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| 15 de marzo del 2004 |
La falsedad tiene alas y vuela
Hipótesis. Argentina, marzo del 2004.
Una vez más, la humanidad toda fue brutalmente agredida en los cuerpos de víctimas inocentes y en los corazones de quienes consideramos a la vida de cada individuo como uno de los valores supremos. La masacre de los trenes españoles es incalificable y merece el repudio más contundente que se pueda imaginar. Las diversas formas de terrorismo, desde el terrorismo de Estado pasando por todas sus otras expresiones, tienen un común denominador: el desprecio por el derecho a la vida de todos y cada uno de los seres humanos que habitan este planeta.
Muchas fueron, a lo largo de la historia, las bastardas expresiones de los partidarios de la muerte. Los crímenes de la secta islámica ismailita de los "assasins"; las masacres de budistas en la India a manos de los fundamentalistas bramánicos y los asesinatos de la Sagrada Inquisición en nombre del dios de los cristianos, fueron algunas de las más connotadas barbaries inspiradas supuestamente en objetivos superiores. Pero entre los más abyectos paladines de la muerte de todos los tiempos se encuentran, sin lugar a la menor duda, los nazifascistas y sus primos españoles, los falangistas. En un acto público realizado en la Universidad de Salamanca -el 12 de octubre de 1936- luego de un encendido discurso del general franquista Millán Astray, en el que atacó a las regiones de Euskadi y Catalunya como "cánceres en el cuerpo de la nación", sus partidarios entonaron su consigna preferida: "¡viva la muerte!". En ese momento, el ilustre rector de la Universidad, Miguel de Unamuno, formuló una réplica que pasaría a la historia: "Acabo de oír un grito necrófilo y carente de sentido: '¡viva la muerte!'. Y yo, que me pasé la vida forjando paradojas que han provocado la ira de otros, debo deciros, como experto en el tema, que esta aberrante paradoja me resulta repulsiva. El general Millán Astray es un lisiado, lo digo sin el menor sentido despectivo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Lamentablemente hay demasiados lisiados en España ahora. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray deba dictar los criterios para una sicología de masas. Un inválido que carece de la grandeza de Cervantes busca un ominoso alivio causando mutilaciones a su alrededor." En ese momento, el fascista Millán Astray fue incapaz de contenerse y gritó: "¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!". La multitud falangista que asistía al acto expresó clamorosamente su aceptación a estas palabras, pero Unamuno continuó: "Este es el templo del intelecto y yo soy su gran sacerdote. Son ustedes los que profanan su sagrado recinto. Ustedes vencerán porque poseen fuerza bruta en abundancia. Pero no convencerán. Porque para convencer es necesario persuadir. Y para persuadir es necesario tener algo de lo que ustedes carecen: razón y derecho en esta lucha. Considero fútil exhortarles a pensar en España. He dicho". Lamentablemente hay, en el mundo, muchos inválidos que carecen de la grandeza de Cervantes. Uno de ellos es, precisamente, el actual jefe de Gobierno español, José María Aznar, cuya invalidez no es corpórea sino ética. El gobernante que hoy condena, con justa razón, el oprobioso atentado terrorista de Madrid, es el mismo que -con su bancada del Partido Popular- se negó a condenar recientemente a la dictadura franquista en el Parlamento español. Se negó a condenar a los Millán Astray y su "¡viva la muerte!, simplemente porque su partido proviene de ese tronco totalitario, aunque ahora, maquillado de democrático, sea más presentable. Este mismo lisiado ético es quien se sumó irresponsablemente a la aventura colonial del presidente norteamericano contra Irak, donde las víctimas inocentes multiplican por cien a las de Atocha. Dicho esto sin dejar de tener en cuenta que cada víctima inocente tiene en sí misma un valor infinito. No alcanza -ni mucho menos- para eximirlo de sus responsabilidades, que Aznar se coloque al frente de una manifestación más que multitudinaria. Los millones de personas que, con dolor y bronca, colmaban ayer las calles de toda España no eran mutilados morales como él; son ciudadanos comunes y corrientes que siempre están en contra de la muerte. Lo estuvieron cuando el 15 de febrero del año pasado, como en todo el mundo, manifestaron contra la guerra de agresión en Irak. También estos españoles, de los que nos sentimos hermanos... porque no todos los españoles son iguales, ni todos los argentinos los son... ganaron más de una vez las calles de su patria para condenar a ese terrorismo de la ETA, tan funcional al neoliberalismo autoritario y flangista de Aznar. "Ahora todos somos españoles" se dice perversa o ingenuamente por allí. No. Muchos nos sentimos españoles, conciudadanos de Unamuno. Pero no nos sentimos españoles como Millán Astray o José María Aznar. Del mismo modo que no nos sentimos argentinos como Videla, Massera o Suárez Mason. Los trabajadores y los estudiantes muertos en Madrid, el jueves pasado, no eran -en su inmensa mayoría- españoles como Millán Astray; eran españoles partidarios de la democracia, de la justicia, de la paz. Es una tremenda injusticia para su memoria igualarlos con los españoles que vivan a la muerte. Es volverlos a asesinar. El señorito Aznar, que dista mucho de Unamuno y muy poco de Astray, está demostrando su real índole con la manipulación que está realizando en estos momentos, de manera artera, con la tragedia que están viviendo la mayoría de los españoles. Sus declaraciones sobre la autoría de la ETA, realizadas a los pocos minutos de acontecida la masacre, nos hizo recordar a los argentinos aquellas infaustas declaraciones del entonces presidente Carlos Menem, también a los pocos minutos del estallido de la fábrica militar de Río Tercero. El tristemente célebre gobernante argentino dijo, en ese momento, que la detonación había sido un accidente. Esa actitud, entre infantil y pérfida, pretendía esconder la realidad. Esto es: que el estallido había sido provocado para encubrir el negocio de las armas enviadas a Croacia y a Ecuador. Si esos negocios implicaban la muerte de ciudadanos inocentes... que "¡viva la muerte!" como diría el dirigente falangista. Al presidente del Gobierno español le interesa que el responsable del atentado terrorista de Atocha sea la ETA. Porque, si así fuere, le proporcionaría el rédito político de aumentar los votos de su partido en las elecciones de mañana. En cambio, si la masacre ferroviaria fuera fruto de terroristas fundamentalistas islámicos, esos votos irían en sentido contrario, puesto que el razonamiento sería "esta violencia que debemos padecer, es el resultado de haberse sumado a la ilegal e ilegítima guerra de agresión estadounidense en Irak". Algo así como lo que se pensó en la Argentina, cuando se relacionaron los atentados terroristas contra la embajada de Israel y la AMIA con el envío de dos naves de guerra al Golfo, en 1990-91. Es de tal magnitud la manipulación que el partido Popular del señor Aznar está realizando, que en el día de ayer, según la agencia Europa Press y la emisora de radio Cadena Ser, la canciller española, Ana Palacio, dio instrucciones a los embajadores de España en el exterior para que defiendan la idea de que los terroristas de la ETA fueron los responsables de los atentados; cuando ya es de dominio público que la espantosa masacre provino de los ex agentes de la CIA, la organización terrorista Al Qaeda. En este momento de dolor los argentinos que amamos la vida y respetamos la vida de nuestros semejantes, estamos con los españoles que aman la vida y respetan la vida de sus semejantes en cualquier lugar del planeta. Seguramente los argentinos partidarios del terrorismo de Estado y de otras formas de terrorismo estarán al lado de los Astray modernos, de los partidarios de la guerra, de los que negocian con cadáveres todavía tibios. "Lamentablemente -decía Miguel de Unamuno, en 1936- hay demasiados lisiados en España ahora. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda". Estas palabras proféticas sólo se podrán disolver en una nueva realidad, cuando la mayor parte del pueblo español pueda discernir entre las mentiras de los fascistas maquillados de demócratas y las verdades de quienes representan la mejor tradición humanista de la península. Ojalá que algún día, esperamos que pronto, dejen de tener vigencia aquellas palabras de Cervantes... "la falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde". |
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