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| 20 de julio del 2004 |
Racismo blanco y racismo mestizo
Mario Roberto Morales
Todas las formas de supremacismo blanco tienen su origen moderno en el eurocentrismo que animó la aventura colonialista y que inventó al "otro" como "diferente" para que el "este" colonizador se afirmara en la superioridad que le aseguraron sus victorias militares sobre las poblaciones conquistadas y el desarrollo exitoso de sus proyectos económicos, basados todos en la expoliación de los territorios colonizados. Esta es la base material del racismo moderno, es decir, de todas las formas de supremacismo blanco en relación a otros tipos de pigmentación epidérmica y fenotipos, como las de los negros o africanos, los amarillos o asiáticos y los cafés o mestizos latinoamericanos y mediterráneos, para nombrar quizás los más notables.
Lo que está en juego en países que, como Guatemala, cuentan con extensas poblaciones indígenas que, a pesar de ser mestizas biológica y culturalmente, mantienen formas culturales específicamente diferenciadas de sus contrapartes asumidamente mestizas o asumidamente blancas, no es tanto la noción tradicional de racismo, es decir, aquella ideología que discrimina e inferioriza con base en la biología (aunque sin la menor duda la minoría criolla de hecho sí ejerce este tipo de racismo en forma indiscriminada hacia indígenas y ladinos). Aquí, lo que está en juego es más el ejercicio cotidiano de intrincadas mentalidades que, aun siendo discriminadas por los blancos, buscan parecerse a él y, a partir de su mayor o menor acercamiento ilusorio a ese "ideal", discriminan a los suyos. Es el drama del mestizaje conflictivo que agobia a los afroamericanos que cada vez buscan esposas y esposos cuya mulatez tenga mayores énfasis blancos que negros; es el drama de los "mayas" que buscan casarse desesperadamente con mujeres ladinas, europeas o estadounidenses porque han interiorizado a tal grado el código de belleza de su contraparte, que inconscientemente se desprecian a sí mismos y buscan aliviar en parte ese dolor pareciéndose lo más que pueden a sus torturadores; y es el drama de algunos ladinos, que mientras más énfasis indígena tengan en su cultura y su fenotipo, mayor es su preocupación por "no parecer indios". Nuestro "racismo" es, pues, un problema de nuestro mestizaje. De un mestizaje no asumido cuya enorme dificultad radica en que no es uniforme sino múltiple, porque, como se puede comprobar con sólo estar en Guatemala, hay muchísimas posibilidades de ser un mestizo cultural guatemalteco, y esa pluralidad da lugar a muchísimos nombres que apelan a específicas formas de mestizaje: ladino, kaxlán, cholero, muco, etc. Y todo esto no se dice para soslayar la discriminación cultural o fenotípica hacia los indígenas; por ejemplo, en los conocidos casos de mujeres a las que les ha sido negada la entrada a discotecas y restaurantes porque van vestidas con sus trajes autóctonos y ese marcador identitario está asociado, en la mentalidad ladina y blanca, con una amplia gama de condiciones de servidumbre colonial que el sistema económico oligárquico mantiene vivas, como las de campesina, sirvienta, vendedora de tortillas, locataria, y demás. Tampoco se dice todo esto para negar las múltiples formas verbales de discriminación que se les aplican cotidianamente a los indígenas, sobre todo porque se ejercen desde una posición de poder económico frente a la cual las correspondientes formas despectivas que los indígenas les aplican a los ladinos no tienen posibilidades de acercarse siquiera a un equilibrio de fuerzas. Lo que sí se quiere decir es que nuestro "racismo" es un problema propio de nuestro mestizaje, el cual hay que definir, describir, interpretar y asumir para, sobre esta base, buscar fórmulas políticas que propicien la convivencia interétnica respetuosa. También, que limitarse a enseñarle a las víctimas de la discriminación y el racismo a victimizarse en calidad de "otredad" absoluta -como estrategia para exigir dignificación y respeto a su diferencia cultural- únicamente logra dos cosas de las que hablaremos el próximo sábado. (*) También publicado en Siglo Veintiuno y A fuego lento |
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