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| 5 de mayo del 2004 |
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El debate académico más allá de la simple diatriba (III)
Mario Roberto Morales
Introducción al libro «Stoll-Menchú: la invención de la memoria»
Este volumen está compuesto por los trabajos que sirvieron de base a las ponencias presentadas en un panel organizado por mí en el congreso de la Latin American Studies Association, LASA 2000, en Miami, en marzo de ese año. El panel se llamó "Stoll-Menchú: la invención de la memoria" y fue uno de los más concurridos del cónclave, precisamente por el interés que despertaba el tema entre los profesores universitarios estadounidenses. En él participaron: Elizabeth Burgos, David Stoll, Emil Volek, Edward F. Fischer y John Watanabe (como comentarista). A este grupo se une, en este volumen, Jennifer Schirmer con un ensayo que ella sintetizó como ponencia en otro panel sobre el mismo tema, en el mismo congreso. Desafortunadamente, John Watanabe se excusó de poner por escrito los interesantes comentarios que brindó en aquella ocasión, debido a falta de tiempo (9). Como seguramente se sabe, tanto Stoll como Fischer, Watanabe y Schirmer han realizado trabajo de campo antropológico durante varios años en Guatemala.
Debo decir que en el congreso de LASA me sorprendió mucho la renuencia a leer el libro de Stoll que detecté en la actitud de varios asistentes de cátedra y profesores que corrían de una sesión a otra en donde se abordaba el asunto Stoll-Menchú, para pescar "criterios" con los cuales "explicar" a sus estudiantes los términos del debate sin tener que leer el libro de Stoll; pero, sobre todo, corrían para reunir "argumentos" que justificaran un ataque a Stoll en aras de una defensa de Menchú y lo que ella representa para los profesores universitarios políticamente correctos de Estados Unidos: la personificación del "subalterno", una entidad que han erigido en "esencia" e idealidad deshumanizadas y que ahora ellos veían amenazada por las revelaciones de uno de sus colegas. Es necesario decir también que una buena cantidad de menchuístas que no han leído el libro de Stoll, tampoco han leído cuidadosamente ni en su totalidad el testimonio de Menchú, que da cuerpo al libro de Elizabeth Burgos. Esto se nota en los congresos académicos en los que las intervenciones denuncian lecturas ligeras y emotivas, y ayuda a redondear el carácter superficial de la diatriba que estamos evitando aquí. Me parece que el aporte que hace Elizabeth Burgos en este volumen en cuanto a elucidar con meticulosidad el papel de la memoria, la transmisión oral y la subjetividad del testimoniante, es decisivo para establecer de una vez por todas el carácter subjetivo del Testimonio y de su verdad. Además, sus reflexiones sobre el carácter de la guerra y sus vínculos con el Testimonio tal y como éste se desarrolla en la Guatemala de los años ochenta, resulta crucial para explicarse sus mecanismos como relato heroico y su naturaleza políticamente mestiza, ficcional a ratos y, por supuesto, acomodada a los intereses del grupo que lo produce. No hay que olvidar que quien habla es la autora de la criatura que nos ocupa y, por ello, sabe muy bien cómo ocurrió su nacimiento. El punto de vista de Burgos debió haber sido solicitado desde el inicio de este debate porque quizá el mismo hubiese evitado la diatriba, basada sobre todo en malentendidos involuntarios (algunos) y deliberados (otros). En todo caso aquí está, desplegado en un extenso ensayo que pretende cubrir todos los flancos de la problemática. El trabajo de Emil Volek se ubica dentro y a menudo en contra de la crítica cultural posmoderna. Cuestiona el género de Testimonio como portador de la verdad, y establece todos sus condicionantes políticos e ideológicos, perfilándolo como un expediente ideologizado, deliberado, que así contradice la supuesta esencia auténticamente popular y alejada de los intereses elitarios que le adjudican ciertos académicos políticamente correctos. Cuestiona también el método de los antropólogos, plagado de logocentrismo occidental y de construccionismo de discursos lisos y homogéneos a partir de conversaciones fragmentarias y heterogéneas. Asimismo, desmonta los supuestos de la teoría estadounidense del Testimonio: la representatividad del subalterno que habla, la del letrado que le da la voz y la introduce en la "ciudad letrada", así como sus funciones de concientización, que parecieran haber estado ya dadas, antes de su aparecimiento, en la comunidad concientizada. Desmonta igualmente los orígenes y los motivos políticos del Testimonio como parte del imaginario de la revolución cubana emergente, y explica su relación con el realismo socialista como receta para la hechura de un revolucionario. El trabajo de Volek es una sana y vibrante denuncia contra la manipulación ideológica de izquierda y en nombre del "pueblo", la "revolución" y el "futuro". Como los demás colaboradores, pide debate libre sobre estos asuntos en lugar de censura y justificaciones sacadas de la manga. Aborda también el problema de lo verdadero y lo veraz desde la perspectiva de lo que es testimoniar. Y, al igual que los demás colaboradores del volumen, discute todo esto como resultado de las canonizaciones que hacen los intelectuales primermundistas que son acríticamente solidarios con lo que ellos perciben como la subalternidad. Como los otros colegas, también reconoce el valor histórico del Testimonio y de la actividad política de Menchú, lo cual -dicho sea de paso- no está en cuestión en este libro ni lo ha estado en el debate en general, a no ser en círculos de derecha. Por su parte, David Stoll reflexiona sobre el desplazamiento de autoridad que va de los muertos a sus presuntos representantes. Así explica la incuestionabilidad que se le adjudicó a Menchú y a su historia. Refuta el criterio de la lucha armada como "último recurso", que muchos esgrimen para "explicar" la incorporación de los indígenas a la guerra de los guerrilleros ladinos, y dice que, de acuerdo a sus informantes, la de Guatemala fue una guerra impuesta a los indígenas por los dos bandos en confrontación. Según Stoll, la versión de Menchú convino al EGP y, al postularse como verdad, la imaginería idealizada de los campesinos en lucha ayudados por los guerrilleros, ocultó el sufrimiento real que el conflicto armado impuso sobre los indígenas del campo. Ante las reacciones que ha provocado su libro, Stoll dice que el establecimiento de la veracidad de lo que hizo el Ejército no ha dependido nunca del relato de una sola mujer. Afirma también que Menchú es aceptada y revivida constantemente a pesar de sus deslices políticos, porque el mito y la imaginería de los indígenas en América Latina otorgan sentido de origen e identidad histórica y cultural a los que no son indígenas. Stoll también examina la figura de Ríos Montt y el apoyo político masivo que recibe. Los ve a él y a Menchú como figuras heroicas con las que se identifican los guatemaltecos pobres y ricos, a menudo en forma cruzada, desafiando clisés al uso en la academia solidarista. Stoll afirma que decidió concientemente no someterse a la "seguridad moral" de abrazar la versión guerrillera de la historia reciente de Guatemala porque tiene, entre otras, las siguientes reservas en cuanto a la validez y conveniencia de la lucha armada como método: En la guerrilla, dice, el engaño es mucho más importante que en cualquiera otra forma de guerra; lo malo es que al borrar la línea entre combatientes y no combatientes, echa el peso de las consecuencias sobre la población civil. Además, las actividades guerrilleras tienden a neutralizar las otras acciones de la izquierda más que a afianzarlas y, en general, su estrategia de lucha armada expresa un interés de élite de poder que lucha contra otra élite de poder, y de ninguna manera encarna o responde a las necesidades del pueblo, al cual se le impone la guerra. Este es el planteo central de Stoll, y el mismo implica cuestionar la necesidad, utilidad y razón de ser de la lucha armada. En buena medida, la Comisión de Esclarecimiento Histórico ratifica lo que dice. Si la causa de la violencia política son las decisiones de las élites y sus oponentes (otras élites), entonces, afirma Stoll, las explicaciones "sociales" de la misma solo justifican una estrategia que ha probado ser un fracaso y la habilita para volverse a implementar. La violencia insurgente de los años ochenta en Guatemala tampoco empezó por motivos raciales entre indígenas y ladinos, como se desprende del relato de Menchú, que avalan los solidaristas, dice Stoll. El argumento del genocidio como razón del origen de esa violencia deja por fuera que la misma es mucho mas compleja y que empezó entre ladinos. Lo cual no niega que en la práctica hubo genocidio, afirma. En su ensayo, Edward F. Fischer examina los problemas que la antropología y el antropólogo enfrentan como resultado de lo que el libro de Stoll pone sobre el tapete. También, las limitaciones del método de Stoll que, según Fischer, lo expusieron a ser usado por la derecha para atacar a Menchú. Asimismo, deduce algunas normas de conducta a partir de sus experiencias de "traición" a la confianza de un informante, lo cual plantea como particularmente importante el asunto de la ética profesional antropológica, sobre todo ahora, cuando los informantes no colaborarán -dice-- tan fácilmente después de lo ocurrido con el libro de Stoll. Fischer quiere ser ecuánime en cuanto a la actitud del antropólogo que hace parte de ciertas y definidas posiciones políticas, y defiende que los informantes sean tratados como iguales y, por ello, que respondan a las acusaciones políticas, lo que implica que se ocupen del trabajo del antropólogo también. Se trataría de una especie de trabajo conciente entre ambos. La reacción contra Stoll -dice-- es porque su trabajo se percibe como traición al código de ética de la Asociación Americana de Antropología, la cual manda la solidaridad y la intercesión con la gente que los antropólogos estudian. A Fischer le preocupa la delicada relación que existe entre la ética de la solidaridad y la intercesión, y el peligro que corren los antropólogos estadounidenses de ser intervencionistas. Se deduce de sus afirmaciones, que piensa que el gran servicio que Stoll rindió a la antropología puede derivarse de sus errores. En el caso del ensayo de Jennifer Schirmer, son interesantes sus reflexiones sobre lo que consideramos subjetivamente como "verdad" y estamos dispuestos a creer. Señala como importante contradicción el hecho de aceptar como verdad un relato solamente porque lo dice un narrador con el que nos identificamos sentimentalmente. En tal sentido, propone escuchar todas las voces, so pena de simplificar las causas de la violencia en Guatemala y entorpecer el debate actual sobre el futuro del país. Analiza el accionar contrainsurgente del Ejército y desarticula el argumento de inculpar al EGP unilateralmente por el desencadenamiento de la violencia. Pero asimismo cuestiona el hecho de que el EGP haya iniciado la violencia insurreccional sabiendo que la ORPA y las FAR no lo harían, y conociendo la brutalidad de la que era capaz el Ejército, la cual había demostrado claramente en los años sesenta en Zacapa. Cuestiona también la propuesta de Stoll de que a los indígenas les hubiera ido mejor si hubieran puesto en práctica políticas liberales (democráticas) y no se hubieran metido a la lucha armada. Schirmer pone en duda la importancia y utilidad del testimonio de Menchú para entender el pasado, y propone recabar testimonios de todos lados y de todos los grupos para terminar de reconstruir la historia después de las Comisiones de la Verdad. Cierra su ensayo con la misma reflexión del principio: uno puede decidir abrazar la verdad de alguien sólo porque él o ella la dice, pero darle a esa verdad estatuto histórico y universal es dogmático. Por ello, dice, necesitamos oír la verdad de todos para establecer las causas de la violencia, sobre todo si esto va a servir para perfilar el futuro de un país. Finalmente, mi contribución a este volumen tiene que ver con remitir este debate a las conclusiones de la Comisión de Esclarecimiento Histórico, en vista de que la versión que ésta ofreció acerca de los hechos en los que se enmarca nuestra discusión, es la aceptada por todas las partes en conflicto, por los guatemaltecos y la comunidad internacional. Lo cual no implica que el esclarecimiento histórico no deba seguir, sobre todo desde los campos académico y político. Mediante la confrontación de lo que dicen Stoll y Menchú respecto de lo ocurrido, con lo que dice de ello la CEH, trato de establecer que los problemas que deben abordarse académicamente son los relativos a la evaluación crítica de lo actuado por el vanguardismo de izquierda, y también lo que concierne a una visión no esencializada ni culturalista de las relaciones interétnicas en Guatemala, así como a una teorización del Testimonio y la testimonialidad más acordes con la complejidad humana de sus enunciantes y menos con necesidades ideológicas y carreristas primermundistas. En cuanto a lo actuado por el Ejército, creo que la CEH ha dejado muy claro su papel contrainsurgente, aunque faltaría --como dice Schirmer-- recabar testimonios de sus miembros para comprender a cabalidad sus motivaciones, ideologías y mentalidades. El lector tiene en sus manos un libro que pretende establecer un diálogo entre los miembros de la intelectualidad latinoamericana y la estadounidense, a fin de que nuestros análisis y los de ellos convivan en el espacio del debate académico de altura. Sin duda, le abrirá al lector vías de reflexión sobre la historia reciente de Guatemala en una clave no sectaria ni dogmática, ni tampoco complaciente con nadie, sino solamente comprometida con la coherencia intelectual que se le debe a cualquier objeto de estudio que se respete. Agradezco a mis colaboradores sus valiosos trabajos y, por mi parte, sólo debo agregar que con este texto pretendo contribuir a que los guatemaltecos continuemos esclareciendo nuestra historia y a que --por sobre todas las cosas-- nos la apropiemos, para evitar que se nos impongan las versiones de otros acerca de lo que somos, de lo que hemos hecho y de lo que debemos ser y hacer. Se trata de validar nuestros análisis en los espacios de la academia dominante, a fin de que se tomen en cuenta con la dignidad del caso y se pueda crear así una configuración científica compartida y enriquecida acerca del pasado de Guatemala y de su presente y futuro. No es asunto de oponer nacionalismos estrechos a las versiones de la academia que nos domina, sino de abrir espacios de análisis nuestros que convivan y discutan con los dominantes. Como parte de esta tarea --y en relación al asunto que abordamos aquí--, es imprescindible que los intelectuales guatemaltecos participen con decisión en estas problemáticas que nos atañen, y que no se las dejen a los demás. El diálogo interacadémico libre es fundamental para enriquecer el estudio de la verdad y la veracidad históricas. Nos corresponde luchar por que se haga sin caer en versiones canónicas o marginadas que son unilaterales y dogmáticas. Este libro pretende ser un ejemplo de ese diálogo libre. Queda en el criterio del lector determinar hasta qué punto lo logra. Cedar Falls, Iowa, febrero del 2001.
Notas
(9) Fue interesante escuchar a Watanabe relatar que quienes habían hecho y hacían trabajo de campo en Guatemala, supieron desde el principio que la versión de los hechos contenida en el testimonio de Menchú no se apegaba a la realidad de la que ellos eran testigos, pero que nadie la desmintió porque percibieron el acto de Menchú como un acto político e ideológico con el que había que ser solidario, aunque al mismo tiempo eso implicara dejar de lado la veracidad a la que la ciencia social se debe, cuestión que no dejó de provocar cierto conflicto ético en todos.
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