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| 31 de mayo del 2004 |
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Guatemala Autoritarismo e interculturalidad (IV)
Mario Roberto Morales (*)
Edición para Internet: La Insignia. Guatemala, mayo del 2004.
Crimen organizado e izquierdoderechismo
Como decíamos, el partido de Ríos Montt, que había ya perdido las elecciones contra el PAN en 1995, las ganó en 1999. La táctica usada por este militar genocida consistió en conseguirse un testaferro con un pasado relacionado con ciertos círculos de la izquierda intelectual ligada a la URNG, el cual resultó ser Alfonso Portillo, quien había vuelto de México a Guatemala como un afiliado del partido Democracia Cristiana. Este partido tenía una dirigencia -encabezada por Vinicio Cerezo y Alfonso Cabrera (mentor de Portillo)- ligada a los poderes paralelos y las mafias del crimen organizado. El vertiginoso ascenso político de Portillo empezó en la estatal Universidad de San Carlos, en donde uno de sus amigos, el abogado Mario Torres, quien lo había escondido en su casa para que evadiera a la justicia mexicana después de haber asesinado a dos personas en México, y quien sería después su ministro de educación, consiguió que las mafias del poder paralelo cooptaran, por medio de la DC primero y del FRG después, a altos funcionarios universitarios politizando a favor de sus intereses las acciones de los representantes de la universidad en la Junta Monetaria, el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social y otras instancias como las Cortes de Justicia. Portillo contribuyó a armar esta estrategia de control de la universidad estatal (cuya dirigencia estudiantil, docente y sindical está en la actualidad totalmente captada por las mafias del poder paralelo), y con este trofeo en la mano se propuso ante Ríos Montt como su candidato a la presidencia, ya que el militar genocida no podía, por haber encabezado un golpe de Estado, legalmente optar a la primera magistratura. Luego de que su testaferro Portillo perdiera las elecciones ante Alvaro Arzú y la oligarquía en 1995, y mientras éstos realizaban privatizaciones fraudulentas de los activos del Estado, Ríos Montt reorganizó al millón de patrulleros civiles indígenas que había movilizado durante la campaña contrainsurgente, cooptó a oficiales de la inteligencia militar y lanzó de nuevo a Portillo en las elecciones de 1999, las cuales ganó debido sobre todo a la decepción del electorado frente a la corrupción de quienes se decía que no necesitaban robar de las arcas públicas porque ya eran millonarios. Comienza así el gobierno más corrupto que ha tenido el país en toda su historia y se consolidan las estructuras paralelas de poder mafioso que "colombianizan" la vida nacional. Es decir, se entroniza el reinado impune del narcotráfico y el crimen organizado en y desde el Estado. La táctica de Portillo y amigos para paliar el descontento de la comunidad internacional respecto del pasado genocida de Ríos Montt consistió en cooptar una buena cantidad de cuadros de la izquierda comunista y guerrillera para ocupar puestos de poder. Es a éstos a aquienes he llamado "izquierdoderechistas". Lo mismo hicieron con las cabezas visibles del llamado movimiento maya. De modo que internacionalmente el gobierno ofrecía una imagen no sólo pluralista y democrática, sino antioligárquica y "políticamente correcta". Ex comunistas como Edgar Gutiérrez, quien había fungido como mano derecha del asesinado obispo Juan Gerardi, fundamentalistas de la etnicidad como el autollamado "académico maya" Demetrio Cojtí, e incluso la única integrante indígena de la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH), Otilia Lux de Cotí, ocuparon puestos de inteligencia civil y ministerios junto a muchos otros de sus pares, quienes fueron colocados en embajadas y en la burocracia relacionada con la atención a los organismo de financiamiento externo. El elemento cosmético "izquierdoderechista" y "políticamente correcto" del poder riosmontista quedaba así montado para consumo externo, y la vía libre para la corrupción estatal que sería la base del nuevo "capital emergente" quedaba de esta manera consolidada. La sociedad civil y la sociedad política estaban, desde tiempos de Arzú, en total dependencia de los financiamientos externos, de modo que el país caminaba a la deriva, sin plan estratégico de crecimiento y desarrollo, sin proyecto de nación siquiera a corto plazo, y convertido en un hormiguero de oenegés cuyas burocracias se disputaban deslealmente los dineros internacionales. Es obvio que sin la ayuda de los "izquierdoderechistas", Ríos Montt jamás habría consolidado el poder de las mafias del poder paralelo. De esto es responsable ante la historia esta pléyade de ex comunistas y ex guerrilleros. Por su parte, ya con el control de toda la institucionalidad democrática en sus manos, el militar genocida se las arregló para ser inscrito "legalmente" como candidato a la presidencia, pocos meses antes de la elección del 9 de noviembre del 2003. Esto alarmó a la oligarquía y, consecuentemente, a los propietarios de medios escritos, cuyo candidato, Óscar Berger, no llegaba a plantear nada fuera del sectorialismo típico de los intereses del capital tradicional. Además, se llegó a las elecciones con un acuerdo entre los partidos menos alineados con el capital oligárquico tradicional en el sentido de aliarse para no permitir ni al capital tradicional (Berger) ni al "capital emergente" (Ríos Montt) acceder al poder, aunque el rumor de que este acuerdo estaba controlado y financiado por el mismo Ríos Montt contribuyó a agitar las aguas de la víspera electoral. Entre la ciudadanía, sin embargo, se había generalizado la percepción de que ya no importaba quién fuera o no presidente del país, puesto que los poderes paralelos permeaban no sólo toda la institucionalidad estatal sino también a los partidos políticos y a quienes los financiaban. El pueblo entendía cada vez mejor el hecho de que mientras no surgieran un esfuerzo internacional y una fuerza política local dispuestos a desmantelarlos, Guatemala seguiría caminando ciega en su abrupto camino de injusticia, violencia, corrupción e impunidad, aunque ese camino ostentara el membrete de "democrático". Las elecciones del 9 de noviembre del 2003 A pesar de todo, la elección arrojó un saldo positivo: el FRG y Ríos Montt quedaron en tercer lugar, anulando así la posibilidad de competir en la segunda vuelta el 28 de diciembre, en la cual sólo Óscar Berger (Gran Alianza Nacional, GANA) y Alvaro Colom (Unidad Nacional de la Esperanza, UNE) competirían. El capital oligárquico tradicional (Berger) se enfrentaba a un tipo de capital empresarial más ligado a intereses de clase media (Colom) que contaría con el apoyo de todos los partidos pequeños, haciendo de la segunda vuelta una competencia reñida, aunque sin verdaderas opciones para los estratos populares. El electorado sabía que si quedaba Berger, la oligarquía habría de seguir su plan sectorialista de privatizaciones de activos del Estado, sobre todo porque podría llegar a tener una influencia decisiva en el Congreso y porque además la Alcaldía de la capital la había ganado el expresidente Alvaro Arzú, amigo y mentor de Berger. En el caso de que quedara Colom, la esperanza residía en que la pluralidad de sus apoyos inclinara su gestión hacia el favorecimiento de proyectos que involucrararan a las capas medias y populares a la producción y el consumo, pero la filiación neoliberal de su vicepresidenciable, Fernando Andrade Díaz-Durán, así como los persistentes rumores sobre que la UNE estaba financiada por empresarios ligados a los poderes paralelos de las mafias, ensombrecía el optimismo de muchos. Se temía además que los sufragios de Ríos Montt (por quien votaron masivamente los indígenas de las regiones que más fueron afectadas por la contrainsurgencia durante su gestión gubernamental de facto) pudieran ser negociados por éste a favor de Colom o de Berger, logrando así seguir enquistado en los intersticios del poder estatal. Además, era cosa sabida que los poderes paralelos seguirían funcionando en el interior de la institucionalidad estatal, lo cual le continuaría dando a Ríos Montt un gran margen de poder, además del que le daría el considerable número de diputados que había logrado colocar en el Congreso y la cantidad de alcaldías que su partido había conquistado (más que las que obtuviera cualquiera de los otros partidos). Además, no sólo la composición del nuevo Congreso evidenciaba que los representantes de los partidos pequeños podían ser eventualmente negociables a favor de los intereses del FRG, sino que alcaldes recién electos de este partido buscaban, tres días después de los comicios, aliarse con el partido de Berger. Otro hecho que puso en alerta a la ciudadanía conciente fue que varios de los ex comunistas y ex guerrilleros que sirvieron a Ríos Montt en el gobierno del testaferro Portillo, empezaron a saltar del barco que se hundía y a buscar refugio en el partido de Colom y en el de Berger. Por todo lo dicho, la abigarrada heterogeneidad de todas las fuerzas políticas en el tinglado electoral sólo garantizaba la continuidad de la cultura política del oportunismo, la dispersión de intereses y esfuerzos, el reparto caótico de privilegios, y la ausencia de unidad estratégica en cuanto a concretar el ansiado proyecto de nación incluyente y democrático. La ciudadanía más politizada esperaba que los criminales de guerra y los políticos corruptos fueran llevados a los tribunales de justicia, que los poderes paralelos de las mafias fueran desmantelados, que un proyecto económico a largo plazo e independiente de la cooperación internacional guiara los destinos del país y que ése fuera el objetivo de los partidos políticos y sus dirigentes. La elección de Berger o Colom no parecían garantizar nada de esto, y en el horizonte político no se perfilaba una fuerza que evidenciara entender las necesidades sociales y económicas del país y menos tener un plan de gobierno para solventarlas. Por ello, todo parecía indicar que, después de la elección de segunda vuelta el 28 de diciembre, Guatemala habría de seguir padeciendo más de lo mismo durante un tiempo indefinido, pues la inercia del autoritarismo y del pasado colonial pesaban todavía demasiado sobre mentalidades y conciencias en todas las clases sociales, etnias y grupos de presión.
Notas
(*) Mario Roberto Morales (Guatemala, 1947) es escritor, académico y periodista. Ha publicado dos volúmenes de ensayo académico: La ideología y la lírica de la lucha armada (1994) y La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón (1999 y 2002). También varias novelas: Los demonios salvajes (1977 y 1993), El esplendor de la pirámide (1986 y 1993), Señores bajo los árboles (1994), publicada en inglés como Face of the Earth, Heart of the Sky (2000), El ángel de la retaguardia (1997) y Los que se fueron por la libre (1998), así como un libro de relatos breves, La debacle (1969 y 1998), y una colección de poemas, Epigramas (1990). Es coordinador de la Edición Crítica de los Cuentos y leyendas de Miguel Ángel Asturias, en la Colección Archivos (2000), y del volumen colectivo Stoll-Menchú: la invención de la memoria (2001). Es doctor en literatura y cultura latinoamericanas por la Universidad de Pittsburgh, y profesor de su especialidad en el Programa Internacional de Posgrado del Departamento de Lenguas Modernas de la University of Northern Iowa. También es autor de cuatro libros escolares y columnista del diario guatemalteco Siglo Veintiuno y de La Insignia.
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