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| 25 de julio del 2004 |
Edipo rey Sófocles
Coro:
(Estrofa I)
(Antistrofa I)
(Estrofa II)
(Antistrofa II) (Yocasta sale de palacio acompañada de servidoras.) Yocasta: Señores de la región, se me ha ocurrido la idea de acercarme a los templos de los dioses con estas coronas y ofrendas de incienso en las manos. Porque Edipo tiene demasiado en vilo su corazón con aflicciones de todo tipo y no conjetura, cual un hombre razonable, lo nuevo por lo de antaño, sino que está pendiente del que habla si anuncia motivos de temor. Y ya que no consigo nada con mis consejos, me llego ante ti, oh Apolo Liceo -pues eres el más cercano-, cual suplicante, con estos signos de rogativas para que nos proporciones alguna liberación purificadora, puesto que ahora todos sentimos ansiedad, al ver asustado a aquel que es como el piloto de la nave. (Entra en escena un mensajero.) Mensajero: ¿Podrían informarme, oh extranjeros, dónde se halla el palacio del rey Edipo? Corifeo: Ésta es su morada y él mismo está dentro, extranjero. Esta mujer es la madre de sus hijos. Mensajero: ¡Que llegues a ser siempre feliz, rodeada de gente dichosa, tú que eres esposa legítima de aquél! Yocasta: De igual modo lo seas tú, oh extranjero, pues lo mereces por tus favorables palabras. Pero dime con qué intención has llegado y qué quieres anunciar. Mensajero: Buenas nuevas para tu casa y para tu esposo, mujer. Yocasta: ¿Cuáles son? ¿De parte de quién vienes? Mensajero: De Corinto. Ojalá te complazca -¿cómo no?- la noticia que te daré a continuación, aunque tal vez te duelas. Yocasta: ¿Qué es? ¿Cómo puede tener ese doble efecto? Mensajero: Los habitantes de la región del Istmo lo van a designar rey, según se ha dicho allí. Yocasta: ¿Por qué? ¿No está ya el anciano Pólibo en el poder? Mensajero: No, ya que la muerte lo tiene en su tumba. Yocasta: ¿Cómo dices? ¿Ha muerto el padre de Edipo? Mensajero: Que sea merecedor de muerte, si no digo la verdad. Yocasta: Sirvienta, ¿no irás rápidamente a decirle esto al amo? ¡Oh oráculos de los dioses! ¿Dónde están? Edipo huyó hace tiempo por el temor de matar a este hombre y, ahora, él ha muerto por el azar y no a manos de aquél. |
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