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La insignia
25 de noviembre del 2004


Estampa tercera: Escenas I, II y III

Mariana Pineda


Federico García Lorca. España, 1925.


Convento de Santa María Egipciaca, de Granada. Rasgos árabes. Arcos, cipreses, fuentecillas y arrayanes. Hay unos bancos y unas viejas sillas de cuero. Al levantarse el telón está la escena solitaria. Suenan el órgano y las lejanas voces de las monjas. Por el fondo vienen corriendo de puntillas y mirando a todos lados para que no las vean dos novicias. Se acercan con mucho sigilo a una puerta de la izquierda, y miran por el ojo de la cerradura.

Escena I

Novicia 1ª:
¿Qué hace?

Novicia 2ª:
(En la cerradura.)
¡Habla más bajito!
Está rezando.

Novicia 1ª:
¡Deja!

(Se pone a mirar.)

¡Qué blanca está, qué blanca!
Reluce su cabeza
en la sombra del cuarto.

Novicia 2ª:
¿Reluce su cabeza?
Yo no comprendo nada.
Es una mujer buena,
y la quieren matar.
¿Tú qué dices?

Novicia 1ª:
Quisiera
mirar su corazón
largo rato y muy cerca.

Novicia 2ª:
¡Qué mujer tan valiente! Cuando ayer
vinieron a leerle la sentencia
de muerte, no ocultó su sonrisa.

Novicia 1ª:
En la iglesia
la vi después llorando
y me pareció que ella
tenía el corazón en la garganta.
¿Qué es lo que ha hecho?

Novicia 2ª:
Bordó una bandera.

Novicia 1ª:
¿Bordar es malo?

Novicia 2ª:
Dicen que es masona.

Novicia 1ª:
¿Qué es eso?

Novicia 2ª:
Pues... ¡no sé!

Novicia 1ª:
¿Por qué está presa?

Novicia 2ª:
Porque no quiere al Rey.

Novicia 1ª:
¿Qué más da? ¿Se habrá visto?

Novicia 2ª: ¡Ni a la Reina!

Novicia 1ª:
Yo tampoco los quiero.

(Mirando.)

¡Ay, Mariana Pineda!
Ya están abriendo flores
que irán contigo muerta.

(Aparece por la puerta del foro la madre Carmen de Borja.)

Carmen:
Pero niñas, ¿qué miráis?

Novicia 1ª:
(Asustada.)
Hermana...

Carmen:
¿No os da vergüenza?
Ahora mismo al obrador.
¿Quién os enseñó esa fea
costumbre? ¡Ya nos veremos!

Novicia 1ª:
¡Con licencia!

Novicia 2ª:
¡Con licencia!

(Se van. Cuando la madre Carmen se ha convencido de que las otras se han marchado, se acerca también con sigilo y mira por el ojo de la cerradura.)

Carmen:
¡Es inocente! ¡No hay duda!
¡Calla con una firmeza!
¿Por qué? Yo no me lo explico.

(Sobresaltada.)

¡Viene!

(Sale corriendo.)


Escena II

Mariana aparece con un espléndido traje blanco. Está palidísima.

Mariana:
¡Hermana!

Carmen:
(Volviéndose.)
¿Qué desea?

Mariana:
¡Nada!...

Carmen:
¡Decidlo, señora!

Mariana:
Pensaba...

Carmen:
¿Qué?

Mariana:
Si pudiera
quedarme aquí en el Beaterio
para siempre.

Carmen:
¡Qué contentas
nos pondríamos!

Mariana:
¡No puedo!

Carmen:
¿Por qué?

Mariana:
(Sonriendo.)
Porque ya estoy muerta.

Carmen:
(Asustada.)
¡Doña Mariana, por Dios!

Mariana:
Pero el mundo se me acerca,
las piedras, el agua, el aire,
¡comprendo que estaba ciega!

Carmen:
¡La indultarán!

Mariana:
(Con sangre fría.)
¡Ya veremos! Este silencio me pesa
mágicamente. Se agranda
como un techo de violetas,

(Apasionada.)

y otras veces, finge en mí
una larga cabellera.
¡Ay, qué buen soñar!

Carmen:
(Cogiéndole la mano.)
¡Mariana!

Mariana:
¿Cómo soy yo?

Carmen:
Eres muy buena.

Mariana:
Soy una gran pecadora;
pero amé de una manera
que Dios me perdonará,
como a santa Magdalena.

Carmen:
Fuera del mundo y en él
perdona.

Mariana:
¡Si usted supiera!
¡Estoy muy herida, hermana,
por las cosas de la tierra!

Carmen:
Dios está lleno de heridas
de amor, que nunca se cierran.

Mariana:
Nace el que muere sufriendo,
¡comprendo que estaba ciega!

Carmen:
(Apenada de ver el estado de Mariana.)
¡Hasta luego! ¿Asistirá
esta tarde a la novena?

Mariana:
Como siempre. ¡Adiós, hermana!

(Se va Carmen.)


Escena III

Mariana se dirige al fondo rápidamente con todo género de precauciones, y allí aparece Alegrito, jardinero del convento. Ríe constantemente, con una sonrisa suave y mansa. Viste traje de cazador de la época.

Mariana:
¡Alegrito! ¿Qué?

Alegrito:
¡Paciencia;
para lo que vais a oír!

Mariana:
¡Habla pronto, no nos vean!
¿Fuiste a casa de don Luis?

Alegrito:
Y me han dicho que les era
imposible pretender
salvarla. Que ni lo intentan,
porque todos morirían;
pero que harán lo que puedan.

Mariana:
(Valiente.)
¡Lo harán todo! ¡Estoy segura!
Son gentes de la nobleza,
y yo soy noble, Alegrito.
¿No ves cómo estoy serena?

Alegrito:
Hay un miedo que da miedo.
Las calles están desiertas.
Sólo el viento viene y va;
pero la gente se encierra.
No encontré más que una niña
llorando sobre la puerta
de la antigua Alcaicería.

Mariana:
¿Crees van a dejar que muera
la que tiene menos culpa?

Alegrito:
Yo no sé lo que ellos piensan.

Mariana:
¿Y de lo demás?

Alegrito:
(Turbado.)
¡Señora!

Mariana:
Sigue hablando.

Alegrito:
No quisiera...

(Mariana hace un gesto de impaciencia.)

El caballero don Pedro
de Sotomayor se aleja
de España, según me han dicho.
Dicen que marcha a Inglaterra.
Don Luis lo sabe de cierto.

Mariana:
(Sonríe incrédula y dramática, porque en el fondo sabe que es verdad.)
Quien te lo dijo desea
aumentar mi sufrimiento.
¡Alegrito, no lo creas!
¿Verdad que tú no lo crees?

(Angustiada.)

Alegrito:
(Turbado.)
Señora, lo que usted quiera.

Mariana:
Don Pedro vendrá a caballo
como loco cuando sepa
que yo estoy encarcelada
por bordarle su bandera.
Y si me matan vendrá
para morir a mi vera,
que me lo dijo una noche
besándome la cabeza.
Él vendrá como un san Jorge
de diamantes y agua negra,
al viento la deslumbrante
flor de su capa bermeja.
Y porque es noble y modesto,
para que nadie lo vea,
vendrá por la madrugada,
por la madrugada fresca.
Cuando sobre el aire oscuro
brilla el limonar apenas
y el alba finge en las olas
fragatas de sombra y seda.
¿Tú qué sabes? ¡Qué alegría!
No tengo miedo, ¿te enteras?

Alegrito:
¡Señora!

Mariana:
¿Quién te lo ha dicho?

Alegrito:
Don Luis.

Mariana:
¿Sabe la sentencia?

Alegrito:
Dijo que no la creía.

Mariana:
(Angustiada.)
Pues es muy verdad.

Alegrito:
Me apena
darle tan malas noticias.

Mariana:
¡Volverás!

Alegrito:
Lo que usted quiera.

Mariana:
Volverás para decirles
que yo estoy muy satisfecha,
porque sé que vendrán todos,
¡y son muchos!, cuando deban.
¡Dios te lo pague!

Alegrito:
Hasta luego.

(Sale.)



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