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| 2 de junio del 2004 |
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EEUU en guerra Un nuevo tratado de la infamia
La Insignia*. España, junio del 2004.
Quienes confiaban en que la guerra de Irak supondría un paso decisivo en la lucha contra el terrorismo mundial no podían imaginar que su enfrentamiento contra las "manzanas podridas" (Bush) del régimen de Sadam los arrastraría a un conflicto generalizado por todo el país. Su única esperanza estriba ahora en provocar una situación extrema que justifique su permanencia tras la concesión de una soberanía limitada al Consejo de Gobierno, el 30 de junio, y disuadir a los iraquíes de la inutilidad de la resistencia por el efecto devastador de una fuerza desproporcionada, arbitraria e indiscriminada. En lo inmediato, el plan real de la Coalición no es otro que el de la pacificación, esto es, masificar el miedo y expandir el terror, convenciéndolos de que se oponen a un ejército invencible que no reparará en tiempo ni medios hasta cumplir sus objetivos.
Con ello, EEUU ha renunciado a conquistar sus corazones a cambio de aleccionarlos en la violencia del sometimiento y la humillación. Sin embargo, con sus ataques a Faluya y a los lugares santos del Islam chií de Nayaf y Kerbala, han acelerado la convergencia de una intrincada red de alianzas entre viejos enemigos y han dado a Al Qaeda (y organizaciones afines) un protagonismo impensable antes de la invasión. También ha ofrecido a EEUU la trágica oportunidad de situar a Irak en el lugar equivocado en el que dirimir una imaginaria batalla final contra el terrorismo mundial. Sería una gravísima simplificación atribuir la inseguridad en Irak a un duelo titánico entre dos contendientes, EEUU y el terrorismo asociado a Bin Laden, por más que ambos se esfuercen en elevar el vértice de la confrontación a una violencia auto justificativa sobre los motivos de la ocupación. La consecuencia de tomar atajos militares al desafío terrorista es un nuevo ciclo retroalimentado de violencia apátrida y nihilista, que irradia su campo de acción a más de sesenta países; pero por otro, la vía propuesta por EE.UU y Gran Bretaña de que NN.UU bendiga la multilateralización del conflicto, dejando de hecho en manos de la hiperpotencia el control real de la situación, acabaría agravándola aún más si cabe. Parece improbable otra salida a este embrollo siniestro que no sea el de la retirada de sus tropas (primera fuente de inseguridad), la devolución del patrimonio robado a sus legítimos dueños (primer objetivo de la guerra) y la supresión del monopolio de los contratos a empresas estadounidenses (primer interés del clan Bush en la reconstrucción). Necesariamente, esta salida pasa por comprometer al Mundo Árabe y a la UE en soluciones autónomas y audaces, y por detener el genocidio palestino perpetrado por un terrorismo de Estado que actúa impunemente ante la complacencia de los amos del mundo. Los estadounidenses, que se consideran herederos de las virtudes civilizadoras de los grandes imperios, han hecho lo imposible por ignorar sus enseñanzas en el antiguo Oriente. Desde la Roma imperial hasta los imperialismos francés e inglés, todos necesitaron una élite de administradores "nativos" que los descargara de las arduas tareas colonizadoras. Protección por vasallaje fue la moneda de cambio habitual. Amos y siervos, dominadores y dominados, lo fueron hasta que los primeros debieron enfrentarse en solitario, con la sola fuerza bruta y a grandes distancias de los centro de decisiones, a la voluntad de independencia de los segundos. El error radical de la estrategia imperial de EEUU es que, al invadir Irak como una manada de elefantes en un laberinto de instituciones y de relaciones sociales desconocidas (y despreciables, según su visión del mundo; en contraste con el pragmatismo orientalista de las antiguas potencias coloniales), destruyó el régimen baazista, postergando la creación de un aparato responsabilizado de una colonización necesariamente sangrienta. Ahora ya es demasiado tarde. Ha robustecido la tradición del Islam, según la cual se considera licito (y obligado) la declaración de la yihad contra los Infieles (Autoridad Provisional de la Coalición) o Apóstatas (Consejo de Gobierno). Ambos enemigos forman parte del Territorio de la guerra. Por si fuera poco, EEUU ha concentrado las labores de la ocupación en su ejército y en empresas privadas de mercenarios, incluido el saquear, deportar, matar y someter a violaciones y torturas a los prisioneros. Con un añadido pavoroso: La ignominia es objeto de celebración; el horror se ha vuelto traslúcido a la mirada pública. Nada nuevo. En Vietnan, muchos soldados estadounidenses mostraban llenos de orgullo las orejas cortadas de vietnamitas. Pero ya a finales de siglo XIX, sus antepasados del sur profundo enviaban postales de linchamientos de negros a familiares y amigos con una dedicatoria de moda: "Mira qué hemos hecho la tarde del domingo. Aquí tenemos las cosas bajo control". En la última etapa del imperialismo moderno, los que padecían martirio permanecían invisibles salvo al ojo imperial que desentrañaba sus vidas a través de domésticos. El espanto se alimentaba de la materia de los secuestrados y desaparecidos. Hoy, en la Era Global de las comunicaciones, han vuelto a la luz en Guantánamo, Afganistán e Irak, en parte, porque las exigencias democráticas de los ciudadanos del mundo y norteamericanos, y los sórdidos enfrentamientos entre el Pentágono y el Departamento de Estado, han roto el código de silencio suscrito entre los grandes medios de comunicación estadounidenses y británicos y sus respectivos gobiernos. El informe del general Taguba, pese a exonerar a los altos mandos, ha dado a la guerra un giro inesperado al revelar que EE.UU se ha involucrado hasta el punto de no retorno de ejercer de verdugo, torturar y rescribir, entrando el siglo XXI, un nuevo tratado de la infamia. Los valientes soldados England, Sabrina, Graner y otros sádicos de una larga galería de asesinos, encontraban divertido ejecutar y humillar a los prisioneros de Abu Graib. La jerarquía militar los considera hechos aislados en la cadena de mando, G. Miller (ex comandante jefe de Guantánamo), es nombrado director de las cárceles en Irak, J. Negroponte, embajador en la ONU y de brillante historial en contrainsurgencias y golpes de Estado en Centroamérica, sustituirá a P. Bremer, D. Rumsfeld arenga a la soldadesca de Abu Graib apuntando con el dedo a las celdas, y Bush lo desconoce todo sobre suplicios. Ello no le hace olvidar la reclamación al Consejo de Seguridad de que acepte la inmunidad penal de sus tropas. Pero desde Núremberg, no hay causas eximentes. Autoridades políticas y militares pudieron negarse a cometer atrocidades y no lo hicieron. Arrastraron por el lodo su Constitución y las convenciones internacionales, y falsificaron pruebas para emprender una senda de guerras injustas por causas privadas que los llevaría a la recreación de un Gran Oriente poscolonizado. La "obediencia debida", no está en el sueldo de las tropas estadounidenses. Tampoco su presidente, ni sus miembros y consejeros de gobierno, actuaron bajo presiones intolerables tras el 11-S cuando, valiéndose de la USA Patriot Act, firmaron órdenes ejecutivas secretas autorizando operaciones clandestinas que implicaban el tormento y la muerte de "los combatientes enemigos". No fueron ignorantes ni locos. Intentaron ocultar la barbarie y denigrar a quienes la documentaron. Silenciaron a los medios independientes y ensombrecieron el sistema de libertades en su propio país. Fría y simplemente mienten a todo el mundo. ¿Y entonces? ¿merecerían ser juzgados por crímenes de guerra y de lesa humanidad o contribuimos al olvido por razones de Estado? (*) Publicado originalmente en el diario Ideal, de Granada (España). |
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