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| 25 de mayo del 2004 |
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Guatemala Autoritarismo e interculturalidad (II)
Mario Roberto Morales (*)
Edición para Internet: La Insignia. Guatemala, mayo del 2004.
El espejismo «independiente»
El estado de cosas colonial se extendió hasta el siglo XIX cuando, en el marco de la crisis española provocada por la invasión napoleónica a la Peninsula Ibérica, se crearon condiciones favorables para la lucha republicana en España y para que los criollos de América se independizaran de ella y se apropiaran completamente de los territorios americanos, que ya consideraban propios y ante los cuales habían generado un arraigado sentimiento patriótico ligado a la propiedad de la tierra. Así lo evidencia, en el caso de Centroamérica, la poesía (Landívar) y la crónica coloniales (Fuentes y Guzmán), así como la producción ensayística ilustrada de los patriotas criollos independentistas, entre quienes destacan el conservador José Cecilio Del Valle y el liberal Pedro Molina. El caso de Centroamérica es una excepción en el patrón de guerras independentistas lidereadas por criollos ilustrados como Bolívar y San Martín en Sudamérica, y como Hidalgo y Morelos (quien era mestizo) en México, que instrumentalizaron a las masas indígenas y mestizas para pelear contra las tropas españolas. En Centroamérica no hubo guerra de independencia pero sí manipulación política de indios y ladinos. Y también aquí los criollos dividieron a la sociedad criolla en dos bandos: los liberales (republicanos y seculares) y los conservadores (monárquicos y eclesiásticos). Estos dos bandos y sus luchas pautaron las dinámicas militares de casi todo el siglo XIX, hasta que la vinculación de las economías centroamericanas se ligó al mercado mundial capitalista por medio de las monoexportaciones, a finales de siglo. Pero decíamos que la independencia de Centroamérica (cuya capital era Guatemala) no ocurrió mediante una guerra sino que se trató de una transición pacífica, al extremo de que el mismo Capitán General español fungió como primer presidente republicano en 1821, cuando el 15 de septiembre se proclamó oficialmente la independencia de España. Este hecho excepcional, sin embargo, no impidió que Guatemala siguiera el patrón de las otras repúblicas nacientes, consistente en la fundación de ejércitos que, en el caso de Sudamérica y de México, habían sido producto de las guerras de independencia entre conservadores y liberales. En el caso de Guatemala, el motivo de la fundación de su ejército así como su función primigenia fue coaccionar a la mano de obra indígena, reacia a bajar las costas a cultivar forzadamente el café, el algodón y la caña de azúcar, a trabajar en las grandes fincas que surgieron como resultado de la reconcentración de tierras que los criollos ralizaron en 1871, luego de una revolución que neutralizó al bando conservador. Esta revolución marcó el inicio de la "modernidad" guatemalteca, al ligar su economía agroexportadora al mercado mundial capitalista, sobre todo mediante el cultivo intensivo y extensivo del café (Taracena). En términos de hegemonía y dominación, podemos hablar, hasta el siglo X, de un "momento histórico maya" en el territorio guatemalteco; luego, hasta el siglo XVI, de un "momento quiché"; después, del siglo XVI al XIX, de un "momento español"; y del siglo XIX a mediados del XX, de un "momento criollo", el cual dará lugar, como veremos adelante, a un "momento ladino" durante la segunda mitad del siglo XX. En el período de hegemonía criolla se expropiaron las tierras comunales de los indígenas y de la Iglesia para sentar las bases de la caficultura. Quizás pueda decirse que las comunidades indígenas gozaron de mayores privilegios durante el sometimiento colonial que durante el sometimiento republicano, cuando fueron expulsadas de sus tierras y obligadas a vender su fuerza de trabajo "libre" en el mercado oligárquico terrateniente, de corte feudalizante e infulas señoriales. La pirámide social estuvo ahora encabezada por los criollos y seguida por los mestizos, quienes hallaron en las fuerzas armadas un exiguo espacio de ascenso social, propiciandose así una cultura militarista mestiza, caracterizada por el servilismo y el autoritarismo, el arribismo y el sentido de la oportunidad. Debido a que los criollos confiaban el manejo de las fuerzas armadas a oficiales mestizos, surgen los llamados caudillos o jefes militares (quienes gozaban de apoyos populares de naturaleza servil), los cuales en muchos casos se convertirían en dictadores "liberales" y gobernarían a sangre y fuego bajo lemas como los de "Orden y progreso", "Patria y libertad" y otros, siempre de corte ilustrado. Una larga secuencia de dictaduras "liberales", tanto militares como civiles (como es el caso de la de Manuel Estrada Cabrera, derrocado por un movimiento cívico en 1920), termina en 1944, con la defenestración del último caudillo "liberal", Jorge Ubico, por un movimiento civil encabezado por maestros, estudiantes, obreros y otros sectores de la emergente clase media. La ilusión de la modernidad El proceso de modernización política y económica de Guatemala empieza en 1944, con el movimiento cívico que derroca a Ubico y propicia las primeras elecciones libres que gana un prestigioso doctor en filosofía y profesor universitario, Juan José Arévalo. Esta gesta, conocida como la Revolución Democrática, se enmarca en el ciclo de revoluciones que a lo largo del siglo XX y con fines de modernización política y económica se realizaron en varios países latinoamericanos en la siguiente secuencia: México (1910), Guatemala (1944), Cuba (1959), Chile (1973) y Nicaragua (1979). Con excepción del caso de México, en donde los cambios fueron cooptados y domesticados por la élite criolla, los intentos de modernización del Estado (democracia) y de la economía (capitalismo nacionalista) fueron abortados por Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría. El caso de Guatemala fue, como se sabe, particularmente dramático (Gleijeses, Cardoza). En Guatemala, el período democrático duró diez años, de 1944 a 1954, cuando Estados Unidos, por medio de la CIA, perpetró un golpe de Estado mediante oficiales del Ejército y derrocó al segundo presidente de la revolución, Jacobo Arbenz, bajo el pretexto de que había comunistas en el Congreso de la República y que la Reforma Agraria era una medida socialista. En efecto, el Partido Comunista era legal en Guatemala y había diputados de ese partido en el Congreso. Nada extraño en la época. A esto hay que añadir que Arbenz no era comunista sino un ilustrado coronel nacionalista que intentaba, mediante el reparto de tierras ociosas (por las cuales pagó un precio justo a la United Fruit Company) a campesinos, crear las bases para una industrialización local y un mercado interno autosuficiente que permitiera desarrollar un capitalismo nacional menos dependiente de los intereses empresariales estadounidenses. Esta fue su mayor audacia y su pecado mortal. Lo que el derrocamiento de Arbenz probó fue que ya entonces era imposible pretender copiar el modelo capitalista estadounidense con fines soberanos y autónomos. Por el contrario, había que depender de él en los insostenibles términos de desventaja que conocemos. El caso de Arbenz también constituyó el primer ensayo de intervención estadounidense sin el despliegue de tropas propias (Schelsinger y Kinzer). La libre organización obrera y campesina, así como el avance cultural y educativo del país en la época, hicieron de Guatemala la meca de políticos e intelectuales progresistas, entre los que se contó al médico argentino Ernesto Guevara, quien se asiló en la Embajada de México cuando el golpe de Estado contra Arbenz. La experiencia de Guevara en Guatemala fue determinante para el diseño del curso de la revolución cubana. El hecho de que en Cuba se desmantelara de entrada al ejército de Batista, se crearan en lo inmediato unas fuerzas armadas populares y se dejara en segundo término la redacción de una constitución política, fue una decisión directamente emanada de lo que Guevara había percibido como un error de la revolución guatemalteca y de sus inexpertos dirigentes, quienes se apresuraron a darse una constitución política dejando intacta la estructura del Ejército, de modo que cuando cundió entre ellos la frustración política y el terror, no tuvieron elementos concretos con qué resistir el embate contrarrevolucionario a pesar de que el pueblo estuvo dispuesto a defender la revolución y exigió las armas prometidas que jamás llegaron a sus manos. Los regímenes militares contrarrevolucionarios reinstalaron los privilegios de los terratenientes criollos, truncando así el proceso de modernización capitalista y la democratización del Estado. De entonces para esta parte, los problemas políticos, sociales y económicos de Guatemala pueden remitirse a este hecho histórico, el cual se tornó en un hecho cultural traumático que repercutió en la autoestima ciudadana y en su pérdida de fe en las propias fuerza para forjar un futuro social que permitiera a la ciudadanía acceder al empleo, al salario y al consumo. De entonces para ahora, los militares han propiciado las bases de un ascenso económico para su gremio, el cual empezó con algunas prebendas que les dio Arbenz y siguió con un acelerado proceso de militarización del Estado -siempre en el marco de la Guerra Fría- y de capacitación contrainsurgente del Ejército por parte de Estados Unidos, ante el peligro inminente de las guerrillas de inspiración guevariana. De 1954 a 1960, los regímenes militares afianzaron el poder económico de los terratenientes criollos y el control del Estado por parte de coroneles y generales caracterizados por su mentalidad y métodos autoritaristas y represivos, alineados con el conservadurismo de un sector tradicionalista de la Iglesia católica y con los intereses y mandatos militares y corporativos de Washington. Es de destacar que la política etnocultural de los dos gobiernos revolucionarios había consistido en un esfuerzo llamado "de integración" de la población indígena comunitaria -que remitía su identidad a la municipalidad, la cofradía y al derecho consuetudinario que las pautas coloniales y los sincretismos que la sobrevivencia de elementos culturales precolombinos había posibilitado- al mundo occidentalizado de los criollos y los ladinos. El indigenismo folclorizante fue la divisa de la política cultural de la revolución, que percibía a las comunidades indígenas como un lastre para la industrialización del agro si no se "modernizaba" su cultura. Con el derrocamiento de Arbenz, las comunidades indígenas se vieron de nuevo sin posibilidades de construir un futuro mejor. Las ligas campesinas y todas las formas de organización gremial y popular fueron deshechas, y el militarismo se constituyó en la única forma indiscutida de poder político.
Notas
(*) Mario Roberto Morales (Guatemala, 1947) es escritor, académico y periodista. Ha publicado dos volúmenes de ensayo académico: La ideología y la lírica de la lucha armada (1994) y La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón (1999 y 2002). También varias novelas: Los demonios salvajes (1977 y 1993), El esplendor de la pirámide (1986 y 1993), Señores bajo los árboles (1994), publicada en inglés como Face of the Earth, Heart of the Sky (2000), El ángel de la retaguardia (1997) y Los que se fueron por la libre (1998), así como un libro de relatos breves, La debacle (1969 y 1998), y una colección de poemas, Epigramas (1990). Es coordinador de la Edición Crítica de los Cuentos y leyendas de Miguel Ángel Asturias, en la Colección Archivos (2000), y del volumen colectivo Stoll-Menchú: la invención de la memoria (2001). Es doctor en literatura y cultura latinoamericanas por la Universidad de Pittsburgh, y profesor de su especialidad en el Programa Internacional de Posgrado del Departamento de Lenguas Modernas de la University of Northern Iowa. También es autor de cuatro libros escolares y columnista del diario guatemalteco Siglo Veintiuno y de La Insignia.
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