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La insignia
12 de octubre del 2004


América Latina

El pasado como excusa, el presente como estafa


Jesús Gómez
La Insignia. España, octubre del 2004.


I. El pasado como excusa

De una fecha como el 12 de octubre de 1492 no faltarán nunca opiniones. Yo mismo estaría encantado de sumar algunas al inventario, pero ni unas ni otras serían útiles para entender el presente político de Iberoamérica. Buscar las razones de los actuales Estados americanos en el grito del sevillano Juan Rodríguez Bermejo, más conocido como Rodrigo de Triana, equivale a buscar las del presente español en la larga historia de convivencia y conflicto entre la proto España musulmana y la católica o en la derrota de la muy hispánica Cartago ante Roma: se mire como se mire, es absurdo.

Entonces, ¿a qué obedece la insistencia en el error? La ignorancia tiene bastante que ver, pero sólo como efecto. La causa original, que es lo que importa, es otra: la mayoría de las élites latinoamericanas han dedicado ímprobos esfuerzos no sólo a falsificar la historia para inventar y sostener las culturas nacionales sino también a derivar hacia pasados remotos responsabilidades que en realidad se encuentran en la historia contemporánea. Es una versión retorcida del «largo me lo fiáis» de Don Juan, que en este caso no pretende alejar el momento de la muerte y del castigo -en la moral cristiana-, sino la simple y pura responsabilidad política, y con el agravante de que lograremos alcanzar la muerte, pero nunca, por mucho que lo intentemos, el pasado.

No es raro que en determinadas universidades latinoamericanas se afirme que las razones del subdesarrollo de los países que albergan a tan ilustres instituciones estriban en haber sido colonizados por las coronas de España y Portugal y no por la de Inglaterra. Lástima que no existan infinitos mundos paralelos donde cada cual pueda obtener lo que cree desear (sin joder los mundos de los demás, por supuesto), porque contemplar ese espectáculo desde una grada resultaría bastante divertido y satisfactoriamente cruel. Pero al margen de las posibilidades lúdicas, e incluso dejando a un lado la ignorancia y el modelo de pensamiento que implica esa tesis, vuelve a resultar llamativo el intento de pedir peras al olmo: que Cristóbal Colón y compañía nos expliquen los Presupuestos Generales del 2004, por ejemplo.

Algunos llegan más lejos y afirman que no se trata de explicar las cuentas generales de un Estado actual sino estructuras sociales, políticas y económicas negativas que según ellos se generan en 1492. A simple vista parece una propuesta más aceptable, pero las apariencias engañan. En primer lugar, la afirmación es históricamente falsa: todos los males sufridos por el continente, desde el caciquismo hasta el racismo, desde el imperialismo hasta la esclavitud, estaban presentes en él mucho antes de que llegara el primer europeo. En segundo lugar, es surrealista: desde entonces han transcurrido más de cinco siglos, dos de los cuales pertenecen a los Estados que se crearon en el siglo XIX, a los padres políticos del presente y por tanto a los responsables únicos -si se trata de rastrear antecedentes- de todo lo que suceda en América Latina.

Al hilo de las últimas crisis, una legión de columnistas se preguntaba si sus países existían realmente. Depende, todo depende. Si la ciudadanía y ese bonito concepto de la soberanía nacional residen en una bandera, un ejército sólo útil para reprimir a su propia población y una policía sospechosamente parecida al ejército, yo no me preocuparía por problemas de existencia; existen, ya lo creo, como forma neofeudal de dominación, como seguro de vida para los que nunca estuvieron interesados en crear Estados modernos. Si la ciudadanía es otra cosa, y lo es, no han existido nunca.

Hablaba antes de derivar responsabilidades. Nada mejor a tal fin que el nacionalismo: posiblemente la mejor arma de la burguesía contra los trabajadores. No existe en todo el planeta un grupo de países donde se repita más la palabra «patria», donde se apele más al «alma nacional» y a la «independencia», donde se reitere más y de forma más vehemente el amor por un trapo de colores. Tampoco hay en todo el planeta un grupo de países donde se responsabilice más al otro, al enemigo externo, al mal ajeno, de las desgracias propias. ¿Será casual que ese mismo grupo de países ostente el dudoso honor de ser el más injusto en cuanto a la distribución de la riqueza, por encima, incluso, del África subsahariana?


II. El presente como estafa

De los días cercanos a este 12 de octubre del 2004, rescato varias pinceladas por si alguna vez logramos retroceder tanto que Bernal Díaz del Castillo se apunta a escribir la Historia verdadera de la conquista de las Américas. «Dicen sabios varones que la buena política y agraciado componer es decir verdad en lo que escribieren», afirma. Intentaré seguir el consejo.

A principios de mes llegaron dos mensajes de correo electrónico a mi dirección personal con varios artículos sobre la inmigración en Europa. Por el tono, cualquiera habría imaginado la procedencia: un país hispanoamericano que actualmente tiene un millón y medio de inmigrantes extranjeros según cifras oficiales, el 70% de los cuales procede de otros países hispanoamericanos. El país en cuestión se llama Argentina. No es el único país que podría haber citado para la ocasión ni el único que encajaría en la serie de ejemplos siguientes, luego apelo a la paciencia de sus naturales; la categoría del ejemplo no incluye una incidencia especial -que necesariamente sería injusta- en la crítica.

Para empezar, intenten imaginar cuál es la situación de la mayoría de los inmigrantes que mencionaba cuando la práctica totalidad de los países de nuestra América -con diferencias importantes que dejaré para otro momento- mantiene sistemas sociales anclados en el siglo XIX. Para continuar, calculen cuál será la cifra real de inmigrantes teniendo en cuenta la confianza que merecen la mayoría de las estadísticas oficiales en el mismo entorno. Para concluir, recuerden que Argentina no es una excepción ni en ausencia de derechos sociales ni en manipulación estadística.

He citado las dos cartas por un pequeño detalle editorial que les ofrezco ahora: en casi cinco años de existencia de La Insignia, a los que personalmente podría sumar varios más en otros medios, nunca hemos recibido un solo estudio serio de un autor radicado en Argentina que estuviera específicamente dedicado a la inmigración en el país. En cambio, de Argentina nos han llegado y nos siguen llegando toneladas de aproximaciones a los problemas de los inmigrantes en España, Italia y Alemania, es decir, de países cuyos peores perfiles en ese aspecto suelen ser incomparablemente mejores que la mejor de las situaciones latinoamericanas.

Aunque las conclusiones de la anécdota merecerían capítulo aparte, hoy sólo me voy a referir a una de las posibles: al parecer, al común de los articulistas y periodistas argentinos les importa un carajo lo que sucede en su supuestamente amada patria o lo desconocen o no lo encuentran significativo. Con dignas excepciones, hablan desde el privilegio y desde una posición de dominación cultural que resulta en extremo chocante cuando se contempla en perspectiva. Pero afirmar eso y no afirmar nada sería casi lo mismo si faltan los motivos, y para encontrarlos, qué mejor que darse un paseo por las alcantarillas de los periódicos.

Durante varios días, la prensa argentina ha estado sumida en una de esas diarreas hipernacionalistas que tanto aprecia. En este caso la excusa fue un artículo escrito por el nuevo canciller chileno, Ignacio Walker, en el diario El Mercurio; en el texto, Walker denunciaba los «rasgos autoritarios, corporativos y fascistoides» del peronismo, afirmaba que el Partido Justicialista es responsable de la destrucción sistemática de Argentina y declaraba que «uno de los legados de la doctrina peronista es su ignorancia y desprecio no sólo por las normas más elementales de la economía, sino del derecho». Por lo demás, también incluía una crítica al actual gobierno de la Casa Rosada por su tendencia a incumplir tratados y contratos internacionales, y confluía afirmando que «el verdadero muro que se interpone entre Chile y Argentina no es la cordillera de los Andes, sino el legado del peronismo y su lógica perversa».

Debo decir que comparto la opinión de Ignacio Walker, aunque considero que se queda corto en la apreciación del peronismo y que olvida a otros responsables históricos del desastre argentino. Pero la cosa va de detalles y ahí va el siguiente: la inmensa mayoría de la población mundial que ha oído hablar alguna vez de Argentina, y por supuesto el porcentaje -bastante más pequeño- que conoce mínimamente su historia y se preocupa por el país, estaría total y absolutamente de acuerdo con el ministro de Asuntos Exteriores chileno. Pues bien, según la mayor parte de la prensa argentina, no sólo estamos todos terriblemente equivocados (cuando no confabulados), sino que todos los que pensemos de ese modo somos «argentinofóbicos».

La expresión no es cosa mía. Me limito a reproducir un término que se ha repetido muchas veces porque esa prensa considera que el Partido Justicialista y Argentina son la misma cosa; en consecuencia, la crítica al primero se convierte en ejercicio de xenofobia. ¿Cómo definirían esa forma de pensar? Yo diría que encaja bastante bien en la caracterización de «rasgos autoritarios, corporativos y fascistoides». El peronismo mantiene secuestrada la política argentina dentro de un «Movimiento Nacional» que impide ningún tipo de regeneración del sistema, y lejos de limitarse a ello, también secuestra al propio país, repentinamente fundado por el general. Seguro que a muchos compatriotas míos les suena la película; esa asociación nación-partido, nación-caudillo, fue parte central del discurso franquista en el pasado y hoy lo es de organizaciones como el Partido Nacionalista Vasco. Reacción en estado puro.

Alguno de ustedes podría pensar que un representante político no debería expresarse en esos términos, le asista o no le asista la razón, sobre el partido en el gobierno de otro país. Cierto. El problema estriba en que Walker escribió ese artículo cuatro meses antes de haber sido nombrado canciller (exactamente, el seis de mayo) y que, en todo caso, no hizo nada que no hayan hecho en situaciones parecidas infinidad de cargos políticos argentinos que más tarde se han convertido en diputados, ministros y presidentes (incluido el actual). Entonces, qué. Entonces, lo de siempre. El gobierno argentino tenía sus razones para provocar un falso conflicto con el chileno y la prensa se limitó a realizar su papel de correa de transmisión y a dar cobertura con el viejo truco del nacionalismo. Algo muy fácil, en Argentina, cuando se trata de Chile, España o Brasil. Algo particularmente fácil cuando hablamos de un país que se encuentra entre los peores del continente en materia de pluralidad informativa.

Y por fin llegamos al asunto recurrente, al que no puede faltar en una buena y patriótica portada, al Fondo Monetario Internacional como centro de un mundo plano y sostenido sobre cuatro elefantes, a la mano que al parecer se encuentra tras la tercera ley de la termodinámica y las peores películas de Cantinflas. Indudablemente, el personaje es perfecto para el papel. Debemos lamentar que su sede no se encuentre en la isla Tortuga porque todo resultaría más literario, pero sólo es cuestión de tiempo que ocupe el lugar del lobo en los cuentos infantiles. Por historial y tendencias, desde luego, pero también por el penúltimo detalle del anecdotario; hasta el más torpe sabe que las mejores mentiras son las que tienen parte de verdad.

La historia real también es ligeramente distinta en ese extremo a la oficial. El FMI no es el desencadenante de la situación actual argentina por mucho que haya contibuido -y lo ha hecho- y por muy injusta que sea la deuda acumulada. El FMI no es causa, es efecto. El FMI no es razón original de subdesarrollo, sino bien al contrario, consecuencia del subdesarrollo. El FMI no apareció en Argentina por arte de magia, ni le vino impuesto a sus gobernantes por intromisión extranjera alguna. El FMI es el resultado de décadas de corrupción y de políticas económicas populistas y retrógadas, llevadas a cabo por argentinos y sólo por argentinos, que obviamente se aseguraron de arruinar el presente y el futuro inmediato del país tras dejar bien hinchadas y a buen recaudo sus cuentas bancarias y sus propiedades. Con repúblicas así, quién necesita monarquías absolutas.

El último detalle de la historia es un detalle de estructuras, ya que tanto gusta la palabra. Cuando se generaliza demasiado, se corre el riesgo de perder el norte, el objetivo, las alforjas y hasta el cerebro. Por ejemplo, insistir en el soniquete de que «el norte» es rico porque «el sur» es pobre, dando por sentado que existe una relación necesaria y permanente entre las dos cuestiones y sin molestarse siquiera en puntualizar de qué norte y de qué sur estamos hablando, puede quedar precioso en los discursos oenegeros según los cuales todo se arreglaría si fuéramos más buenos, más solidarios, más éticos y hasta más simpáticos, pero es otra invitación al error. La riqueza de las naciones, entendida en su sentido económico republicano y no en simples términos de PIB (de la estadística ramplona de la que tanto se burlaba Bernard Shaw) depende de unos cuantos factores, pero cabe mencionar uno esencial que no se encuentra en ningún país de América Latina y que explica, por sí mismo, el subdesarrollo de los países más ricos del continente: la ausencia de un Estado moderno. ¿Y qué es eso? Desde luego, no consiste en montarse un Fórum de las culturas de vez en cuando ni en contar con presidentes que no lleven patillas a lo Carlos Ménem. Es lo que explica que países medios como Italia o España tengan presupuestos nacionales cuatro, cinco o seis veces superiores a países latinoamericanos que deberían encontrarse, al menos, a su altura. Y no se llama imperialismo, precisamente.

A diferencia de los sistemas impositivos de Europa occidental, los de América Latina en general y de Hispanoamérica en concreto siempre han sido sistemas profundamente regresivos. El «contrato social» que subyace en los países que los mantienen es tan simple como criminal: un pacto entre los privilegiados y las clases medias que consiste en pagar muy pocos impuestos o evadirlos directamente, de tal manera que el Estado no tiene recursos para prestar los servicios necesarios. Es el paraíso de la economía sumergida, de la economía informal, de los sistemas de exportación de materias primas que sólo dejan dinero a unos pocos y condenan a cualquier país, incluso al más pintado, a la marginalidad. Han trascurrido doscientos años desde las independencias, pero igual daría que hubieran transcurrido dos mil años. Sin un modelo económico radicalmente diferente, sin mercados interiores fuertes ni impuestos universales y progresivos, no hay futuro. Y esto vale también para los afortunados que encontraron literalmente petróleo; en lugar de aprovechar las ingentes sumas de dinero para cambiar las estructuras, confirmaron la «paradoja de la abundancia» y el petróleo se transformó en el mejor de los puntales del subdesarrollo.

Ante semejante mano, la apuesta de gran parte de la izquierda latinoamericana sigue consistiendo en tragarse todas las majaderías nacionalistas que les arrojan sus amos. Qué majo el perro, qué obediente. Y cuando llegan fechas como ésta, nunca falta un esclavo que responsabilice a Cortés o aplauda la retirada de la estatua de Pizarro, en Lima, como ejemplo de desarrollo social y convivencia interétnica. Parece un mal sueño, pero no lo es; es la simple y pura verdad. Hasta cuándo.


Madrid, 12 de octubre del 2004.



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