Convento de Santa María Egipciaca, de Granada. Rasgos árabes. Arcos, cipreses, fuentecillas y arrayanes. Hay unos bancos y unas viejas sillas de cuero. Al levantarse el telón está la escena solitaria. Suenan el órgano y las lejanas voces de las monjas. Por el fondo vienen corriendo de puntillas y mirando a todos lados para que no las vean dos novicias. Se acercan con mucho sigilo a una puerta de la izquierda, y miran por el ojo de la cerradura.
Escena I
Novicia 1ª:
¿Qué hace?
Novicia 2ª:
(En la cerradura.)
¡Habla más bajito!
Está rezando.
Novicia 1ª:
¡Deja!
(Se pone a mirar.)
¡Qué blanca está, qué blanca!
Reluce su cabeza
en la sombra del cuarto.
Novicia 2ª:
¿Reluce su cabeza?
Yo no comprendo nada.
Es una mujer buena,
y la quieren matar.
¿Tú qué dices?
Novicia 1ª:
Quisiera
mirar su corazón
largo rato y muy cerca.
Novicia 2ª:
¡Qué mujer tan valiente! Cuando ayer
vinieron a leerle la sentencia
de muerte, no ocultó su sonrisa.
Novicia 1ª:
En la iglesia
la vi después llorando
y me pareció que ella
tenía el corazón en la garganta.
¿Qué es lo que ha hecho?
Novicia 2ª:
Bordó una bandera.
Novicia 1ª:
¿Bordar es malo?
Novicia 2ª:
Dicen que es masona.
Novicia 1ª:
¿Qué es eso?
Novicia 2ª:
Pues... ¡no sé!
Novicia 1ª:
¿Por qué está presa?
Novicia 2ª:
Porque no quiere al Rey.
Novicia 1ª:
¿Qué más da? ¿Se habrá visto?
Novicia 2ª:
¡Ni a la Reina!
Novicia 1ª:
Yo tampoco los quiero.
(Mirando.)
¡Ay, Mariana Pineda!
Ya están abriendo flores
que irán contigo muerta.
(Aparece por la puerta del foro la madre Carmen de Borja.)
Carmen:
Pero niñas, ¿qué miráis?
Novicia 1ª:
(Asustada.)
Hermana...
Carmen:
¿No os da vergüenza?
Ahora mismo al obrador.
¿Quién os enseñó esa fea
costumbre? ¡Ya nos veremos!
Novicia 1ª:
¡Con licencia!
Novicia 2ª:
¡Con licencia!
(Se van. Cuando la madre Carmen se ha convencido de que las otras se han marchado, se acerca también con sigilo y mira por el ojo de la cerradura.)
Carmen:
¡Es inocente! ¡No hay duda!
¡Calla con una firmeza!
¿Por qué? Yo no me lo explico.
(Sobresaltada.)
¡Viene!
(Sale corriendo.)
Escena II
Mariana aparece con un espléndido traje blanco. Está palidísima.
Mariana:
¡Hermana!
Carmen:
(Volviéndose.)
¿Qué desea?
Mariana:
¡Nada!...
Carmen:
¡Decidlo, señora!
Mariana:
Pensaba...
Carmen:
¿Qué?
Mariana:
Si pudiera
quedarme aquí en el Beaterio
para siempre.
Carmen:
¡Qué contentas
nos pondríamos!
Mariana:
¡No puedo!
Carmen:
¿Por qué?
Mariana:
(Sonriendo.)
Porque ya estoy muerta.
Carmen:
(Asustada.)
¡Doña Mariana, por Dios!
Mariana:
Pero el mundo se me acerca,
las piedras, el agua, el aire,
¡comprendo que estaba ciega!
Carmen:
¡La indultarán!
Mariana:
(Con sangre fría.)
¡Ya veremos!
Este silencio me pesa
mágicamente. Se agranda
como un techo de violetas,
(Apasionada.)
y otras veces, finge en mí
una larga cabellera.
¡Ay, qué buen soñar!
Carmen:
(Cogiéndole la mano.)
¡Mariana!
Mariana:
¿Cómo soy yo?
Carmen:
Eres muy buena.
Mariana:
Soy una gran pecadora;
pero amé de una manera
que Dios me perdonará,
como a santa Magdalena.
Carmen:
Fuera del mundo y en él
perdona.
Mariana:
¡Si usted supiera!
¡Estoy muy herida, hermana,
por las cosas de la tierra!
Carmen:
Dios está lleno de heridas
de amor, que nunca se cierran.
Mariana:
Nace el que muere sufriendo,
¡comprendo que estaba ciega!
Carmen:
(Apenada de ver el estado de Mariana.)
¡Hasta luego! ¿Asistirá
esta tarde a la novena?
Mariana:
Como siempre. ¡Adiós, hermana!
(Se va Carmen.)
Escena III
Mariana se dirige al fondo rápidamente con todo género de precauciones, y allí aparece Alegrito, jardinero del convento. Ríe constantemente, con una sonrisa suave y mansa. Viste traje de cazador de la época.
Mariana:
¡Alegrito! ¿Qué?
Alegrito:
¡Paciencia;
para lo que vais a oír!
Mariana:
¡Habla pronto, no nos vean!
¿Fuiste a casa de don Luis?
Alegrito:
Y me han dicho que les era
imposible pretender
salvarla. Que ni lo intentan,
porque todos morirían;
pero que harán lo que puedan.
Mariana:
(Valiente.)
¡Lo harán todo! ¡Estoy segura!
Son gentes de la nobleza,
y yo soy noble, Alegrito.
¿No ves cómo estoy serena?
Alegrito:
Hay un miedo que da miedo.
Las calles están desiertas.
Sólo el viento viene y va;
pero la gente se encierra.
No encontré más que una niña
llorando sobre la puerta
de la antigua Alcaicería.
Mariana:
¿Crees van a dejar que muera
la que tiene menos culpa?
Alegrito:
Yo no sé lo que ellos piensan.
Mariana:
¿Y de lo demás?
Alegrito:
(Turbado.)
¡Señora!
Mariana:
Sigue hablando.
Alegrito:
No quisiera...
(Mariana hace un gesto de impaciencia.)
El caballero don Pedro
de Sotomayor se aleja
de España, según me han dicho.
Dicen que marcha a Inglaterra.
Don Luis lo sabe de cierto.
Mariana:
(Sonríe incrédula y dramática, porque en el fondo sabe que es verdad.)
Quien te lo dijo desea
aumentar mi sufrimiento.
¡Alegrito, no lo creas!
¿Verdad que tú no lo crees?
(Angustiada.)
Alegrito:
(Turbado.)
Señora, lo que usted quiera.
Mariana:
Don Pedro vendrá a caballo
como loco cuando sepa
que yo estoy encarcelada
por bordarle su bandera.
Y si me matan vendrá
para morir a mi vera,
que me lo dijo una noche
besándome la cabeza.
Él vendrá como un san Jorge
de diamantes y agua negra,
al viento la deslumbrante
flor de su capa bermeja.
Y porque es noble y modesto,
para que nadie lo vea,
vendrá por la madrugada,
por la madrugada fresca.
Cuando sobre el aire oscuro
brilla el limonar apenas
y el alba finge en las olas
fragatas de sombra y seda.
¿Tú qué sabes? ¡Qué alegría!
No tengo miedo, ¿te enteras?
Alegrito:
¡Señora!
Mariana:
¿Quién te lo ha dicho?
Alegrito:
Don Luis.
Mariana:
¿Sabe la sentencia?
Alegrito:
Dijo que no la creía.
Mariana:
(Angustiada.)
Pues es muy verdad.
Alegrito:
Me apena
darle tan malas noticias.
Mariana:
¡Volverás!
Alegrito:
Lo que usted quiera.
Mariana:
Volverás para decirles
que yo estoy muy satisfecha,
porque sé que vendrán todos,
¡y son muchos!, cuando deban.
¡Dios te lo pague!
Alegrito:
Hasta luego.
(Sale.)