Mapa del sitio Portada Redacción Colabora Enlaces Buscador Correo
La insignia
22 de noviembre del 2004


Estampa segunda: Escenas VIII y IX

Mariana Pineda


Federico García Lorca. España, 1925.


Escena VIII

Aparece por la puerta el Conspirador 4.° Es un hombre fuerte: campesino rico. Viste sombrero puntiagudo, de alas de terciopelo, adornado con borlas de seda; chaqueta con bordados y aplicaciones de paño de todos colores en los codos, en la bocamanga y en el cuello. El pantalón de vueltas, sujeto por botones de filigrana, y las polainas, de cuero, abiertas por un costado, dejando ver la pierna. Trae una dulce tristeza varonil. Todos los personajes están en pie cerca de la puerta de entrada. Mariana no oculta su angustia, y mira, ya al recién llegado, ya a don Pedro, con un aire doliente y escrutador.

Conspirador 4°:
¡Caballeros! ¡Doña Mariana!

(Estrecha la mono de Mariana.)

Pedro:
(Impaciente.)
¿Hay noticias?

Conspirador 4°:
¡Tan malas como el tiempo!

Pedro:
¿Qué ha pasado?

Conspirador 1°:
(Irritado.)
Casi lo adivinaba.

Mariana:
(A Pedro.)
¿Te entristeces?

Pedro:
¿Y las gentes de Cádiz?

Conspirador 4°:
Todo en vano.
Hay que estar prevenidos. El Gobierno
por todas partes nos está acechando.
Tendremos que aplazar el alzamiento,
o luchar y morir, de lo contrario.

Pedro:
(Desesperado.)
Yo no sé qué pensar; que tengo abierta
una herida que sangra en mi costado,
y no puedo esperar, señores míos.

Conspirador 3°:
(Fuerte.)
Don Pedro, triunfaremos esperando.

Conspirador 4°:
Nadie quiere una muerte sin provecho.

Pedro:
(Fuerte también.)
Mucho valor me cuesta.

Mariana:
(Asustada.)
¡Hablen más bajo!

(Se pasea.)

Conspirador 4°:
España entera calla, ¡pero vive!
Guarden bien la bandera.

Mariana:
La he mandado
a casa de una vieja amiga mía,
allá en el Albaycín, y estoy temblando.
Quizá estuviera aquí mejor guardada.

Pedro:
¿Y en Málaga?

Conspirador 4°:
En Málaga, un espanto.
Una infamia de González Moreno...
No se puede contar lo que ha pasado.

(Expectación vivísima. Mariana, sentada en el sofá, junto a don Pedro, después de todo el juego que ha realizado, oye anhelante lo que cuenta el Conspirador 4°)

Torrijos, el general
noble, de la frente limpia,
donde se estaban mirando
las gentes de Andalucía,
caballero entre los duques,
corazón de plata fina,
ha sido muerto en las playas
de Málaga la bravía.
Le atrajeron con engaños
que él creyó, por su desdicha,
y se acercó, satisfecho
con sus buques, a la orilla.
¡Malhaya el corazón noble
que de los malos se fía!,
que al poner el pie en la arena
lo prendieron los realistas.
El vizconde de La Barthe,
que mandaba las milicias,
debió cortarse la mano,
antes de tal villanía,
como es quitar a Torrijos
bella espada que ceñía,
con el puño de cristal,
adornado con dos cintas.
Muy de noche lo mataron
con toda su compañía.
Caballero entre los duques,
corazón de plata fina.
Grandes nubes se levantan
sobre la sierra de Mijas.
El viento mueve la mar
y los barcos se retiran,
con los remos presurosos
y las velas extendidas.
Entre el ruido de las olas
sonó la fusilería,
y muerto quedó en la arena,
sangrando por tres heridas,
el valiente caballero,
con toda su compañía.
La muerte, con ser la muerte,
no deshojó su sonrisa.
Sobre los barcos lloraba
toda la marinería,
y las más bellas mujeres,
enlutadas y afligidas,
lo van llorando también
por el limonar arriba.

Pedro:
(Levantándose, después de oír el romance.)
Cada dificultad me da más bríos.
Señores, a seguir nuestro trabajo.
La muerte de Torrijos me enardece
para seguir luchando.

Conspirador 1°:
Yo pienso así.

Conspirador 4°:
Pero hay que estarse quietos;
otro tiempo vendrá.

Conspirador 2°:
(Conmovido.)
¡Tiempo lejano!

Pedro:
Pero mis fuerzas no se agotarán.

Mariana:
(Bajo, a Pedro.)
Pedro, mientras yo viva...

Conspirador 1°:
¿Nos marchamos?

Conspirador 3°:
No hay nada que tratar. Tienes razón.

Conspirador 4°:
Esto es lo que tenía que contaros,
y nada más.

Conspirador 1°:
Hay que ser optimistas.

Mariana:
¿Gustarán de una copa?

Conspirador 4°:
La aceptamos,
porque nos hace falta.

Conspirador 1°:
¡Buen acuerdo!

(Se ponen de pie y cogen sus copas.)

Mariana:
(Llenando los vasos.)
¡Cómo llueve!

(Fuera, se oye la lluvia.)

Conspirador 3°:
¡Don Pedro está apenado!

Conspirador 1°:
¡Como todos nosotros!

Pedro:
¡Es verdad!
Y tenemos razones para estarlo.

Mariana:
(Levantando su copa.)
"Luna tendida, marinero en pie",
dicen allá, por el Mediterráneo,
las gentes de veleros y fragatas.
¡Como ellos, hay que estar siempre acechando!

(Como en sueños.)

"Luna tendida, marinero en pie."

Pedro:
(Con la copa.)
Que sean nuestras casas como barcos.

(Beben. Pausa. Fuera, se oyen aldabonazos lejanos. Todos quedan con las copas en la mano, en medio de un gran silencio.)

Mariana:
Es el viento, que cierra una ventana.

(Otro aldabonazo.)

Pedro:
¿Oyes, Mariana?

Conspirador 4°:
¿Quién será?

Mariana:
(Llena de angustia.)
¡Dios santo!

Pedro:
(Acariciador.)
¡No temas! Ya verás cómo no es nada.

(Todos están con las capas puestas, llenos de inquietud.)

Clavela:
(Entrando, casi ahogada.)
¡Ay, señora! ¡Dos hombres embozados,
y Pedrosa con ellos!

Mariana:
(Gritando, llena de pasión.)
¡Pedro,vete!
¡Y todos, Virgen santa! ¡Pronto!

Pedro:
(Confuso.)
¡Vamos!

(Clavela quita las copas y apaga los candelabros.)

Conspirador 4°:
Es indigno dejarla.

Mariana:
(A Pedro.)
¡Date prisa!

Pedro:
¿Por dónde?

Mariana:
(Loca.)
¡Ay! ¿Por dónde?

Clavela:
¡Están llamando!

Mariana:
(Iluminada.)
¡Por aquella ventana del pasillo
saltarás fácilmente! Este tejado
está cerca del suelo.

Conspirador 2°:
¡No debemos
dejarla abandonada!

Pedro:
(Enérgico.)
¡Es necesario!
¿Cómo justificar nuestra presencia?

Mariana:
Sí, sí; vete en seguida. ¡Ponte a salvo!

Pedro:
(Apasionado.)
¡Adiós, Mariana!

Mariana:
¡Dios os guarde, amigos!

(Van saliendo rápidamente por la puerta de la derecha. Clavela está asomada a una rendija del balcón, que da a la calle.)

Mariana:
(En la puerta.)
¡Pedro..., y todos, que tengáis cuidado!

(Cierra la puertecilla de la izquierda, por donde han salido los Conspiradores, y corre la cortina. Luego, dramática.)

¡Abre, Clavela! Soy una mujer
que va atada a la cola de un caballo.

(Sale Clavela: Se dirige rápidamente al fortepiano.)

¡Dios mío, acuérdate de tu pasión
y de las llagas de tus manos!

(Se sienta y empieza a cantar la canción de "El Contrabandista", original de Manuel García; 1808.)

Mariana:
(Cantando.)
Yo que soy contrabandista
y campo por mis respetos
y a todos los desafío
porque a nadie tengo miedo.
¡Ay! ¡Ay!
¡Ay, muchachos! ¡Ay, muchachas!
¿Quién me compra hilo negro?
Mi caballo está rendido
¡y yo me muero de sueño!
¡Ay!
¡Ay! Que la ronda ya viene
y se empezó el tiroteo.
¡Ay! ¡Ay! Caballito mío,
caballo mío, careto.
¡Ay!
¡Ay! Caballo, ve ligero.
¡Ay! Caballo, que me muero.
¡Ay!

(Ha de cantar con un admirable y desesperado sentimiento, escuchando los pasos de Pedrosa por la escalera.)


Escena IX

Las cortinas del fondo se levantan, y aparece Clavela, aterrada, con el candelabro de tres bujías en la mano, y la otra puesta sobre el pecho. Pedrosa, vestido de negro, con capa, llega detrás. Pedrosa es un tipo seco, de una palidez intensa y de una admirable serenidad. Dirá las frases con ironía muy velada, y mirará minuciosamente a todos lados, pero con corrección. Es antipático. Hay que huir de la caricatura. Al entrar Pedrosa, Mariana deja de tocar y se levanta del fortepiano. Silencio.

Mariana:
Adelante.

Pedrosa:
(Adelantándose.)
Señora, no interrumpa
por mí la cancioncilla que ahora mismo
entonaba.

(Pausa.)

Mariana:
(Queriendo sonreír.)
La noche estaba triste
y me puse a cantar. (Pausa.)

Pedrosa:
He visto luz
en su balcón y quise visitarla.
Perdone si interrumpo sus quehaceres.

Mariana:
Se lo agradezco mucho.

Pedrosa:
¡Qué manera
de llover!

(Pausa. En esta escena habrá pausas imperceptibles y rotundos silencios instantáneos, en los cuales luchan desesperadamente las almas de los dos personajes. Escena delicadísima de matizar, procurando no caer en exageraciones que perjudiquen su emoción. En esta escena se ha de notar mucho más lo que no se dice que lo que se está hablando. La lluvia, discretamente imitada y sin ruido excesivo, llegará de cuando en cuando a llenar silencios.)

Mariana:
(Con intención.)
¿Es muy tarde?

(Pausa.)

Pedrosa:
(Mirándola fijamente, y con intención también.)
Sí, muy tarde.
El reloj de la Audiencia ya hace rato
que dio las once.

Mariana:
(Serena a indicando asiento a Pedrosa.)
No las he sentido.

Pedrosa:
(Sentándose.)
Yo las sentí lejanas. Ahora vengo
de recorrer las calles silenciosas,
calado hasta los huesos por la lluvia,
resistiendo ese gris fino y glacial
que viene de la Alhambra.

Mariana:
(Con intención y rehaciéndose.)
El aire helado,
que clava agujas sobre los pulmones
y para el corazón.

Pedrosa:
(Devolviéndole la ironía.)
Pues ese mismo.
Cumplo deberes de mi duro cargo.
Mientras que usted, espléndida Mariana,
en su casa, al abrigo de los vientos,
hace encajes... o borda...

(Como recordando.)

¿Quién me ha dicho que bordaba muy bien?

Mariana:
(Aterrada, pero con cierta serenidad.)
¿Es un pecado?

Pedrosa:
(Haciendo una seña negativa.)
El Rey nuestro Señor, que Dios proteja,

(Se inclina.)

se entretuvo bordando en Valençay
con su tío el infante don Antonio.
Ocupación bellísima.

Mariana:
(Entre dientes.)
¡Dios mío!

Pedrosa:
¿Le extraña mi visita?

Mariana:
(Tratando de sonreír.)
¡No!

Pedrosa:
(Serio.)
¡Mariana!

(Pausa.)

Una mujer tan bella como usted,
¿no siente miedo de vivir tan sola?

Mariana:
¿Miedo? Ninguno.

Pedrosa:
(Con intención.)
Hay tantos liberales
y tantos anarquistas por Granada,
que la gente no vive muy segura.

(Firme.)

¡Usted ya lo sabrá!

Mariana:
(Digna.)
¡Señor Pedrosa!
¡Soy mujer de mi casa y nada más!

Pedrosa:
(Sonriendo.)
Y yo soy juez. Por eso me preocupo
de estas cuestiones. Perdonad, Mariana.
Pero hace ya tres meses que ando loco
sin poder capturar a un cabecilla...

(Pausa. Mariana trata de escuchar y juega con su sortija, conteniendo su angustia y su indignación.)

Pedrosa:
(Como recordando, con frialdad.)
Un tal don Pedro de Sotomayor.

Mariana:

Es probable que esté fuera de España.

Pedrosa:
No; yo espero que pronto será mío.

(Al oír esto Mariana, tiene un ligero desvanecimiento nervioso; lo suficiente para que se le escape la sortija de la mano, o más bien, la arroja ella para evitar la conversación.)

Mariana:
(Levantándose.)
¡Mi sortija!

Pedrosa:
¿Cayó?

(Con intención.)

Tenga cuidado.

Mariana:
(Nerviosa.)
Es mi anillo de bodas; no se mueva,
vaya a pisarlo.

(Busca.)

Pedrosa:
Está muy bien.

Mariana:
Parece que una mano invisible lo arrancó.

Pedrosa:
Tenga más calma.
(Frío.)
Mire.

(Señala al sitio donde ve el anillo, al mismo tiempo que avanzan.)

¡Ya está aquí!

(Mariana se inclina para recogerlo antes que Pedrosa, éste queda a su lado, y en el momento de levantarse Mariana, la enlaza rápidamente y la besa.)

Mariana:
(Dando un grito y retirándose.)
¡Pedrosa!

(Pausa. Mariana rompe a llorar indignada.)

Pedrosa:
¡Mi señora Mariana, esté serena!

Mariana:
(Arrancándose desesperada y cogiendo a Pedrosa por la solapa.)

¿Qué piensa de mí? ¡Diga!

Pedrosa:
(Impasible.)
¡Muchas cosas!

Mariana:
Pues yo sabré vencerlas. ¿Qué pretende?
Sepa que yo no tengo miedo a nadie.
Como el agua que nace soy de limpia,
y me puedo manchar si usted me toca;
pero sé defenderme. ¡Salga pronto!

Pedrosa: (Fuerte y lleno de ira.) ¡Silencio!

(Pausa. Frío.)

Quiero ser amigo suyo.
Me debe agradecer esta visita.

Mariana:
(Fiera.)
¿Puedo yo permitir que usted me insulte?
¿Qué penetre de noche en mi vivienda
para que yo..., ¡canalla!...? No sé cómo...

(Se contiene.)

¡Usted quiere perderme!

Pedrosa:
(Cálido.)
¡Lo contrario!
Vengo a salvarla.

Mariana:
(Bravía.)
¡No lo necesito!

(Pausa.)

Pedrosa:
(Fuerte y dominador, acercándose con una agria sonrisa.)
¡Mariana! ¿Y la bandera?

Mariana:
(Turbada.)
¿Qué bandera?

Pedrosa:
¡La que bordó con estas manos blancas

(Las coge.)


en contra de las leyes y del Rey!

Mariana:
¿Qué infame le mintió?

Pedrosa:
(Indiferente.)
¡Muy bien bordada!
De tafetán morado y verdes letras.
Allá, en el Albaycín, la recogimos,
y ya está en mi poder como tu vida.
Pero no temas; soy amigo tuyo.

(Mariana queda ahogada.) Mariana:
(Casi desmayada.)
Es mentira, mentira.

Pedrosa:
(Bajando la voz y apasionándose.)
Yo te quiero mía,
¿lo estás oyendo? Mía o muerta.
Me has despreciado siempre; pero ahora
puedo apretar tu cuello con mis manos,
este cuello de nardo transparente,
y me querrás porque te doy la vida.

Mariana:
(Tierna y suplicante en medio de su desesperación, abrazándose a Pedrosa.)
¡Tenga piedad de mí! ¡Si usted supiera!
Y déjeme escapar. Yo guardaré
su recuerdo en las niñas de mis ojos.
¡Pedrosa, por mis hijos!...

Pedrosa:
(Abrazándola sensual.)
La bandera
no la has bordado tú, linda Mariana,
y ya eres libre porque así lo quiero...

(Mariana, al ver cerca de sus labios los de Pedrosa, lo rechaza, reaccionando de una manera salvaje.)

Mariana:
¡Eso nunca! ¡Primero doy mi sangre!
Que me cuesta dolor, pero con honra.
¡Salga de aquí!

Pedrosa:
(Reconviniéndola.)
¡Mariana!

Mariana:
¡Salga pronto!
Pedrosa: (Frío y reservado.) ¡Está muy bien! Yo seguiré el asunto
y usted misma se pierde.

Mariana:
¡Qué me importa!
Yo bordé la bandera con mis manos;
con estas manos, ¡mírelas, Pedrosa!,
y conozco muy grandes caballeros
que izarla pretendían en Granada.
¡Mas no diré sus nombres!

Pedrosa:
¡Por la fuerza delatará!
¡Los hierros duelen mucho,
y una mujer es siempre una mujer!
¡Cuando usted quiera me avisa!

Mariana:
¡Cobarde!
¡Aunque en mi corazón clavaran vidrios
no hablaría!

(En un arranque.)

¡Pedrosa, aquí me tiene!

Pedrosa:
¡Ya veremos!

Mariana:
¡Clavela, el candelabro!

(Entra Clavela aterrada, con las manos cruzadas sobre el pecho.)

Pedrosa:
No hace falta, señora. Queda usted
detenida en el nombre de la Ley.

Mariana:
¿En nombre de qué ley?

Pedrosa:
(Frío y ceremonioso.)
¡Buenas noches!

(Sale.)

Clavela:
(Dramática.)
¡Ay, señora; mi niña, clavelito,
prenda de mis entrañas!

Mariana:
(Llena de angustia y terror.)
Isabel,
yo me voy. Dame el chal.

Clavela:
¡Sálvese pronto!

(Se asoma a la ventana. Fuera se oye otra vez la fuerte lluvia.)

Mariana:
¡Me iré casa don Luis! ¡Cuida los niños!

Clavela:
¡Se han quedado en la puerta! ¡No se puede!

Mariana:
Claro está.

(Señalando al sitio por donde han salido los Conspiradores.)

¡Por aquí!

Clavela:
¡Es imposible!

(Al cruzar Mariana, por la puerta aparece doña Angustias.)

Angustias:
¡Mariana! ¿Dónde vas? Tu niña llora.
Tiene miedo del aire y de la lluvia.

Mariana:
(Volviéndose.)
¡Estoy presa! ¡Estoy presa, Clavela!

Angustias:
(Abrazándola.)
¡Marianita!

Mariana:
(Arrojándose en el sofá.)
¡Ahora empiezo a morir!

(Las dos Mujeres la abrazan.)

Mírame y llora. ¡Ahora empiezo a morir!


Telón rápido



Portada | Iberoamérica | Internacional | Derechos Humanos | Cultura | Ecología | Economía | Sociedad Ciencia y tecnología | Diálogos | Especiales | Álbum | Cartas | Directorio | Redacción | Proyecto