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La insignia
13 de junio del 2007


La clave del poder


Jesús Gómez Gutiérrez
La Insignia. España, junio del 2007.


Hjalmar Schacht

El 25 de enero del año 2006, los votantes palestinos devolvieron al gobierno israelí la iniciativa que había perdido tras años de invasiones, bombardeos, asesinatos selectivos y sabotaje del proceso de paz y del desarrollo económico y político de Cisjordania y Gaza. Ese día votó la desesperación, hábilmente manipulada por Hamás, otra secta de las que blanden el nombre de un dios en la política, y se reforzaron los muros del callejón sin salida.

Horas después, en el extremo opuesto del Mediterráneo, el editor de un medio de comunicación recibía dos cartas. La firmante de la primera vive y vivía de un conjunto de clichés al cual se debe en salario y profesión. El firmante de la segunda era un joven colaborador, todo ganas y buenas intenciones. Personajes distintos de quejas hermanas en el absurdo: profesional enojada con un medio por ser «excesivamente laico»; militante indignado porque una línea editorial no comparta que el caos de Oriente Próximo se solucione sumando bombas a las bombas, balas a las balas, muertos a los muertos.

También en aquella época y por motivos de otra índole, un lector preguntó a ese mismo editor por un libro muy particular, Confesiones del viejo brujo, de Hjalmar Schacht, presidente del Reichbank alemán, ministro de Hitler y asesor de varios gobiernos tras la Segunda Guerra Mundial, incluido el de Nasser en Egipto. Como recordaba recientemente un conocido profesor español, Schacht se defendió en el libro y en los juicios de Núremberg con una estratagema que se ha convertido en bandera de la nueva izquierda irracionalista y enemiga de la Ilustración: cargar nada más y nada menos que contra la ciencia, la técnica, el progreso. Los culpables no fueron Hitler ni los miembros del régimen nacionalsocialista, incluido él mismo, sino lo que el clan de los prehistóricos denominan, con tanta ingenuidad como estupidez, «occidente».

Hay que reconocer que los nazis tenían talento para el cinismo. La treta de Schacht es mucho más que un intento de eximirse a través de la extensión de responsabilidades (si todos somos culpables, nadie lo es). Es un paso en la continuación de la obra; demagógico en extremo, pero contagioso entre poblaciones sin anticuerpos. La falta de registros culturales es tan determinante en la historia de la explotación como la desigualdad económica. Mientras esa cultura occidental fue patrimonio exclusivo de las élites, Europa vivió en la oscuridad impuesta por ellas. Mientras sus conquistas no se extiendan al resto del mundo, el resto del mundo fabricará, con ayuda a veces y casi siempre sin ella, sus propias cadenas. Porque la Ilustración, el republicanismo, la separación de iglesia y Estado, los derechos del individuo, la ciencia en fin, no son occidentales ni orientales ni meridionales ni del septentrión, sino la suma y la síntesis más refinada de toda la experiencia humana que conocemos. Su posesión es la clave del poder.

La profesional y el militante que mencionaba son, por si quedan dudas, ejemplos de esa izquierda irracional en dos versiones básicas y con frecuencia complementarias, la políticamente correcta y la involución hacia el viejo izquierdismo. Los dos se marcharon a espacios más acordes con su categoría intelectual. Espacios que compiten con la extrema derecha en distorsión de los hechos y que se han especializado en una lista enemiga de la que cierra el párrafo anterior: cierres de filas con dictaduras caribeñas, desprecio de la democracia, justificación de terrorismos, desconocimiento de la economía, aversión al derecho, búsqueda de mesías en bocazas del siglo XXI o asunción -mierda que no mata, engorda- de la tesis de Schacht.

Pero la historia que importa hoy es otra. Los colegas de esos individuos han protagonizado una intentona sangrienta, más de cuarenta muertos, contra Al Fatah y contra las esperanzas a largo plazo de solución del conflicto. Hubo un tiempo en que los palestinos eran la excepción laica en un mundo, el árabe, que se hunde bajo la miseria de una religión. Tenían alguna opción en el gran juego donde se trazan y se borran las fronteras. Aún conservan abogados en la social liberal e intolerable República de Weimar, conocida como Unión Europea, cuya intervención, aunque insuficiente, evita males mayores. Mañana, si siguen por ese camino, sólo tendrán emires y suras del Corán.



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