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| 23 de mayo del 2004 |
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Guatemala Autoritarismo e interculturalidad (I)
Mario Roberto Morales (*)
Edición para Internet: La Insignia. Guatemala, mayo del 2004.
Introducción
Este trabajo pretende explicar las dinámicas sociales, económicas, políticas y culturales que convergen en la conformación de un pequeño país hispanoamericano que sin duda constituye un microcosmos en el que se pueden estudiar todas las variables que permiten la comprensión unitaria de América Latina. Escenario de violentas relaciones interculturales desde mucho antes de la llegada de los europeos, así como víctima de las ingentes necesidades de la modernidad euroestadounidense, Guatemala ha sido varias veces un laboratorio de experimentación en el que los poderes mundiales han puesto a prueba diversos planes y proyectos. El desarrollo de este trabajo inicia con un panorama histórico imprescindible para comprender los desarrollos materiales y las mentalidades que posibilitan la encrucijada política que vive el país en la actualidad. Le sigue a esto un análisis de los elementos contemporáneos que resultan centrales para entender las posibilidades de su futuro inmediato, sobre todo frente a los intereses globalizadores en clave neoliberal. Y finaliza con un repaso analítico de las direcciones que en los años noventa tomó la discusión pública de la problemática nacional, en la que participé activamente interviniendo en el debate interétnico, en el de la crítica de la izquierda y en el de la democracia en la globalización, discusiones éstas que se entremezclaron, a menudo violentamente, como resultado explicable de demasiados años de silencio, censura e inexperiencia democrática. Algunas de las ideas que desarrollé en la prensa escrita y en foros académicos a lo largo de estos debates articulan el presente trabajo. Además de haber sido campo experimental de la primera intervención estadounidense sin tropas en 1954, ahora Guatemala es un laboratorio para observar cómo funciona el multiculturalismo fuera de las fronteras de Estados Unidos y también el efecto de la cooperación internacional europea como punta de lanza de la globalización y consecuente factor dispersor de una sociedad civil multicultural con un Estado sin proyecto de nación. Junto a todo esto, la permisividad internacional respecto a la entronización de las mafias del crimen organizado y el narcotráfico en los intersticios del poder estatal, para establecer hasta qué punto se puede manipular la institucionalidad democrática sin que haya estallidos sociales, hacen del presente y el futuro político de Guatemala una encrucijada difícil de remontar por una sociedad cada vez más permeada por la ideología intelicida del consumismo y agobiada por el liderazgo errático de una elite oligárquica racista y aristocratizante cuya vanguardia intelectual no rebasa los principios dogmáticos del fundamentalismo de mercado. La imagen que se suele tener de Guatemala en el resto del mundo está casi siempre relacionada con los profundos contrastes que existen entre su excepcional belleza natural, su exuberante diversidad cultural y sus reiterados hechos de inverosímil violencia política. Para comprender la truculencia de la vida social, económica y cultural de este pequeño país de la América Central, es necesario remontarse a sus orígenes históricos, mucho antes de las violentas incursiones del expansionismo colonialista europeo. Las dinámicas precolombinas Tanto la historia como la arqueología suelen remitirse al siglo X de nuestra era para datar tanto la cumbre de la civilización maya deYucatán, Chiapas, Guatemala y parte de Honduras, como la del inicio de sus repentino colapso y el abandono -a lo largo de más o menos un siglo- de sus grandes centros ceremoniales, como Palenque, Tikal y Copán, entre otras grandes ciudades. Recientes descubrimientos arqueológicos y el desciframiento creciente de los glifos mayas, han puesto al descubierto la existencia de pertinaces dinámicas militares entre las ciudades-estado mayas y entre éstas y algunos reinos de México, ya antes del siglo X, así como conflictos internos de los diferentes gobiernos mayas con sus clases campesinas tributarias. Al parecer, el centro de estos conflictos tenía que ver con la tierra: con su extensión cultivable y con su agotamiento por el sistema de roza. Pero también con la exigencia tributaria de las teocracias hacia los campesinos que ya no podían pagarla (Galich). Aparte de estas causas económicas y políticas, es posible que existieran motivos religiosos de orden astrológico, astronómico y profético que contribuyeran en parte el repentino abandono de las ciudades mayas principales, las cuales quedaron práctiamente intáctas hasta el siglo XIX, cuando fueron descubiertas paulatinamente por arqueólogos y exploradores. Estas causas religiosas estarían remitidas a profecías acerca de la caída de aquella civilización, las cuales indicaban fechas más o menos precisas en las que toda una era de desgracias debía cernirse sobre las estirpes, las confederaciones de tribus y los reinos (Sejourné). Acaba así una sociedad que, a pesar de sus violentas campañas militares y de haber desarrollado una economía interna basada en el tributo campesino y en formas domésticas de esclavitud, jamás se constituyó en un imperio sino permaneció organizada en conjuntos de reinos y cacicazgos.más o menos autónomos. Después del colapso de la gran unidad maya en el siglo X, los pueblos derivados de los mayas se expandieron por el sur de México y por todo lo que después sería el territorio guatemalteco, dentro del cual se diferenciaron cinco naciones con sus respectivos idiomas: los quichés, los cakchiqueles, los tzutuhiles, los mames y los kekchíes. Estos pueblos pronto establecieron una dinámica militar entre sí, basada en disputas de territorio, mujeres y controles de rutas mercantiles, con el norte y con el sur, en la cual la nación quiché acusó una inequívoca tendencia hacia el imperio. No hay que olvidar que en el siglo XIII, sus vecinos aztecas tenían ya instaurado un gran poder imperial que sojuzgaba a todo el Valle de México, y probablemente los sangrientos logros de este gran poder así como las noticias que llegaban del imperio inca en el Perú hayan inspirado la política de conquista, dominación, saqueo y genocidio que los quichés (cuyos orígenes son mexicanos) ejercieron sobre sus vecinos de origen maya entre el siglo X y el XVI, que es cuando llegan los españoles y la dinámica imperial quiché se ve cercenada sin haber llegado a cumplirse (Carmack, La fundación) (1). El estado de cosas colonial Cuando Hernán Cortés desembarca en México en 1519, lo acompañaba Pedro de Alvarado, a quien aquél, después de la conquista de Tenochtitlan y de la muerte del emperador Moctezuma, encomienda la exploración y pacificación de las tierras del sur. Alvarado penetra en Guatemala y sigue las mismas táctica que le habían dado buen resultado a Cortés, a saber: aliarse con los pueblos sojuzgados por el poder imperialista que, en el caso de México, lo ayudaron a derrotar a los aztecas, y en el caso de Guatemala contribuyeron a que Alvarado derrotara a los odiados quichés. Los históricos odios entre cakchiqueles y quichés, que se remontaban a los siglos XI al XVI (debidos al genocidio perpetrado por éstos sobre aquéllos), se vieron agudizados por los avatares de la conquista española (Díaz del Castillo). Estos odios siguen vigentes hoy en día, complicando aún más la abigarrada interculturalidad guatemalteca contemporánea. Guatemala pasa a ser, dentro de la organización política de la Colonia, una Capitanía General que en teoría estaba supeditada al Virreinato de la Nueva España (México), aunque en la práctica gozó de una autonomía casi total en materia política y económica, sobre todo desde que se reorganizó a la población indígena para que cumpliera con los objetivos de la empresa colonial: el trabajo agrícola forzado de los indios en vista de que la región no era rica en los metales y piedras preciosas que, desde Colón y su sueño de hallar el Asia de Marco Polo, poblaba la imaginación de los colonizadores y de la Corona española, urgida de respaldo financiero para sus compras de artículos manufacturados en el resto de Europa (Pastor). La población autóctona fue organizada en los llamados pueblos o repúblicas de indios, que se diferenciaban de la república de españoles o administración política y militar peninsular. Los pueblos de indios eran unidades poblacionales construidas a imagen y semejanza de los pueblos españoles: una plaza central circundada por un cabildo, una iglesia, un portal comercial, una cárcel y alguna otra institución relacionada con la cultura triunfante. En estos pueblos se estableció una jerarquía cívico-religiosa que respondía a la autoridad de los curas mendicantes que catequizaban a los jefes de las noblezas vencidas, quienes a su vez transmitían la enseñaza cristiana a las masas. Alrededor de estos pueblos se desplegaban las unidades productivas de tierras llamadas encomiendas, que habían pasado a ser propiedad de los conquistadores, quienes eran llamados ahora encomenderos. El régimen de encomienda implicó no sólo la posesión y explotación de tierras sino también de indios (que fue como llamaron a los habitantes de América los españoles), quienes cultivaban los productos que se exportaban a la metrópoli, primero en calidad de esclavos y luego de siervos. Esta reorganización, que estuvo precedida de una sistemática destrucción de toda suerte de objetos de cultura como códices, estelas y pinturas, y por la sustitución de dioses y diosas por santos y santas, provocó en la conciencia indígena un traumatismo identitario que predispuso a las masas contra sus noblezas (ahora intermediarias entre su pueblo y los invasores) y a los diferentes pueblos de origen maya entre sí. Igualmente, el hecho de que los españoles -a diferencia de ingleses, holandeses, franceses y otros pueblos colonizadores- se mezclaran con las indígenas, dio orígen a una diversidad étnica conflictiva que tuvo que aprender a convivir en la rígida sociedad colonial, dominada por prejuicios de pureza de sangre y atemorizada por un catolicismo inquisidor intolerante. Estos hechos marcaron la conciencia de las masas populares indígenas, criollas y mestizas, y produjeron rasgos psicológicos remitidos a la servidumbre, el arribismo y otros rasgos propios de la "dialéctica del amo y el esclavo" que, con las modificaciones que ha marcado el desarrollo histórico posterior, explican en parte muchos de los hechos sociales y políticos que caracterizan a la Guatemala republicana y "moderna". La población colonial se transformó, en el lapso que va del siglo XVI al XIX, en un mosaico etnocultural profuso que acusó una dinámica intercultural abigarradamente conflictiva. Si en la época precolombina la violencia de la interculturalidad y los procesos de mestizaje biológico y cultural habían estdo pautados por el imperialismo quiché, en la Colonia el carácter violento de la dinámica social y la interculturalidad tendrá que ver con la tenencia de la tierra, con los métodos de explotación de la fuerza de trabajo y con los criterios eurocéntricos de discriminación racial y etnocultural impuestos por los españoles y perpetuados por los criollos o hijos de españoles nacidos en América. Así, la pirámide social ostentaba en su cima a los peninsulares, luego a los criollos, después a los mestizos (que en Guatemala fueron llamados indios latinos o ladinos, como los judíos conversos en España, por hablar ya una lengua latina y conocer ya los rudimentos de una cultura latina), más abajo estaban los negros traídos de Africa para sustituir la mano de obra indígena diezmada por las enfermedades y el maltrato, y por último los indios, cuya denominación etnocultural estaba ligada a su condición de siervos atados a la tierra de los encomenderos y a tierras comunales y familiares que se les permitió poseer para sus sustento (Martínez Peláez). Si los indios permanecieron ligados a la tierra y los criollos perpetuaron el estado de cosas colonial, los mestizos o ladinos tuvieron que ubicarse en estamentos de servicios luego de constituir una minoría despreciada por españoles e indios. Ya a la altura del siglo XVIII, la indiferenciación étnica era generalizada en el Reino de Guatemala (Lutz), al extremo de que la autoidentificación llegó a ser el principal criterio de diferenciación, pues el término ladino se amplió a toda persona que no quisiera ser identificada como india, independientemente de que fenotípica y socialmente lo fuera o no. La dinámica de discriminación eurocéntrica de españoles y criollos pronto permeó las conciencias de los mestizos y los indios, y los criterios de interdiscriminación se remitieron a los prejuicios europeos tanto por imitación como por inversión. En el siglo XVIII ya no había "indios puros" en Mesoamérica, ni en lo biológico ni en lo cultural (Wolf). Como veremos, debido a que la herencia colonial escasamente se ha modificado en Guatemala, muchos de los conflictos internos del país se explican en razón de este lastre histórico. Por ello, esta sociedad no se puede entender sin ligar la explicación de su estado actual a los desarrollos históricos que la gestaron como lo que es. Y uno de esos desarrollos, quizá el más importante, es el de la Colonia, pues ésta es la matriz cultural de las mentalidades desde las que los guatemaltecos se relacionan entre sí.
Notas
(1) Sobre el genocidio cackchiquel perpetrado por los quichés, el conmovedor relato contenido en los Anales de los cakchiqueles revela las raíces de los profundos odios interétnicos que marcan las relaciones entre estos dos pueblos. En el mismo Popol Vuh, considerado la "biblia de los quichés", hay orgullosas alusiones a la dominación y sojuzgamiento de los pueblos vecinos por parte de éstos. En cuanto a las dinámicas militares entre los pueblos derivados de los mayas, el ballet-drama Rabinal Achí (único texto precolombino que no se vio sometido a la censura colonial española) ofrece un interesante relato que ilustra las frecuentes guerras por territorio, mujeres y rutas comerciales entre los pueblos de origen maya asentados en el territorio de lo que es hoy día Guatemala.
(*) Mario Roberto Morales (Guatemala, 1947) es escritor, académico y periodista. Ha publicado dos volúmenes de ensayo académico: La ideología y la lírica de la lucha armada (1994) y La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón (1999 y 2002). También varias novelas: Los demonios salvajes (1977 y 1993), El esplendor de la pirámide (1986 y 1993), Señores bajo los árboles (1994), publicada en inglés como Face of the Earth, Heart of the Sky (2000), El ángel de la retaguardia (1997) y Los que se fueron por la libre (1998), así como un libro de relatos breves, La debacle (1969 y 1998), y una colección de poemas, Epigramas (1990). Es coordinador de la Edición Crítica de los Cuentos y leyendas de Miguel Ángel Asturias, en la Colección Archivos (2000), y del volumen colectivo Stoll-Menchú: la invención de la memoria (2001). Es doctor en literatura y cultura latinoamericanas por la Universidad de Pittsburgh, y profesor de su especialidad en el Programa Internacional de Posgrado del Departamento de Lenguas Modernas de la University of Northern Iowa. También es autor de cuatro libros escolares y columnista del diario guatemalteco Siglo Veintiuno y de La Insignia.
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