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La insignia
21 de noviembre del 2004


EEUU en guerra

Bush, un capitalismo más depredador


__EEUU en guerra__
2001-2002 2003 2004
Xavier Caño
CCS. España, noviembre del 2004.



La reelección de George W. Bush para un nuevo mandato presidencial no sólo supone mayor agresividad imperial, es también acabar con cualquier atisbo de capitalismo soportable. Significa el apogeo de la involución económica conservadora de Reagan, la prioridad absoluta para el capital, eliminando cualquier norma de control y, por supuesto, suprimiendo los impuestos directos que gravan rendimientos y beneficios, sustituidos por impuestos al consumo. Libre de trabas el capital –dicen-, el crecimiento será imparable. Es la apoteosis de un mundo de pobres invisibles, solo para ricos. Y no es delirio de periodismo-ficción. Está todo en la web Agenda de América en la que se explicaban los propósitos de Bush antes de las elecciones. En su anterior mandato, perpetró tres rebajas de impuestos directos que han supuesto una disminución de ingresos para el Estado, o mayores beneficios para los ricos, como han denunciado economistas como Sachs, Stiglitz y Krugman- de 1,9 billones de dólares. ¿Renuncia el Estado americano a los ingresos fiscales? No, pero los impuestos directos se sustituirían por tasas que no tienen en cuenta cuánto gana el que abona el impuesto: pagará lo mismo quien obtenga millones que el que no tenga donde caerse muerto, siempre que compre algo. Al adquirir tabaco, whisky, leche, libros o cualquier otro producto o servicio, pagaran lo mismo Billy Gates y Georges Soros que un homeless que malvive mendigando.

El plan incluye suprimir la Seguridad Social estadounidense, sustituirla por planes privados de pensiones y hacer desaparecer el servicio de salud pública. Si se liquidan las partidas sociales del presupuesto del Estado, no se precisan tantos impuestos. ¿Y los desfavorecidos, los débiles económicamente? La Oficina Federal del Censo de EEUU ha contabilizado un aumento de 1.300 mil pobres en el país por tercer año consecutivo. Esto significa que los pobres ya son el 12% de la población.

La policía evitará protestas, rebeldías y rebeliones. El mundo de Bush se basa en dos ejes: seguridad (más policías, más armas, más control) y capital. Todo para el capital y con el capital.

Ni en sus mayores delirios se atrevió a imaginar un mundo así el señor Adam Smith. Bush se propone tal desorden económico cuando en el mundo surgen legiones de voces que ponen en cuestión el Consenso de Washington, el dogma neoliberal. Economistas como Joseph Stiglitz y Paul Krugman, nada sospechosos de pertenecer a la II o a la III Internacional, han reclamado un nuevo modo de gobernar la economía global que ponga el acento en “la distribución de la riqueza”. Hasta el propio John Williamson, redactor del Consenso de Washington en 1989, ha pretendido desmarcarse de su interpretación neoliberal, consciente del desastre que ha supuesto como motor de desigualdad, aunque el infausto Consenso es neoliberal y ahora resulte impopular reconocerse como tal. En cuanto a la desigualdad, Krugman ha denunciado que el mundo ha retrocedido a la desigualdad de principios del siglo XX: en los años setenta del siglo pasado el máximo responsable de una empresa ganaba 70 veces más que un trabajador medio; en nuestros días ese directivo gana mil veces más.

Por fortuna, el desprestigio del Consenso de Washington es incesante. Hace un par de meses, se reunieron en Barcelona (España) unos cuarenta economistas de prestigio de todo el mundo desarrollado que radiografiaron el citado Consenso. Le atribuyeron beneficios que nada tienen que ver con ese catecismo económico dogmático, como avances realizados en el respeto a los derechos humanos y asentamiento de la democracia, pero reconocieron que la distribución de la renta y de la riqueza es tan importante, o más, que el crecimiento económico. No tenían otra opción que resaltar las funestas consecuencias del Consenso, a la vista de los datos y realidades de nuestro mundo, salvo que aceptaran pasar por lerdos. Admitieron que no hay una única política económica posible y que los dogmatismos, como el déficit cero a toda costa en las cuentas del Estado, son una necedad que no tiene en cuenta circunstancias y realidades concretas. Incluso James Wolfensohn, Presidente del Banco Mundial, declaró en su día en Santiago de Chile que “después de un día y medio de conversaciones, se estableció con claridad que el Consenso de Washington, ya había terminado y se necesitaba un nuevo consenso.” Sin embargo, Bush no solo quiere llevar la guerra allí donde haya petróleo o beneficio considerable, sino también desarrollar el dogma neoliberal del Consenso hasta la desaparición total del Estado social o solidario.

Se avecinan malos tiempos. Sólo cabe negar la mayor, como decían los polemistas escolásticos. Y la mayor es que la economía de mercado, sobre todo determinada concepción de la economía de mercado, falazmente unida a la democracia, es la única alternativa posible.

Otro mundo es posible, de verdad.



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