Escena IV
Mariana:
¿Tu hermano Fernando, cómo sigue?
Lucía:
Dijo
que vendría a buscarnos, para saludarte.
(Ríe.)
Se estaba poniendo su levita azul.
Todo to que tienes le parece bien.
Quiere que vistamos como tú te vistes.
Ayer...
Amparo:
(Que tiene siempre que hablar, la interrumpe.)
Ayer mismo nos dijo que tú
(Lucía queda seria.)
tenías en los ojos... ¿qué dijo?
Lucía:
(Enfadada.)
¿Me dejas
hablar?
(Hace intención hacerlo.)
Amparo:
(Rápida.)
¡Ya me acuerdo! Dijo que en tus ojos,
había un constante desfile de pájaros.
(Le coge la cabeza por la barbilla y le mira los ojos.)
Un temblor divino, como de agua oscura,
sorprendida siempre bajo el arrayán,
o temblor de luna sobre una pecera,
donde un pez de plata finge rojo sueño.
Lucía:
(Sacudiendo a Mariana.)
¡Mira! Lo segundo son inventos de ella.
(Ríe.)
Amparo:
¡Lucía, eso dijo!
Mariana:
¡Qué bien me causáis
con vuestra alegría de niñas pequeñas!
La misma alegría que debe sentir
el gran girasol al amanecer,
cuando sobre el tallo de la noche vea
abrirse el dorado girasol del cielo.
(Les coge las manos.)
Lucía:
¡Te encuentro muy triste!
Amparo:
¿Qué tienes?
(Entra Clavela.)
Mariana:
(Levantándose rápidamente.)
¡Clavela!
¿Llegó? ¡Di!
Clavela:
(Triste.)
¡Señora, no ha venido nadie!
(Cruza la escena y se va.)
Lucía:
Si esperas visita, nos vamos.
Amparo:
Lo dices,
y salimos.
Mariana:
(Nerviosa.)
¡Niñas, tendré que enfadarme!
Amparo:
No me has preguntado por mi estancia en Ronda.
Mariana:
Es verdad que fuiste; ¿y has vuelto contenta?
Amparo:
Mucho. Todo el día baila que te baila.
(Queda seria de pronto al ver a Mariana, que está inquieta, mira a las puertas y se distrae.)
Lucía:
(Seria.)
Vámonos, Amparo.
Mariana:
(Inquieta por algo que ocurre fuera de la escena.)
¡Cuéntame! Si vieras
cómo necesito de tu fresca risa.
(Mariana sigue de pie.)
Lucía:
¿Quieres que to traiga una novela?
Amparo:
Tráele
la plaza de toros de la ilustre Ronda.
(Ríen. Se levanta y se dirige a Mariana.)
¡Siéntate!
(Mariana se sienta y la besa.)
Mariana:
(Resignada.)
¿Estuviste en los toros?
Lucía:
¡Estuvo!
Amparo:
En la corrida más grande
que se vio en Ronda la vieja.
Cinco toros de azabache,
con divisa verde y negra.
Yo pensaba siempre en ti;
yo pensaba: si estuviera
conmigo mi triste amiga,
¡mi Marianita Pineda!
Las niñas venían gritando
sobre pintadas calesas
con abanicos redondos
bordados de lentejuelas.
Y los jóvenes de Ronda
sobre jacas pintureras,
los anchos sombreros grises
calados hasta las cejas.
La plaza con el gentío
(calañés y altas peinetas)
giraba como un zodíaco
de risas blancas y negras.
Y cuando el gran Cayetano
cruzó la pajiza arena
con traje color manzana,
bordado de plata y seda,
destacándose gallardo
entre la gente de brega
frente a los tóros zaínos
que España cría en su tierra,
parecía que la tarde
se ponía más morena.
¡Si hubieras visto con qué
gracia movía las piernas!
¡Qué gran equilibrio el-suyo
con la capa y la muleta!
¡Mejor, ni Pedro Romero
toreando las estrellas!
Cinco toros mató; cinco,
con divisa verde y negra.
En la punta de su espada
cinco flores dejó abiertas,
y a cada instante rozaba
los hocicos de las fieras,
como una gran mariposa
de oro con alas bermejas.
La plaza, al par que la tarde,
vibraba fuerte, violenta,
y entre el olor de la sangre
iba el olor de la sierra.
Yo pensaba siempre en ti;
yo pensaba: si estuviera
conmigo mi triste amiga,
¡mi Marianita Pineda!...
Mariana:
(Emocionada levantándose.)
¡Yo te querré siempre a ti
tanto como tú me quieras!
Lucía:
(Se levanta.)
Nos retiramos; si sigues
escuchando a esta torera
hay corrida para rato.
Amparo:
Y dime: ¿estás más contenta?
Porque este cuello, ¡oh, qué cuello!,
(La besa el cuello.)
no se hizo para la pena.
Lucía:
(En la ventana.)
Hay nubes por Parapanda.
Lloverá, aunque Dios no quiera.
Amparo:
¡Este invierno va a ser de agua!
¡No podré lucir!
Lucía:
¡Coqueta!
Amparo:
¡Adiós, Mariana!
Mariana:
¡Adiós, niñas!
(Se besan.)
Amparo:
¡Que te pongas más contenta!
Mariana:
Tardecillo es. ¿Queréis
que os acompañe Clavela?
Amparo:
¡Gracias! Pronto volveremos.
Lucía:
¡No bajes, no!
Mariana:
¡Hasta la vuelta!
(Salen.)
Escena V
Mariana atraviesa rápidamente la escena y mira la hora en uno de esos grandes relojes dorados, donde sueña toda la poesía ex quisita de la hora y el siglo. Se asoma a los cristales y ve la última luz de la tarde.
Mariana:
Si toda la tarde fuera
como un gran pájaro, ¡cuántas
duras flechas lanzaría
para cerrarle las alas!
Hora redonda y oscura
que me pesa en las pestañas.
Dolor de viejo lucero
detenido en mi garganta.
Ya debieran las estrellas
asomarse a mi ventana
y abrirse lentos los pasos
por la calle solitaria.
¡Con qué trabajo tan grande
deja la luz a Granada!
Se enreda entre los cipreses
o se esconde bajo el agua.
¡Y esta noche que no llega!
(Con angustia.)
¡Noche temida y soñada;
que me hieres ya de lejos
con larguísimas espadas!
Escena VI
Fernando:
(En la puerta.)
Buenas tardes.
Mariana:
(Asustada.)
¿Que?
(Reponiéndose.)
¡Fernando!
Fernando:
¿Te asusto?
Mariana:
No te esperaba,
(Sonriendo.)
y tu voz me sorprendió.
Fernando:
¿Se han ido ya mis hermanas?
Mariana:
Ahora mismo. Se olvidaron
de que vendrías a buscarlas.
(Fernando viste elegantemente la moda de la época. Mira y habla apasionadamente. Tiene
dieciocho años.)
Fernando:
¿Interrumpo?
Mariana:
Siéntate.
(Se sientan.)
Fernando:
(Lírico.)
¡Cómo me gusta tu casa!...
Con este olor a membrillos.
(Aspira.)
¡Y qué preciosa fachada
tiene, llena de pinturas,
de barcos y de guirnaldas!...
Mariana:
(Interrumpiéndole.)
¿Hay mucha gente en la calle?
Fernando:
(Sonríe.)
¿Por qué preguntas?
Mariana:
(Turbada.)
Por nada.
Fernando:
Pues hay mucha gente.
Mariana:
(Impaciente.)
¿Dices?...
Fernando:
Al pasar por Bibarrambla
he visto dos o tres grupos
de gente envuelta en sus capas,
que aguantando el airecillo
a pie firme comentaban
el suceso.
Mariana:
(Ansiosamente.)
¿Qué suceso?
Fernando:
¿Sospechas de qué se trata?
Mariana:
¿Cosas de masonería?...
Fernando:
Un capitán que se llama...;
(Mariana está como en vilo.)
no recuerdo...; liberal,
prisionero de importancia,
se ha fugado de la cárcel
de la Audiencia.
(Viendo a Mariana.)
¿Qué te pasa?
Mariana:
Ruego a Dios por él. ¿Se sabe
si le buscan?
Fernando:
Ya marchaban,
antes de venir yo aquí,
un grupo de tropas hacia
el Genil y sus puentes
para ver si to encontraban,
y es fácil que to detengan
camino de la Alpujarra.
¡Qué triste es esto!
Mariana:
(Angustiada.)
¡Dios mío!
Fernando:
El preso, como un fantasma,
se escapó; pero Pedrosa
ya buscará su garganta.
Pedrosa conoce el sitio
donde la vena es más ancha.
Me han dicho que le conoces.
(La luz se va retirando de la escena.)
Mariana:
Desde que llegó a Granada.
Fernando:
(Sonriendo.)
¡Bravo amigo, Marianita!
Mariana:
Le conocí por desgracia.
Él está amable conmigo,
y hasta viene por mi casa,
sin que yo pueda evitarlo.
¿Quién le impediría la entrada?
Fernando:
¡Qué gran Alcalde del Crimen!
Mariana:
¡No puedo mirar su cara!
Fernando:
¿Te da mucho miedo?
(Sonriendo.)
Mariana:
¡Mucho!
Ayer tarde yo bajaba
por el Zacatín. Volvía
de la iglesia de Santa Ana
tranquila; pero de pronto
vi a Pedrosa. Se acercaba,
seguido de dos golillas,
entre un grupo de gitanas.
¡Con un aire y un silencio!...
¡Él notó que yo temblaba!
(La escena está en una dulce penumbra.)
Fernando:
¡Bien supo el Rey to que hacía
al mandarlo aquí a Granada!
Se trajo en el maletín
un centenar de mortajas,
hechas, según se murmura,
por manos que son sagradas.
Mariana:
(Levantándose.)
Ya es noche. ¡Clavela! ¡Luces!
Fernando:
Ahora los ríos sobre
España, en vez de ser ríos, son
largas cadenas de agua.
Mariana:
Por eso hay que mantener
la cabeza levantada.
Clavela:
(Entrando con dos candelabros.)
¡Señora, las luces!
Mariana:
(Palidísirna y en acecho.)
¡Déjalas!
(Llaman fuertemente a la puerta.)
Clavela:
¡Están llamando!
(Coloca las luces.)
Fernando:
(Al ver a Mariana descompuesta.)
¡Mariana!
¿Por qué tiemblas de ese modo?
Mariana:
(A Clavela, gritando en voz baja.)
¡Abre pronto, por Dios; anda!
(Sale Clavela corriendo. Mariana queda en actitud expectante junto a la puerta, y Fernando, de pie.)