| Mapa del sitio | Portada | Redacción | Colabora | Enlaces | Buscador | Correo |
|
|
|
| 19 de julio del 2005 |
La Insignia. España, julio del 2005.
Hace ahora un año -día arriba, día abajo- comencé a escribir en La Insignia una serie de crónicas desde los territorios palestinos ocupados por Israel. Su director decidió agruparlas bajo la serie Brigadista en Palestina y respondían básicamente a la necesidad de transmitir, a la mayor cantidad posible de lectores, argumentos y experiencias de primera mano que sirviesen para añadir un grano de arena a los que tratan de desenmascarar, allí donde la cuestión se debata, las continuas mentiras a las que estamos expuestos en lo tocante a Palestina.
Un año más tarde, tras un fallido viaje de vuelta a de por medio y una deportación desde Tel Aviv incluida, escribo sabiendo que pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a sentarme a beber ese café, espeso como el petróleo, al que Hassán me invitó en Calquilia, o antes de volver a desayunar aceite de oliva con zata en alguna azotea de Budrus. Pero espoleado por la nueva ofensiva militar israelí, lamentablemente secundada esta vez por la ficticia policía de la ficticia Autoridad Nacional Palestina, vuelvo a la carga con un par de preguntas ofensivas para la multitud de solidarios bienpensantes que piensan que todo lo que sucede estos días es culpa de los militantes de Hamas y la Yihad Islámica, seres violentos por naturaleza, marcados por la semilla del odio e insensibles a los hercúleos esfuerzos por la paz de la comunidad internacional. 1. ¿Cuántos metros de muro de apartheid se han derribado a lo largo de los doce meses que han pasado desde que la justicia internacional lo declaró ilegal y decretó que debía ser desmantelado, indemnizando al mismo tiempo a quienes han sido perjudicados por su construcción? 2. ¿Cuántos palestinos -de entre los casi cuatro millones que viven refugiados en los países vecinos- han visto reconocido su derecho al retorno tal y como las Naciones Unidas proclamaron hace más de 50 años? 3. ¿En qué medidas concretas se ha concretado la disminución de la ocupación militar que comenzó en 1967 en Gaza y Cisjordania? ¿Cuántos soldados israelíes han abandonado los territorios desde el inicio de la tregua? 4. ¿Por qué deberíamos entonces aplaudir y comprender los esfuerzos israelíes por conseguir que se desarme a la resistencia palestina y con ello el miserable peaje de humillación que supone exigirles el desarrollo de tan lamentable tarea a sus propios compatriotas? Todos sabemos que los palestinos no están en condiciones de demandar nada a partir de algo que se le parezca a una posición de fuerza pese a tener la razón y la ley de su parte. Todos sabemos que nada cambiará hasta que Israel cambie por sí mismo, desde dentro, y decida, unilateralmente, cesar en su incivilizado y criminal comportamiento. Todos sabemos que los palestinos no van a ganar la guerra. Que sus cohetes caseros no doblegarán al ejército de Israel ni desincentivarán a miles de colonos fanáticos a seguir ocupando su tierra bajo la creencia de que de ese modo cumplen la voluntad de Yahvé. Pero lo que no se puede exigir, desde la más mínima coherencia intelectual, o desde la exigible decencia y lucidez de los que no sufrimos directamente el comportamiento de Israel, es que los palestinos más decididos de entre los millones que no conocen otra realidad que la ocupación militar israelí, claudiquen y dejen de resistir a cambio de nada. No podemos olvidar que son los portadores de una causa indudablemente justa en un mundo de injusticia globalizada en el que peores crímenes se legitiman con mentiras más burdas y malintencionadas que cualquier argumentación palestina. Porque a los palestinos que resisten agrupados en torno a organizaciones como Hamas, la Yihad islámica o las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa se les está convirtiendo -intencionadamente y con una gran dosis de manipulación- en el principal y casi único escollo para la consecución de la paz. Y la paz de la que se nos habla es mentira. No existe. Es una paz que no les contempla a ellos. Tratamos de inventarnos su paz callando frente a Israel. Escribo este artículo cuando las noticias nos informan, más o menos veladamente, de una ofensiva contra Hamas y la Yihad islámica que, además de coincidir sospechosamente en el tiempo y el lugar, se parece demasiado a una ofensiva coordinada entre la Autoridad Palestina y el Ejército de Israel. Policías palestinos y soldados israelíes disparando el mismo tiempo contra los resistentes palestinos que piensan que no se dan las condiciones para que la paz pueda consolidarse hasta que la ocupación finalice, se derribe el muro de apartheid y se desmantelen los puntos militares que constituyen a día de hoy una de las matrices de control más perversas del planeta. Y todo ello bajo el pretexto de garantizar el plan de "desconexión" israelí de Gaza, que se presenta falsamente como un paso en el camino hacia la paz. Los israelíes tienen su discurso al respecto, y quizás muchos lectores de otros países no se han parado a reflexionar en la sutil diferencia que implica que el abandono de Gaza se califique en Israel de "desconexión" y no de "retirada". Ariel Sharon no se ha cansado de repetir que el desmantelamiento de las colonias ilegales en Gaza es una medida de política interna, motivada por el alto coste económico y militar del mantenimiento de dichas colonias, y que en ningún momento implica un abandono del incremento de las colonias ilegales en Cisjordania, una modificación del sueño sionista o una concesión a los palestinos y la comunidad internacional, la misma que calla ante sus crímenes a cambio de nada. Al mismo tiempo, Ariel Sharon, atenazado por las presiones de su política doméstica, gana cada vez más puntos en su falsa imagen de "centro político del conflicto", única huida hacia el futuro que podría mantenerle en el cargo con un precio simbólico reducido: mostrar efectividad ante la minoría más radical del movimiento de colonos, cada vez más desprestigiada incluso dentro del propio Israel. Y de paso consigue envolver a los palestinos en un enfrentamiento interno que pasa por pedirle a ese mismo gobierno al que impide gobernar, que le haga el trabajo sucio aún a costa de caer en un clima de preguerra civil en la Franja de Gaza. ¿Qué gana la Autoridad Palestina con esta pérdida de rumbo y el caos consiguiente? Legitimar poco a poco una situación en la cual, mientras Estados Unidos y la UE le reclaman democratización bajo la ocupación militar (que es como pedirle a un trabajador sin papeles que se pague él mismo la Seguridad Social), ellos pueden descabezar la oposición interna en su política de claudicación ante Israel para legitimarse en un poder que sólo existe para ellos y del que sólo se benefician ellos mismos. Son los ministros palestinos que se pasean en coches de lujo por Ramala y tienen a sus hijos estudiando en las mismas universidades que los hijos de los ministros del país que les ocupa. Se entrenan para continuar haciendo negocios juntos mientras el resto de la población palestina agoniza sin rendirse tras el muro y bajo los toques de queda, sin empleo y sin futuro, cada vez más cerca de elegir morir matando antes que dejarse matar. Es posible que, cuando este artículo se publique, los movimientos de las tropas israelíes hacia Gaza ya hayan desencadenado una nueva y sangrienta invasión de la Franja. Quizás esperen un mes más para hacerlo. Ya no merece la pena pensar sobre el momento en que va a tener lugar la próxima operación de castigo. Sólo sobre cuánto durará, cuantos palestinos morirán y cuantas de sus casas y tierras serán destruidas ante el silencio de la comunidad internacional. Sólo queda esperar que el paso dado por la Autoridad Palestina sea anulado a la mayor brevedad posible y que no volvamos a ver a policías palestinos entrenados y pagados por Estados Unidos que desarman y atacan a sus vecinos mientras Israel se frota las manos y los habitantes del territorio, que pensaban que nadie más podía abandonarlos, observan que sus líderes también les traicionan. Cuando se levante -más tarde o más temprano- la antidemocrática decisión tomada interesadamente por Al Fatah y la ANP de suspender las elecciones palestinas y el movimiento Hamas las gane o aumente sustancialmente sus apoyos, ¿alguien se atreverá a preguntarse escandalizado cómo se ha podido llegar a esa situación? Eso es precisamente lo que Israel quiere, para que nunca haya paz. Y la Autoridad Palestina se lo está sirviendo en bandeja con su claudicación y un comportamiento casi colaboracionista. |
|||