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| 14 de marzo del 2004 |
Morir en Madrid
La Insignia. España, 13 de marzo.
¿Cui prodest? ¿A quién le beneficia el crimen, la violencia? Con esta pregunta, aún no contestada por los servicios de seguridad del Estado, amanecieron hoy, viernes, los madrileños.
Al escribir estas líneas, numerosas incógnitas giran en torno de las principales pistas que conducen hacia los autores de la masacre, a las razones ocultas que desencadenaron la tragedia de ayer, a las auténticas motivaciones de quienes, sin seguir un razonamiento lógico (el terrorismo tiene su propio "recorrido" mental), decidieron convertir la ciudad más poblada de la geografía española en escenario de sangre, horror y odio. La matanza de Madrid no responde, como indicábamos antes, a motivaciones claras, inteligibles. Y las pistas, que apuntan tanto hacia la autoría nacional como la posible implicación de ocultas fuerzas foráneas, tampoco nos permiten salir de dudas. Si bien para las autoridades españolas la pista de ETA representa el principal caballo de batalla en este triste final de campaña electoral, empañado por la crispación generada por errores, equívocos y una desafortunada dinámica de rigidez impuesta por los barones del partido de gobierno, parece obvio que los aliados transatlánticos de José María Aznar prefieren decantarse, sin excesivo convencimiento, por la opción islámica; es decir, por un atentado cuidadosamente preparado y perpetrado por las omnipresentes células de Al Qaeda. De hecho, los grandes rotativos estadounidenses se nutren de conjeturas respecto a la llamada "pista islámica", recordando las advertencias lanzadas por Osama Bin Laden y sus lugartenientes contra los aliados incondicionales de Bush y Blair en la guerra de Irak. Pero huelga decir que los expertos estadounidenses en lucha antiterrorista prefieren no echar campanas al vuelo; el mero hecho de hallar un Corán y unas cintas magnetofónicas en una furgoneta robada no constituye una prueba fehaciente de la posible implicación de los radicales islámicos en los atentados de la capital. Es cierto que en su último mensaje vídeo del 18 de octubre de 2003, el propio Bin Laden alude a España. También es cierto que en el mes de febrero sus lugartenientes llamaron claramente la atención a los gobiernos de Italia, España, Polonia, Australia, países que mantienen contingentes en Irak, que su presencia en tierras de Islam podrían tener serias repercusiones a nivel de la seguridad nacional. Un mensaje éste que algunos se limitaron a interpretar como mera bravuconada por parte de los movimientos radicales islámicos, como un simple gesto sin consecuencias. ¿Simple bravuconada? Huelga decir que los expertos en temas islámicos llevan tiempo llamando la atención a los políticos occidentales sobre la necesidad de sustituir la confrontación por el diálogo. Al parecer, el mensaje cae en oídos sordos. Y ello, a pesar del deseo de algunos Estados de Europa meridional de diseñar y, por supuesto, llevar a la práctica, una política mediterránea susceptible de defender los intereses específicos del Viejo Continente en esta región. La llamada "amenaza islamista", perfilada después de 11-S merced a la poderosísima maquinaria de propaganda de Washington, vuelve a planear sobre Europa. Curiosamente, sus heraldos de primera hora no fueron los servicios de inteligencia de EEUU ni el Pentágono, sino… el portavoz de Heri Batasuna, Arnaldo Otegui, y el rotativo Gara, que rápidamente apuntaron hacia la opción islámica de la matanza. ¿Se puede hablar de connivencia entre el terrorismo vasco y las Brigadas Abu Hafs al Masri de Al Qaeda? Detalle interesante: el diario italiano "Corriere de la Sera" se hace eco de la presencia de 80 etarras entrenados por la "internacional terrorista" en el Irak prebélico. Sin embargo, el rotativo no revela sus fuentes. Finalmente, conviene recordar que, por razones meramente estratégicas, ETA jamás reivindicó las matanzas de gran magnitud. Y que, en este caso concreto, la violencia, venga de donde venga, sólo hace el juego de quienes limitan sus apuestas a opciones radicales. Subsiste, pues, el interrogante: ¿Cui prodest?
(*) Adrián Mac Liman es escritor, periodista y experto en cuestiones de Oriente Medio. |
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