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| 13 de noviembre del 2004 |
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EEUU en guerra Avanza la guerra de los fundamentalismos
La Insignia*. Guatemala, noviembre del 2004.
Muere Arafat, y la versión para ingenuos de que ahora sí se podrá alcanzar la paz con un equivalente palestino de Karzai o de Alawi, cunde en los medios masivos controlados por el fundamentalismo cristiano y el sionismo político. Mientras tanto, la táctica insurgente en Faluya hace que todo el despliegue bélico de la ocupación aparezca ridícula además de criminal, porque los bolsones de resistencia continúan distrayendo al inmenso contingente de tropa que asedia la heroica ciudad, mientras la guerra es llevada a otros frentes dentro de territorio iraquí y los rebeldes secuestran a familiares del primer ministro títere, Alawi. Este es un clarísimo caso en el que se concretiza aquella conocida ley de la guerra según la cual: cuando el enemigo se concentra pierde influencia, y cuando se dispersa pierde fuerza. Primero, lo hacen concentrarse en Faluya y luego lo obligan a dispersarse abriendo nuevos frentes. La guerra de la hormiga contra el elefante. La guerra de guerrillas, que ha convertido a Irak en otro Vietmam.
Por su parte, el ahora legitimado Bush ha nombrado como sucesor del puritano John Ashcroft, al frente del Departamento de Justicia, a quien los medios encumbran como el primer hispano en ocupar tan digno cargo, sin decir que Alberto González perteneció a una firma de abogados de Houston entre cuyos clientes se encontraba la fraudulenta Enron, ni que es el responsable de haber confeccionado la justificación legalista para capturar sospechosos e interrogarlos sin cargo y sin derecho a abogado, y para aplicar la tortura a prisioneros políticos pasando por encima de la Convención de Ginebra, a la que calificó de pintoresca y obsoleta. Sus acciones "legales" como brillante abogado de Harvard en la Casa Blanca, pueden considerarse la base de la que arrancaron procesos de abusos inhumanos como los registrados en Guantánamo y Abu Ghraib. En otras palabras, Al González es un genuino "orgullo" para la comunidad hispana en Estados Unidos. La muerte de Arafat propiciará que el sionismo político -que tiene acaparado el gobierno de Israel- siga enarbolando como muestra de "buena voluntad" la retirada de algunos asentamientos judíos de Gaza, que constituyen una ínfima parte en relación a los que permanecerán activos en los territorios ocupados. Por medio de esta política, Sharon busca -al tiempo que construye el muro que impide a los palestinos movilizarse libremente en su propio país- proponerse a sí mismo como lo definió Bush: un hombre de paz, sin modificar su política de ocupación expansionista. Asimismo, la muerte de Arafat puede desatar una guerra civil en Palestina, pues el vacío de poder que ha dejado obliga a sus paisanos a unir esfuerzos entre sus diferentes expresiones, desde la OLP y Fatah, hasta Hamás y la Yihad Islámica. Asunto difícil, del que Bush y Sharon piensan aprovecharse para, como dijimos, poner en el mando palestino a un equivalente de los títeres de Afganistán e Irak, Karzai y Alawi. El ajedrez del Medio Oriente se intensifica. Esa región del mundo seguirá ardiendo y la "guerra preventiva" de Bush seguirá convirtiéndose en una guerra prolongada que se expandirá a más y más territorios. En este contexto, es improbable que los grupos palestinos más radicales abandonen el terrorismo suicida, y menos aún que la insurgencia iraquí aminore el ritmo de su guerra popular. No hay duda de que el ejército estadounidense tendrá que disponer de más y más tropas cada día, porque las deserciones en masa de los efectivos del nuevo ejército iraquí son cada vez más frecuentes. El sitio de Faluya fue un buen ejemplo de esto, lo cual sirve para medir el descontento popular frente a las tropas de ocupación. La política exterior del fundamentalismo cristiano y el sionismo político de Washington, condiciona las salvajes respuestas que obtiene del mundo árabe. Osama Ben Laden está feliz con las acciones de Bush. El mundo está sumido en la barbarie de la guerra de los fundamentalismos. La razón y la cordura es echada por la borda de nuevo, como ocurrió en la primera y la segunda guerras mundiales. La industria bélica está también de fiesta. Y por el momento no se vislumbra una fuerza efectiva que base su acción política en el análisis concreto de la situación concreta, y proponga salidas realistas de este callejón sin salida. Sólo las acciones ciudadanas en todo el mundo pueden acrecentar la toma de conciencia sobre lo que estamos viviendo, y contribuir a parar esta demencial carrera hacia la muerte. Todos debemos aportar algo desde nuestras posibilidades para alcanzar este urgente objetivo de supervivencia. Si no, tarde o temprano el azote de la guerra llegará a las puertas de nuestras casas, como ha llegado ya a las casas de los estadounidenses, los iraquíes y los palestinos. (*) También publicado en A fuego lento |
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