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La insignia
30 de julio del 2004


Brigadista en Palestina (III)

Israel, un país militarizado


__Especial__
La segunda Intifada
Alberto Arce
La Insignia. Palestina, 29 de julio.


Jerusalén Este.- El hostal Faisal, situado frente a la puerta de Damasco, en Jerusalén Este, no es tan diferente a cualquier otro albergue de mochileros de los que he visitado en otros países. Destartalado por fuera, con la falta de mantenimiento que caracteriza a los sitios baratos y rodeado además del caos y el bullicio propio de cualquier calle de la parte árabe de Jerusalén. Sobrio por dentro, lo único que recuerda que estamos en la "base" del Movimiento de Solidaridad Internacional (ISM por sus siglas en inglés) es algún que otro cartel en protesta contra la ocupación israelí sobre las paredes llenas de graffitis que los viajeros van dejando como recuerdo de su estancia. La bandera pacifista sobre fondo arcoiris que vimos en las movilizaciones mundiales contra la guerra de Irak, es la primera imagen que nos retrae realmente al motivo de nuestra presencia en la ciudad: la marcha contra el muro de separación y la accion directa no violenta contra la ocupacion israeli de Cisjordania y Gaza. Al fin hemos llegado al sitio correcto. Rodeados, por fin, de iguales, podemos relajarnos después de varios horas de trayecto entre el aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv y Jerusalén, en las que nos hemos sentido totalmente abrumados por la abundancia de hombres y mujeres armados por todas partes. Palestina está ocupada por el ejercito israelí e Israel está ocupada, al mismo tiempo por sus propias armas y por la militarizacion absoluta en la que vive su sociedad.

La primera persona con la que hablamos en el Faisal es un chico joven, de unos 15 años. Nos pregunta directamente por el motivo de nuestra de visita. Mencionamos el ISM y nos hace pasar a un pequeño salón de té donde el idioma mayoritario es el inglés; en cada esquina hay un enchufe y una camara al lado, cargando baterías. El resto de las personas hospedadas en el estableciimento comparte los motivos del viaje. Un tal Hisham parece ser el jefe; cojea ostensiblemente y prefiero no preguntarle por qué. Nos dice que esperemos un rato. Está cocinando para todos. Esta noche hablaremos y empezaremos a planear el calendario de cada uno: cuándo y dónde nos entrenamos, en que grupo nos incluimos y hacia dónde partiremos el fin de semana.

Es facil caer presa de una cierta mania persecutoria cuando uno viaja a Israel y sabe que su objetivo no es visitar los "Santos Lugares" o bañarse en el Mar Muerto. Desde que embarcamos en Barcelona, nos sentimos observados por el resto de pasajeros. Creo que María y yo somos los únicos españoles además de la tripulación de Iberia. El peor momento, el que nos permite darnos cuenta de lo miserable que es el miedo, llega cuando un chico de aproximadamente mi edad (cercano a los treinta) comienza a hacerme preguntas sobre el motivo de nuestro viaje. En cualquier otra circunstancia, los compañeros de viaje son personas a las que se puede contar la vida sin ningún problema; e este caso, en cambio, comenzamos a mentir, obsesionados con la idea de que sea un policia o simplemente un israelí que dé parte de nosotros a los guardias fronterizos. En realidad es un árabe israelí que nos cuenta los problemas que tiene cada vez que quiere viajar a su casa. La policía lo interroga, lo registra, lo molesta. A medida que avanza en su relato sobre los excesos de la policia de aduanas israelí, el resto de pasajeros empieza a mirarnos sin ningun recato. Me descubro cobarde y quiero separarme de él a la hora de pasar el control de pasaportes. No quiero que el viaje se estropée en el mismo aeropuerto. Le deseamos suerte cuando estamos aterrizando y la primera escena de la que somos testigos en la misma escalerilla del avión la componen tres policías que están pidiendo la documentación y haciendo preguntas de forma aleatoria a algunos de los pasajeros.

El control de pasaportes ha resultado ser más suave de lo que pensábamos. Parece ser que desde la reciente victoria de Ann Petter, una estadounidense que consiguió que la Justicia israelí impidiese su deportación, es mas dificíl impedir la entrada de pacifistas extranjeros, aunque la policia sabe que venimos. Apenas cinco minutos de preguntas formales sobre el dinero del que disponemos, si tenemos algún amigo en Israel, dónde vamos alojarnos, qué lugares pensamos visitar. María dice que me temblaba la voz. Me defiendo explicando que pronunciar nombres en hebreo no me resulta la cosa más fácil del mundo. No es cierto. Estaba muy nervioso. Complejo de culpa: me obsesiona la posibilidad de que me den la vuelta en el aeropuerto. Pero en realidad parezco más un turista que un militante.

Al salir del aeropuerto Ben Gurión, la primera imagen que se me viene a la cabeza es la de cualquiera de las estaciones de autobuses en las que he esperado mientras estudiaba. Lo que en España eran grupos de estudiantes que volvían a sus casas o iban a la universidad cargados de mochilas y libros, aquí son soldados de entre 18 y 25 años con grandes metralletas. Pero sus madres los besan y les dicen que se cuiden y que llamen para dar noticias de vez en cuando. Como hacian con nosotros. Como haría cualquier madre del mundo, preocupada por un hijo que, en realidad, se esta yendo a una guerra. Las madres dan un beso y los padres dan la mano. "Cuídate, hijo" dicen. Nosotros nos íbamos a estudiar. Ellos se van a ocupar la tierra de los palestinos.

El autobús de línea regular Tel Aviv-Jerusalén rebosa. Hace calor y nos toca viajar de pie en el pasillo. Más de la mitad del pasaje va de uniforme y tiene una metralleta entre las manos. Duermen, escuchan música en sus reproductores portátiles, hablan por teléfono. Y nos miran. Somos los únicos extranjeros del autobús y vamos de pie. Nos miran como se mira a cualquier turista en cualquier parte del mundo. Pero nosotros, en realidad, estamos aquí para protestar contra ellos. Y nos intimida ver que sus armas, aunque descargadas, nos apuntan inocentemente. Quizás nos encontremos con alguno de ellos en un heck-point dentro de varios días.

En la estación central de autobuses de Jerusalén comienzan de nuevo los controles y las preguntas. Detector de metales, mochilas, pasaportes. Nada se les escapa. Los agentes de seguridad (no se cómo llamarles ya que visten de civil pero van armados) son realmente malencarados. Les encanta provocar a los extranjeros y humillar a los árabes. La chica que revisa a María se dirige a mí sólo para decirme que no tenga prisa, que repetirá exactamente el mismo procedimiento conmigo. Más vale tener paciencia, sonreír y decir que sí a todo. Salimos caminando por la calle Jaffa en dirección a la ciudad vieja. La constante son las armas. Nunca había visto tanta gente armada. En cada parada de autobús hay uno; en cada centro comercial hay varios; incluso en las terrazas de las cafeterías hay grupos de jóvenes que toman cerveza con su metralleta entre las piernas. Los colonos que bajan a la ciudad a hacer la compra de la semana llevan su metralleta como yo llevo mi mochila. Supongo que me acostumbraré. Pero sé que al principio parezco Paco Martínez Soria sorprendido en la gran ciudad. Hace calor y los judíos ortodoxos con sus largas barbas, sus abrigos y sus sombreros negros me provocan una sensación extraña.

Cuando se entra en el barrio árabe de la ciudad vieja, todo cambia. Ya hay niños corriendo por todas partes. Ruido, bullicio y bazares. Sonrisas y buen humor. Gente que nos saluda y nos da la bienvenida. Definitivamente me quedo con los árabes. Los judíos estan obsesionados con su seguridad. Los árabes, pese a lo desesperado de su situación, siguen adelante con una sonrisa en la boca.

Ya en el Faisal, el primer ciudadano de otro país con el que hablamos es un canadiense de Montreal. Ha estudiado ciencias políticas, como yo, y acaba de llegar después de 30 horas de viaje vía Dublín. Parece un tipo feliz. Quiere empezar a hacer algo ya. Lleva un mes preparando este viaje, más o menos como nosotros. En seguida se nos unen un par de estadounidenses, una chilena, una francesa y varios suecos. Algunos cuentan historias sobre Nablús, Hebrón, Gaza. Hay brigadistas que llevan meses en los territorios ocupados y vienen cada tanto hasta Jerusalén para relajarse, comer, dormir, escribir, revelar fotografías o despedirse de la gente que se conoce por el camino. Nos hablan del buen recibimiento que los palestinos dispensan a cualquier extranjero. De soldados, de armas, de disparos, de estrés y tensión. Nos hablan de una realidad que cada vez vemos mas cercana. Pero todos parecen tranquilos.

Hoy es jueves, mañana viernes y el sábado recibiremos entrenamiento: cómo hablar con los soldados, cómo actuar en los controles, como reaccionar ante las diferentes situaciones en las que nos vamos a ver envueltos. Y el domingo empieza todo. Nos ubicarán por grupos en diferentes poblaciones y campos de refugiados de los territorios ocupados y comenzaremos a resistir y a protestar pacíficamente, junto a los palestinos, contra la ocupación y el muro de la vergüenza.



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