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La insignia
7 de junio del 2004


Malos tratos: Hechos y generalizaciones (II)


Hechos y generalizaciones (I)
Natalia Cervera de la Torre (*)
La Insignia. España, 7 de junio.


Este proceso va provocando en la víctima una aniquilación mental paulatina. La situación parece imposible de superar a quien la sufre y llega un momento en que se impone la apatía. Como las peores palizas suelen tener lugar cuando se rechaza la relación, se tiende a intentar mejorarla para estar a salvo. Algunas víctimas son conscientes en todo momento de que no están enamoradas y de que quien afirma amarlas no las quiere; otras prefieren hacer todo lo posible por engañarse y convencerse de que el amor es así; es lo que en psicología se conoce como el «síndrome de la mujer maltratada». En cualquiera de los casos, esto provoca tal sensación de culpa y pérdida de autoestima que al final no se tiene interés por nada, ni siquiera por salir del infierno. Por contra, los agresores suelen comportarse de manera más «normal» y serena.

Hay muchas que no llegan a superar esta fase. Como la confianza se pierde antes que el orgullo, es difícil reconocer ante los demás lo que está pasando. Perfeccionan las técnicas de maquillaje y niegan la evidencia porque saben que cualquier persona, desde lejos, las animaría a poner punto final, y no se sienten con fuerzas. A fin de cuentas, es muy difícil decirse «esto me puede»; no olvidemos que ninguna persona que se considere fuerte, independiente y emancipada quiere verse rebajada de un plumazo a ojos de sus amigos a la categoría de pazguata que no sabe devolver una hostia (como si fuera fácil o prudente cuando se sabe que el adversario es más fuerte) ni sabe abandonar al agresor inmediatamente después de la primera agresión. Que los amigos no vayan a pensar eso es lo de menos; por lo general, la maltratada tiene esa impresión, y de ahí que uno de los síntomas sea el alejamiento del círculo social. Alejamiento fomentado por el agresor para dejar a la víctima desvalida, naturalmente.

Sin embargo, salir de esta situación suele resultar sorprendentemente fácil; mucho más de lo que piensa la víctima mientras sufre los malos tratos. Lo verdaderamente difícil es mentalizarse para dar el paso y darlo en serio. La depresión es mala aliada de la toma de decisiones, y toda víctima de agresiones físicas o psicológicas sufre una depresión que, en muchos casos, hace que la continuidad parezca la única salida. Ese mismo hundimiento lleva a imaginar las peores consecuencias posibles (el miedo provoca que muchas personas que dan el primer paso se arrepientan; además, la violencia puede intensificarse a partir de la primera denuncia y surgen las amenazas), y la víctima piensa que si se atreve a denunciar tendrá que huir o acabará descuartizada, cuando lo cierto es que la mayoría de los agresores se retira cuando ve que ha perdido la batalla.

Aunque el nivel sociocultural no influye en el comienzo de la situación, la falta de recursos económicos y el bajo nivel cultural pueden hacer que sea mucho más difícil ponerle fin. Si la torturada está obligada a compartir casa con su torturador y no tiene familiares o amigos que la acojan, no puede escapar, ya que la ayuda que proporciona el Estado sólo es un parche provisional. Si no hay independencia económica, es difícil conseguirla; muchas veces, la convivencia se perpetúa como consecuencia de un mercado laboral inaccesible y un mercado inmobiliario inasequible. Además, si hay hijos, el juez puede imponer un régimen de visitas que obliga al contacto.

Pero no hay que pensar que todos los casos de malos tratos terminan con la muerte o la resignación de la víctima. Los casos que no saltan a la prensa son la mayoría, y se suelen resolver en los juzgados o incluso sin llegar a ellos. Los malos tratos no son hechos tan individuales y aislados como se piensa, ni están restringidos a un grupo muy concreto. Si a pesar de tu educación y tu independencia económica tienes un compañero que te maltrata física o psicológicamente, eres víctima de violencia doméstica.

Si te encuentras en ese caso, recuerda que existen soluciones. La denuncia pública del agresor entre familiares y conocidos es eficaz; pocos y prescindibles serán quienes se pongan de su parte. Es la guerra: hay que buscar aliados. Y en cuanto a la denuncia judicial, aunque a veces no sea tan eficaz como debería en el terreno particular, no lo dudes: es la solución a largo plazo para el establecimiento de medidas que ayuden a atajar la situación.


(*) Cofundadora de La Insignia y miembro de su Consejo de Redacción.



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