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| 20 de julio del 2004 |
Edipo rey Sófocles
Antístrofa I.
Coro: Mujer, ¿qué estás esperando para llevarlo a palacio? Yocasta: Conocer qué es lo que ocurre. Coro: Una oscura sospecha surgió de unas palabras, pero también me desgarra lo que puede ser injusto. Yocasta: ¿Del uno y del otro? Corifeo: Sí. Yocasta: ¿Y cuál fue el motivo? Coro: Basta, me parece que es suficiente, estando atormentado el país. Que se quede el asunto allí donde cesó. Edipo: Date cuenta dónde has llegado, aun siendo hombre honesto en tu intención, haciendo caso omiso y embotando mi corazón. (Antístrofa II)
Coro: ¡Oh señor, no te lo he dicho sólo una vez: sabe que habría de mostrarme insensato, falto de razonable juicio, si te abandonara. Yocasta: ¡En nombre de los dioses! Dime también a mí, señor, por qué asunto has concebido semejante enojo. Edipo: Hablaré. Pues a ti, mujer, te venero más que a éstos. Es a causa de Creonte y de la clase de conspiración que ha tramado contra mí. Yocasta: Habla, si es que lo vas a hacer para denunciar claramente el motivo de la querella. Edipo: Dice que yo soy el asesino de Layo. Yocasta: ¿Lo conoce por sí mismo o por haberlo oído decir a otro? Edipo: Ha hecho venir a un desvergonzado adivino, ya que su boca, por lo que a él en persona concierne, está completamente libre.
Yocasta: Tú, ahora, liberándote a ti mismo de lo que dices, escúchame y aprende que nadie que sea mortal tiene parte en el arte adivinatoria. La prueba de esto te la mostraré en pocas palabras. Edipo: Al acabar de escucharte, mujer, ¡qué delirio se ha apoderado de mi alma y qué agitación de mis sentidos! Creonte: ¿A qué preocupación te refieres que te ha hecho volverte sobre tus pasos? Edipo: Me pareció oírte que Layo había sido muerto en una encrucijada de tres caminos. Yocasta: Se dijo así y aún no se ha dejado de decir. Edipo: ¿Y dónde se encuentra el lugar ese en donde ocurrió la desgracia? Yocasta: Fócide es llamada la región, y la encrucijada hace confluir los caminos de Delfos y de Daulia. Edipo: ¿Qué tiempo ha transcurrido desde estos acontecimientos? Yocasta: Poco antes de que tú aparecieras con el gobierno de este país, se anunció eso a la ciudad. Edipo: ¡Oh Zeus! ¿Cuáles son tus planes para conmigo? Yocasta: ¿Qué es lo que te desazona, Edipo? Edipo: Todavía no me interrogues. Y dime, ¿qué aspecto tenía Layo y de qué edad era? Yocasta: Era fuerte, con los cabellos desde hacía poco encanecidos, y su figura no era muy diferente de la tuya. Edipo: ¡Ay de mí, infortunado! Me parece que acabo de precipitarme a mí mismo, sin saberlo, en terribles maldiciones. Yocasta: ¿Cómo dices? No me atrevo a dirigirte la mirada, señor. Edipo: Me pregunto, con tremenda angustia, si el adivino no estaba en lo cierto, y me lo demostrarás mejor, si aún me revelas una cosa. Yocasta: En verdad que siento temor, pero a lo que me preguntes, si lo sé, contestaré. Edipo: ¿Iba de incógnito, o con una escolta numerosa cual corresponde a un rey? Yocasta: Eran cinco en total. Entre ellos había un heraldo. Sólo un carro conducía a Layo. Edipo: ¡Ay, ay! Esto ya está claro. ¿Quién fue el que entonces les anunció las nuevas, mujer? Yocasta: Un servidor que llegó tras haberse salvado sólo él. Edipo: ¿Por casualidad se encuentra ahora en palacio? Yocasta: No, por cierto. Cuando llegó de allí y vio que tú regentabas el poder y que Layo estaba muerto, me suplicó, encarecidamente, cogiéndome la mano, que lo enviara a los campos y al pastoreo de rebaños para estar lo más alejado posible de la ciudad. Yo lo envié, porque, en su calidad de esclavo, era digno de obtener este reconocimiento y aún mayor. Edipo: ¿Cómo podría llegar junto a nosotros con rapidez? Yocasta: Es posible. Pero ¿por qué lo deseas? Edipo: Temo por mí mismo, oh mujer, haber dicho demasiadas cosas. Por ello, quiero verlo. Yocasta: Está bien, vendrá, pero también yo merezco saber lo que te causa desasosiego, señor.
Edipo: Y no serás privada, después de haber llegado yo a tal punto de zozobra. Pues, ¿a quién mejor que a ti podría yo hablar, cuando paso por semejante trance? Corifeo: A nosotros, oh rey, nos parece esto motivo de temor, pero mientras no lo conozcas del todo por boca del que estaba presente, ten esperanza. Edipo: En verdad, ésta es la única esperanza que tengo: aguardar al pastor. Yocasta: Y cuando él haya aparecido, ¿qué esperas que suceda? Edipo: Yo te lo diré. Si descubrimos que dice lo mismo que tú, yo podría ponerme a salvo de esta calamidad. Yocasta: ¿Qué palabras especiales me has oído? Edipo: Decías que él afirmó que unos ladrones lo habían matado. Si aún confirma el mismo número, yo no fui el asesino, pues no podría ser uno solo igual a muchos. Pero si dice que fue un hombre que viajaba en solitario, está claro: el delito me es imputable.
Yocasta: Ten por seguro que así se propagó la noticia, y no le es posible desmentirla de nuevo, puesto que la ciudad, no yo sola, lo oyó. Y si en algo se apartara del anterior relato, ni aun entonces mostrará que la muerte de Layo se cumplió debidamente, porque Loxias dijo expresamente que se llevaría a cabo por obra de un hijo mío. Edipo: Haces un sensato juicio. Pero, no obstante, envía a alguien para que haga venir al labriego y no lo descuides. (Entran en palacio.) |
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