| Mapa del sitio | Portada | Redacción | Colabora | Enlaces | Buscador | Correo |
|
|
|
| 16 de julio del 2004 |
Edipo rey Sófocles
Entra Creonte.
Creonte: Ciudadanos, habiéndome enterado de que el rey Edipo me acusa con terribles palabras, me presento sin poder soportarlo. Pues si en los males presentes cree haber sufrido de mi parte con palabras o con obras algo que le lleve a un perjuicio, no tengo deseo de una vida que dure mucho tiempo con esta fama. El daño que me reporta esta acusación no es sin importancia, sino gravísimo, si es que voy a ser llamado malvado en la ciudad, y malvado ante ti y ante los amigos. Corifeo: Tal vez haya llegado a este ultraje forzado por la cólera, más que intencionadamente. Creonte: ¿Fue declarado por éste abiertamente que, persuadido por mis consejeros, el adivino decía palabras falaces? Corifeo: Eso dijo, pero no sé con qué intención. Creonte: ¿Y, con la mirada y la mente rectas, lanzó esta acusación contra mí? Corifeo: No sé, pues no conozco lo que hacen los que tienen el poder. Pero él, en persona, sale ya del palacio. (Entra Edipo en escena.) Edipo: ¡Tú, ése! ¿Cómo has venido aquí? ¿Eres, acaso, persona de tanta osadía que has llegado a mi casa, a pesar de que es evidente que tú eres el asesino de este hombre y un usurpador manifiesto de mi soberanía? ¡Ea, dime, por los dioses! ¿Te decidiste a actuar así por haber visto en mí alguna cobardía o locura? ¿O pensabas que no descubriría que tu acción se deslizaba con engaño, o que no me defendería al averiguarlo? ¿No es tu intento una locura: buscar con ahínco la soberanía sin el apoyo del pueblo y de los amigos, cuando se obtiene con la ayuda de aquél y de las riquezas? Creonte: ¿Sabes lo que vas a hacer? Opuestas a tus palabras, escúchame palabras semejantes y, después de conocerlas, juzga tú mismo. Edipo: Tú eres diestro en el hablar y yo soy torpe para comprenderte, porque he descubierto que eres hostil y molesto para mí. Creonte: En lo que a esto se refiere, óyeme primero cómo lo voy a contar. Edipo: En lo que a esto se refiere, no me digas que no eres un malvado. Creonte: Si crees que la presunción separada de la inteligencia es un bien, no razonas bien. Edipo: Si crees que perjudicando a un pariente no sufrirás la pena, no razonas correctamente. Creonte: De acuerdo contigo en que has dicho esto con toda razón. Pero infórmame qué perjuicio dices que has recibido. Edipo: ¿Intentabas persuadirme, o no, de que era necesario que enviara a alguien a buscar al venerable adivino? Creonte: Y soy aún el mismo en lo que a ese consejo se refiere. Edipo: ¿Cuánto tiempo hace ya desde que Layo... Creonte: ¿Qué fue lo que hizo? No entiendo. Edipo: ... sin que fuera visible, pereciera en un asesinato? Creonte: Podrían contarse largos y antiguos años. Edipo: ¿Ejercía entonces su arte ese adivino? Creonte: Sí, tan sabiamente como antes y honrado por igual. Edipo: ¿Hizo mención de mí para algo en aquel tiempo? Creonte: No, ciertamente, al menos cuando yo estaba presente. Edipo: Pero, ¿no hicieron investigaciones acerca del muerto? Creonte: Las hicimos, ¿cómo no? Y no conseguimos nada. Edipo: ¿Y cómo, pues, ese sabio no dijo entonces estas cosas? Creonte: No lo sé. De lo que no comprendo, prefiero guardar silencio. Edipo: Sólo lo que sabes podrías decirlo con total conocimiento. Creonte: ¿Qué es ello? Si lo sé, no lo negaré. Edipo: Que, si no hubiera estado concertado contigo, no hubiera hablado de la muerte de Layo a mis manos. Creonte: Si esto dice, tú lo sabes. Yo considero justo informarme de ti, lo mismo que ahora tú lo has hecho de mí. Edipo: Haz averiguaciones. No seré hallado culpable de asesinato. Creonte: ¿Y qué? ¿Estás casado con mi hermana? Edipo: No es posible negar la pregunta que me haces. Creonte: ¿Gobiernas el país administrándolo con igual poder que ella? Edipo: Lo que desea, todo lo obtiene de mí. Creonte: ¿Y no es cierto que, en tercer lugar, yo me igualo a ustedes dos? Edipo: Por eso, precisamente, resultas ser un mal amigo.
Creonte: No si me das la palabra como yo a ti mismo. Considera primeramente esto: si crees que alguien preferiría gobernar entre temores a dormir tranquilo, teniendo el mismo poder. Por lo que a mí respecta, no tengo más deseo de ser rey que de actuar como si lo fuera, ni ninguna otra persona que sepa razonar. En efecto, ahora lo obtengo de ti todo sin temor, pero, si fuera yo mismo el que gobernara, haría muchas cosas también contra mi voluntad. ¿Cómo, pues, iba a ser para mí más grato el poder absoluto, que un mando y un dominio exentos de sufrimientos? Aún no estoy tan mal aconsejado como para desear otras cosas que no sean los honores acompañados de provecho. Actualmente, todos me saludan y me acogen con cariño. Los que ahora tienen necesidad de ti me halagan, pues en esto está, para ellos, el obtener todo. ¿Cómo iba yo, pues, a pretender aquello desprendiéndome de esto? Una mente que razona bien no puede volverse torpe. No soy, por tanto, amigo de esta idea ni soportaría nunca la compañía de quien lo hiciera. Y, como prueba de esto, ve a Delfos y entérate si te he anunciado fielmente la respuesta del oráculo. Y otra cosa: si me sorprendes habiendo tramado algo en común con el adivino, tras hacerlo, no me condenes a muerte por un solo voto, sino por dos, por el tuyo y el mío; pero no me inculpes por tu cuenta a causa de una suposición no probada. No es justo considerar, sin fundamento, a los malvados honrados ni a los honrados malvados. Corifeo: Bien habló él, señor, para quien sea cauto en errar. Pues los que se precipitan no son seguros para dar una opinión. Edipo: Cuando el que conspira a escondidas avanza con rapidez, preciso es que también yo mismo planee con la misma rapidez. Si espero sin moverme, los proyectos de éste se convertirán en hechos y los míos, en frustraciones. Creonte: ¿Qué pretendes, entonces? ¿Acaso arrojarme fuera del país? Edipo: En modo alguno. Que mueras quiero, no que huyas. Creonte: Cuando expliques cuál es la clase de aborrecimiento... Edipo: ¿Quieres decir que no me obedecerás ni me darás crédito? Creonte: ...pues veo que tú no razonas con cordura. Edipo: Sí, al menos, en lo que me afecta. Creonte: Pero es preciso que lo hagas también en lo mío. Edipo: Tú eres un malvado. Creonte: ¿Y si es que tú no comprendes nada? Edipo: Hay que obedecer, a pesar de ello. Creonte: No al que ejerce mal el poder. Edipo: ¡Oh ciudad, ciudad! Creonte: También a mí me interesa la ciudad, no sólo a ti. Corifeo: Cesen, príncipes. Veo que, a tiempo para ustedes, sale de palacio Yocasta, con la que deben dirimir la disputa que están sosteniendo. (Yocasta sale de palacio.) Yocasta: ¿Por qué, oh desdichados, originaron esta irreflexiva discusión? ¿No les da vergüenza ventilar cuestiones particulares estando como está sufriendo la ciudad? ¿No irás tú a palacio y tú, Creonte, a tu casa sin transformar un disgusto que no es nada en algo importante? Creonte: Hermana, Edipo, tu esposo, pretende llevar a cabo decisiones terribles respecto a mí, habiendo elegido entre dos calamidades: o desterrarme de la patria o, tras hacerme prisionero, matarme. Edipo: Asiento. Pues lo he sorprendido, mujer, tramando contra mi persona con mañas ruines. Creonte: ¡Que no sea feliz, sino que perezca maldito, si he realizado contra ti algo de lo que me imputas! Yocasta: ¡Por los dioses!, Edipo, da crédito a esto, sobre todo si sientes respeto ante un juramento en nombre de los dioses y, después, también por respeto a mí y a los que están ante ti. Coro: Obedece de grado y por prudencia, señor, te lo suplico. Edipo: ¿En qué quieres que ceda? Coro: En respetar al que nunca antes fue necio y ahora es fuerte en virtud del juramento. Edipo: ¿Sabes lo que pides? Corifeo: Lo sé. Edipo: Explícame qué dices. Coro: Que, por un rumor poco probado, nunca lances una acusación de a un pariente obligado por su propio juramento. Edipo: Entérate bien ahora: cuando esto pretendes, me estás buscando la ruina o mi destierro de este país. Coro: No, ¡por el dios primero entre todos los dioses el Sol! ¡Qué muera sin dios, sin amigos, de la peor manera, si tengo semejante pensamiento! Pero esta tierra que se consume aflige mi ánimo, desventurado, si los males que les atañen a ustedes dos se unen a los que ya había. Edipo: ¡Que se vaya éste, aun cuando deba yo morir irremediablemente o ser expulsado por la fuerza, deshonrado, de esta tierra! Ante tus palabras dignas de lástima me apiado, que no ante las de éste. Él, en donde se encuentre, será objeto de mi aborrecimiento. Creonte: Es evidente que lleno de odio cedes, y estarás molesto cuando termines de estar airado. Las naturalezas como la tuya son, con motivo, las que más se duelen de soportarse a sí mismas. Edipo: ¿No me dejarás tranquilo y te irás fuera? Creonte: Me voy sin que me hayas entendido, pero para éstos soy el mismo. (Se aleja.) |
|