| Mapa del sitio | Portada | Redacción | Colabora | Enlaces | Buscador | Correo |
|
|
|
| 12 de julio del 2005 |
Luis Peraza Parga
Era una verdad incontestable. En este enclave musulmán de Bosnia protegido por Naciones Unidas se perpetró un genocidio, así calificado por el Tribunal Penal Internacional de la Antigua Yugoslavia (TPIAY), contra ocho mil musulmanes bosnios en unos pocos días de un julio de hace diez años. En noviembre del año 2004, y siguiendo un informe de una comisión propia, Serbia admitió la autoría de los hechos y su responsabilidad internacional. En este macabro y luctuoso décimo aniversario de la matanza de ocho mil personas, perpetrada con la intención de destruir totalmente al grupo musulmán bosnio, se han producido innumerables discursos por parte de los dirigentes de organizaciones involucradas en la reconstrucción nacional de una región donde la investigación y enjuiciamiento de los autores materiales e intelectuales de estos abobinables hechos es fundamental. Entre tantos mensajes destaca uno por dos motivos. Primero, por su elocuente inexistencia. Segundo, por ser una de las protagonistas esenciales de esta lucha en contra del malhadado eufemismo de "limpieza étnica". Nos referimos a Carla del Ponte, fiscal del TPIAY. Hace meses advirtió que no se sumaría a las conmemoraciones del décimo aniversario del horror por la poca colaboración de las actuales y aparentemente democráticas autoridades que rigen en los Balcanes hacia la Corte donde trabaja.
Todos los discursos tienen dos denominadores comunes. El garrafal error de la comunidad internacional, que no supo ni pudo proteger a los más débiles en un espacio que tildó de internacionalmente seguro, y la necesidad de una colaboración plena y estrecha entre las autoridades nacionales y el TPIAY, llave para su futuro ingreso en la Unión Europea, que desemboque en el arresto y puesta a disposición de la Haya de, al menos, los tres mayores criminales de guerra y genocidas que continúan prófugos de la justicia. El Consejo de Europa recuerda el compromiso, hecho pedazos en Yugoslavia, del "nunca jamás" de después de la segunda guerra mundial. Mientras tanto, el presidente del TPIAY cree que es un día que todos quisiéramos no conmemorar, pero no porque sea inapropiado (como juzga su fiscal), sino porque todos desearíamos que jamás hubiera ocurrido. Recordar y conmemorar puede servir para que no se vuelvan a repetir estas atrocidades. Por eso, resume brillantemente la misión de la Corte que preside: conseguir la justicia a través de la razón y no la fuerza, basarse en los principios de derechos humanos y el debido proceso, eliminar la impunidad no a través de la venganza sino vía el estado de derecho. Y como juez, trae a colación una fundamental sentencia que deja claro que no se trata de simples asesinatos sino que se dirigían en contra de un grupo humano en particular con la intención de destruirlo, es decir, genocidio en su estado más brutal al asesinarlos metódica y deliberadamente por tener una identidad determinada, una vez despojados de todo rastro que pudiera, paradójicamente, establecer la misma. El Alto Representante de la Comunidad Internacional y Europea para Bosnia y Herzegovina ha tenido también palabras elocuentes y atinadas, señalando que la entrega de los dos fugitivos al tribunal de la Haya aseguraría el conocimiento y reconocimiento de la verdad de los hechos. Serbia se está moviendo esperanzadoramente de la negación a la aceptación de los crímenes cometidos en su nombre. La manera de absolver a un pueblo del estigma de la culpa colectiva es establecer culpas individuales en el imperio de la ley. Esto abrirá paso a una verdadera reconciliación entre los pueblos. Por último, el Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, auténtico superministro de asuntos exteriores comunitario, califica la peor atrocidad en continente europeo desde el final de la segunda gran guerra como error colosal, colectivo y vergonzoso. Srebrenica es consecuencia de la falta de Europa. Jamás habría pasado algo así en el seno de la Unión Europea. Desde entonces, Bosnia Herzegovina se convirtió en una prioridad para la acción exterior comunitaria, a través de la mayor misión de estabilización, una generosa asistencia financiera y el deseo de que la última estación sea la membresía comunitaria. Para conseguirlo, se debe producir una reconciliación basada en la justicia y traducida en el imperativo moral y político del enjuiciamiento por el TPIAY de los autores de estas y otras atrocidades. Las palabras son insuficientes para capturar el horror de estos hechos. Se tendría que crear otro lenguaje más complejo para acercarse a la esencia del terror en estado primario que marcó la barbarie de hace, ayer, diez años. La devolución de la dignidad a los que fueron masacrados y a sus familiares y amigos sólo tiene un precio que va más allá de las buenas y atinadas palabras: el derecho a la verdad, las reparaciones y la justicia material en forma del encarcelamiento de los culpables |
|