativo bien tenaz, de dum dum pa'rriba".

En el negocio de las drogas nadie está realmente seguro. Todos se juegan la vida, es como si cargaran la lápida en el cuello. Lo hacen con gusto. La vida tiene otro significado; se asocia con el bienestar, el éxito. El dinero, dicen los traquetos, es para lucirlo: "Vea usté nomás como vivía Pablito, El Patrón, en El Poblado, o en su hacienda Nápoles de 20 mil hectáreas, rodeado de animales raros y de un pájaro que tomaba aguardiente". Se vive en los límites; parafraseando a Bukowski, en la orilla de un vaso roto que corta la carne y la desangra gota a gota. Quizá no saben que "corre el rumor de que ya están muertos". Traquetos y desechables forman parte de un mismo engranaje. La buena vida cuesta, parecen decir los traquetos, la hay más barata, pero es cualquier cosa, menos vida. Morir no entraña problema alguno: "si no somos pa' semilla, llave":

No hay que temerle a la muerte/es algo muy natural
nacimos para morir/y también para matar
o no me digan ustedes/no han matado a un animal
Amigos digan salud (¡salud! ¡salud! ¡salud!)/por las mujeres hermosas
al cabo con el Buchanans/la cruda no es peligrosa (7).

La única diferencia que los traquetos tienen frente a los desechables, es que los primeros duran un poco más; el desechable configura la imagen violenta del narco, que es al mismo tiempo la imagen perfecta de la prohibición: el sicario, el suiche, el suizo, figuras fantasmales, antítesis de esos personajes bohemios y románticos, como "El Chacal", difundidos por Hollywood, con su rifle de mira telescópica infrarroja, desplazándose con la habilidad de un gato entre los techos de casonas rancias, o agazapado entre los árboles, oteando su objetivo. El traqueto tiene más posibilidades de supervivencia, pero en la lógica de un negocio de roles intercambiables, siempre existe la posibilidad de convertirse de cazador en presa. Solo bastan pequeñas equivocaciones: quedar mal con el patrón, el error más grave, o faltonear en una transacción de parceros: "el dinero del perico es del diablo, y el diablo no tiene amigos".

Ni uno solo de los narcoatentados que se han registrado en Colombia se apega a la modalidad del sicario romántico, elegantemente vestido con ropas negras, que juega al gato y al ratón con su víctima para finalmente eliminarlo limpiamente: "son juegos para la televisión; cuando toca liquidar a alguien lo menos indicado es un rifle; un fusil de asalto es insuperable". Las ejecuciones no requieren de malabares, ni del virtuosismo del asesinato como una de las bellas artes, sugerido por De Quincey. Se golpea y ya. La única distracción emerge "de las llamas del carro cuando explotan las cargas de anfo o dinamita, o de los fuegos pirotécnicos que iluminan las comunas cuando se está voliando fruta, o celebrando el corone de una tonelada de perico".

Los suiches son reciclables, ellos lo saben mejor que nadie, son cadáveres ambulantes, desechables; cuando asumen un contrato, lo que realmente importa es una buena suma que asegure el bienestar de la madre, soltera casi siempre, y el futuro de la familia: "denle los billetes a mi cuchita, que yo destripo el carro con las melcochas". La vida es secundaria. Amantes del tango y las milongas lunfardas, los peones de la gran patrona, la "santísima muerte", parecen repetir con Borges: "Morir es una costumbre que suele tener la gente". Los desechables viven poco tiempo, solo el suficiente para acumular a su cuenta un ramillete de muertes y algunos pesos; en muchos casos no sobreviven a su primera acción; precio inevitable de vidas poderosamente jóvenes, habituadas a jugar con la muerte en una continua sucesión de aventuras. La ejecución por contrato es el acto trágico donde la médula de las cápsulas suprarrenales ponen en movimiento el jugo adrenalínico de los actores, estructurando un artificio de sensaciones, amargas como el hambre, pero dulces e irreales, gracias a la bendición de María Auxiliadora, la patroncita de los sicarios, y al humo blanco del basuco: "morir es sobrado, es una cinta bacanísima; se acostumbra uno a vivir en el punto de quiebra. Una vida bien vivida bien merece un novenario; es una salsa. Sólo después de muerto, como en El Principito, uno se asoma a las estrellas, y ve la huella. Usté vale por lo que hizo en vida, después de muerto, solo quedan los recuerdos".

La confesión del pistoloco contenida en mis notas, me provoca un profundo silencio. Santiago Genovés, que es un maestro memorioso en el arte de las citas poéticas, exhala una bocanada de humo de su cigarro y sonriendo elimina mis dudas literarias: Ya lo decía Machado: "Lleva el que deja y vive el que ha vivido". El desenfado anida en los diálogos de mis informantes:

"En el pueblo andaba a salto de mata, por la vaina de que un día había trabajo y otro no. Mi taita fue un camaján, pero se destripó en Cartagena y perdió el plante. Quedamos fritos; sin casa y en la lleca. Sin agua en el radiador, hermano. Comiendo arepa y frijoles con sal o caldo de papa con callo. Yo y mis brothers éramos lástima caminando. Encontramos un cambuche por los lados de Aranjuez, allá en Medallo. Tenía 17 abriles; entonces me dije: 'Bueno, si no hay camello me tiro a trabajar la calle'. Conseguí camellos de a mentirita, dos que tres; y la verdá me cansé de ganarme la vida de a centavo. Hablé con mi hermano y le canté la zona. Nos botamos a trabajar la lleca y a coger pescuezos. En seis meses ahorramos un plante chiquito, pero plante al fin. Le echamos ladrillo al rancho y hojas de eternit al techo. Un día mi hermano ligó un cruce para darle tuqui tuqui lulú a un man. Era bueno el billegas. Imagínese: tres pesos. Se me quedó viendo a los ojos y soltó: '¿Sabe qué llavecita?, le encargo a la viejita; no sé si d'esta me levante. Le dejo dos pesos largos, y si algo pasa, luego le entregan el resto; reclama el biyuyo en Envigado; nomás lleva la cédula y un recorte con la noticia'. Mi hermano ya estaba oliendo las de malas, pero un varón no se arruga. Esa noche nos metimos dos kilos de aguarnís, y se nos subió un poquito la mierda a la cabeza. Hasta queríamos levantar a un man del vecindario. Compramos una huver para lavar la ropa, estufa de cuatro bocas, grande, y un catre nuevo para mi amá; también un cuadro dorado de la Virgen que llevamos a bendecir. Pagamos de contado y subimos todo en una camioneta de trasteos. 'Estos manes, dijeron los vecinos, están ganaos', y vinieron a ayudar a conectar los aparatos. Mi brothercito murió voltiando: fue de 'me tumbas yo te tumbo'. Los dos quedaron muñecos. Se abrió en llamas un poco tarde; le cañoniaron la espalda con una 38 y cayó al pavimento con un pulmón roto. Mi viejita lloró a mares; los dos lloramos al difunto; el hijueputa que la preñó supo del parche pero no apareció. Con el otro peso del muerto y un tumbe extra montamos una tiendita. Ella vive feliz con un negocito a bordo, allá en Aranjuez".

---"Viejo Juan, baje del carro y eche ojo"---Me indica Garfield al oído---. De un momento a otro aparecerá el comprador y el asunto se tratará de resolver sin demoras, a no ser que se presenten dificultades de última hora. Si surgen problemas debo desaparecer del lugar y ubicar a Garfield más tarde a través del beeper. El negocio de las drogas es de cuidado y el riesgo de que alguien se quiera pasar de listo es siempre una posibilidad a tener en cuenta. Los traquetos operan con base en la desconfianza mutua: nadie invita a nadie al domicilio particular; las visitas o invitaciones se efectúan en lugares públicos, bares o restaurantes. Las transacciones se ejecutan con ciertos márgenes de seguridad. Desciendo del vehículo unas cuadras antes y cruzo la calle. Me dejo habitar por el ambiente, sacudo el letargo, me aproximo a esas formas de poder que se mueven como sombras.

Es viernes. Las provisiones, me comenta Toñete, están escasas. Desde hace dos semanas las caletas se encuentran semi vacías. Se espera material pero hay problemas con los puntos de introducción. Los precios suben considerablemente. Diez días antes, un kilo de Uno A se cotizaba en 25 mil dólares; ahora, con un poco de suerte se consigue en treinta y cinco. La cocaína sufre los vaivenes de cualquier mercancía: alzas, bajas, caídas abruptas, sobresaturación, acaparamiento; incluso, "mercado negro" del mercado negro, donde la fantasía del consumo supera los límites de la imaginación.

Frente a la boca del Lincoln túnel, las mariposas nocturnas que sedujeran a Gardel: "Mery, Peggy, Betty, July, rubias de New York, deliciosas criaturas perfumadas. Frágiles muñecas del olvido y el placer", truecan caricias por droga, a escondidas de sus padrotes. Los diálogos de la noche producen escozor, son como un blues largo, triste, repetido: 'Crack, man, crack!'. El trueque se sucede sin más ritual que el azaroso espectáculo de la mujer echada hacia adelante sobre el cofre del auto; la falda levantada y sus minúsculas bragas atoradas en las rodillas. Prende el carrujo, un maduro con queso, el cigarro de base de cocaína y marihuana que le acaban de entregar. Aspira profundamente y con deleite. Gime extasiada. Simultáneamente es sodomizada por un traqueto ebrio que la penetra con violencia y la sacude como una muñeca de trapo. El éxtasis del basuco es inmediato e intenso pero miserablemente corto, en consecuencia la mujer pedirá más, quedando a merced del tiempo eyaculatorio del sujeto ocasional. El intercambio es gratificante para los dos: ella se funde en la pavorosa irrealidad de diez minutos de gloria con material de buena calidad y él desahoga, con más pena que gloria, sus esfínteres. Nora, una mulata de San Francisco, retorcida y con uno de sus agujeros desgarrados, bien podría repetir con Bukowski, el Virgilio de esta expedición nocturna: "Ustedes pinches mierdas, creen que esto es fácil, pero no es más que un desangrarse, hijos de su chingada madre". Pero no, no lo dice. Interrogada al respecto solo pronuncia una frase que congela el júbilo: ¿Y quién me quita lo bailao? Nadie mira, solo las risas y albures se dejan sentir en medio de los coches y las botellas de alcohol. Es un ejercicio usual y cotidiano. Las risas se confunden con el aliento alcohólico y el sonido inconfundible del Grupo Niche, que escapa a todo pulmón del autoestéreo:

Barranquilla puerta de oro,
París la ciudad luz;
Nueva York capital del mundo;
Cali del cielo la sucursal.

Me aproximo a la "esquina del movimiento" como un cliente más. El lugar no me es desconocido; lo he visitado en otras oportunidades, al igual que otros puntos de venta, unas veces con Garfield y otras acompañando a gente de su confianza, hombres sin rostro, caras que por estrategias de supervivencia se olvidan con facilidad. La situación que detecto es de crisis en el abasto de los puntos. No hay cocaína para trabajar; es un problema pero se puede solucionar; existen muchas opciones para el cliente: "es la asfixia, brother, asfixia total. Sólo me queda media de tamal; Si quieres, chico, soplar un ratón, te desembalo un par, o te busco pepas". Explica un vendedor, levantando los hombros y abanicando las manos, frente a un usuario exigente."No. Quiero nieve, y si digo nieve es ¡Nieve!--- Argumenta el solicitante.

La cocaína tiene sus usuarios que le son fieles; para algunos es la reina, la reinita de todas las sustancias. El espectro cultural del consumo de cocaína opera como un embrujo, una aureola mítica, que aminas estimulantes (anfetaminas, metanfetaminas, dexanfetaminas) de similares efectos pero de una potencia mayor, jamás han alcanzado. Numerosos adeptos buscan el polvo blanco con insistencia y es la invitada principal en los raves, para ser olida, fumada o inyectada. Si bien la cocaína es un estimulante que compite en el mercado con los sucedáneos, ésta aún no ha logrado producirse de manera sintética, lo cual explica el precio y la dependencia hacia los proveedores. En ausencia de polvo para oler algunos usuarios la sustituyen por comprimidos, que en dosis de 5 miligramos, generan estados de ebriedad parecidos a los de la cocaína; otros se precipitan en cócteles químicos que literalmente toman por asalto el sistema límbico y el hipotálamo, liberando neurotransmisores y generando conductas extremas. La escasez de cocaína no es un problema, los dealers siempre tienen opciones alquímicas para el alma de los usuarios. Los calichanos explican la situación de emergencia:

"Antes la remesa de 20 cosos ajustaba para una semana completa. La demanda está fuerte, llega un aparato, y en dos o tres horas, no queda ni un gramo para soplar. Los puntos de venta están fríos. No hay merca. Pero vea, ---dice Toñete, blandiendo ante mis ojos una bolsa plástica--- me acaban de llegar. Introduzco la mano y saco una cápsula blanca y alargada. Es Quaalude. Déjela ---me invita sonriendo--- por si se le antoja, viene bien con una taza de café. Total aquí tengo como doscientas pildoritas".

Los "dueños de la calle" (9) cobran un impuesto: 100 dólares diarios por punto de venta. Los vendedores de droga al menudeo dependen de una estructura organizativa. No hay vendedores piratas. Las rentas se cobran, al igual que un departamento, dependiendo de la plusvalía que generen. Un punto en Botanic Garden, Brooklin, cuesta diez veces menos, que uno en la Upper West Side, de Manhattan. Potorros y dominicos administran la vía pública; se plantan en las esquinas, revolotean alrededor de los teléfonos; van y vienen anunciando la mercancía: crack, coke; china white, grass, éxtasis, o enganchando clientes para los building, donde cómodamente se le puede disparar algo a la cabeza, pagando solamente el derecho a la "consulta de diván" (10).

"No asare, ¿bien?, aguante, que la cosa no está tan peluda. Si le urge perico, hermano, bájese al SoHo, pero ya sabe, si no es su tour se destripa. Tengo anfetas de a dólar, le traigo las que quiera, pero perico no hay ¿bien?" ---Agrega el vendedor, justificándose con el cliente que lo acosa---. Finalmente el hombre se retira y promete regresar luego; teme cambiar de dealer. En las operaciones de compra la relación con el dealer es fundamental; es una forma de garantizar material de relativa calidad. No hay droga pura circulando en la calle.

Mi grabadorita de 80 dólares funciona muy bien, registra con claridad y pasa desapercibida. Me permite moverme con relativa calma. Me preocupa, sin embargo, el portar evidencias en las cintas. Tengo que prescindir de este mecanismo. La investigación no me sirve de coartada. Vaya disparate escudriñar temas exóticos en el primer mundo. Me han advertido: "a la hora del tropel, m'ijo, nos vamos todos pa'l baile". Con los traquetos, la parte más difícil, no problem: el antropólogo tiene licencia de un duro, cortesía para husmear. Lo demás es excedente. La vida, me consuelo con Cioran, posiblemente sea sólo una hipótesis de trabajo.

Broadway, en la parte alta de Maniatan, es un gigantesco punto de venta. La calle no duerme. A cualquier hora se pueden conseguir sustancias, las que sean, para darse en la torre; y para todos los estilos: crack para los grones, heroína para los yonquis, cocaína para los yuppies; éxtasis para los discjockey y los amantes del acid house, trance, o el drum and bass, variantes posmodernas del aquelarre electrónico; marihuana para un público diverso, que va desde el adolescente fiero hasta los enfermos terminales, que encuentran en sus efectos una relativa calma a sus dolores o para estimular el apetito de los portadores de VHS. El consumo pese a que es indiscriminado, tiene variantes que se pueden estratificar por sectores o segmentos de población. Las sustancias para alterar el ánimo se han convertido en artículos de primera necesidad, forman parte de la canasta básica de los hogares neoyorquinos. Los informantes asimilan el fenómeno:

"Los gringos son sopladores; calefaccionan las neuronas con perico. Los encuentra por los lados de Central Park, Lower Manhattan, Chelsee, el SoHo o Roosevelt Island. Los manes le entran al centavito de los 8A o del escorpión, ¿me entiende? Cristal, coquito con escama, loco, sin corte. Usted aspira y con media línea, digamos de 15 miligramos, se siente Lautreámont dialogando con el viejo océano ¿Se acuerda del viejo George? El hombrecito era un oledor teso, sano, manejaba muy bien el balón; nunca, que yo sepa, se fue de balú; escribía empeliculao. Bacano, loco, bacano. ¿Sabe una cosa?, la nieve, si es calichana con denominación de origen, no aloca: garantía de las ofis. ¿Se acuerda de la pizza nostra, se acuerda? Yo gramiaba con clientes de Greenwich Village y Tribieca. Yo me preguntaba: esta gente se ve bien del coco ¿porque putas le entran al polvo?, pura gente bien, médicos, ingenieros, loco. Me conocían; más de una vez comía con los clientes o me invitaban a tomar café. Me entregaban el billegas y sanahorio salía a la calle como si nada. Mis clientes eran tranquilos, soplaban de fin de semana o para trabajar. Pura concentración. Serenos. El perico ayuda para jornadas de quince o veinte horas de camello seguido. No lo digo por mí. No me gusta el coco; si me quiero embalar busco pepas. Me decía un arqui que el perico le daba finura en el trazo, nitidez en las líneas, y transparencia en el diseño de interiores. En medallo conocí un pistoloco que bueno y sano no le pegaba ni al mundo hinchado, pero con una línea de perico en el disco duro, el man no fallaba un tiro. Yo agarraba la Kawasaky y la embalaba a 100 o 120, que es una posición de tiro difícil, por el viento, el ruido, el casco, y el hombre, pum pum, donde ponía el ojo ponía la bala".

En las transacciones el peligro ronda; los caliches lo saben y por eso mismo extreman precauciones. "Estos negros son unas mamacitas ---comenta Gustavón, bajando el cristal derecho del auto---. Al menor descuido te están dando en la bezaca los malparidos. Hay que estar pilas, dar sus vueltones, me entiende, antes de llegar con los clientes. El jíbaro cuando está en la olla se tuerce. Nunca está de más cuidar el corte. A mí no me gusta menudear ni manejar puntos; que una libreta, un ocho. Nada. Uno no se puede abaratar. Y menos andar detrás de los jíbaros para que paguen los ochos. Menudear el material es negocio de los potorros. Uno les entrega, tres o cinco kilovatios y ellos lo restean. El perico aguanta varios cortes, no tantos como la ache; bien o mal cortado, aguanta, depende del marrano. He visto los cortes en las cocinas y da lástima ver con lo que la gente se cerebrea. Pura mierda, cochinada. Los jíbaros son pecuecas. Yo conocí una pinta que, ahorita, entre otras cosas, lo traigo de liebre; hacía rendir los gramos como el divino putas; de un gramo sacaba diez. El man era un giroloco para mezclar. Esa mierda sí aloca. Una vez le vi hacer un corte con cal, anfetas y xilocaína. Una bomba, hermano. Vi la mezcla y dudé que pasara. El man llamó al catador y le sirvió una recta sobre el vidrio de un reloj de campana. El loquito alargó la naríz y de un solo golpe se tragó el material. Se puso lívido, pálido, como empeliculao de basuco. Parecía que el malparido se iba a morir. Pero no; estuvo ido un rato, hecho una soberana güeva; decía que la cabeza le daba vueltas y que le ardía la nariz. En este negocio uno siempre viaja grave, gravesito. La base mía es andar siempre a lo correcto; no como de nada, ni me da miedo que un día de estos me toque perder el año; si toca oler formol, que le vamos a hacer, olemos; el destino no se puede torcer. En medio de tanto peye uno tiene que mostrar la casta, probar finura. Así se trabaja en la oficina. Poseer casta es básico para un traqueto. La casta no se aprende, el que ha nacido pa' fino, nace fino. En la gallada uno aprende el glamur, pero el varonazgo viene de adentro, del vientre; de ahí el cariño por la mamacita. Ella primero, siempre primero; el tránsfuga en cambio, el gonorrea, sólo sirve de tiroloco para que ponga los olios. Mueren temprano por pecuecas; asi se esfuercen nunca les saldrá casta. Mire nomás a Don Pablo, ese sí que era un miura". La casta, símbolo de poder de una congregación de hombres violentos, sinónimo de varón, el que se la rifa: "si me han de matar mañana, que me maten de una vez".

Garfield mira hacia uno y otro lado como midiendo distancias. Desde el interior del auto domina la calle. Me mira y sonríe como solo él sabe hacerlo, pensando, quizá, en las peripecias de mi trabajo de campo. Estoy intranquilo. Me acerco. "Fresco mijo ---agrega Pipo, ajustando el frío cañón de su Smith & Wesson, 38 corto, a la pretina del pantalón---que de otras piores hemos salido". Compañera inseparable, el arma es su segunda piel: "ningún parcero se compara con el fierro. Es como la mano, mijo, que nunca traiciona; aguanta las pajas y nunca le duele la cabeza. Siempre está puntualita para resolver entuertos ¿Me entiendes Méndez o te explico Federico?" Sonrío en un intento de desciframiento levistrosiano de ese mítico sortilegio de palabras; lenguaje esotérico, sólo para iniciados, idioma de los rincones, "mezcla rara de penúltimo linyera": lunfardo, caló, parlache. Sintaxis maleva de la rebelión contra los flagelos de la incertidumbre.

Es realmente curioso constatar como esta manera de hablar ha penetrado en amplios sectores de la juventud. En Cali, Medellín, Tijuana o Ciudad de México, incluso, en zonas privilegiadas de fortuna, los jóvenes se han apropiado del vocabulario traqueto; la jerga, tal como lo planteaba Monod (1968) en su clásico trabajo sobre las bandas parisinas, se articula como ejercicio identitario. Hartos del establishment los adolescentes reaccionan contra proyectos culturales que no consideran de su incumbencia; estos no satisfacen necesidades espirituales, ni su exigencia de certezas. En la apropiación idiomática de lo marginal encuentran una manera de sublevarse. Entender el lenguaje traqueto es difícil al principio. Con los días la magia de los bandidos modernos brilla con luz propia; y uno se deja llevar en un lento proceso de aprendizaje. Sus historias encandilan la imaginación. Seducen. Son personajes de un thriller cinematográfico que de repente, como en La rosa púrpura del Cairo, de Allen, abandonan la pantalla y toman vida como realidad virtual. Se sientan a tu lado, toman un café y departen amablemente su periplo de aventuras.

---"Vaya al grocery y ponga cara de malo"---Me sugiere Garfield. Sigo sus instrucciones sin entender aquello de "poner cara de malo".

Un negro bembón compra cigarros en el grocery. Observa distraído a través del amplio ventanal que da a la calle. La greña rasta se pierde entre pastillas de chocolate y frituras del aparador. Mira el auto de Garfield. Su cara se encuentra con mi inaugural rostro de malo. Da una amplia bocanada a un apestoso "popular"cubano sin filtro. Garfield acaba de dar su tercera vuelta y se ha detenido. Mira el reloj. "Era puro viaje de reconocimiento, pero lo normal es dar un par de vueltas ¡y vámonos!"--- me explicaría luego---. Sus ojos felinos se iluminan; no es una más de las acciones guerrilleras urbanas que lo hicieron temido y famoso en los ochenta, pero es el mismo hombre al frente de un operativo por el placer de otros ideales. Sus hombres cercanos lo apodan respetuosamente "El Estratégico": el espíritu conspirativo lo lleva en la sangre, nada deja al azar, todo se desarrolla en forma milimétrica, aún tratándose de una operación tan sencilla como la que se va a realizar. Compro una cerveza Budweiser y me detengo en la puerta. El coreano recibe el dinero y cierra con llave su caja registradora. Gustavón desciende del auto. Ajusta los botones de su chamarra de cuero Calvin Klein.

Hace frío. En la esquina la cabina telefónica es un trofeo en disputa. Varios negros luchan por tomar la bocina. Gustavón espera su turno. Su mano derecha acaricia el metal. Mira a los negros con desconfianza. "Hijueputas, le he escuchado decir en situaciones similares, arrugando el entrecejo, si se me ponen al brinco los quiebro, negros maricas". Toma el teléfono. El ruido de una sirena llega desde lejos; sonido habitual de la urbe de hierro. En ninguna otra capital suenan tanto las sirenas y con tan inusual frecuencia como en Nueva York; ni siquiera en Washington, la capital del crimen.

Un ruido apenas perceptible se deja oír. El bembón mira su biper. "¡Listo!"--- exclama, golpeando la mano izquierda con el puño---. Marca un número en su celular. Hace una señal y de inmediato uno de los hombres que vigilan en la esquina prende el motor de una Van azul de vidrios polarizados. Cruza la calle y se empareja con el Ford. Baja el vidrio y pregunta a los ocupantes: ¿Bien o pa'qué?

Doto embi--- Responde Garfield---. El bullicio toma por asalto la calle. Hay revuelo. Los oledores presienten la presencia de alimento para soplar. El de la Van mira con recelo, ríe nerviosamente. Desde el teléfono, Gustavón ha pactado con el bembón los términos del intercambio: que nadie se acerque, excepto quienes traen el dinero.

---¿Tienen el biyuyo?---Pregunta Garfield.

---Simón ---Dice el de la Van.

---Plata en mano y culo en tierra---Agrega Garfield, sereno y cauteloso, mordiendo la antena de su celular---. Pipo se aproxima a la Van y la revisa; quiere ver el dinero y constatar que solo está el catador en su interior. Sube desarmado por la puerta del costado y se cerciora de que el dinero pactado esté en orden. El de la Van avanza, siguiendo instrucciones de Pipo, dobla en la esquina y unos metros adelante se detiene. Un Nissan circula a vuelta de rueda, se empareja con la Van. El Nissan trae la mercancía. El factor sorpresa está en marcha. Una chica de negro desciende del Nissan con una bolsa de Wal Mart. Saluda coloquialmente mordizqueando unos lentes oscuros, y sube a la Van. El catador perfora los paquetes con una navaja Stanley, automática, y los examina, uno por uno, asintiendo con la cabeza. El polvo brilla sobre la punta de la navaja y se diluye en la lengua. Introduce el metal nuevamente y aspira: "umm, exclama abriendo los ojos, es buen coco". En esta operación no hay escapatoria, Garfield tiene todas las salidas controladas. El bembón lo sabe y si algo intentaba, por lo menos en esta ocasión, parece que "jugó a lo correcto". Nunca se sabrá. Cada transacción es una lotería, a veces se gana y otras se pierde. El intercambio se efectúa sin demoras. Cinco kilos de cocaína son transferidos a cambio de 150 mil dólares en efectivo. Es una operación menor y rutinaria; doméstica, "pero a mi Garfield, hijueputa, le gusta montarla de emoción".

Transacciones de más de quinientos kilos traen el "sello de garantía" de las oficinas, el "seguro" de fuego de los patrones. Diversos exportadores entregan sus cuotas de mercancía en Colombia, y el patrón, jefe del clan, o dueño de la línea de introducción a los Estados Unidos, es el encargado de toda la infraestructura de transporte y entrega. La recepción y distribución en Estados Unidos la efectúan, individuos como Garfield. Éste que era un sistema típico en los ochenta y parte del noventa, fue el usado por el cártel de Medellín. Hoy en día los clanes, excepcionalmente exportan toneladas de droga, optando en su lugar por envíos pequeños. Aún así los clanes logran introducir aproximadamente 400 toneladas anuales de cocaína a los Estados Unidos.

En ocasiones y cuando el cliente es de confianza se abre una línea de "crédito de palabra". En este negocio no hay papeles que documenten las transacciones; todo se efectúa bajo rigurosos procedimientos de matemática mental; no hay letras de por medio. "El crédito de la palabra, es el crédito del varón". Lo que se debe se paga en los tiempos convenidos. Pasarse de listo en un negocio equivale a la muerte. Ni siquiera la eliminación física pone a los deudores a salvo de un crédito; tarde o temprano llegarán los herederos a saldar cuentas y a poner en orden a los testaferros para que entreguen propiedades registradas a su nombre.

Garfield aproxima el auto al grocery. Subo de copiloto con mi cerveza a medio terminar y envuelta en una bolsa de papel, ya que no está permitido exhibir en la vía pública bebidas alcohólicas. De lejos el bembón nos ve partir. "En estos asuntos, hermano, hay que cuidar todos los detalles". ---señala Garfield---. Gustavón se cambia al Nissan. Garfield hunde el acelerador a la retaguardia del Nissan. Urge llegar a Jackson Heights, "al cambuche, a encaletar la mosca". Es peligroso andar con dinero en la calle. "No se puede comer pan delante de los pobres" ---comenta bostezando---. Los hombres lucen contentos; retozan acariciando las vestiduras del auto. ---¿Cómo le quedó el ojito, papá? ---Me preguntan maliciosos.

El auto desciende raudo desde Upper Manhattan y enfila rápidamente hacia Queens Boulevard. Del radio emerge, nocturna y aguardientosa, la inimitable voz de Héctor Fiol:

Yo nací en Nueva York,
en el condado de Manhattan,
donde perro come perro,
y por un peso te matan...
El truquito, la maroma... ¡Ay bendito!

Garfield entró por primera vez a los Estados Unidos a fines de los ochenta, a través del hueco, nombre con que se conoce en Colombia, a la amplia frontera México-norteamericana. Nos encontramos en el hall de un céntrico hotel del Distrito Federal. Visitamos varios bares, tomamos algunas copas de tequila y hablamos hasta el amanecer. Teníamos muchas cosas para recordar, los "años de fuga" de la vida clandestina y la acción política, cuando la revolución comunista se anunciaba a la vuelta de la esquina y, desde luego, un capítulo inevitable, las mujeres, claro, en la vida y en la muerte, con su granito de arena en el desierto de las incertidumbres personales. A Garfield lo perdí de vista; esporádicamente recibía noticias de parte de amigos comunes. Años después, rastreando la ruta de Antonín Artaud entre los Rarámuris (11), lo encontré accidentalmente en el poblado de Basaseachi, en Chihuahua. Departimos largamente en compañía de un hombre de pelo a rape y facciones rudas. En medio de la noche y por caminos inciertos, a lomo de mula, eludimos el cerco de una operación antinarcóticos que en aquellos momentos se desarrollaba en la Sierra. Avido de información y, abandonado a mis intuiciones, acompañé a Garfield hasta el municipio de Ocampo, Sonora, a finiquitar una transacción de heroína con chutameros de la región.

Garfield es un narrador excepcional. Sus historias son francamente deliciosas. En ese momento, en un insoportable acceso de lucidez y de falta de prudencia, entendí que mi interés por los desvelos de la modernidad tomaba otro rumbo: drogas, ebriedad y prohibición; ingrediente que mantiene en ascuas y dislocado al mundo occidental. Quizá más tarde regresaría a la temática india y a las fatigosas y cómicas jornadas que evoca Barley en El Antropólogo inocente. No más rarámuris, me dije. Encontraré mis "dowayos" (12) en el asfalto urbano de Los Ramones, Dylan, King Cole, Auster y Easton Ellis. Meses después Garfield y hombres de su confianza me esperaban en Grand Central, la terminal de transportes de Nueva York. Bebimos como cosacos y por primera vez en mi vida fumé un Cohiba de 25 dólares, preludio inevitable de una faceta inédita en mis experiencias de trabajo de campo, esa metáfora campesina, "invención" de Malinowski para estudiar las sociedades tradicionales; solo que ahora estaba en el corazón de una metrópoli, jugando al cosmopolitismo antropológico, y a la diáspora desterritorializada de Appadurai (2001), sin más cartografía que unos cuantos paisajes intuitivos y una dosis de buena suerte como metodología.

Por aquella época el comercio de cocaína colombiana, era ya un serio problema para la puritana Norteamérica. El consumo había abierto sus fauces: "La cocaína ocupa un lugar de privilegio en la mesa de las clases medias, articulando un escenario inédito en el campo de las adicciones", resumía un viejo ejemplar del Times, hallado por casualidad, en una de mis primeras y tediosas clases de inglés para inmigrantes.

Tan pronto se pone el pie en la mítica lengua de cemento de Manhattan, los ojos vuelan hacia los espectaculares rascacielos fundidos en la neblina del amanecer. Pasmado, creo sentir entre susurros un fragmento de Heliópolis, de Jünger: "Los gigantescos cristales tienen forma de lanzas y cuchillos, como espadas de colores grises o violetas, cuyos filos se han templado en el ardiente sol de fuego de fraguas cósmicas". Me enamoro de la ciudad; es amor a primera vista. Horas después, rodeado de la salvaje eficiencia de mis acompañantes, observo a los ameriquenques en el delirio escénico y el derroche muscular del éxtasis, la píldora festiva; inhalar cocaína en los baños de los restaurantes; y perforar las arterias con la punta de una navaja para depositar gotas de heroína. La utopía del sueño 'americano' se transforma ante mis ojos en una "dystopía" o utopía congelada. Las grandes construcciones de corte ultrababilónico, seudorenacentista, hiperrománicos o de factura posmoderna, simulan una cohorte viviente de monumentos tristes. La fragua de los nuevos Prometeos es incierta y melancólica. El secreto de la felicidad, sobre el que tanto tiempo especularon los filósofos del American Dream, no radica en la libertad de empresa, ni de asociación, ni en los avances de la técnica, el progreso o el ahorro maníaco. La búsqueda de la felicidad, como advirtiera Gore Vidal, es el verdadero bufón de la baraja.

Más que pensar en The American Way of Life como fuente de felicidad, los americanos del presente, al igual que los ingleses del siglo pasado, han descubierto, como en su tiempo lo hizo Thomas De Quincey, el opiómano más célebre de Inglaterra, que la felicidad puede comprarse por un penique, llevarla en el bolsillo del chaleco, o en medio litro de éxtasis portátiles. El consumo de drogas ha dejado de constituir una opción individual -a la manera de los grandes iniciados orientales como instrumento de meditación, o de ascetismo en la tradición tántrica; o de creación para los poetas malditos, o en espacios más cercanos los Apaches y Pieles Rojas de Norteamérica, consumidores rituales de peyote, para ir al combate, o elevar el alma de sus muertos- y se ha transformado en el recurso por excelencia de una especie de adicción colectiva: inframundo de una novísima subcultura, construida en torno a la parafernalia de las drogas heroicas. No es una expresión elaborada de carácter contracultural, como en su época argumentaron los adictos militantes de la generación Beat: Ginsgberg, Snyder, Lamantia, Kerouac, Burroughs, Corso, Cassady; los jazzistas de Harlem, Miles Davis, o "las poetas que cayeron del cielo" (Anaya, 1998): Carol Murray, Marge Piercy, Diane Wakoski o Joyce Johnson. No. El estado de adicción colectiva que vive la sociedad norteamericana en la actualidad, no es un asomo ni siquiera en sus formas más elementales, de ese escepticismo creador del underground, tan característico en los jóvenes voceros de la corriente contracultural que se gestó a principios de los sesenta, en las grandes ciudades de Europa y los Estados Unidos. La adicción de los noventa y principios del nuevo siglo es sólo la esencia de un escepticismo a ultranza.

Una sociedad tan altamente industrializada como lo es Estados Unidos, cuyo universo tecnológico maravilla, no sólo acumuló instrumentos para su desarrollo, sino que "en su propio seno engendró una crisis que ahora es un fenómeno público y mundial". La inercia del fenómeno impide una solución. Con el proceso de aislamiento y síntesis de los principios activos de miles de plantas, aunado al avance tecnológico, la industria química del siglo XXI, tiene entre manos la posibilidad de reproducir artificial y legalmente, millones de sustancias: más baratas y cómodas de transportar que un paquete de cigarros, y precios tan variados, como marcas de destilados de alcohol en los hipermercados.

La farmacia posmoderna al develar los misterios de Eleusis, dio paso a las "drogas de diseñador" de los noventa. Hoy en día los norteamericanos están a siglos luz de repetir con Píndaro: "Bienaventurado quien, después de haber visto esto, inicia el viaje hacia las regiones inferiores. Conoce el final de la vida y su comienzo dado por Zeus". Eleusis ha dejado de ser una ceremonia iniciática nocturna para transformarse en una agresiva subcultura de sucedáneos químicos, donde lo importante es sentirse in, aún a riesgo de la intoxicación. El libre albedrío es violentado por los traficantes y los prohibicionistas. ¿No podemos, acaso, reivindicar el derecho a acceder a los estados alterados de conciencia, sin sufrir daño? Sí. Pero ese derecho está perdido, lo secuestraron en alguna parte constriñendo la facultad de reconstruir, lo que Mackenna llama el "eslabón perdido del entendimiento humano": ¿quiénes somos y hacia donde vamos? La seducción quimérica del sueño 'americano', que obnubilara el entusiasmo de los inmigrantes, deseosos de seguir al pie de la letra la ética protestante del "tiempo es oro" ha cedido su turno a las consecuencias funestas de un amargo despertar: si en el American Dream se hablaba del amor a la madre y al pastel de manzana, ahora debemos agregar el amor a las drogas, cerrando así el triángulo afectivo de la sociedad estadounidense de fines del siglo XX y principios de un nuevo milenio (Cajas, 1992).

Delincuencia, prostitución, envejecimiento prematuro, proliferación del sida y cerca de 10 mil casos de adicción prenatal en el área de Nueva York, nos recuerdan a cada momento la agonía contradictoria de la democracia Estadounidense, tan lúcidamente descrita por Don Alexis de Tocqueville a mediados del siglo XIX. La adicción colectiva desnuda y descarna el talón de Aquiles de la democracia Norteamericana: el hambre de certezas. Más que una exigencia de tipo fisiológico, los hijos del Tío Sam tienen una espontánea, indudablemente trágica, exigencia de espíritu, que sospechamos, sólo podrá dirimirse en el terreno de la cultura.


Notas

(*) Profesor-investigador del Departamento de Antropología de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI).

El texto que hoy publica La Insignia es un fragmento del libro El truquito y la maroma. Cocaína, traquetos y pistolocos en Nueva York. Una antropología de la incertidumbre y lo prohibido, de próxima publicación. Agradecemos al autor el permiso para su reproducción.

(1)Remitimos al lector al "glosario traqueto", recopilación de términos usados por los informantes, que se encuentra al final.
(2)Cofres es la inversión de la palabra fresco. Procedimiento de amplio uso en la jerga de los narcos y, en general, de grupos marginales.
(3)Puente, Marcos, El cartel del polvo, Cómplices, Producciones Oro Musical, Monterrey, 1997.
(4)La muerte de Pablo Escobar (1993)eliminó el temor, y facilitó el surgimiento de nuevos grupos en Medellín y en diversas zonas de Colombia. En su batalla contra la extradición (1990-1992), Escobar sometió militarmente a los clanes familiares y los obligó a pagar un "impuesto de guerra". Advierte Bayer (2001)que solo en estos años, de guerra abierta contra el estado, es lícito hablar de la existencia del "cartel de Medellín", pues su hegemonía y verticalismo fue realmente visible. La organización vertical es contraria al sistema clánico. En la actualidad es prácticamente imposible identificar las nuevas oficinas; éstas, además, se han diversificado, ya no solo exportan cocaína, sino también heroína y anfetaminas, coludidos con los poderosos clanes mexicanos.
(5)El mérito de la estrategia, en opinión de Fernández Menéndez (2001) es de Bratton; a quien no le gusta que se use la expresión de "tolerancia cero", dado que afirma, es una expresión inventada por otros y que los medios de comunicación han popularizado, dando a creer equivocadamente la necesidad de Robocops que vigilen la ciudad. La estrategia se ubica más bien en el de "evitar las ventanas rotas": combatir no solo al crimen organizado, sino también los pequeños delitos, competencia de la policía local. Nueva York es hoy en día una de las cuatro ciudades más seguras de Estados Unidos, luego de haber sido la más peligrosa e insegura. En México existe una importante controversia (2002) por el interés de las autoridades del DF en contratar los servicios de Guiuliani como asesor de la policía local.
(6)Rafael García Herreros, famoso por sus obras de filantropía, tramitó la entrega de Pablo Escobar a las autoridades. Luego, dicen, intentó cobrar la recompensa en dólares, que ofrecían por la captura de Escobar.
(7)Quintero, Mario, Los Tucanes de Tijuana, 14 tucanazos bien pesados, Alacrán Production Records, EMI, 1995.
(8)El sicariato llegó a convertirse en una verdadera institución en Colombia; este fenómeno se vivió a partir de 1985, en Medellín, con unas características nunca antes vistas. En su momento de mayor auge llegaron a ser detectadas ciento veinte bandas de sicarios en Medellín, con un total de tres mil miembros, todos ellos jóvenes entre 12 y 17 años.
(9)Sobre algunos barrios y calles se ejerce un criterio de territorialidad. Los grupos organizados que ejercen control sobre las mismas, cobran "derechos de piso". Los colombianos no operan como bandas; tienen áreas de mercado pero no disputan el uso de las calles. El concepto de territorialidad se aplica en lo fundamental a grupos de control de origen estadounidense, cuya actividad se ejerce en las calles de manera indistinta. No sólo controlan puntos de venta, sino también apuestas, prostitución, robos.
(10)Sitios para consumir droga, no son muchos, y hacia fines del dos mil prácticamente habían desaparecido. En realidad son lugares habilitados para vender drogas: Un apartamento, una casa, un garaje, un taller mecánico, cualquier sitio, protegido de las miradas indiscretas.
(11)Véase, Cajas, Juan, La sierra Tarahumara o los desvelos de la modernidad en México, CNCA, México, 1992.
(12) Los dowayos, tribu de Camerún. Nigel Barley hizo trabajo de campo entre ellos y escribió uno de los textos más irreverentes de la antropología de fin de siglo: El antropólogo inocente, Anagrama, Barcelona, 1989.


Glosario

Abrirse en llamas/Ventiado: huir rápidamente.
Ache: heroína.
Bacán: que tiene don de mando/ Valiente/ Que vive bien.
Bacano: algo muy bueno/ Sentirse bien.
Banderiar: exhibirse, dejarse ver luego de una acción.
Bazuko: pasta básica, sulfato de cocaína.
Becado: encarcelado.
Bezaca: cabeza
Biyuyo: dinero.
Braviar: retar/ Impugnar.
Caleta: refugio para guardar dinero o droga.
Calichano: oriundo de Cali, Colombia/ colombiano.
Caliche: oriundo de Cali, Colombia/ colombiano.
Camaján: traficante carismático y de atuendos vistosos.
Cambuche: refugio para dormir/ casa.
Camello: trabajo.
Carroloco: que presta servicios menores.
Caspa: tránsfuga.
Champaña en rama: marihuana.
Chucha: axila mal oliente
Chumbimba: bala/ disparar.
Combo: banda/ grupo de referencia.
Coso: un kilo de cocaína.
Cuca: atractiva, muy bonita.
Cucha: madre.
Desechable: sicarios suicidas.
Destriparse: perder la vida/ ser detenido con droga.
Dum dum: bala expansiva.
Duracel: narcotraficante poderoso.
Duro: narcotraficante muy poderoso/ persona con influencias.
Faltón: desleal.
Federico: policía federal.
Gorzobia: desleal, traidor, mala gente.
Guevón: tonto, ingenuo.
Imparajitable: inevitable.
Jíbaro: expendedor callejero de droga.
Mágico: mafioso.
Marrano: desleal.
Material: droga.
Medallo/metrallo: Medellín.
Muñeco: muerto.
Nieve: cerveza/ cocaína.
Ocho: un 250 gramos
Oficina: organización delictiva/ cártel.
Parchar: ir de fiesta, reunión de amigos.
Parche/ parchecito: fiesta pequeña entre amigos; reunión de parceros.
Parcero: amigo.
Pasodoble: dosis de coca.
Patrasiar: reconsiderar un negocio; traicionar.
Pecueca: un tipo mala gente/ hombre despreciable.
Pepas: pastillas.
Peye: ser despreciable, miedoso, que no vale la pena.
Picar arrastre: engañar a alguien.
Pielroja de tacón alto: marca de cigarro barato con filtro.
Pilas papá: Alerta/cuidado.
Pille: mirar.
Pinta/pintoso: hombre/ ropa vistosa.
Plante: dinero; suma importante de dinero.
Polocha: policía.
Potorros: puertorriqueños.
Quebrar/Quiñar: eliminar, asesinar.
Riata/Gonorrea: mala gente.
Sardina: adolescente.
Soplador/Soplar: adicto a la cocaína.
Subido: migrante/que "sube" a EE.UU.
Suiche/Desechable: sicario suicida.
Tartamuda: ametralladora.
Tombo/a: policía, la policía.
Traqueto: narcotraficante.
Tropeliar: pelear.
Tubo/Boquifrío: arma de fuego.
Tuqui tuqui lulú: matar a alguien.
Uno A/Centavito: droga de primera calidad.
Varón: hombre valiente.
Ventiado/a: escapar de prisa.
Voliar fruta: disparar en ráfagas.
Yonqui/Yunquie: adicto a la heroína.



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