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| 20 de octubre del 2004 |
La Insignia. España, octubre del 2004.
I. Introducción
Cualquier reflexión que se haga desde la economía acerca de las corrientes migratorias debe comenzar por llamar la atención acerca de la asimetría reguladora que afecta a este ámbito de las relaciones internacionales. Frente a la libertad creciente con que operan los capitales por encima de las fronteras nacionales, las normas relativas a los flujos migratorios han adquirido en el mundo actual un tono crecientemente restrictivo. Es más, los mismos que proclaman las bondades que cabe esperar de la apertura internacional en el caso de los bienes, servicios o capitales argumentan, sin asomo alguno de inquietud, la necesidad de aplicar normas crecientemente restrictivas para controlar la inmigración. Mas allá del desasosiego moral que pueda suscitar semejante anomalía, la situación plantea un doble problema de orden teórico. La libertad para el comercio de bienes y servicios encuentra su fundamento en una doctrina sólidamente asentada en la teoría económica, que vincula la posibilidad del intercambio con mejoras en términos de eficiencia de las economías implicadas. Aunque con ciertas especificidades, un argumento similar se usa para justificar las bondades del libre movimiento de capitales: a través del mercado se permite que el ahorro fluya desde donde abunda hacia donde es relativamente escaso, desde donde es peor retribuido hacia donde obtiene un más elevado rendimiento. ¿Qué sucede entonces respecto a la mano de obra? ¿No es cierto que las corrientes migratorias describen, incluso con mayor fidelidad que los capitales, un movimiento similar, transitando el trabajo desde donde abunda y es mal pagado hacia donde escasea y es mejor retribuido? ¿Acaso el argumento económico, tan laboriosamente construido para los bienes, servicios y capitales, se diluye cuando se refiere al trabajo? Bhagwati (1991: 3) interpretó esta contradicción como una reveladora "falta del criterio de consistencia entre las formas de juzgar y decidir sobre estos dos aspectos". Junto a esta paradoja, es necesario llamar la atención sobre otra igualmente inquietante, porque lo cierto es que la teoría económica más canónica tiende a considerar como sustitutivos el comercio de bienes y el intercambio de factores (Mundell, 1968). Un país puede tratar de rentabilizar su abundante dotación de un factor -por ejemplo, trabajo-, bien vendiendo al resto del mundo bienes intensivos en trabajo, bien exportando directamente trabajo (a través de la emigración). Cabría esperar, por tanto, que las corrientes económicas reflejasen ese carácter sustitutivo entre los desplazamiento de bienes y de factores a escala internacional. Nada de esto parece suceder en la realidad: más bien parecen comportarse como corrientes, en muchos casos, complementarias. De nuevo, ¿qué es lo que hace que los argumentos económicos tan admirablemente construidos colapsen cuando se refieren al movimiento de las personas? La perplejidad que produce semejante constatación debiera ser tanto mayor cuanto ciega es la confianza en las bondades irrestrictas del libre comercio: un juicio que interpela directamente a aquellos a los que Stiglitz (2002), con gran sentido de la oportunidad, denomina "fundamentalistas de mercado". Si la libre movilidad de factores mejora la eficiencia del sistema internacional, ¿cómo explicar la obstinación con que los países se resisten a liberalizar sus normativas migratorias? Más allá de estas contradicciones, el análisis de la movilidad internacional de las personas plantea algunas otras cuestiones de interés. En primer lugar, ¿se trata de una tendencia nueva, fruto del proceso de globalización en curso o es, por el contrario, un fenómeno que, con las especificidades que se quiera, ha caracterizado otras épocas previas en la historia? Si se acepta esta última opción, ¿qué cabe aprender de episodios anteriores en los que también rigieron fuertes presiones migratorias?; y ¿cuáles fueron sus efectos sobre los países de origen y destino?. Como se verá más adelante, el análisis histórico puede ayudarnos a interpretar la realidad más actual, en sus aspectos coincidentes y en aquellos en que diverge. Por lo demás, la emigración nace de una conciencia de carencia relativa, del contraste entre las posibilidades que brinda el entorno y aquellas que se atribuyen al escenario de destino. No obstante, no es claro que la emigración afecte tanto más cuanto mayor sea el nivel de pobreza del país o del colectivo social afectado; y tampoco es manifiesto que el diferencial de renta sea el único (o el principal) factor que explique la decisión de emigrar y, mucho menos, la selección de los lugares de destino por parte de los emigrantes. Entonces, ¿cuáles son los factores que condicionan la decisión de emigrar? El análisis de esos factores tal vez ofrezca indicios relevantes para el diseño de las políticas correspondientes. Finalmente, a nivel agregado, la concepción canónica que la teoría económica ofrece sobre el fenómeno migratorio subraya su potencial efecto nivelador a escala internacional. La movilidad de factores no sólo incrementa la eficiencia agregada del sistema, sino también aproxima los niveles de productividad y de retribución de los factores a escala internacional. Realmente ¿es la emigración un factor promotor de oportunidades de progreso para lo países más pobres? ¿cabría atribuir a la corriente migratoria una función correctora de las desigualdades a escala internacional? A contestar alguno de estos interrogantes se orienta, con obligada modestia, el presente trabajo. La perspectiva que se va adoptar a lo largo del análisis es la del país emisor, tratando de entender los efectos que la emigración tiene en términos de progreso para las personas y las sociedades que nutren esta corriente humana. El propósito genérico de semejante esfuerzo es entender algo mejor las complejas relaciones existentes entre emigración y desarrollo, un "tema irresuelto", en palabras de Appleyard (1992). La exposición se articula en torno a cinco grandes epígrafes, adicionales a esta introducción: en primer lugar, se echará la vista atrás para comprobar el peso que tuvo la emigración en la historia más reciente del sistema internacional; en el segundo epígrafe se presentará la explicación más convencional que la economía neoclásica ofrece sobre el fenómeno migratorio, considerando los resultados que se derivan de simular el supuesto de plena libertad para el movimiento de personas; en el tercer epígrafe se aludirá a alguna de las nuevas líneas interpretativas que desde la economía se han generado para explicar la decisión migratoria, incorporando nuevos aspectos y factores; el cuarto epígrafe trata de analizar las dimensiones y posibles efectos de las remesas de emigrantes, la principal renta que el país emisor obtiene del fenómeno migratorio; y, por último, el quinto epígrafe se detiene a considerar la pérdida de capital humano que la emigración comporta para la economía emisora. El trabajo termina con un epígrafe destinado a formular algunas consideraciones respecto a la relación entre la emigración y la cooperación para el desarrollo. II. La emigración en la historia: una breve consideración La indagación histórica revela que la emigración internacional ha sido una constante en el comportamiento de la humanidad. Desde la inicial localización africana de nuestros más alejados antepasados hasta la actualidad, la humanidad no ha hecho sino desplazarse por la superficie terrestre a la búsqueda de mejores emplazamientos, de entornos más propicios para el desarrollo de la vida. En algunas regiones del mundo, como en América, África y Asia meridional, la fuerza de las migraciones se hace presente hoy, de modo muy manifiesto, en la composición étnica de los países; en otras regiones, sin embargo, como es el caso de Europa, el sedentarismo tiene una más larga tradición, de modo que la composición demográfica ha sufrido menos alteraciones en el pasado más reciente. Aún así, en la memoria de todos los pueblos está presente la emigración como una realidad cercana en el tiempo, cualquiera que sea el sentido, dimensión y dirección de la corriente humana. Una observación que apoya el irónico cuestionamiento que Sutcliffe (1998) hace del deseo de explicarse la emigración, obviando al tiempo las razones del sedentarismo (1). 2.1.- La emigración en la primera oleada globalizadora Más allá de su constancia en el tiempo, existe la idea de que, como consecuencia de la globalización, ese fenómeno adquirió, en la actualidad, una dimensión sin precedentes en la historia. Para contextualizar semejante juicio conviene echar la vista atrás y reparar en la que para muchos ha sido la primera oleada globalizadora, en la segunda mitad del siglo XIX. En una propuesta que encontró fortuna, Williamson (1999) distingue en la evolución más reciente de la economía internacional tres grandes etapas (véanse, también, O´Rourke y Willamson, 1999, Lindert y Williamson, 2001 o Maddison, 2001):
-una primera etapa, que va desde 1820 a 1910, en la que se registra una intensa apertura de las economías a las transacciones internacionales, en la que se reducen los obstáculos al comercio como consecuencia, centralmente, de la acusada reducción de los costes de los transportes y se intensifica el movimiento de factores, tanto de capital como, especialmente, de mano de obra, en el entorno de estabilidad monetaria internacional que propicia el sistema de patrón oro; Así pues, en el discurrir más reciente de la economía internacional es posible encontrar dos etapas de acelerada integración internacional y una etapa intermedia de retroceso globalizador. No es casual que las más fuertes corrientes migratorias se hagan presentes en los dos períodos globalizadores, insinuando la existencia de una relación entre apertura económica e intensidad migratoria. Convendrá, pues, detenerse a considerar de modo comparado ambas etapas, aunque sólo sea para contextualizar la emigración actual. Pues bien, entre mediados del siglo XIX y comienzos del XX, se produce la gran oleada emigratoria de Europa hacia América (Hatton y Williamson, 1994) (2). En conjunto, los historiadores aluden a cerca de 60 millones de europeos que, entre 1820 y 1910, nutrieron las corrientes migratorias, encaminándose hacia países de reciente poblamiento, con abundantes recursos naturales y baja población: es lo que se denominó la "edad de la migración en masa" (Hatton y Williamson, 1998). Una parte importante de esta corriente se dirigió hacia Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil, Venezuela, Cuba o Australia, procedentes, preferentemente, de Irlanda, de los países escandinavos, del antiguo imperio austro-húngaro y de la Europa mediterránea. El tono liberal de las políticas inmigratorias en los países de acogida, algunos con políticas activas de fomento demográfico, facilitaron este proceso, al tiempo que, desde la oferta, las crisis alimentarias de la época (especialmente, la de mediados del siglo XIX) y la degradación acelerada de las estructuras tradicionales en el campo actuaron como poderosas fuerzas de expulsión en los países emisores. Es difícil encontrar estadísticas que ilustren, de forma inequívoca y completa, la dimensión de esta corriente humana, pero sí resulta posible aproximar su evolución a partir del análisis del registro de entradas de inmigrantes en Estados Unidos, uno de los principales receptores netos de población migrante. Pues bien, entre 1820 y 1910 accedieron a Estados Unidos un total registrado de cerca de 28 millones de personas, la mayor parte de ellos (90%) procedentes de Europa (cuadro 1). Se trata, en todo caso, de una estimación que subvalora la dimensión exacta del fenómeno, habida cuenta de la importancia de las entradas irregulares, de las que no queda constancia estadística. Especialmente acusada fue la afluencia de inmigrantes en las décadas que rodean el cambio de siglo: entre 1880 y 1920, se registraron como inmigrantes en Estados Unidos algo más de 23 millones de personas, aportando cerca del 40% del incremento de la población del país en el período. Como consecuencia, a finales de 1910, el stock de población inmigrante suponía el 14,6% de la población de Estados Unidos. Este impulso inmigratorio, aunque algo atenuado, se mantuvo hasta la década de los veinte, para descender de forma abrupta en las dos décadas que median entre 1930 y 1950 (gráfico 1). En semejante comportamiento influyó no sólo el cambio en el tono económico de la época, con la crisis del 29, primero, y la eclosión de la Segunda Guerra Mundial, después, sino también la aplicación de una normativa más estricta por parte de Estados Unidos, con fijación de cuotas de origen de la población inmigrante.
Las corrientes migratorias hacia Estados Unidos se restauraron gradualmente en la segunda mitad del siglo XX, incrementando su volumen a medida que se avanza en el proceso de integración internacional del período. Así, si en la década 1951-60 se registró un volumen de inmigrantes de algo más de 1 millón de personas, en la década de los noventa llega a superar los 8 millones: una cifra muy próxima a la registrada en la primera década de ese siglo. Es importante señalar, en todo caso, que en este período cambia el origen de la corriente humana: si en la etapa globalizadora previa la inmensa mayoría de los inmigrantes de Estados Unidos eran europeos, en la segunda etapa, la que media entre 1950 y 2000, sólo el 20% tenía ese origen, procediendo de América el contingente dominante, en torno al 48%, de Asia un 28% y de África algo más del 2%.
El significado de estas tendencias excede al propio de un caso singular, habida cuenta del papel crucial que Estados Unidos ha tenido y tiene como punto de destino de las corrientes migratorias a escala internacional. De hecho, ese país es uno de los pocos que mantiene su condición de importante receptor de mano de obra migrante tanto en la primera como en la segunda etapa globalizadora. Una condición, sin embargo, que no tienen otros países de América (como Brasil o Argentina), importantes receptores de mano de obra en la primera etapa, pero irrelevantes puntos de destino en la actualidad; o algunos países del golfo pérsico, significativos receptores en la actualidad, pero poco relevantes en el pasado. Su continuado protagonismo como punto de destino de la emigración internacional convierte a Estados Unidos en un caso altamente representativo del comportamiento agregado. 2.2.- La emigración en la actualidad A Estados Unidos vinieron a sumarse una buena parte de los países europeos como puntos de destino de las corrientes migratorias en la segunda etapa globalizadora. Una corriente que nutrió la inmigración procedente, primero, de la periferia europea (Irlanda, España, Portugal, Italia, Grecia y Turquía) y, más actualmente, de Europa del Este y de los países en desarrollo del Norte de África, Oriente Medio y África Subsahariana. Y, junto a Estados Unidos y Europa, los países petroleros del golfo pérsico se convirtieron en el último tercio del siglo XX en puntos de destino preferente de la emigración de los países del entorno. Como consecuencia de todo este proceso, de acuerdo con los datos de Naciones Unidas, en el año 2000 tenían la condición de migrantes en el mundo 174 millones de personas, lo que suponía una cuota relativamente reducida (2,9%) del total de la población mundial. No obstante, en los último años, el ritmo de crecimiento de esta corriente humana es notable: en 1965, el volumen de migrantes apenas superaba los 75 millones de personas. Así pues, el número de emigrantes se dobló holgadamente en las últimas tres décadas. Del total de emigrantes registrados a comienzos del presente siglo, el grueso reside en los países desarrollados: un 60% se concentra en este tipo de países (principalmente, Europa y EEUU), mientras el 40% se localiza en el mundo en desarrollo (principalmente, Asia). Y es también en los países desarrollados donde más ha crecido el peso relativo del stock de inmigrantes en el total de la población. En todo caso, la distribución de las comunidades de migrantes en relación con la población de las diversas regiones es muy desigual (cuadro 2). Las áreas con mayor intensidad inmigratoria son las dos regiones desarrolladas de más reciente poblamiento, Norteamérica y Oceanía, los llamados "nuevos países occidentales" en la terminología de Maddison, encontrándose entre las de menor cuota las regiones pobres del planeta, África, Asia y América Latina. Europa ocupa un puesto intermedio en esta relación.
Por países, la relación de principales receptores de la inmigración la encabeza Estados Unidos, seguido, a notable distancia, de Rusia. Detrás figura un conjunto de países de muy diverso nivel de desarrollo y región geográfica: Alemania, Ucrania, Francia, India Canadá, Arabia Saudita, Australia, Pakistán o el Reino Unido, están entre los principales receptores. La relación se vería notablemente modificada si el stock de inmigrantes se pusiera en relación con la población del país receptor: en este caso la lista la encabezarían algunos países de Oriente Medio, como los Emiratos Árabes, Kwait, Jordania, Israel u Omán. Sólo Australia, Nueva Zelanda, Suiza y Canadá figuran entre los países desarrollados que encabezan esta relación. 2.3.- A modo de balance Así pues, el análisis histórico confirma que la emigración no es un fenómeno exclusivo del período actual, ni en su tipología ni en su intensidad. En etapas anteriores de la economía mundial se vivieron procesos migratorios de igual o mayor intensidad a los que ahora se están registrando. Incluso, entonces, los grados de libertad con los que las personas se desplazaban por encima de las fronteras nacionales eran muy superiores a las que rigen en la actualidad. Acaso sea ese factor, la mayor liberalidad reguladora de los países receptores, algunos con normas francamente favorables a la promoción activa del poblamiento nacional, uno de los factores que más claramente distingue las dos etapas migratorias consideradas. Junto a ello, ha cambiado también la composición y origen de la corriente migratoria en el hemisferio occidental: en el pasado se trataba de una población cultural y étnicamente semejante a la dominante en el país de acogida y procedente de economías de similar (o, incluso, superior) nivel de desarrollo; en la actualidad las corrientes migratorias tienen una más clara dirección sur-norte, entre países de disímil nivel de desarrollo y, en ocasiones, incorporando un factor de diversidad étnica o cultural que hace más complejo el proceso de integración en la sociedad receptora. Al tiempo, se constata que es en las dos etapas de mayor interdependencia económica cuando mayor intensidad adquieren los fenómenos migratorios: un hecho que apunta a la relación existente entre el grado de apertura a las transacciones económicas internacionales y la intensidad de las corrientes migratorias. Ahora bien, más allá de esta intuición, ¿qué dice la teoría económica acerca de las razones del hecho migratorio? A responder este interrogante se dedicarán los dos siguientes epígrafes.
Notas
(*) Catedrático de Economía Aplicada. Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI).
(1) Sutcliffe (1998:15):"Desde un principio sería fácil elaborar una lista de motivos por los que una persona puede emigrar: el intento de mejorar su nivel de vida en el sentido más amplio del término, la idea de que debe haber sitios mejores para vivir que el suyo, el deseo de ver otros lugares y tener nuevas experiencias, la necesidad de escapar de situaciones sociales y personales agobiantes, el deseo de adquirir más independencia personal, el reencuentro con amigos añorados, y muchos más. Todos parecen tan perfectamente normales que le pueden hacer a uno preguntarse por qué no hay más migración. ¿Por qué tanta gente permanece en su lugar de nacimiento o de residencia estable?" |
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