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| 21 de noviembre del 2005 |
CCS. España, noviembre del 2005.
Nunca olvidaré aquél 4 de noviembre. El día amaneció soleado, sereno. Todo dejaba presagiar una amable jornada de otoño en las montañas de Judea, un emocionante ocaso del Sol al borde del Mediterráneo. Amal me llamó por teléfono poco antes del mediodía. Me invitó a tomar el té en Gaza, en la vieja mansión señorial rodeada de naranjales. Una especie de paraíso terrenal situado fuera del tiempo y el espacio, a escasos metros del campamento de refugiados de Jebalia, el lugar donde estalló la Intifada de 1987.
Nuestra charla quedó interrumpida por los gritos de Amal, incansable teleespectadora enganchada a los informativos de la CNN. "Pero, Dios mío; ¿qué es eso? ¿Qué le están haciendo a este pobre hombre?", preguntaba mi anfitriona, mientras la cadena de noticias estadounidense transmitía las primeras imágenes del asesinato de Isaac Rabin. La reacción de Amal, hija de refugiados palestinos y esposa de uno de los miembros de la directiva de la OLP, resultó un tanto sorprendente. ¿Pobre hombre? Mi amiga había pasado la mayor parte de su vida en la Franja de Gaza, a veinte minutos de Tel Aviv. Sin embargo, no pisó tierra israelí hasta septiembre de 1995. "¿Qué dirán de mí? ¿Qué soy una árabe, una palestina, una terrorista?". Hace unos días, cuando los israelíes conmemoraron el décimo aniversario del asesinato de Isaac Rabin, el primer político hebreo que selló un acuerdo con los palestinos, me acordé de las palabras de mi amiga de Gaza. Aquella noche, Amal me aseguró que la paz volvía a ser una simple quimera, que el veterano militar convertido en político llevaba a la tumba el sueño de la convivencia entre los dos pueblos: el palestino y el israelí. Curiosamente, diez años después del magnicidio, el ex Presidente Clinton hizo suyo en discurso de la palestina de Gaza. El estadista norteamericano considera que la ansiada paz entre las dos comunidades murió en la Plaza de los Reyes de Israel. Los sucesivos gabinetes hebreos fueron incapaces de seguir la dinámica creada por el Gobierno de Rabin. Más aún; tanto los políticos conservadores como los laboristas (Netanyahu, Barak, etc.) trataron por todos los medios de acabar con el espíritu y la letra de los Acuerdos de Oslo. De hecho, todos los instrumentos negociados a partir de 1997 con el beneplácito de la Casa Blanca son simples acuerdos de mínimos o… de mínimos de mínimos. Durante la misma semana, los palestinos conmemoraron el primer aniversario de la muerte de Yasser Arafat, cosignatario junto con Rabin de los mal llamados Acuerdos de Paz. Pero este líder histórico no tuvo derecho a los elogios de la prensa internacional, que se limitó a facilitar una versión muy "bushista" del hombre que dirigió la central palestina durante más de cuatro décadas. Según los medios de comunicación occidentales, la desaparición de Arafat dejó a Palestina sumida en el caos y la corrupción institucional, al borde de la bancarrota y de la guerra civil. Nadie alude, claro está, a la incapacidad del actual Gabinete palestino de tomar las riendas del poder. Para los israelíes, interesados en tener un interlocutor capaz de acabar con la violencia y los atentados suicidas, Majmud Abbas se ha convertido, a su vez, en un personaje irrelevante. Tal vez por ello la única nota optimista de la semana es la apertura del paso fronterizo de Rafaj, que permite a los habitantes de Gaza cruzar la frontera egipcia. Se trata, según dicen, del "gran éxito" de la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, cuya gira por la región se saldó con un estrepitoso fracaso. La jefa de la diplomacia estadounidense presidió en los emiratos del Golfo un Foro para la Democracia, en el cual los representantes de la sociedad civil árabe se negaron por enésima vez a aceptar la receta de la democracia made in USA. Por si fuera poco, antes de trasladarse a Tel Aviv, la Rice tuvo que prometerle al rey Abdulá de Arabia Saudí que la solución del problema palestino será, a partir de ahora, una de las máximas prioridades de la Casa Blanca. No hay que olvidar que hace apenas cuatro años, en el verano de 2001, el entonces príncipe Abdulá, ministro de defensa del Reino wahabita, canceló un viaje oficial de los Estados Unidos para protestar contra la política unilateral de la Administración Bush en Oriente Medio. En este contexto, los comentarios sobran. |
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