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| 22 de mayo del 2004 |
La casa de Bernarda Alba
Federico García Lorca
Habitación blanca del interior de la casa de Bernarda. Las puertas de la izquierda dan a los dormitorios. Las hijas de Bernarda están sentadas en sillas bajas, cosiendo. Magdalena borda. Con ellas está la Poncia.
Angustias: Ya he cortado la tercer sábana. Martirio: Le corresponde a Amelia. Magdalena: Angustias, ¿pongo también las iniciales de Pepe? Angustias: (Seca) No. Magdalena: (A voces) Adela, ¿no vienes? Amelia: Estará echada en la cama. La Poncia: Ésa tiene algo. La encuentro sin sosiego, temblona, asustada, como si tuviera una lagartija entre los pechos. Martirio: No tiene ni más ni menos que lo que tenemos todas. Magdalena: Todas, menos Angustias. Angustias: Yo me encuentro bien, y al que le duela que reviente. Magdalena: Desde luego hay que reconocer que lo mejor que has tenido siempre ha sido el talle y la delicadeza. Angustias: Afortunadamente pronto voy a salir de este infierno. Magdalena: ¡A lo mejor no sales! Martirio: ¡Dejar esa conversación! Angustias: Y, además, ¡mas vale onza en el arca que ojos negros en la cara! Magdalena: Por un oído me entra y por otro me sale. Amelia: (A la Poncia.) Abre la puerta del patio a ver si nos entra un poco el fresco. (La Poncia lo hace.) Martirio: Esta noche pasada no me podía quedar dormida del calor. Amelia: ¡Yo tampoco! Magdalena: Yo me levanté a refrescarme. Había un nublo negro de tormenta y hasta cayeron algunas gotas. La Poncia: Era la una de la madrugada y salía fuego de la tierra. También me levanté yo. Todavía estaba Angustias con Pepe en la ventana. Magdalena: (Con ironía.) ¿Tan tarde? ¿A qué hora se fue? Angustias: Magdalena, ¿a qué preguntas, si lo viste? Amelia: Se iría a eso de la una y media. Angustias: Sí. ¿Tú por qué lo sabes? Amelia: Lo sentí toser y oí los pasos de su jaca. La Poncia: ¡Pero si yo lo sentí marchar a eso de las cuatro! Angustias: ¡No sería él! La Poncia: ¡Estoy segura! Amelia: A mí también me pareció... Magdalena: ¡Qué cosa más rara! (Pausa.) La Poncia: Oye, Angustias, ¿qué fue lo que te dijo la primera vez que se acercó a tu ventana? Angustias: Nada. ¡Qué me iba a decir? Cosas de conversación. Martirio: Verdaderamente es raro que dos personas que no se conocen se vean de pronto en una reja y ya novios. Angustias: Pues a mí no me chocó. Amelia: A mí me daría no sé qué. Angustias: No, porque cuando un hombre se acerca a una reja ya sabe por los que van y vienen, llevan y traen, que se le va a decir que sí. Martirio: Bueno, pero él te lo tendría que decir. Angustias: ¡Claro! Amelia: (Curiosa.) ¿Y cómo te lo dijo? Angustias: Pues, nada: "Ya sabes que ando detrás de ti, necesito una mujer buena, modosa, y ésa eres tú, si me das la conformidad." Amelia: ¡A mí me da vergüenza de estas cosas! Angustias: Y a mí, ¡pero hay que pasarlas! La Poncia: ¿Y habló más? Angustias: Sí, siempre habló él. Martirio: ¿Y tú? Angustias: Yo no hubiera podido. Casi se me salía el corazón por la boca. Era la primera vez que estaba sola de noche con un hombre. Magdalena: Y un hombre tan guapo. Angustias: No tiene mal tipo. La Poncia: Esas cosas pasan entre personas ya un poco instruidas, que hablan y dicen y mueven la mano... La primera vez que mi marido Evaristo el Colorín vino a mi ventana... ¡Ja, ja, ja! Amelia: ¿Qué pasó? La Poncia: Era muy oscuro. Lo vi acercarse y, al llegar, me dijo: "Buenas noches." "Buenas noches", le dije yo, y nos quedamos callados más de media hora. Me corría el sudor por todo el cuerpo. Entonces Evaristo se acercó, se acercó que se quería meter por los hierros, y dijo con voz muy baja: "¡Ven que te tiente!" (Ríen todas. Amelia se levanta corriendo y espía por una puerta.) Amelia: ¡Ay! Creí que llegaba nuestra madre. Magdalena: ¡Buenas nos hubiera puesto! (Siguen riendo.) Amelia: Chisst... ¡Que nos va a oír! La Poncia: Luego se portó bien. En vez de darle por otra cosa, le dio por criar colorines hasta que murió. A vosotras, que sois solteras, os conviene saber de todos modos que el hombre a los quince días de boda deja la cama por la mesa, y luego la mesa por la tabernilla. Y la que no se conforma se pudre llorando en un rincón. Amelia: Tú te conformaste. La Poncia: ¡Yo pude con él! Martirio: ¿Es verdad que le pegaste algunas veces? La Poncia: Sí, y por poco lo dejo tuerto. Magdalena: ¡Así debían ser todas las mujeres! La Poncia: Yo tengo la escuela de tu madre. Un día me dijo no sé qué cosa y le maté todos los colorines con la mano del almirez. (Ríen) Magdalena: Adela, niña, no te pierdas esto. Amelia: Adela. (Pausa.) Magdalena: ¡Voy a ver! (Entra.) La Poncia: ¡Esa niña está mala! Martirio: Claro, ¡no duerme apenas! La Poncia: Pues, ¿qué hace? Martirio: ¡Yo qué sé lo que hace! La Poncia: Mejor lo sabrás tú que yo, que duermes pared por medio. Angustias: La envidia la come. Amelia: No exageres. Angustias: Se lo noto en los ojos. Se le está poniendo mirar de loca. Martirio: No habléis de locos. Aquí es el único sitio donde no se puede pronunciar esta palabra. |
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