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La insignia
14 de noviembre del 2004


Morir por Palestina


__Especial__
Palestina
Adrián Mac Liman
Agencia de Información Solidaria. España, noviembre del 2004.


En el verano de 1982, cuando la plana mayor de la OLP estaba cercada en Beirut por los tanques israelíes, un joven y -¡ay!- aún inexperto diplomático español destacado en Riad preguntó a un príncipe saudí: "¿Qué podríamos hacer nosotros, los europeos, por los pobres palestinos?". La respuesta del entonces ministro del Gabinete wahabita le dejó atónito: "Lo mejor que puede pasar, mi joven amigo, es que los judíos acaben con ellos hasta el último; nos quitarían un problema de encima".

Conviene recordar que en aquella época los sauditas libraban batalla en dos frentes: en Afganistán, financiando el combate de las brigadas creadas por Osama Bin Laden para luchar contra los "ateos", léase, los ocupantes soviéticos, y en Palestina, contra los hebreos, para la liberación de Jerusalén, tercera ciudad santa del Islam.

En el caso de Palestina, el asunto resultaba bastante enrevesado: aunque la mayoría de las monarquías árabes pertenecientes a la OPEP había acordado destinar en 10 por ciento de los ingresos procedentes de la venta del "oro negro" al apoyo de la causa palestina, la OLP parecía más proclive a seguir las directrices de Moscú o de otras capitales del llamado campo socialista. En este contexto, la respuesta del potentado saudí obedecía, pues, a… cierta lógica: conquistar Jerusalén sí, pero sin tener que entregar sus petrodólares a las huestes de Arafat, partidario del Estado democrático, de la opción laica o, en el peor de los casos, de una entidad multiétnica y multiconfesional. Una auténtica herejía, algo inconcebible para los wahabitas, defensores a ultranza del Islam ortodoxo y monolítico.

La "bonanza del 10 por ciento", que acababa en las arcas de la OLP, terminó en 1990, tras la ocupación de Kuwait por las tropas de Sadam Husein, cuando Arafat decidió apoyar al dictador iraquí. No se trataba, en realidad, de una opción política, sino del deseo del "rais" de no apartarse de la postura radical de los "niños de las piedras", artífices de la primera Intifada, quienes no disimulaban su admiración por el hombre fuerte de Bagdad. ¿Simple tentación totalitaria? No, en absoluto; tal Saladino, el tirano de Tikrit logró conquistar tierra árabe. Algo que la OLP había sido incapaz de hacer en más de veinte años…

Este error de cálculo le costó a Arafat, único "custodio" de los fondos palestinos, miles de millones de dólares. En efecto, durante más de una década, los países exportadores de "oro negro" se negaron a apoyar económicamente a los palestinos. A comienzos de los años 90, un destacado militante nacionalista de Cisjordania me confesaba, en la oscuridad de las noches de Ramallah, que la situación de su pueblo era dramática. Los constantes cierres de los territorios impuestos por las autoridades militares hebreas y la total ausencia de fondos árabes habían provocado el estrangulamiento de la ya de por sí embrionaria economía palestina. Mi interlocutor barajaba la hipótesis de una guerra civil, de un gigantesco estallido social. Curiosamente, unos meses más tarde la OLP anunciaba la firma de los Acuerdos de Oslo. Una magistral jugada de malabarismo político, que permitió al líder de la central palestina recuperar gran parte del prestigio perdido en la arriesgada operación Sadam. Siguieron años de lucha, de desconcierto y zigzagueo político: años de errores y desencuentros, de promesas incumplidas y engaños.

En el 2000, cuando los palestinos desencadenaron la Intifada de al Aqsa, la fisonomía del mundo árabe parecía haber cambiado. En efecto, pocas semanas después del inicio del levantamiento palestino, los líderes religiosos de los Emiratos Árabes Unidos lanzaron un llamamiento para el boicot de los productos estadounidenses, alegando el apoyo incondicional de Washington a la política llevada a cabo por Israel. En octubre de 2001, el consumo de bienes norteamericanos en los países del Golfo registró una disminución del 20-25 por ciento; en mayo de 2001, el boicot afectaba a más del 40 por ciento de las exportaciones USA. Entre las víctimas de la inusual ofensiva ideológico-religiosa de los imanes figuraban las grandes compañías estadounidenses: Mac Donalds, Coca Cola, Calvin Klein, Levi's, Pepsi Cola. Sin olvidar, claro está, las principales ventas sectoriales: automóviles, medicinas, cosméticos, ordenadores, aparatos eléctricos, productos textiles. Se habló, en aquel entonces, de la paulatina sustitución de las importaciones USA por productos procedentes de la Unión Europea. En algunos casos, la amenaza llegó a materializarse; los acaudalados consumidores del Golfo Pérsico se dejaron seducir por el "chic" europeo. ¿Mera casualidad? No, en absoluto; la campaña llevada a cabo por los imanes reflejaba el estado de ánimo de los pobladores del Mashrek. Una encuesta realizada durante el primer semestre de 2001 por investigadores de la Universidad de Harvard puso de manifiesto el hartazgo de los árabes frente a la política estadounidense en la región. En efecto, el 70 por ciento de los habitantes de Egipto, Jordania y Arabia Saudí confesaba que uno de los mayores motivos de frustración de la sociedad árabe-musulmana era la imposibilidad de hallar una solución válida y negociada al conflicto palestino-israelí. Los resultados de la insólita investigación se publicaron en agosto de 2001. Luego…

Después del 11-S, el establishment político de Washington se apresuró en diseñar las líneas generales de su contraofensiva. Pero no se trataba sólo de luchar contra el terrorismo, sino también de recuperar mercados.

Huelga decir que los operativos bélicos llevados a cabo por la Administración Bush no sólo no lograron tranquilizar a los descontentos, sino que llegaron a acentuar aún más el malestar existente. Los árabes comprendieron, muy a regañadientes, el porqué la de guerra de Afganistán, pero resultaron muy reacios a la hora de condenar a los secuaces de Osama Bin Laden. Por otra parte, los proestadounidenses fueron incapaces de apoyar la guerra de Irak; dentro de todo, la presencia de tropas occidentales en suelo del Islam fue interpretada como una intrusión de otra civilización, de otra cultura, en el opaco mundo musulmán. Por si fuera poco, la demagogia de los radicales contribuyó al deterioro de la situación. Curiosa y tristemente, cuando Bin Laden o al Zarkawi afirman que morir en Peshawar o Faluya equivale a "morir por Palestina", las masas asienten.

Pero, ¿qué quieren los árabes? La respuesta es, a la vez sencilla y explosiva. La respuesta se limita, en definitiva, a una sola palabra: Palestina. Esta ha de ser una de las prioridades de la política exterior de la nueva Administración Bush.



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