Portada Directorio Buscador Álbum Redacción Correo
La insignia
12 de febrero del 2002


Tres libras esterlinas


Jesús Gómez


La vida vale tres libras esterlinas. Exactamente lo que habrían encontrado bajo mi cadáver si aquella mañana de agosto no hubieran gritado mi nombre, si no me hubiera detenido, si hubiera dado un paso más.

Nos alojábamos en casa de unos amigos, en Brighton. Habíamos llegado el día anterior de Londres y como de costumbre ya estaba deseando tomar el primer avión y volver a Madrid, regresar a la luz, a los cafés con hielo, a las madrugadas abiertas, a las caras con menos angustia (civilización, lo llaman). Alguien habló de los Who durante el desayuno y alguien más propuso que visitáramos los acantilados blancos de la escena final de Quadrophenia, cuando Jimmy (Phil Daniels), arroja al mar la Vespa del «As de oros» (Sting).

Ni la perspectiva de un paseo campestre ni el inútil cebo de los Who me agradaban, pero no tenía muchas opciones: o caminata, o una mañana más de pintas templadas seguida por otra tarde de pintas templadas. De modo que apoyé la idea con la única condición de que fuéramos a comer a un restaurante hindú, para quitarme el mal recuerdo de eso que los ingleses llaman comida.

Hora y media más tarde caminábamos por la ladera de una de las siete colinas que acaban cortadas a cuchillo sobre el Canal de la Mancha, las Seven Sisters, entre Eastbourne y Seaford. El sol había desaparecido tras algo parecido a un muro gris de nubes y la niebla nos envolvía a ratos, formaba claros repentinos o avanzaba con largos y muy novelescos brazos que no parecían despertar el menor interés entre mis acompañantes. A mí, en cambio, me atraían. Siempre me ha gustado la niebla.

En algún momento me detuve, encendí un cigarrillo y observé mis botas negras contra el verde, húmedo, de la hierba. Estaban tan relucientes por el agua que me arrepentí de no limpiarlas más a menudo, si total son cinco minutos de cepillo y betún, nada más, por qué llevarlas siempre sucias. Y ya. Eso fue todo. El tiempo que se tarda en pensar semejante estupidez, ajeno al grupo que se había alejado, a mis piernas nuevamente en movimiento, al bramido del mar que un segundo después volví a escuchar, más intenso y cercano que nunca, mezclado con un grito: mi nombre.

Una enorme nada blanca comenzaba en la punta de mi pie derecho, ya en el aire, y abarcaba todo mi campo visual. Vacío. Niebla abajo, hasta las olas, niebla arriba y a los lados y las dos sílabas de mi nombre que me clavaron al borde del abismo como gato de Schrödinger -medio vivo y medio muerto- o más bien como una loncha de jamón york incomprensiblemente erguida entre dos mundos.

Hace tiempo, la frase Gone to Eastbourne se aplicaba en la zona a los que decidían suicidarse por el extraño procedimiento de caer y caer y caer docenas de metros y hacer al final cualquier cosa menos un bonito cadáver. Pero aquel día iba a adquirir una acepción distinta, que es lo que sucede cuando se introduce un golpe de sur en una romántica y norteña historia de días grises, océanos pavorosos y alturas siniestras: destruye la narración y la convierte en otra cosa, con menos lobos y premio para el caballero. Si no, por qué me empeñé en bajar a la playa.

Descendimos entre palabras que aún ocultaban un resto de nerviosismo y avanzamos hacia lo que habría sido el punto exacto del impacto contra el suelo, en un lugar con más rocas que arena. Y por segunda vez en el mismo día, tuve contacto directo con el absurdo: alli, esperándome, semiocultas, brillaron tres libras esterlinas.

La historia acaba aquí. No guardé las monedas -que acabaron financiando media tarde de risas- y preferí olvidar el dudoso destino de un tipo que sale tan barato. Pero ayer, mientras daba cuenta de un menú del día, me llegó la conversación de tres chavales. Discutían sobre Quadrophenia, y uno de ellos, a quien conozco de vista, me preguntó si Jimmy llegó a saltar con la Vespa.

-No.



Portada | Iberoamérica | Internacional | Derechos Humanos | Cultura | Ecología | Economía | Sociedad | Ciencia y tecnología | Directorio | Redacción