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La insignia
13 de marzo del 2004


España: Atentados en Madrid

Matanza de obreros


__Especial__
Madrid, 11-M
Joaquín Arriola
La Insignia. España, 13 de marzo.


En una conversación hace cerca de veinte años, Manolo González Portilla, historiador de la Universidad del País Vasco, vinculaba la actividad de ETA con la de la tradición histórica del carlismo: "ETA es la historia de siempre: curas y campesinos matando obreros". El atentado recién cometido en Madrid me hace recordar estas palabras, cuya verdad se expresa en la sangre de los trabajadores asesinados en los trenes madrileños.

Que los responsables del genocidio hayan sido ETA o Al Qaeda, da lo mismo; para las víctimas, sin duda. Pero también, en un sentido estrictamente semático, da lo mismo, porque ambos proceden de la misma raíz: la mitología convertida en utopía; el sentimiento como guía de la sinrazón. Y producen el mismo efecto: terror. Un pensamiento prerracional que identifica en el otro al enemigo: el que no comulga con la propia fe en un caso, el español en el otro. Y que vive el proceso de la modernidad (el mestizaje social y cultural, la racionalización de la vida social, la ley y el estado de derecho, la constitución laica como ley suprema de la convivencia) como un ataque a la propia identidad arcaica y arcaizante.

Pero esta identidad entre ambas organizaciones de matar no se vive así en el País Vasco. Para botón, una muestra audiovisual, la televisión oficial del gobierno vasco, ETB. A las pocas horas de la masacre, podíamos oír al profesional del pacifismo subvencionado Jonan Fernández (Elkarri) deplorar la "dureza" de la "última parte" de la declaración del presidente del gobierno español ¿Qué había dicho Aznar? Que con los terroristas no cabe más diálogo que su rendición incondicional. Además, llamaba a todos los españoles a manifestarse en defensa de la democracia y la constitución (poco después, el partido más interesado en pescar en las aguas cada vez más turbias de la izquierda patriótica vasca, Eusko Alkartasuna (EA), se desmarcaba de dicha convocatoria). Al rato, podíamos oír al asesor del gobierno vasco en cuestiones de adoctrinamiento cultural, Ramón Zallo, menospreciar la inteligencia de los votantes, y deplorar por anticipado que una victoria del PP que según él se va a producir por mayoría absoluta como consecuencia de los atentados, que "crisparía" aun más la situación social del País Vasco, provocando una fractura social. De risa, si no fuera por los cientos de cuerpos físicos, reales, de carne, huesos y sangre, fracturados como vindicación de la división y el aislacionismo identitario (islámico o nacionalista, ya lo sabremos después de las elecciones). Y junto a ellos, una serie de opinadores, empeñados en demostrar que lo más relevante del caso es determinar si efectivamente ha sido ETA o no la responsable de los atentados.

En la misma línea se manifestaba el presidente del gobierno vasco, Juan José Ibarretxe: para él, los terroristas de ETA "no son vascos" ¿Por qué? "Porqué son alimañas y criminales". Que quede claro: los vascos son gentes de raza noble y pacífica; si hay criminales entre ellos, será porque están contaminados por virus foráneos (¿quizá españoles?). El anterior presidente del Partido Nacionalista Vasco encontraba la causa de esa infección en las mentes de los nobles vascos etarras en su ideología "marxista". Hoy ya no cabe tamaña identificación, pero el recurso es el mismo: el problema no es "vasco", es un factor sobrevenido.

Pocas horas después, al aparecer indicios de que pudiera ser una organización ligada a la red Al Qaeda la responsable, el tal Fernández no se cortó un pelo de señalar que si se confirmaba esa línea de investigación, los vascos "íbamos a sentir un gran alivio" ¡Hay que joderse, el ínclito funcionario del pacifismo se siente "aliviado" porque los responsables de tamaña carnicería humana podrían no ser etarras! Que su sentimiento era compartido por los contertulios, lo demostraban las imágenes de la televisión: se les veía más relajados, incluso sonrientes en ocasiones, y alguno de ellos también con las canas mejor peinadas que en la aparición anterior.

El alivio refleja, lamentablemente, una dimensión fundamental de la verdad del terrorismo; si la comunidad (comunidad de amplio espectro: cultural, política, social, ideológica) en cuyo seno se gesta un horror semejante no es capaz de asumir la propia responsabilidad moral, cultural, ideológica y política en su aparición, la eficaz actuación policial solo será un paliativo. Y por ahora, la sociedad nacionalista vasca se sigue negando a reconocer la propia culpa. Qué alivio que la responsabilidad sea de otros.



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