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La insignia
31 de julio del 2004


A fuego lento

El objetivo estratégico del (multi)culturalismo


Mario Roberto Morales
La Insignia*. Guatemala, julio del 2004.


La función política del culturalismo consiste en magnificar el síntoma para ocultar la enfermedad. Es la política de los "issues", la que llama "temas" a los problemas a fin de desproblematizarlos y ocultar e impedir así el análisis de sus raíces, causas, desarrollos y consecuencias, ubicando la dialéctica de los conflictos sociales y las estructuras económicas en la esfera de la cultura. De modo que, en Guatemala, por ejemplo, el problema central, para un culturalista, no es la brecha estructural entre ricos y pobres ni el agotamiento de un modelo económico atrasado, sino el racismo, el sexismo, la pobreza, el hambre, la corrupción, como "temas" inconexos.

Por eso, los culturalistas piensan que el gran obstáculo de Guatemala son los ladinos, esos seres esencialmente malos y siniestros que, según ellos, persiguen a los indígenas, los matan, violan a sus mujeres, destruyen sus centros ceremoniales y les impiden practicar sus religiosidades, a la vez que les pegan a sus propias esposas y conforman la casta política corrupta. Esto es lo que se propaga en los congresos de científicos sociales y humanistas "progres" en Estados Unidos. Y, aunque en Guatemala la gente sabe cómo son las cosas, ciertas mafias de vividores de los financiamientos internacionales repiten lo mismo como loros cuando escriben sus proyectos para "luchar" contra el racismo, el sexismo y la corrupción. Usan la misma lógica racista del "choque de civilizaciones", que pretende sustituir la colisión de realidades económico-sociales y políticas -como las que ocurren en situaciones de ocupación de un país por otro- con la divergencia de las creencias religiosas de los grupos en conflicto, dándole prioridad a la cultura para ocultar realidades de dominación y saqueo frente a las que los pueblos por lo general se rebelan. Así, para el culturalismo, el problema del Medio Oriente no es de ocupación ni de "guerra preventiva" sino del "eterno" enfrentamiento entre el Bien y el Mal, encarnados en una guerra santa entre el cristianismo y el judaísmo en contra del islamismo.

La "corrección política" es la "forma" del culturalismo, cuyos contenidos son esencialmente contrainsurgentes, es decir, encaminados a desinformar y a anular la capacidad de análisis en las mentes de la población, para así ganarse sus corazones mediante moralismos de toda laya que apelan a la victimización, la culpa y la expiación. Por eso he dicho que hace falta una forma más históricamente cognitiva de toma de conciencia acerca de problemas como el racismo y la discriminación cultural, para de verdad aspirar a erradicarlos o, por lo menos, a atenuarlos. No basta con enseñarle a las víctimas a victimizarse ni con crearles una mala conciencia a los supuestos verdugos para que se sientan culpables y expíen su "maldad", adoptando eufemismos para nombrar a sus contrapartes etnoculturales o donando dinero para mantener a las burocracias locales e internacionales de cierta (no toda la) cooperación internacional. Tampoco basta inventar leyes pater(mater)nalistas para castigar a un grupo y favorecer a otro, ni políticas educativas asistencialistas para "educar" a un grupo y glorificar a otro.

Esto forma parte de las "políticas de parche", que aíslan los problemas sociales para que el público no vea las conexiones estructurales entre unos y otros. Por eso, "la lucha contra el racismo", así planteada, es igual de inocua que "la lucha contra la pobreza", "la lucha contra el hambre", "la violencia", "la corrupción" y demás "issues" o "temas" que se le presentan al público inconexos para esconder los problemas y sus redes de relaciones estructurales. En la jerga "políticamente correcta" ya no hay problemas conectados a redes de causas y efectos estructurales sino "temas" aislados que parecen brotar por generación espontánea. Es así como se cumple la función política del culturalismo: magnificar el síntoma para esconder la enfermedad. Y también el lema que expresa el objetivo estratégico del multiculturalismo: "divide (y dispersa), y vencerás".


(*) También publicado en Siglo Veintiuno y A fuego lento



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