| Mapa del sitio | Portada | Redacción | Colabora | Enlaces | Buscador | Correo |
|
|
|
| 9 de mayo del 2007 |
Luis Peraza Parga
Todos hemos tenido esa pequeña piedra en el zapato, tan insignificante que preferimos seguir caminando antes que detener la marcha. Al final, hartos de la persistente aunque sufrible molestia, nos sentamos y nos tomamos nuestro tiempo para librarnos de ella.
La Unión Europea las ha sufrido desde que se llamaba Comunidad Europea. Irlanda accedió en 1973 al club, junto al Reino Unido y Dinamarca, coincidiendo con la década más sangrienta de la historia de las Islas británicas, ya que en Londres también se cometieron muchos atentados. La lucha entre católicos y protestantes constituía la última guerra de religión en la Europa más avanzada. El territorio británico de Irlanda del Norte era controlado por los protestantes, la religión mayoritaria en Inglaterra, y los católicos sufrían de una discriminación flagrante en derechos y puestos de trabajo. La República de Irlanda observaba desde el sur, en sus leyes fundacionales, la aspiración de una nación unida, y prestaba apoyo y simpatía a la causa de los católicos y a la violencia de los mismos a través del IRA, el Ejército Republicano Irlandés. La Irlanda del Sur de entonces era pobre y rural, un país de emigrantes, pero con una fuerza laboral joven, numerosa y dispuesta a formarse. Irlanda del Norte nadaba en libras esterlinas mandadas desde la metrópoli; las infraestructuras eran modernas y las carreteras bien asfaltadas estaban atestadas de hombres del ejército británico en traje de camuflaje. La violencia sangrienta de aquella época trató de esclarecerse con una comisión de la verdad a la británica. Ahora, como remate dilatado en el tiempo de los diez años en el poder de Blair, se llega a la formación de un gobierno de coalición entre los eternos enemigos, que de discursos incendiarios en contra de sus mucho más que adversarios políticos van a tener que dirigir juntos, con corresponsabilidad y formando un único gobierno, los destinos que la metrópoli les delegó, congeló y recientemente redelegó. Los líderes que nunca conversaron, gobernarán como primer y viceprimer ministro. Los gobiernos de coalición son siempre difíciles, y si los miembros provienen del antagonismo armado, la dificultad es extrema. La voluntad política de favorecer a todos los irlandeses del norte, independientemente de su religión, es imprescindible para que este experimento de buen gobierno sea una realidad, posiblemente la única que pueda ser factible. A la Europa a veintisiete le queda la división de Chipre entre norte y sur, entre griegos y turcos; los primeros, socios europeos más antiguos que España; los segundos, eternos aspirantes que son más eternos desde que el presidente francés gasta el apellido Sarkozy, aunque a veces tiene ademanes del humorista Louis de Funes. Un Estado que no controla a su ejército y que le permite hacer exigencias políticas, podrá estar en el Consejo de Europa, donde los requisitos de respeto a los derechos humanos, a las minorías, al Estado de Derecho y a la democracia se flexibilizan si se muestra una fuerte tendencia hacia su consecución. Es una flexibilidad que ayuda indudablemente a las democracias incipientes, pero Turquía jamás podrá cruzar el umbral de la Unión Europa, cuyas exigencias son mucho más elevadas. El terror de ETA parece que va por el camino de la extinción por inanición e inacción. La otra cara de la moneda es Eslovenia, el único país de la antigua Yugoslavia que logró entrar en la penúltima ampliación. Se ha convertido en la décimotercera nación que acoge el euro y destierra su moneda al terreno del coleccionismo. Lo consiguió cumpliendo sobradamente los criterios de convergencia y con un periodo de circulación de ambas monedas de sólo dos semanas. La Unión Europea sigue viva y coleando sin Constitución, pero siendo el referente obligado y el acicate de la modernización, la democracia y el Estado de Derecho de todos los países del este de Europa e, indirectamente, del norte de África. |
|