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La insignia
6 de junio del 2004


Guatemala

Autoritarismo e interculturalidad (VI)


Mario Roberto Morales (*)
Cuadernos de Bakeaz. España, diciembre del 2003.

Edición para Internet: La Insignia. Guatemala, junio del 2004.


10. Cultura del autoritarismo y mentalidades de servidumbre

El largo pasado colonial, que se prolonga hasta la vida republicana y que sobrevive hasta nuestros días en la modalidad local de la tenencia de la tierra y en los criterios de diferenciación interétnica que los criollos hacen fluir desde su grupo hacia abajo, fue el principal obstáculo económico e ideológico para que Guatemala despegara hacia un capitalismo modernizador (que fue el sueño de Arbenz), y sigue siendo el obstáculo para que se integre en la globalización sin entregar los recursos naturales y la mano de obra barata que puede ofrecer a los proyectos económicos mundiales. La oligarquía criolla, compuesta de terratenientes de mentalidad feudalizante y de una casta empresarial de ideología neoliberal, no supera el criterio sectorialista del ejercicio político ni la percepción de sí misma como única posible "salvadora de la patria".

El Ejército, con su pasado represor, contrainsurgente y genocida, ha generado una casta de oficiales ligados al llamado "capital emergente" producido por el crimen organizado, y en muchas ocasiones colisiona con la oligarquía, aunque a menudo se alían compartiendo el poder. El Ejército como institución es uno de los principales espacios "educativos" para las masas indígenas, cuyos jóvenes son reclutados a la fuerza para el servicio militar y son instruidos en los criterios serviles de la "dialéctica del amo y el esclavo". Esta dialéctica implica la interiorización del autoritarismo como un valor positivo, en cuanto a respetar a quien nos premia o nos castiga si hacemos su voluntad. La obediencia servil, es pues, en este esquema, la antesala de la posibilidad de mandar arbitrariamente y castigar y premiar lealtades y deslealtades. Es en el Ejército en donde los reclutas indígenas aprenden los modales occidentalizados de los ladinos y los criollos, los criterios de belleza asociados con la cosmética que impulsa el Mercado y con las modas al uso. También, a hablar "correctamente" el castellano y a repetir de memoria pasajes de la historia del país según criterios de historiadores criollos que glorifican las gestas militares del siglo XIX y XX. Cuando los analistas internacionales se sorprenden de que el militar genocida Ríos Montt encuentre su mayor apoyo político en las masas indígenas de ex patrulleros civiles contrainsurgentes que fueron forzados a matar a su propia gente durante el conflicto armado, dejan de lado la consideración de la cultura del autoritarismo, que valora al padre castigador y premiador que exige lealtades incondicionales: una cultura que tiene sus antecedentes conformadores en las modalidades políticas, económicas y religiosas que adoptó la dominación española y criolla durante los siglos XVI al XX, y que se vio rubricada por la contrainsurgencia reciente. El éxito político de Ríos Montt entre los indígenas que padecieron sus tácticas de "tierra arrasada" se explica ideológicamente cuando se destaca este rasgo del pueblo guatemalteco y se lo analiza como un conglomerado con diferentes gradaciones de mentalidad servil, en cuyo horizonte de aspiraciones ocupa un lugar predominante la ambición de llegar a ser capataz para fundar el propio poder en la indefensión de los más débiles. El poder político en este país funciona según este principio, que es el que anima las mentalidades de las élites oligárquicas, las ambiciones de las capas medias y los sueños de las masas populares.

Un prolongado y sostenido esfuerzo educativo es necesario para cambiar mentalidades que, con semejante escuela histórica, no son capaces de entender y mucho menos de valorar y practicar la democracia en ninguna de sus variantes y niveles. Pero, obviamente, esta tarea educativa necesita formar parte de un proyecto económico que incorpore a las masas depauperadas de campesinos sin tierra y a las capas medias empobrecidas a los espacios de la producción, el salario y el consumo.


11. Un proyecto económico y político en la globalización

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en su informe sobre desarrollo humano del 2003, indica que entre el año 2000 y el 2002, aumentó en el país la desigualdad en la distribución del ingreso y la pobreza extrema porque la quinta parte más pobre de la población pasó de tener el 2.8% del total de los ingresos del país a alcanzar sólo el 1,7%, mientras que la quinta parte más rica lo aumentó del 61,8% en el 2000 al 64% en el 2002. También indica el informe que aunque el total de pobres aumentó sólo un punto porcentual respecto del 56% de 2000, ahora hay más personas viviendo en la pobreza extrema, las cuales pasaron de ser un 15,7% del total de la población en 2000, a ser un 21,5% en 2002, es decir, un aumento de más del 25%.

En cuanto a la tenencia de la tierra, es cosa sabida que la tierra cultivable continúa en poder del cinco por ciento de la población, mientras el 90 % de la población rural vive en mini parcelas cuya improductividad las hace presa fácil de los latifundistas, ya que el 60% de la población rural (indígena) está concentrada en el altiplano occidental (que abarca sólo el 26% del territorio nacional). En contraste, el 80% de las tierras de vocación agrícola constituyen fincas de más de 7 hectáreas, las cuales pertenecen al 2% de quienes se dedican a la agricultura. Estas grandes fincas se sitúan principalmente en la costa del Pacífico y producen azúcar, algodón y ganado para la exportación masiva. En ellas, los campesinos indígenas sin tierra trabajan a menudo en condiciones infrahumanas. Después de la reciente caída de los precios del café en el mercado mundial, el desempleo en el campo aumentó considerablemente, y los dólares de las remesas de la creciente multitud de migrantes ilegales trabajando en Estados Unidos pasaron a ser la principal fuente de divisas para el país y el sustento para el 30% de su población.

Este panorama hace clara la urgencia de un proyecto económico que diversifique el monolitismo agroexportador del capital oligárquico y el dogmatismo neoliberal que impulsa al sector empresarial modernizante en el exiguo campo del comercio, la industria y las finanzas, e incorpore al trabajo productivo a amplias masas de desempleados y subempleados que a su vez ingresarían al circuito del salario y el consumo, fortaleciendo un mercado interno capaz de relacionarse con los intereses globalizadores en términos ecuánimes. En tal sentido, el país debe dejar de ser primordialmente agroexportador, y explotar sus recursos minerales, su situación geográfica adecuada para construir canales secos entre un océano y el otro, sus recursos boscosos, su clima ideal para ubicar industrias de diverso tipo que califiquen y absorban la mano de obra abundante de quienes dejarían de ser campesinos sin tierra, y su inmenso potencial turístico tanto en el terreno ecológico como en el multicultural y arqueológico. Asimismo, es necesario integrar políticamente a los migrantes nacionales en Estados Unidos, que constituyen la principal fuente de ingresos en divisas extranjeras para el país y que hasta ahora permanecen ignorantes de su capital importancia económica.

Desafortunadamente, en ninguno de los difusos planes de gobierno de los candidatos a la elección del 9 de noviembre del 2003 se insinuó nada parecido a esto y, por el contrario, el sectorialismo o visión unilaterial empresarial de corte neoliberal dominó el menú electorero como contrapartida de las acciones vandálicas intimidatorias y del discurso populista, "iluminado" y autoritarista de Ríos Montt. Esto, unido a la ausencia de propuestas de proyectos de nación por parte de los partidos y candidatos involucrados en la contienda electoral, ha hecho prever que -independientemente de quién ganara las elecciones- el futuro del país no se salvaría del aumento del crimen organizado y el control social de los grupos paralelos de poder que actúan bajo la protección del Estado, ni de la intensificación de la penetración de la cultura consumista estadounidense que satura sin alternativa las mentalidades de todas las clases sociales de la población.

No existe una fuerza política que proponga una salida a este estado de cosas. Ni la izquierda ni los movimientos de la sociedad civil acusan en este país una dinámica progresista. Al contrario, se hallan sujetos a los financiamientos externos y al oportunismo personalista típico de la politiquería local. Por su parte, las estructuras de los poderes paralelos son el elemento de poder que con métodos mafiosos marca el paso de la actividad política y a menudo económica del país. El Estado, por su parte, resulta ser cada vez más un apéndice de estos poderes y de los financiamientos erráticos de la cooperación internacional. Y, por otro lado, el bocado apetecido por el fundamentalismo neoliberal local para reducirlo a una oficina gerencial que administre y vigile el cumplimiento de unas leyes que amparen la privatización de toda la actividad económica.

Durante un tiempo pensamos que una salida rápida de este estado de cosas podía venir de fuera, es decir, de un proyecto económico externo que incorporara al país a la globalización en términos dignos, sin sucumbir a la voracidad corporativa neoliberal. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos años han demostrado que, desgraciadamente, ni su clase política ni su oligarquía ni su dispersa sociedad civil están en capacidad de comprender y mucho menos de negociar los términos dignos en los que el interés globalizador pudiera relacionarse con el país, y que la oligarquía se conformaría con ser socia minoritaria de cualquier proyecto externo que incorpore a nuestra mano de obra descalificada a los intereses globalizadores neoliberales, como está ocurriendo ya con la irrupción de corporaciones transnacionales que compran los negocios de los ricos locales dejándolos a ellos en calidad de accionistas menores. Por ello, todo parece indicar que Guatemala tendrá todavía que pasar algún tiempo deambulando perdida en su propia desorientación.

La esperanza, sin embargo, es lo último que se pierde. En reducidos y dispersos núcleos ciudadanos se tiene amarga conciencia de la realidad que vive el país, y es probable que esta conciencia minoritaria crezca y desemboque en un proyecto político y económico que plantee un interés nacional compartido de carácter interclasista e interétnico. Esto, sin embargo, no ocurrirá en el corto plazo, aunque unas primeras muestras de ello puedan empezar a evidenciarse a lo largo de esta primera década del siglo XXI, sobre todo en forma de una creciente producción intelectual que oriente y eduque a la ciudadanía en su propia historia, y le haga conciencia acerca de sus posibilidades y conveniencias.


Tampa, octubre, noviembre y diciembre del 2003. Enero del 2004.


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Mario Roberto Morales, Guatemala: autoritarismo e interculturalidad, Cuadernos Bakeaz, nº 60, diciembre de 2003.
© Mario Roberto Morales, 2003; © Bakeaz, 2003.



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