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18 de noviembre del 2004


Estampa segunda: Escenas V, VI y VII

Mariana Pineda


Federico García Lorca. España, 1925.


Escena V

Mariana llega corriendo a la puerta en el momento en que don Pedro entra por ella. Don Pedro tiene treinta y seis años. Es un hombre simpático, sereno y fuerte. Viste correctamente, y habla de una manera dulce. Mariana le tiende los brazos y le estrecha las manos.Doña Angustias adopta una triste y reservada actitud. Pausa.

Pedro:
(Efusivo.)
Gracias, Mariana, gracias.

Mariana:
(Casi sin poder hablar.)
Cumplí con mi deber.

(Durante esta escena dará Mariana muestras de una vehementísima y profunda pasión.)

Pedro:
(Dirigiéndose a doña Angustias.)
Muchas gracias, señora.

Angustias:
(Triste.)
¿Y por qué? Buenas noches.

(A Mariana.)

Yo me voy con los niños.

(Aparte.)

¡Ay, pobre Marianita!

(Sale. Al salir Angustias, Pedro efusivo, enlaza a Mariana por el talle.)

Pedro:
(Apasionado.)
¡Quién pudiera pagarte lo que has hecho por mí!
Toda mi sangre es nueva, porque tú me la has dado
exponiendo tu débil corazón al peligro.
¡Ay, qué miedo tan grande tuve por él, Mariana!

Mariana:
(Cerca y abandonada.)
¿De qué sirve mi sangre, Pedro, si tú murieras?
Un pájaro sin aire ¿puede volar? ¡Entonces!...

(Bajo.)

Yo no podré decirte cómo to quiero nunca;
a to lado me olvido de todas las palabras.

Pedro:
(Con voz suave.)
¡Cuánto peligro corres sin el menor desmayo!
¡Qué sola estás, cercada de maliciosa gente!
¡Quién pudiera librarte de aquellos que te acechan
con mi propio dolor y mi vida, Mariana!

Mariana:
(Echando la cabeza en el hombro y como soñando.)
¡Así! Deja to aliento sobre mi frente. Limpia
esta angustia que tengo y este sabor amargo;
esta angustia de andar sin saber dónde voy,
y este sabor de amor que me quema la boca.

(Pausa. Se separa rápidamente del caballero y le coge los codos.)

¡Pedro! ¿No to persiguen? ¿Te vieron entrar?

Pedro:
¡Nadie!

(Se sienta.)

Vives en una calle silenciosa, y la noche
se presenta endiablada.

Mariana:
Yo tengo mucho miedo.

Pedro:
(Cogiéndole una mano.)
¡Ven aquí!

Mariana:
(Se sienta.)
Mucho miedo de que esto se adivine,
de que pueda matarte la canalla realista.

Pedro:
(Con pasión.)
Marianita, ¡no temas! ¡Mujer mía! ¡Vida mía!
En el mayo sigilo conspiramos. ¡No temas!
La bandera que bordas temblará por las calles
entre los corazones y los gritos del pueblo.
Por ti la Libertad suspirada por todos
pisará tierra dura con anchos pies de plata.
Pero si así no fuese; si Pedrosa...

Mariana:
(Aterrada.)
¡No sigas!

Pedro: ... sorprende nuestro grupo y hemos de morir...

Mariana:
¡Calla!

Pedro:
Mariana, ¿qué es el hombre sin libertad? ¿Sin esa
luz armoniosa y fija que se siente por dentro?
¿Cómo podría quererte no siendo fibre, dime?
¿Cómo darte este firme corazón si no es mío?
No temas; ya he burlado a Pedrosa en el campo,
y así pienso seguir hasta vencer contigo,
que me ofreces tu amor y to casa y tus dedos.

(Se los besa.)

Mariana:
¡Y algo que yo no sé decir, pero que existe!
¡Qué bien estoy contigo! Pero aunque alegre, noto
un gran desasosiego que me turba y enoja;
me parece que hay hombres detrás de las cortinas,
que mis palabras suenan claramente en la calle.

Pedro:
(Amargo.)
¡Eso sí! ¡Qué mortal inquietud, qué amargura!
¡Qué constante pregunta al minuto lejano!
¡Qué otoño interminable sufrí por esa sierra!
¡Tú no lo sabes!

Mariana:
Dime: ¿corriste gran peligro?

Pedro:
Estuve casi en manos de la justicia; pero
me salvó el pasaporte y el caballo que enviaste
con un extraño joven, que no me dijo nada.

Mariana:
(Inquieta y sin querer recordar.)
Y dime.

(Pausa.)

Pedro:
¿Por qué tiemblas?

Mariana:
(Nerviosa.)
Sigue. ¿Después?

Pedro:
Después
vagué por la Alpujarra.
Supe que en Gibraltar
había fiebre amarilla;
la entrada era imposible,
y esperé bien oculto
la ocasión. ¡Ya ha llegado!
Venceré con tu ayuda, ¡Mariana de mi vida!
¡Libertad, aunque con sangre llame a todas las puertas!

Mariana:
(Radiante.)
¡Mi victoria consiste en tenerte a mi vera!
En mirarte los ojos mientras tú no me miras.
Cuando estás a mi lado olvido lo que siento
y quiero a todo el mundo,
hasta al rey y a Pedrosa.
Al bueno como al malo. ¡Pedro!, cuando se quiere,
se está fuera del tiempo,
y ya no hay día ni noche, ¡sino tú y yo!

Pedro:
(Abrazándola.)
¡Mariana!
Como dos blancos ríos de rubor y silencio,
así enlazan tus brazos mi cuerpo combatido.

Mariana:
(Cogiéndole la cabeza.)
Ahora puedo perderte, puedo perder tu vida.
Como la enamorada de un marinero loco
que navegara siempre sobre una barca vieja,
acecho un mar oscuro, sin fondo ni oleaje,
en espera de gentes que to traigan ahogado.

Pedro:
No es hora de pensar en quimeras, que es hora
de abrir el pecho a bellas realidades cercanas
de una España cubierta de espigas y rebaños,
donde la gente coma su pan con alegría,
en medio de estas anchas eternidades nuestras
y esta aguda pasión de horizonte y silencio.
España entierra y pisa su corazón antiguo,
su herido corazón de peninsula andante,
y hay que salvarla pronto con manos y con dientes.

Mariana:
(Pasional.)
Y yo soy la primera que lo pide con ansia.
Quiero tener abiertos mis balcones al sol,
para que llene el suelo de flores amarillas
y quererte, segura de tu amor, sin que nadie
me aceche, como en este decisivo momento.

(En un arranque.)

¡Pero ya estoy dispuesta!

(Se levanta.)

Pedro:
(Entusiasmado, se levanta.)
¡Así me gusta verte,
hermosa Marianita!
Ya no tardarán mucho
los amigos, y alienta
ese rostro bravío y esos ojos ardientes,

(Amoroso.)

sobre tu cuello blanco, que tiene luz de luna.

(Fuera comienza a llover y se levanta el viento. Mariana hace señas a Pedro de que calle.)


Escena VI

Clavela:
(Entrando.)
Señora... Me parece que han llamado.

(Pedro y Mariana adoptan actitudes indiferentes. Dirigiéndose a don Pedro.)

¡Don Pedro!

Pedro:
¡Dios te guarde!

Mariana:
¿Tú sabes quién vendrá?

Clavela:
Sí, señora; lo sé.

Mariana:
¿La seña?

Clavela:
No la olvido.

Mariana:
Antes de abrir, que mires por la mirilla grande.

Clavela:
Así lo haré, señora.

Mariana:
No enciendas luz ninguna;
pero ten en el patio
un velón prevenido
y cierra la ventana del jardín.

Clavela:
(Marchándose.)
Enseguida.

Mariana:
¿Cuántos vendrán?

Pedro:
Muy pocos.
Pero los que interesan.

Mariana:
¿Noticias?

Pedro:
Las habrá
dentro de unos instantes.
Si, al fin, hemos de alzarnos
decidiremos.

Mariana:
¡Calla!

(Hace ademán a don Pedro de que se calle, y quedan escuchando. Fuera, se oye la lluvia y el viento.)

¡Ya están aquí!

Pedro:
(Mirando el reloj.)
Puntuales,
como buenos patriotas,
¡Son gente decidida!

Mariana:
¡Dios nos ayude a todos!

Pedro:
¡Ayudará!

Mariana:
¡Debiera, si mirase a este mundo!

(Cruza hasta la puerta y levanta la gran cortina del fondo.)

¡Adelante, señores!


Escena VII

Entran tres Caballeros con amplias capas grises; uno de ellos lleva patillas. Mariana y don Pedro los reciben amablemente. Los Caballeros dan la mano a Mariana y a don Pedro.

Mariana:
(Dando la mano el Conspirador 1°)
¡Ay, qué manos tan frías!

Conspirador 1º:
(Franco.)
¡Hace un frío,
que corta! Y me he olvidado de los guantes;
pero aquí se está bien.

Mariana:
¡Llueve de veras!

Conspirador 3º:
(Decidido.)
El Zacatín estaba intransitable.

(Se quitan las capas, que sacuden de lluvia.)

Conspirador 2º:
(Melancólico.)
La lluvia, como un sauce de cristal,
sobre las casas de Granada cae.

Conspirador 3º:
Y el Darro viene lleno de agua turbia.

Mariana:
¿Les vieron?

Conspirador 2º:
¡No! Vinimos separados
hasta la entrada de esta oscura calle.

Conspirador 1º:
¿Habrá noticia para decidir?

Pedro:
Llegarán esta noche, Dios mediante.

Mariana:
Hablen bajo.

Conspirador 1º:
(Sonriendo.)
¿Por qué, doña Mariana?
Toda la gente duerme en este instante.

Pedro:
Creo que estamos seguros.

Conspirador 3º:
No lo afirmes;
Pedrosa no ha cesado de espiarme,
y, aunque yo lo despisto sagazmente,
continúa en acecho, y algo sabe.

(Unos se sientan y otros quedan de pie, componiendo una bella estampa.)

Mariana:
Ayer estuvo aquí.

(Los Caballeros hacen un gesto de extrañeza.)

Como es mi amigo...
no quise, porque no debía, negarme.
Hizo un elogio de nuestra ciudad;
pero mientras hablaba tan amable,
me miraba... no sé... ¡como sabiendo!,

(Subrayado.)

de una manera penetrante.
En una sorda lucha con mis ojos,
estuvo aquí toda la tarde,
y Pedrosa es capaz... ¡de lo que sea!

Pedro:
No es posible que pueda figurarse...

Mariana:
Yo no estoy muy tranquila, y os lo digo
para que andemos con cautela grande.
De noche, cuando cierro las ventanas,
me parece que empuja los cristales.

Pedro:
(Mirando al reloj.)
Ya son las once y diez. El emisario
debe estar ya muy cerca de esta calle.

Conspirador 3°:
(Mirando al reloj.)
Poco debe tardar.

Conspirador 1º:
¡Dios lo permita!
¡Que me parece un siglo cada instante!

( Entra Clavela con una bandeja de altas copas de cristal tallado y un frasco lleno de vino rojo, que deja sobre un velador. Mariana habla con ella.)

Pedro:
Estarán sobre aviso los amigos.

Conspirador 1º:
Enterados están. No falta nadie.
Todo depende de lo que nos digan
esta noche.

Pedro:
La situación es grave;
pero excelente, si la aprovechamos.

(Sale Clavela, y Mariana corre la cortina.)

Hay que estudiar hasta el menor detalle,
porque el pueblo responde, sin dudar.
Andalucía tiene todo el aire
lleno de Libertad. Esta palabra
perfuma el corazón de sus ciudades,
desde las viejas torres amarillas
hasta los troncos de los olivares.
Esa costa de Málaga está llena
de gente decidida a levantarse:
pescadores del Palo, marineros
y caballeros principales.
Nos siguen pueblos como Nerja, Vélez,
que aguardan las noticias, anhelantes.
Hombres de acantilado y mar abierto,
y, por lo tanto, libres como nadie.
Algeciras acecha la ocasión
y en Granada, señores de linaje
como vosotros exponen su vida
de una manera emocionante.
¡Ay, qué impaciencia tengo!

Conspirador 3º:
Como todos
los verdaderamente liberales.

Mariana:
(Tímida.)
Pero ¿habrá quien os siga?

Pedro:
(Convencido.)
Todo el mundo.

Mariana:
¿A pesar de este miedo?

Pedro:
(Seco.)
Sí.

Mariana:
No hay nadie
que vaya a la Alameda del Salón
tranquilamente a pasearse,
y el café de la Estrella está desierto.

Pedro:
(Entusiasta.)
¡Mariana, la bandera que bordaste
será acatada por el rey Fernando,
mal que le pese a Calomarde!

Conspirador 3º:
Cuando ya no le quede otro recurso,
se rendirá a las huestes liberales,
que aunque se finja desvalido y solo,
no cabe duda que él hace y deshace.
¿No tarda mucho?

Pedro:
(Inquieto.)
Yo no sé decirte.

Conspirador 3º:
¿Si lo habrán detenido?

Conspirador 1º:
No es probable.
Oscuridad y lluvia le protegen,
y él está siempre vigilante.

Mariana:
Ahora llega.

Pedro:
Y al fin, sabremos algo.

(Se levantan y se dirigen a la puerta.)

Conspirador 3º:
Bienvenido, si buenas cartas trae.

Mariana: (Apasionada, a Pedro.) Pedro, mira por mí. Sé muy prudente,
que me falta muy poco para ahogarme.



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