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La insignia
12 de octubre del 2004


A fuego lento

¿Identidades deportivas?


Mario Roberto Morales
La Insignia*. Guatemala, octubre del 2004.


Mi pasión por los juegos de pelota acabó en mi temprana época escolar con la inolvidable competencia de jonrones entre Mickey Mantle y Roger Maris. Después de eso, me sumergí en el karate y en los amigos hasta que, luego de una fractura en la nariz, otra en un dedo de la mano derecha e incontables contusiones, entré al primer año de universidad y me atraparon la filosofía, la literatura y la militancia guerrillera. Mis pasiones deportivas desaparecieron así para siempre. Por fortuna, crecí en un hogar ajeno por completo a las pasiones religiosas, de modo que éstas jamás las padecí en forma alguna. Pero esta es la hora en que todavía no puedo desembarazarme de las pasiones políticas. Eso, sin embargo, es otra historia.

Debo decir que incluso en la época más intensa de mi fiebre deportiva, jamás me interesé por el futbol. Siempre me pareció un deporte literalmente pedestre. Por eso, sus campeonatos me pasan hasta la fecha desapercibidos, a pesar del estruendo con que se les da a engullir al gran público por los medios de comunicación, al extremo de haber convertido ese deporte -entre otros- en un obligado referente identitario para enormes multitudes.

Pues bien, el 5 de septiembre pasado, día de mi cumpleaños, me encontraba almorzando en un restaurante español de la ciudad de Guatemala, cuando noté que los rígidos meseros embutidos en trajes negros y con corbatas de mariposa no podían disimular un entusiasmo desbordante que los hacía mirar en derredor con una extraña pena sonriente. Indagué las razones y resultó que la Selección de futbol guatemalteca había derrotado a la costarricense en aquel preciso momento. No le di importancia a la noticia, hasta que mis hijas -que viven en Costa Rica- me llamaron por teléfono para contarme que había una especie de luto nacional en ese país.

Fue entonces que recordé la interminable zaga de victorias y derrotas de ambas selecciones futbolísticas que, como cosa extraña, siempre ganan cuando juegan en casa y pierden en el campo ajeno, de modo que los ticos siempre pierden en Guatemala y los chapines siempre pierden en Costa Rica, en donde me encuentro este fin de año invitado por la Universidad Nacional para dictar un curso en su doctorado en letras y cultura centroamericanas, en el que, entre otros asuntos, examinaremos la conformación de mentalidades e identidades culturales en este istmo tan pródigo en terremotos, huracanes y pequeñas pasiones patrióticas.

He escrito sobre identidades nacionales, étnicas, sexuales, religiosas y estéticas, pero nunca sobre "identidades deportivas", dicho sea el concepto en el sentido de que la noción de mismidad y diferenciación, de cohesión social y legitimación política, esté remitido al bueno, malo o regular desempeño de una selección nacional de futbol. Ningún lugar mejor que Costa Rica para hacer observaciones a este respecto.

Ocurrió, pues, que el sábado 9 de octubre se enfrentaron las selecciones de Guatemala y Costa Rica en un estadio costarricense. La selección guatemalteca perdió por un ridículo cinco a cero. El día anterior al partido, en un hotel atestado de chapines que habían llegado a darle upas a su equipo, algunos de ellos habían preguntado por un lugar ameno en dónde beberse unos tragos. Un ecuánime empleado del hotel optó por desaconsejarlos al respecto, sobre todo en vista de que llevaban puestas las camisetas de su equipo, ya que -les advirtió- podían ser víctimas de agresiones por parte de la alegre fanaticada local. De hecho, cuando el equipo guatemalteco llegó a su hotel, un entusiasta grupo de patrióticos y deportivos costarricenses los recibieron con sonoros insultos a viva voz.

Por todo, resulta divertido leer los reportes que de esta "fiesta deportiva" ofrecieron los diarios de uno y otra país al día siguiente del mencionado encuentro. Observemos el contraste entre las versiones contradictorias que del mismo suceso dan estos medios, para luego tratar de interpretar la intención ideológica que las anima. Ruego a los lectores perdonar la pésima redacción de las notas que cito. Un diario guatemalteco publicó lo siguiente:

"Con rostros pintados, disfraces, bombos y porras especiales, los chapines soportaron todo tipo de insultos de los fanáticos costarricenses, quienes no dejaron de insultar a los encendidos fanáticos chapines, que no se amilanaron ante la presión. (...) '¡Indios, indios, indios!', era el grito de los fanáticos ticos en contra de los guatemaltecos, quienes ni se inmutaban ante las ofensas de los aficionados locales. 'Somos indios por la gracia de Dios, pero les vamos a ganar', les contestó Jorge, un chapín que llegó en carro desde Santa Rosa. (...) 'No nos importa el esfuerzo que tengamos que hacer con tal de brindarle el apoyo a nuestra Selección', declaraba Álvaro Carías, otro de los expedicionarios, quien se reía mientras dos aficionados ticos le gritaban: 'Indio, indio, indio'. 'Son cosas del futbol, pero en términos generales la gente nos ha tratado muy bien, ya que anduvimos por las principales calles de San José y nadie nos faltó el respeto, pese a que nos veían con la camiseta de la selección', añadió otro de los integrantes del grupo, Sergio Campos" (El Periódico, Guatemala, domingo 10 de octubre, 2004)

En cambio, el diario de más influencia ideológica en Costa Rica publicó el siguiente titular: "Seguidores guatemaltecos felices con el calor humano de los costarricenses". Y luego afirmó que:

"Con una que otra excepción, al menos durante el previo del juego, prevaleció el respeto entre las dos aficiones. Y eso dejó encantados a los guatemaltecos... (que)... iban pintados de pies a cabeza con los colores de su bandera y estaban eufóricos por la emoción del juego; pero sobre todo por el calor humano percibido por parte de la afición tica. (...) Los guatemaltecos emocionados por el aprecio de los ticos; los de casa felices de poder olvidar a gritos las penas y vergüenzas de los últimos días" (La Nación, Costa Rica, domingo 10 de octubre, 2004).

En este mismo diario aparecen también las siguientes afirmaciones, típicas de la manera de "razonar" de muchos atletas:

" 'La grandeza de un país no se mide por su territorio sino por estas cosas'. José Luis López, Volante de Costa Rica".

" 'Hoy Costa Rica volvió a tener su futbol porque volvió a sus raíces'. Rolando Fonseca, Delantero de Costa Rica".

" 'La gente estaba pendiente de nosotros para quitarnos la desmoralización que vive el país'. Luis Marín, Defensor de Costa Rica".

" 'Jugamos muy mal. Hubo acciones muy infantiles que nos hicieron caer de esta forma'. Néstor Martínez, Defensor de Guatemala".

Otro diario guatemalteco publicó:

"Simplemente, fue un equipo inferior, y la bicolor vivió una pesadilla, una noche de horror, 90 minutos para olvidar ante una Costa Rica inspirada" (Prensa Libre, Guatemala, domingo 10 de octubre, 2004).

Y un diario que se imprime y vende en Guatemala pero que pertenece a La Nación de Costa Rica, publicó el siguiente titular: "Costa Rica nos ridiculizó". Para luego afirmar que:

"Costa Rica sale como héroe... marcando cinco goles sin mostrar su mejor futbol" (Siglo Veintiuno, Guatemala, domingo 10 de octubre, 2004).

Como podemos ver, La Nación oculta a su público los habituales insultos racistas de su afición contra los guatemaltecos y se saca de la manga los buenos modales y la doble moral que en Costa Rica pasan por "alta cultura". Por su parte, los guatemaltecos echan mano nada menos que de Dios para defenderse del insulto que para ellos y los ticos supone ser llamados "indios", en vista de que, fuera de su país, no pueden ejercer la habitual discriminación etnocultural hacia los indígenas, y asumen esa identidad despreciada "católicamente", ya que en este caso se las adjudican en calidad de bofetada en la primera mejilla, y ellos se aprestan a poner mansamente la otra.

Pretender determinar cuál de las dos formas de hipocresía es peor resultaría una tarea tan ridícula como la falsa moralidad buenita esgrimida por ambos bandos. Pero, visto el asunto desde la perspectiva de las mentalidades, éste resulta un buen ejemplo de cómo alguna gente suele asumir identidades morales, en este caso, "buenas", remitiéndolas a equipos de futbol en el agitado espacio de los climas creados por las competencias deportivas. En este contexto, también resulta divertido constatar cómo los guatemaltecos se contentan con tan poco respeto, acostumbrados como están a ser maltratados por el poder político y militar de su país, al extremo de que como nadie los agredió en la calle por el "atrevimiento" de llevar puestas las camisetas de su equipo, excusan a los abusivos fanáticos ticos arguyendo que su acostumbrado comportamiento vulgar y su usual patanería para referirse a sus vecinos centroamericanos (a quienes consideran "indios") "son cosas del futbol", no del respeto, la ética, los derechos humanos (o los modales modosos, en los que tanto se esmeran los ticos). Qué va. Son del futbol. Y, bueno, si aceptamos el futbol como marcador identitario, pues sí, son cosas del futbol, ¿no?

Al analizar las citadas declaraciones de los deportistas de ambos países, así como la versión del diario guatemalteco Prensa Libre y la del matutino costarricense publicado en Guatemala, Siglo Veintiuno, notaremos que la actitud guatemalteca ante la derrota y el ridículo es auto flagelante, malinchista y suicida, porque se complace en hacer leña de su árbol caído y se denigra a sí misma hasta el polvo, muy al estilo de la expiatoria servidumbre colonial que le pesa todavía al país en la nuca. Por el contrario, las versiones costarricenses son de aquellas para sonreír perennemente ante el público porque, para la cultura local, por encima de todas las cosas, "el show debe seguir", en especial ahora que el país se encuentra sumido en un escándalo inocultable de corrupción a sus más altos niveles políticos y oligárquicos. Por eso, uno de los futbolistas ticos afirmó que: "La gente estaba pendiente de nosotros para quitarnos la desmoralización que vive el país". El futbol borrando la corrupción del horizonte político. Qué alegre. Por si esto fuera poco, La Nación del lunes 11 de octubre contribuye a pisotear la masoquista autoestima guatemalteca citando el titular de portada del domingo 10 de su sucursal en Guatemala, Siglo Veintiuno, que rezó: "Ridiculizan al líder" (de la clasificación), y comentarios muy a la tica publicados por este matutino "guatemalteco", como por ejemplo: "La derrota era una posibilidad, ¿pero la goleada? (...) Qué fatal, qué ridículo". Y procede a listar otros titulares igualmente auto negatorios de los diarios chapines. ¿Dos culturas, dos historias, dos identidades "nacionales" diferentes, unidas y separadas por la hipocresía y el futbol? ¿Por el "espíritu deportivo" que "hermana a los pueblos"?

A propósito de todo este divertimento, se antoja que la pertinaz "casualidad" de que cada uno de los equipos gane en su cancha y pierda en la ajena pueda no ser del todo espontánea, ya que todo el mundo sabe que, hoy por hoy, la escasez de pan hace que el exceso de circo esté cuidadosamente planificado por los magos del mercadeo, la publicidad y el diseño de imagen para corporaciones, partidos políticos, "líderes", "naciones" y conglomerados que derivan su sentido de pertenencia, cohesión social, legitimación política, diferenciación y mismidad, del desempeño en la cancha de su Selección Nacional. Es de notar que en términos de la clasificación que interesa en este caso, Guatemala no perdía nada con esta derrota tan ridículamente abultada, mientras que Costa Rica hubiese quedado eliminada si hubiese perdido. ¿Un deliberado ejercicio de elevamiento de la autoestima nacional ante la aparatosa caída de la "democracia ejemplar" costarricense, ahora evidenciada como corrupta? Produce, por todo, curiosidad esperar a saber quién ganará las eliminatorias finales para poder especular sobre los términos de la posible negociación realizada respecto de ese propósito por los cabezones de la industria deportiva y sus financistas, que tan dadivosamente derraman las mieles del circo sobre las agradecidas cabezas de sus entusiastas masas de fanáticos deportivos, las cuales, sin su selección de futbol, se sentirían desprovistas de su gloriosa identidad "nacional".

En este contexto, quizás lo único malo sería el chiste cruel de atreverse a afirmar que uno cree todavía en aquella noble sentencia grecolatina que solemnemente asentaba: Mens sana in corpore sano.


Heredia (Costa Rica), lunes 11 de octubre del 2004.


(*) También publicado en A fuego lento



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