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| 14 de marzo del 2004 |
La bandera invisible
La Insignia. España, 13 de marzo.
Hoy, sábado 13 de marzo de 2004, es un día de reflexión, pero nunca nos ha resultado tan difícil reflexionar. El pensamiento necesita otros pensamientos, referencias, información veraz.
Guardamos en nuestras retinas y en cada uno de nuestros nervios el espanto por la masacre cometida hace apenas 48 horas en Madrid, que es nuestra ciudad, y ahora más que nunca la ciudad de todos los españoles, con independencia de que sueñen en español o en catalán, euskera o gallego, se conmuevan con la bandera de España o se emocionen con la bandera de su autonomía, o, como es el caso de tantos de nosotros, con la sencilla e invisible bandera de la paz, la democracia y el derecho. Retrató Albert Camus en La peste la lucha de una ciudad por vencer la epidemia, su pulso cotidiano en las calles, en cada habitación de los hospitales, en los despachos, el resurgir espontáneo del civismo, del compañerismo, del reconocimiento del otro, que de pronto quedaba igualado por la desgracia. Lo movió, sobre todo, el deseo de "decir simplemente lo que se aprende en medio de las plagas, que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que dignas de desprecio". En su crónica, también dejó testimonio de que finalmente los hombres y las mujeres celebraron su victoria sobre la peste, que el cielo nocturno se cubrió de fuegos artificiales. Y al escuchar los gritos de alegría que ascendían desde al ciudad, recordó que "esta alegría siempre estaba amenazada", pues "el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás (...) y que, quizá, habrá un día en el que la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir en una ciudad feliz". Pero no puede haber alegría ni fuegos en este caso, porque no hay victoria y porque el bacilo anida en nosotros mismos. Ayer los madrileños viajaban en autobús y en metro con el peso de la consternación a sus espaldas. La muerte absurda de diez mil personas por un terremoto no nos conmoverían tanto como la muerte indiscriminada pero deliberada de doscientas personas en manos del fanatismo. No es solo la muerte lo que nos desconcierta y desgarra, sino su subasta en la lonja de los credos religiosos, las identidades nacionales y los intereses partidistas. No me atrevería a colocar la inmensa estupidez y la crueldad de unos pocos en la misma balanza que la generosidad y la simpatía que sacude espontánemente a la mayoría cuando nos jugamos nuestra supervivencia colectiva. La balanza de la justicia no admite tales comparaciones, ni sus platillos están hechos para contener sangre. ¿Podía haberse evitado la masacre? Se esperaba un atentado y se tomaron medidas para evitarlo, pero no es posible cerrar una ciudad de cinco millones de habitantes al apetito atrofiado y a la escasa inteligencia de quienes para alcanzar sus objetivos sólo necesitan unas pocas bombas rudimentarias y toda la carga de su fanatismo. Sólo los terroristas son responsables directos del atentado en Madrid la mañana del jueves 11 de marzo, pero todos los demás, los políticos, los servicios de asistencia sanitaria, las fuerzas de seguridad, los comunicadores, los ciudadanos, somos responsables de lo que luego está ocurriendo y de lo que pueda ocurrir en el futuro; responsables de la fortaleza democrática demostrada en las manifestaciones que han recorrido las calles de nuestras ciudades, y responsables del ejercicio democrático con el que, mañana domingo y a partir del lunes, debemos garantizar la democracia misma. El propio gobierno se ha visto a veces desbordado por el atolondramiento. Es comprensible que, esperando un atentado de ETA, se pensara en ella como autora del atentado. Todos pensamos en principio en la organización que tantas víctimas ha causado en dos décadas de democracia. Incluso es comprensible que en las primeras horas se asegurara su autoría sin tener la certeza documental. El gobierno debía transmitir la seguridad que no sentíamos, encabezar y coordinar las labores de ayuda, la gestión de la desgracia. Estas labores eran su responsabilidad y su deber. Pienso, sin embargo, que ha cometido dos errores, pero dos errores que en las actuales circunstancias pueden incrementar aún más el dolor y las ya de por sí graves dificultades de la situación. ¿Por qué no contó el gobierno con el concurso de todas las fuerzas políticas para la convocatoria de la manifestación? ¿Por qué ha insistido en atribuir la autoría a ETA y ha minimizado la segunda línea de investigación, la que conduce a Al Qaeda y que en los principales medios internacionales se está imponiendo? Para evitar la sospecha de una patrimonialización de la desgracia, las manifestaciones deberían haberse convocado de común y previo acuerdo de todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria, en lugar de imponérseles con la seguridad de que se sumarían generosamente. Por otra parte, la seguridad y la firmeza son aún más sólidas cuando se combinan con la humildad de quien asume que aún no sabe: es el instinto de saber, la investigación, lo que nos da seguridad, no la afirmación de un hecho dudoso. Desde el punto de vista del interés general, ambas medidas adoptadas por el gobierno son erróneas. Pero lo terrible es que, desde el punto de vista del interés particular de un partido, ambas medidas le podrían ser rentables, lo que pone en duda la buena fe de sus intenciones. ¿Por qué no se ha escogido la medida mejor en lugar de la más rentable? Cuando la tierra parece moverse bajo nuestros pies, necesitamos más que nunca la participación de todos, la unidad de los diversos, y esa referencia clara que sólo puede representar la verdad. La unidad de los plurales ha derivado hacia la uniformidad, pero la verdad, la verdad, la necesaria verdad, sigue ausente. El Corriere della Sera ha publicado una entrevista a una persona cercana a Al-Qaeda, Omar Bakri, que atribuye a esta organización los atentados. En un comunicado que ha seguido sus cauces habituales, la organización terrorista ETA ha rechazado su participación. No es una cuestión intrascendente: ¿nos encontramos ante el capítulo más salvaje de nuestra lucha contra ETA o nos encontramos ante el primer capítulo de una guerra contra una organización terrorista internacional? Constato que desde las horas posteriores al atentado ha habido informaciones contradictorias respecto de este punto, pero sobre todo constato que el gobierno y sus miembros han minimizado esta línea de investigación y han insistido en priorizar la otra. Y que siguen haciéndolo cuando los principales medios internacionales dan casi por seguro que los responsables de los atentados son organizaciones terroristas vinculadas al fundamentalismo islámico. Quienes se informan por medios gubernamentales o afines, sobre todo por televisión, permanecen en la sombra de una afirmación dudosa. Cuando descubran la luz de las dudas, quizá sea demasiado tarde para rectificar. Hoy sábado, día de reflexión, un miembro del gobierno, y candidato al parlamento, Mariano Rajoy, ha sido entrevistado en varios medios periódicos en lo que parece ser un incumplimiento de lo estipulado por la ley electoral a la que todos los partidos y candidatos se deben. Necesitábamos unidad de los diversos para remontar el riesgo de quiebra y necesitábamos un Estado de Derecho claro y firme en el cumplimiento de sus propios principios. Sin embargo, nos hemos encontrado con la patrimonialización del dolor y la erosión del Estado de Derecho en beneficio de intereses partidistas. Nunca la infamia en nuestra historia reciente había alcanzado tales cotas de desvergüenza. La peste del terrorismo anida en nosotros desde hace muchos años. Pero si queremos vivir en una ciudad y en un país medianamente feliz, sólo nosotros podremos reconocer sus nuevas variantes y denunciarlas, y evitar que, emparedada entre el terror y la gestión partidista del miedo, la democracia acabe siendo el feudo medieval de sus falsos guardianes. Madrid, sábado 13 de marzo de 2004 |
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