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| 16 de enero del 2005 |
La caja de Pandora
Mempo Giardinelli
El 2005 comenzó de manera muy amarga. Y no sólo por la tragedia de Once, sino por la falta de autocríticas y porque no se advierte que se aprendan las lecciones.
Dos semanas después del horror, y como era previsible, nadie admite nada y la escenografía es una sociedad tilinga que se divierte en la costa, o en Punta del Este los ricos, y olvida todo con una facilidad que espanta. Se buscan culpables con igual facilidad (Ibarra y Chabán son los obvios), pero casi no se habla de los miles de padres y madres argentinos que no saben a qué lugares van sus hijos, ni a qué. Todos se espantan de las guarderías en los baños, pero no de los jóvenes padres que llevan sus bebés a esos sitios y a esas horas. Y no se toca a los grupos musicales, sus representantes y fans, que estimulan violencia y embrutecimiento y hacen culto del encendido de bengalas en sitios cerrados. Patetismo A la vez, la actitud de las autoridades nacionales es patética y grosera. El ministro del Interior se lava las manos y no deja de apuntar a Ibarra y Chabán, como si no tuviera nada que ver el sistema político y administrativo, que lo incluye tanto a él como a bomberos, policías, inspectores, fiscales y jueces. Indigna la hipocresía, pero también sublevan la ingenuidad, la desidia y la irresponsabilidad de la ciudadanía. Que, hay que decirlo aunque duela, tiene cuotas de culpa cada vez que colma alegremente boliches que están repletos. ¿O no se ha visto en este país que, aunque los sitios estén llenos, la gente de todos modos pugna por entrar, paga entradas de "reventa" y "se acomoda" de la manera más tonta e insegura? El aquelarre de la noche infame de Cromañón pudo llevar el nombre de cualquiera de los centenares, quizá miles, de boliches bailables esparcidos por toda la Argentina y cuyas características físicas y humanas no difieren demasiado: inseguridad, patovicas, alcohol, drogas, gritos, descontrol, bengalas y una violencia que delata lo descompuesta que dejó a esta sociedad una dictadura brutal y corrupta, y su secuela, la serie de pésimos gobiernos electos que padecimos, menos brutales pero no menos corruptos. E indignan los programas de radio y la estúpida televisión que cacarea día y noche, noticiero tras noticiero y programa tras programa, que "ésta es la peor tragedia no natural de la Argentina", con lo que se saltan olímpicamente (pero no inocentemente) a los 30.000 desaparecidos de la última dictadura. Entonces se erigen mamarrachos llamados "santuarios" y se hacen marchas que resultan perfectas invitaciones a los provocadores. Y todos reclaman "justicia" y se la exigen a los mismos que desde hace años hacen de la injusticia su razón de ser. A dos semanas de la tragedia se publicitan las inspecciones (algunas televisadas), mientras todo lo descontrolado de este país sigue igual. Nadie parece ocuparse del sistema ferroviario, por caso. Que es un desastre y preanuncia una próxima matazón. Sobran denuncias acerca del pésimo estado de los convoyes y de centenares de estaciones, en las que faltan información, accesos para discapacitados y baños. La carencia de higiene y seguridad es total, los vagones parecen de ganado y faltan sistemas de prevención de accidentes. Esto, en las siete líneas que atraviesan la Capital y el Gran Buenos Aires. Obviamente, nadie habla del interior del país, donde todo lo que hay es una completa desaprensión por parte de las empresas concesionarias y una absoluta ausencia de control de las autoridades. Y habría que ver, todavía, cuáles son las condiciones de seguridad y evacuación de miles de otros lugares públicos y privados, en todo el territorio nacional: estadios, restaurantes, estaciones de servicio, geriátricos, hoteles, cines, teatros y centros comerciales. Los de siempre La Argentina duele, no sé si más que nunca, pero ay, cómo duele este país patético en que nos hemos convertido, que un día quiere que se vayan todos pero al día siguiente los vuelve a votar. Miren Santiago del Estero: el domingo pasado los peronistas del pueblo más explotado del país votaron a los de siempre, mientras algunos tontos se ilusionaban con el candidato a suceder a los Juárez, un viejo lambiscón menemista ahora kirchnerizado. En paralelo, los procesos contra Adolfo Scilingo y Alfredo Astiz muestran las dos caras de una posible justicia. Mientras en España comienza el juicio al primero esta semana, aquí la causa contra Astiz está congelada. Es penoso ver cómo se diluye día a día otra esperanza política, a la que la sociedad le dio un crédito que lleva ya como veinte meses. Pero si gobierno y sociedad no reaccionan, será una tragedia. Otra más. Por eso hay que ayudarlos. Y el único modo serio es crear conciencia. |
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