| Colabora | Portada | Directorio | Buscador | Redacción | Correo |
|
|
|
| 31 de julio del 2004 |
El muro de la vergüenza
La Insignia. Palestina, 30 de julio.
El mapa de Palestina parece un queso agujereado y aplastado. Palestina sobrevive perforada y rota, privada de su continuidad territorial por el muro de separación que Israel construye a lo largo del territorio de Cisjordania y apisonada en su supervivencia material por 35 años de ocupación militar. La realidad a la que sus habitantes se enfrentan cada día es la crónica de un horror por todos conocido pero cada vez más silenciado, más normalizado y más aceptado como irremisible por todos nosotros, silenciosa y cómplice comunidad internacional.
Poblaciones enteras rodeadas por losetas de hormigón de varios metros de alto, hombres que no pueden salir de su pueblo-cárcel para ganarse dignamente el sustento en las fábricas que quedan tras el muro de separación (112 poblaciones palestinas con aproximadamente 200.000 habitantes quedan atrapadas y aisladas por el muro), niños que no pueden llegar hasta sus colegios, jóvenes que no pueden asistir a la Universidad y personas que mueren en las ambulancias bloqueadas por los controles del ejército israelí. Ese es el resultado del muro que Israel construye ¿para su seguridad? En caso de que alguien aún lo dudase, lo que está sucediendo en Palestina es un auténtico genocidio. Se entiende por genocidio el crimen consistente en destruir o cometer conspiración para aniquilar o exterminar de forma premeditada y sistemática un grupo nacional. Israel lleva perpetrando una política sistemática de destrucción del pueblo palestino desde que en 1948 tuvieran lugar las primeras expulsiones masivas de población árabe y especialmente desde que en 1967 se ocupasen los territorios de Gaza y Cisjordania en los que debería fundarse el Estado palestino. Desde esa fecha hasta el día de hoy, y previsiblemente aún por muchos años, aumenta el lento drenaje de sufrimiento y muertos palestinos, incrementando así mismo la ignominia del comportamiento israelí. Sólo desde el inicio de la segunda intifada en el año 2000 han muerto casi 3000 palestinos frente a unos 700 israelíes. Mientras tanto, nuestros gobiernos comprenden que Israel debe defenderse del terrorismo construyendo un Muro de separación de los palestinos pero al mismo tiempo no mueven el más mínimo resorte para proteger a los palestinos del terrorismo de estado israelí. Palestina es el mayor campo de concentración del mundo. Está vigilada por soldados israelíes que, con una media de edad de 20 años y un nivel de prepotencia absolutamente imposible de manejar, deciden, con un refresco en la mano y una metralleta en la otra, sobre la humillación constante en que se ha convertido la vida diaria de miles de palestinos. La ocupación militar que estos soldados representan no es más que el brazo ejecutor de la decisión política del gobierno de Ariel Sharon (compartida por el laborismo de Simón Peres) de aniquilar definitivamente las posibilidades de que el futuro estado palestino sea una entidad con posibilidades de desarrollarse con autonomía. Y el muro no es más que el ejemplo a través del cual se comprenden 56 años de guerra israelí contra el pueblo palestino. El muro de la vergüenza debe ser derribado El 20 de octubre de 2003 la Asamblea de las Naciones Unidas condenó (con 144 votos a favor sobre 166 posibles) el muro del apartheid que Israel construye en Cisjordania desde Junio del 2002. Varios meses después de que se aprobase esta primera resolución de las Naciones Unidas, el 9 de julio de 2004, el muro fue declarado ilegal por el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya (14 votos a favor y sólo 1 en contra, el de los Estados Unidos). Al mismo tiempo, la Corte dio un paso más allá de la mera declaración y considera que el gobierno de Ariel Sharon debe derribar los tramos ya construidos e indemnizar a los palestinos por los graves perjuicios ocasionados a lo largo de estos años. El 20 de julio la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó por abrumadora mayoría (150 votos sobre 166) una resolución en la que conminaba al Estado de Israel a acatar la sentencia del Tribunal Internacional de Justicia e incluso incitaba a la comunidad internacional a cesar en su colaboración con el Estado de Israel en tanto éste no cumpla con sus obligaciones. Como era de esperar, Israel no acatará la sentencia ya que no reconoce la legitimidad de las organizaciones internacionales para inmiscuirse en sus asuntos internos, que se refieren exclusivamente, siempre según su versión " a protegerse de la amenaza terrorista". Y los Estados Unidos, en una poco sorprendente muestra de consenso entre demócratas y republicanos le muestran una vez más todo su apoyo, y declaran, por boca de Hillary Clinton, que "el muro es una alternativa no violenta por parte de Israel al terrorismo palestino". Tan sólo unas semanas antes de que la Justicia internacional se pronunciase a favor del pueblo palestino, el 31 de junio, el Tribunal Supremo Israelí ya había fallado que, al menos parcialmente, el trazado del muro es ilegal debido al gran sufrimiento que le inflinge a la población de los territorios que atraviesa y que no se justifica por la necesidad de proteger a la población de ataques terroristas. Ya en febrero de este mismo año había ordenado detener temporalmente sus obras de construcción. Incluso el sistema de garantías de la peculiar "democracia étnica" por el que Israel se rige, y que permite que los palestinos pierdan prácticamente su condición de seres humanos mientras para los israelíes el sistema funciona a la perfección, no puede evitar reprobar la construcción del muro. Sin embargo, de nada ha servido el recurso a la ley por parte de los palestinos, que cuentan con el apoyo de gran parte de la comunidad internacional, de la opinión pública, del aval de las resoluciones de las Naciones Unidas y las sentencias de su Tribunal de Justicia. El muro avanza imparable, con más de 180 km ya construidos sobre los casi 800 proyectados, adentrándose entre 20 y 30 kilómetros más allá de la "línea verde" que separaría hipotéticamente las fronteras de dos Estados forzados a co-existir en un futuro que parece no tener fecha. Gracias a la fuerza de los tanques y las apisonadoras que Estados Unidos le suministra a Israel y a la pasividad del resto de países que se llenan la boca de solidaridad con el pueblo palestino pero se atan y se vuelven a atar a sí mismos las manos con las que comenzar a derribarlo, avanza sin remisión la conquista (robo) de terreno árabe y consecuente negación de la más mínima posibilidad de establecer un futuro estado palestino. ¿Qué comportamiento cabe esperar por parte de la población palestina ante tamaña injusticia? La legalidad internacional les apoya. La justicia israelí entiende, aunque sea parcialmente, sus argumentos, y la mayoría de la opinión pública mundial está con ellos. Pero al mismo tiempo que todo esto sucede, los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania continúan sufriendo las incursiones de un ejército que no respeta los más elementales derechos humanos, asesina sistemáticamente a varias personas a la semana, no les permite trabajar sus campos, bloquea el paso de los trabajadores a los puestos de trabajo que quedan del otro lado de las fronteras de facto decididas por Israel y dificulta enormemente el desarrollo con normalidad de cualquier actividad diaria, sea esta acudir a la escuela o tratarse en un hospital. Y mientras, occidente calla, comprende y deja hacer. Por poner un ejemplo que nos resulte cercano, el gobierno español ha declarado ante la sentencia de la Corte internacional de Justicia que "espera que Israel acepte la legalidad internacional pero comprende su lucha contra el terrorismo". Israel presenta la construcción del muro como un escudo contra el terrorismo suicida. Pero no se trata sólo de eso. El muro no se limita a separar el futuro estado palestino del territorio de Israel siguiendo la "línea verde" que demarcaría los territorios ocupados en 1967. En realidad, penetra en los territorios palestinos delimitando una franja de varios kilómetros de territorio destinado a la creación de "parques industriales" o, en expresión más honesta y descriptiva, "maquilas" en las que explotar con libertad la mano de obra palestina, necesitada a cualquier precio de acceso a un trabajo que limite su situación de extrema necesidad. El muro encerrará literalmente a varias poblaciones palestinas que perderán cualquier contacto con el exterior que difiera del decidido por el ejército israelí, arbitrario "señor" de sus puertas, que sólo se abrirán para dejar pasar a la mano de obra desde sus hogares a las fábricas y viceversa. Si ya hoy los jóvenes de Gaza no pueden acudir a las universidades palestinas de Cisjordania, en el plazo de pocos años, y si nadie lo remedia, ni siquiera los habitantes de la propia Cisjordania podrán moverse con libertad por su territorio, trenzado por carreteras y vallas que separarán, protegerán y comunicarán entre sí a las colonias judías que se implantan en los terrenos arrebatados a los palestinos. Cada vez que los palestinos más radicalizados deciden responder con atentados suicidas a esta injusta situación y, en desigual lucha, cometen ataques contra la población civil israelí, la defensa de sus derechos incuestionables, se tiñe de sangre y pierde legitimidad ante quienes podrían ayudarles desde el exterior. De nada sirve poner en una balanza el número de muertos en ambos bandos desde el inicio de la segunda intifada en el año 2000, que triplica por el lado palestino al de sus adversarios. De nada sirve contraponer la resistencia a pedradas de los niños palestinos frente a los tanques y helicópteros de uno de los ejércitos mejor preparados del mundo. Tienen la razón, pero no tienen la fuerza y, a partir de los métodos de resistencia de los que una minoría palestina ha decidido dotarse, desde occidente se les niegan los apoyos necesarios para llevar adelante su lucha por la libertad. De nada valen los casi cuatro millones de refugiados forzados a no volver a sus hogares, de nada valen los indicadores sociales y económicos que demuestran la lenta pero continua destrucción de un pueblo, de nada valen las imágenes de los bulldozers israelíes destrozando barrios enteros de poblaciones como Hebrón, Nablús y Belén, de nada vale que la franja de Gaza se haya convertido en el mayor campo de concentración del mundo. Los palestinos son un pueblo abandonado a su suerte porque la ley internacional no se aplica de igual modo en todos los casos y nadie, empezando por nuestros propios gobiernos está dispuesto a presionar a quien la incumple a adaptarse a sus dictámenes. Los españoles conocemos las consecuencias de este comportamiento. Cuando en 1936 el gobierno legítimo de la II República fue atacado por un sector del ejército, las potencias europeas, lideradas por Francia y Gran Bretaña, decidieron no inmiscuirse en los asuntos internos de España y firmaron un "acuerdo de no intervención" que únicamente respetaron quienes debían ayudar a la República. Mientras tanto, la Alemania nazi y la Italia de Mussolini no dudaron en desequilibrar la balanza del lado del ejército alzado. El resultado fueron 40 años de dictadura fascista ante el silencio del resto de occidente. En el caso de los palestinos, el resultado de la negativa de la comunidad internacional a forzar a Israel a cumplir con las resoluciones de las Naciones Unidas o a sentarse en una mesa de negociación en la cual no existan posturas de fuerza ni una decisión a priori de imponer la ocupación, está siendo no ya la pérdida de una guerra que nunca se pudo ganar sino algo mucho peor: la lenta aniquilación de un pueblo. En este contexto surge el "verano por la libertad", una campaña que, a iniciativa de la organización ISM (International Solidarity Movement), pretende aunar los esfuerzos de algunas organizaciones palestinas con los de varios cientos de voluntarios brigadistas. El objetivo es emprender, entre el 30 de julio y el 19 de agosto, una marcha pacífica de protesta contra la construcción del muro, rodeando su perímetro entre las ciudades de Jenín y Jerusalén. Quizás ahora, tras la sentencia de la Corte Internacional de Justicia, esta campaña, que venía cargada de razones, se convierta en el último y definitivo esfuerzo por derribar un muro que ya no se sostiene más que desde la imposición, la ilegalidad y la cobardía cómplice de nuestros gobiernos que prefieren mirar para otro lado mientras Israel lo construye. Ojalá el convencimiento de que la razón está del lado palestino y el acompañamiento de varios cientos de occidentales que puedan limitar la represión del ejército israelí contra la marcha sirva para que los palestinos puedan, en agosto de 2004, imitar a los alemanes que, en noviembre de 1989, derribaron pacíficamente el muro de Berlín. |
|||