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La insignia
25 de septiembre del 2004


A fuego lento: Guatemala

Las de la línea y las del americano


Mario Roberto Morales
La Insignia*. Guatemala, septiembre del 2004.


En los márgenes de la parte vieja de la ciudad de Guatemala, la vía del ferrocarril parte en dos los extensos barrios populares. En un sector cercano a la zona en la que la ciudad se originó, ha habido -desde que tengo memoria- una zona roja que se extiende a lo largo de la vía férrea y en la que prostitutas de precio accesible al populacho brindan sus servicios en minúsculos cuartuchos que tiemblan cada vez que pasa el tren. Paradas bajo los dinteles de sus puertas, estas mujeres ríen, bromean y gesticulan en espera de clientes urgidos de lo que el conocido bolero llama, con apacible sabiduría, "el dulce alivio".

Pues bien, un grupo de cineastas decidieron hacer un documental sobre esta intensa marginalidad y, en medio de la necesaria comunicación que tuvieron que establecer con las chicas, de ellas surgió la idea de organizarse para reivindicar su profesión como una libre opción de trabajo, alejada de estigmatizaciones puritanas y salvaciones enlatadas. Al hacerlo, se les hizo necesario reclamar el derecho al reconocimiento de su quehacer como una profesión legítima frente a otras, y el de ellas como trabajadoras sin más, y no como seres "especiales" según perspectivas moralizantes de parte de los fariseos condenatorios y de los redentores de siempre.

Como parte de su reivindicación del derecho a ingresar al mundo social "aceptado", las muchachas decidieron formar un equipo de futbol y se inscribieron en un campeonato que organiza una institución privada llamada Futeca, cuya sede se encuentra en la zona 14 de la ciudad, un sector residencial de altos vuelos. Su primer partido resultó ser contra un equipo de chicas del Colegio Americano, uno de los más "exclusivos" de la capital. Y fue así como el pasmo de estas buenas muchachas y, sobre todo, de sus indignados padres, cobró inusitada intensidad cuando constataron que el equipo "Estrellas de la línea" estaba formado por lo que la "corrección política" llama "sexoservidoras" o "trabajadoras del sexo" para evitar llamarles putas a las prostitutas.

Las buenas niñas del Americano y sus atribulados padres se quejaban, a mitad del partido, de que el sudor de sus contrincantes podría contagiarles el sida, y llegaron incluso a solicitar a Futeca que en el futuro inmediato cambie la alfombra del campo de juego porque éste habría retenido el sudor contaminado de las entusiastas mozas de "la vida alegre", y eso podría desatar una horrible epidemia de sida en su amado país. Aunque es cosa sabida que a la oligarquía y a la burguesía no se las asocia con conocimiento científico ni mucho menos con mediana cultura, la ignorancia de estas buenas chicas y de sus progenitores resulta, más allá de su comicidad, un poco insultante, sobre todo si se toma en cuenta que las muchachas de la línea fueron expulsadas del campeonato de marras por el gerente de Futeca.

Entre las de la línea y las del Americano -quienes demostraron, eso sí, ser mejores que sus oponentes a la hora de patear el balón pues les ganaron el partido por dos o tres goles- hay un abismo socioeconómico y de conocimiento acerca del sida y otros conocimientos, pero tienen en común su pasión por el futbol. Esta pasión compartida, sin embargo, les fue denegada a las de la línea. Futeca alega que las expulsaron porque la porra que llevaron al partido vociferó expresiones soeces que ofenden las buenas costumbres y la moral. Las "Estrellas de la línea" afirman que el gerente de Futeca justificó su expulsión aduciendo a gritos el típico argumento empresarial de que la institución es propiedad privada y que allí entra quien él quiere. Si esto es cierto, de nuevo el socorrido argumento del carácter sagrado de la propiedad privada y el Estado de Derecho sirven, al igual que en el caso del reciente desalojo trágico de una finca en la costa sur, como razón suficiente para justificar la marginación de personas por razones de clase, etnia, sexo y profesión, evidenciando cómo ejercen el autoritarismo y la intolerancia las buenas conciencias de esta atrasada sociedad, la cual hoy ostenta un vistoso Estado oligárquico representado por el presidente Berger, y decorado con "prestigiadas" figuras de la izquierda oenegizada de la industria de la victimización, la cual luce orgullosamente los llamativos colores de los huipiles de la empresaria farmacéutica Rigoberta Menchú.

El ejemplo de las "Estrellas de la línea", sin embargo, resultará imperecedero para la amplia marginalidad local debido a la impecable dignidad con que impulsan sus reivindicaciones y sus aficiones deportivas. Ojalá que sigan jugando al futbol por los siglos de los siglos, y que rechacen siempre el pater(mater)nalismo de los onegeros que quieren "salvarlas" del pecado y de la supuesta indignidad de una profesión que ellas consideran tan legítima como la que más, y a la que se dedican -estoy seguro- con toda la eficiencia y la ética profesional del caso.


(*) También publicado en A fuego lento



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