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| 3 de noviembre del 2006 |
Luis Peraza Parga
Hace muchos años, nuestro profesor de derecho internacional público nos pidió un trabajo sobre la situación de un país cualesquiera. Mi mente dirigió inmediatamente la atención hacia la inexpugnable y maravillosa Cuba. No soy de la generación que mitificó su revolución, pero el atractivo de enfrentarse dignamente al poderío estadounidense es un indudable punto a su favor. Primero, con la inestimable ayuda soviética y luego en el mayor de los ostracismos. Los diplomáticos cubanos viven en un oscurantismo total porque nadie apoya sus posibles propuestas. Sus logros son el deporte y la sanidad. Allí donde pueden, "exportan" batas blancas y acogen estudiantes de medicina de países cercanos y pobres. Sus balseros llegan a las costas hondureñas después de recabar en las islas caimán y desde allí parten por tierra al sueño norteamericano. Son mediadores y acogen conversaciones de paz de conflictos internos de otros países como Colombia. En 1962, una resolución de los ministros de Relaciones Exteriores de la Organización de Estados Americanos decretó la exclusión del gobierno cubano; a pesar de ello, Cuba viene siendo objeto, en un comportamiento que también se mantiene desde entonces, de informes sobre la situación de los derechos humanos por parte de la Comisión Interamericana.
El gobierno cubano, ni contesta a sus requerimientos ni cree que dicho órgano esté legalmente capacitado desde la perspectiva del derecho internacional para juzgarlo. Sin embargo, inasequibles al desaliento, se siguen emitiendo informes generales y sobre violaciones particulares a partir de denuncias unilaterales que no pueden ser comprobadas sobre el terreno, ya que Cuba jamás ha autorizado las investigaciones in situ. Los juicios en ausencia podrían ser comparables, pero el derecho internacional y la justicia por ende se basan en el principio de jurisdicción voluntaria de los Estados, es decir, deben querer presentarse voluntariamente delante de un juez internacional. La declaración de los derechos y deberes del hombre, que es el principio legal que se utiliza para condenar al gobierno cubano, fue una mera consignación de principios y valores que no creaba, ciertamente, mecanismos de supervisión de los mismos, ni autorizaba para ser utilizada de ese modo con posterioridad. La increíble fuerza de la defensa de los derechos humanos ha llevado a este ejercicio fútil que se desarrolla exactamente igual hacia el enemigo número uno de Cuba y hacia los EEUU (en los asuntos de pena de muerte, básicamente) convirtiendo una vez más a dos enemigos eternos e irreconciliables en extraños compañeros de cama y objetivo de una comisión que se empeña en escribir su historia. Hasta ahora, la adopción de los informes era un ejercicio de consenso y no se registraba ningún voto disidente. La costumbre se ha roto con el comisionado Gutiérrez, que ha planteado el respeto al debido proceso de un Estado que fue excluido y se excluyó de participar en la organización hemisférica americana. Existen países que están pidiendo a gritos ser comprados por los EEUU y que sueñan con ser Hawai o Puerto Rico. Cuba es orgullosamente soberano y su último medio siglo de existencia ha alimentado la imaginación y la ideología de varias generaciones. Los beligerantes y poderosos, con dos senadurías estadounidenses en manos de extremistas cubanos de Miami, están al acecho de la presa que se les resiste desde hace décadas y ya han bailado, recientemente, sobre la todavía no terminada tumba de Fidel. Sus discursos, su retórica. Parecía que la visita del papa Juan Pablo II podría abrir expectativas más allá de una indudable apertura religiosa, o la de los reyes de España, pero fueron perfectamente orquestadas a favor del régimen cubano. Para terminar la anécdota con la que comencé estas líneas, después de leer cientos de páginas de los incabables discursos de Fidel y recoger y analizar documentación en la embajada cubana, mi profesor desechó el asunto por considerarlo un fenómeno anacrónico y me recomendó la situación de los Balcanes. Yo seguí su recomendación. Desde entonces, mi objeto del trabajo se desintegró, entró en una cruenta guerra civil llena de horrores y limpieza étnica, logró salir y nacieron seis países independientes. Mientras tanto, Cuba sigue exactamente igual. Fidel y su protagonismo en las cumbres iberoamericanas, su indudable simpatía personal a pesar de los longevos discursos, el carisma que irradia, su espectacular tropiezo y caída, su aparente salida del poder, su hermano Raul… Sin embargo, no hay que olvidar que dirige el destino de los cubanos desde medio siglo, sin libertades. Y eso lo convierte en un dictador. Atractivo, pero dictador al fin y al cabo. |
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