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La insignia
2 de octubre del 2004


Hay gente que vive en peligro


__Especial__
Palestina
Alberto Arce
La Insignia. España, 2 de octubre.


«Todos sabemos que hay gente que vive en peligro.» Eso es lo que los portavoces del gobierno israelí han dicho respecto al atentado terrorista que se ha llevado por delante, el fin de semana pasado, a Jalil, uno de los líderes en el exilio de la organización palestina Hamás. Y con esta son ya tres las veces que los israelíes apuntan a la cabeza de la misma organización y la hacen volar por los aires. Primero el jeque Yassim, después Abdelaziz Rantisi y ahora Jalil. ¿Quién será el siguiente?

No tienen ningún reparo en reconocer que pueden localizar, allí donde esté, a cualquier persona que califiquen como amenaza para su seguridad y eliminarla. Aunque sea en un país extranjero. Aunque tengan que hacerlo más allá de las reglas, violando la soberanía siria e incluso asesinando con ello a civiles que pasasen por el sitio equivocado en el momento equivocado. Y a este comportamiento los medios de comunicación no lo llaman terrorismo. De hacerlo así estaría reconociéndose que Israel comete terrorismo de Estado. Porque sólo hablan de terrorismo de estado los radicales, los antisistema, los que defienden al otro terrorismo. Y nuestros medios de comunicación se limitan a informar de lo que sucede. Nunca lo juzgan. Son objetivos observadores de la realidad, alejados de cualquier toma de partido...

Asumiendo las reglas más básicas de la información, vamos a ordenar lo que ha sucedido. Un Estado envía a alguno de sus agentes al extranjero para colocar una bomba lapa en el coche en el que viaja una persona que previamente ha sido calificada como peligrosa. La bomba estalla, se asesina con éxito a la víctima y se reconoce la autoría de los hechos. Y la información se enfoque del siguiente modo: "Un jefe de Hamás muere en Damasco al estallar una bomba colocada bajo su coche". Pero mi pregunta es la siguiente. ¿Qué pasaría si los servicios secretos sirios enviasen a dos de sus agentes a España para asesinar, por ejemplo durante una conferencia, a un conocido intelectual sionista?. ¿Se titularía la noticia del día siguiente "Muere en Madrid uno de los ideólogos del sionismo al recibir un disparo en la nuca". Todos sabemos que no. Se hablaría de la intolerable intromisión de un país extranjero más allá de sus fronteras, se recordaría que Siria está en la mira de los Estados Unidos por sus supuestas relaciones con el terrorismo internacional, se hablaría inmediatamente de la pertenencia de los ejecutores del atentado a la religión musulmana y así con una larga serie de lugares comunes que ya conocemos. Probablemente la noticia se titularía "El terrorismo islámico golpea en Europa asesinando a un escrito israelí".

Tras el atentado terrorista de los servicios secretos israelíes contra su líder en Siria, Hamás respondío lanzando sus cohetes artesanales contra un asentamiento ilegal israelí. Dos niños murieron como consecuencia del ataque. Cierto es que se trata de violencia indiscriminada y cierto es que esos niños eran inocentes. Pero el problema no radica en concluir que, a raíz de la muerte de esos niños, puede calificarse a la resistencia palestina como "terrorista" o "radical" como nuestros medios de comunicación han decidido repetir diariamente. El problema radica en que no se califica este conflicto como guerra sino que las referencias al mismo pasan por "espiral de violencia", "ataque y respuesta" o "provocación y represalias". Cuando un día después el ejército israelí ataca con más de 100 tanques un campo de refugiados de la Franja de Gaza y asesina en 24 horas a más de 40 personas (10 de ellos, niños incluidos, mientras esperaban tranquilamente en la puerta de mezquita) nadie habla de un ejército radical o se refiere a este comportamiento como terrorista. Si se definiese lo que allí sucede con su nombre real, guerra, todos comprenderíamos que en la guerra hay bajas civiles. Civiles inocentes que pagan con su vida el irresponsable comportamiento de sus gobernantes, más preocupados por mantener sus cuotas de poder que por resolver el conflicto. Y si reconociésemos que lo que sucede en Gaza es una guerra abierta, la comunidad internacional debería entrar a pararla.

Así que ya que algunos podemos todavía escribir con libertad expliquemos así lo que ha sucedido: El sionismo, que es una ideología política cuyos objetivos han sido declarados ilegales por el Derecho internacional, da un paso más en sus intentos por enconar el conflicto palestino israelí. Aprovecha la estancia de un líder de Hamás en Damasco para tratar de enemistarse aún más con el mundo árabe, asesinándolo a la luz del día y en plena calle. Siria es un estado amenazado por los Estados Unidos. Probablemente Israel esté tratando de demostrar que puede asumir el papel de ejecutor de la política norteamericana respecto a Siria además de adoptar para sí mismo la doctrina de ataques preventivos allí donde el enemigo se encuentre. Por el momento el régimen Sirio, que no quiere meterse en más líos, ya ha ordenado cerrar las oficinas de las organizaciones palestinas que operaban desde su territorio y le ha pedido a sus líderes que busquen otro país para refugiarse. Cuando cualquier día la organización que, repitamos, ha sido descabezada ya tres veces en lo que va de año, responde a este atentado terrorista con un ataque contra el primer objetivo al que pueda acercarse en el primer lugar que encuentran, todo el mundo se echa las manos a la cabeza y habla de terrorismo, de radicales musulmanes, de violencia ciega y sin sentido, de muertes inocentes. Y así se reforzará la idea de que los pobres israelíes se defienden de la amenaza árabe, absolutamente irracional. Pero nunca hablarán del terrorismo de estado israelí, de la ideología político-religiosa que lo alimenta (sionismo) y del ilegal modo en que la desarrolla, mediante el robo de tierras, la violación de toda las reglas del derecho internacional humanitario y el castigo colectivo continuado contra un pueblo que prácticamente no puede defenderse, que sólo se defiende con acciones concretas, marginales, poco efectivas en lo militar y desastrosas en lo que se refiere a sus posibilidades de recabar apoyos en el exterior.

Atacar autobuses en Tel Aviv es terrorismo. Eliminar líderes políticos en Damasco no lo es. Un pobre infeliz con un cinturón explosivo es un asesino. Un agente del Mossad que coloca una bomba lapa en un coche es un agente de la seguridad del Estado. Dos niños muertos en un ataque contra un asentamiento ilegal provoca el rchazo generalizado de las mentes bienpensantes pero 40 muertos a por el fuego de la artillería en un campo de refugiados se justifican en silencio bajo el paraguas de la lucha contra el terror. Una organización armada que lucha contra una ocupación militar declara ilegal por todas las instituciones internacionales que tienen competencia para hacerlo es un grupo terrorista. El mismo ejército que ocupa estos territorios no es más que una fuerza de defensa. No se sostiene por ningún lado. Ya no se lo cree nadie. Cada día es más injustificable. Y habrá que repetirlo las veces que haga falta. Hasta que alguien obligue a Israel a parar. A dejar de comportarse como lo hace. Hay que parar a esta gente de una vez y mientras nadie lo haga seguirá existiendo mucha gente que vive en peligro. En Israel también. No sólo en Palestina o ahora en Siria. Mañana, o pasado, o dentro de cinco días, morirán israelíes otra vez. Y es necesario lamentarlo, pero el gobierno israelí firma cada día la sentencia de muerte de un grupo de sus ciudadanos que, en breve, volará por los aires en un autobús, una discoteca o un punto de control militar. Quienes los sobrevivan se preguntarán por qué su padre o su amigo o su hermano tenía que morir. Que les responda su gobierno. Que le pregunten a Ariel Sharon, al responsable de que los israelíes vivan en peligro. Y que le pregunten también a Ariel Sharon cuando van a dejar en paz a los palestinos si quieren saber cuando los palestinos van a dejarles en paz a ellos.

"La verdad no es triste, simplemente no tiene remedio"



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