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| 4 de julio del 2004 |
Democracia y sociedad civil
Ariel Ruiz Mondragón
Desde los años ochenta el mundo vivió procesos de democratización que cambiaron el rostro político de regiones enteras. Las sustituciones de regímenes totalitarios, autoritarios y dictatoriales por otros de carácter democrático se multiplicaron, cada una con sus propias características. En Europa del Este, aunque no solamente allí, esas transiciones tuvieron como protagonista principal a la sociedad civil. En esas sociedades que vivieron bajo gobiernos que negaban y reprimían la pluralidad, las movilizaciones sociales lograron derribar los diques totalitarios que pretendían contener el torrente democrático.
La sociedad civil, cuya acción es tan necesaria para la democracia, también ha sido una coartada para quienes pretenden imponer nuevas formas autoritarias a su medida, y por ello pretenden hablar y actuar en su nombre. Es por ello que es necesario seguir la trayectoria del concepto y la realidad de la sociedad civil. Esa ardua tarea ha sido emprendida por el politólogo José Fernández Santillán en su más reciente libro, El despertar de la sociedad civil. Una perspectiva histórica (México, Océano, 2003), en el que nos presenta una formidable y vasta revisión de la historia de la categoría desde la antigüedad griega hasta la actualidad, y un repaso de su accionar en los países de Europa del Este.
En una charla tratamos varios temas tocados en el libro: la necesidad de historiar el concepto de sociedad civil, la influencia de ésta en las transiciones políticas de Europa del Este y América Latina, las formas de su participación en la democracia, la amenaza multiculturalista y su adopción por amplias franjas de la izquierda, los clásicos y las lecciones que nos siguen proporcionando, los líderes de la sociedad civil en el poder y el futuro de la acción de la sociedad civil.
El Dr. Fernández Santillán es profesor-investigador del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey Campus Ciudad de México. Autor de más de cinco libros, fue alumno de Norberto Bobbio, y es uno de los mayores conocedores de la obra del gran profesor turinés, varios de cuyos libros ha traducido al español. Ha ganado el Premio Nacional de Administración Pública del INAP y el Premio Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Ciencias Sociales.
AR: ¿Por qué escribir hoy un libro acerca de la sociedad civil? JF: El principal motivo, como usted lo puede apreciar en la lectura, es que me llamó mucho la atención el fenómeno registrado en los países de Europa del Este en 1989, y que trajo como consecuencia la caída del llamado socialismo real, simbólicamente ejemplificada en el derrumbe del Muro de Berlín el 9 de noviembre de ese año. Lo curioso de ese fenómeno es que el poderío soviético no se vino abajo por un conflicto con el bloque de países capitalistas, como había sido siempre el presagio durante la guerra fría, sino que se dio por una movilización pacífica de sus propias sociedades, cansadas de soportar el yugo autoritario. Eso me llevo a estudiar el concepto de sociedad civil. Ellos mismos aceptan que utilizaron civil society, porque era un concepto menos manipulado que el de democracia, sobre todo porque en esos países se habían manejado las democracias populares, que se decían superiores a las capitalistas. Entonces un término impoluto como era el de sociedad civil le convenía más para los fines que se habían propuesto. Lo que sucedió es que los líderes y los cuadros, incluso los grupos que llevaron a cabo las movilizaciones, explícitamente defendieron el reencauzamiento de sus sociedades hacia la democracia liberal. Entonces hoy el concepto de sociedad civil está vinculado a la defensa de la democracia liberal. Como Jürgen Habermas lo dijo, la revolución recuperante de los países del Este en 1989 y que culminó con el desmembramiento de la Unión Soviética en 1991, es la recuperación de los valores de la Ilustración. Uno de los símbolos plásticos de esa lucha fue una manta que se dejó ver en una de las últimas manifestaciones en Berlín, que no llevaba letras ni consignas, sino números: 1789-1989. Es decir, la revolución de terciopelo recupera los valores de la revolución francesa. Otra posibilidad de responder a su pregunta por qué se recuperó, por qué se puso de nuevo en el tapete de la discusión la sociedad civil, hoy. El 89, en cierto sentido, nos es lejano, ya que sucedió hace quince años, los que estamos conmemorando. Pero hay un acontecimiento más cercano y doloroso que fueron los bombazos terroristas en las estaciones ferroviarias de Madrid el 11 de marzo pasado. Para el 12 de marzo allí estaba la sociedad civil; es decir, once millones de personas en las calles, que habían rebasado al gobierno y a los partidos políticos, y que se ponían al mando de la protesta en contra de ese acto brutal y reprobable. Entonces allí está la sociedad civil, nada más que no se deja ver públicamente, pero trabaja cotidianamente, tratando de exigir al gobierno que haga lo que dice hacer, y poniéndole límites al mercado para que no caiga en la acumulación despiadada sin ninguna responsabilidad social. AR: Usted habla del despertar de la sociedad civil casi únicamente con referencia a los regímenes totalitarios comunistas. A grandes rasgos, ¿cómo se expresó la sociedad civil en otro tipo de regímenes no democráticos, autoritarios o dictatoriales, como fue el caso de América Latina o España? JF: A veces ha optado por la vía armada, sobre todo en el caso de América Latina. Recuerdo el caso de la revolución cubana, en el que la sociedad tomó las armas porque no había otra vía para derrocar a la dictadura; también está el Frente Sandinista de Liberación Nacional, que también fue una lucha popular, y no una lucha de un grupo guerrillero, sino que ese grupo dio la tonalidad de la vía por la cual debía optarse. El sandinismo alcanzó en poco tiempo una enorme aceptación y fue la sociedad misma la que lo respaldó, e incluso los rebasó en muchos casos. Recientemente vimos en Argentina las protestas contra la crisis política y la forma descarada en que el gobierno optó por bloquear los fondos bancarios. Se dio una protesta enormemente simbólica, y que nos enseñó que también en nuestros países -con sus propias especificidades- tenemos una sociedad civil que está avanzando. Mi idea fundamental es que hemos puesto demasiada atención en los periodos de transición, en lo que es la ingeniería constitucional y en los juegos y manejos de las clases políticas, sin ver ni enfocarnos hacia lo que es el motor del cambio político, que es la sociedad civil, que estoy identificando con estos casos en América Latina y en Europa del Este, pero hay muchos otros. Entonces este es el peligro en México: que estemos magnificando lo que está sucediendo en la clase política y no pongamos atención en esta sociedad que trabaja a diario en muy distintas actividades, como la filantropía, las organizaciones no gubernamentales, organizaciones no lucrativas, grupos ecologistas, grupos de defensa de los derechos humanos, en la lucha contra el SIDA o contra el cáncer, grupos culturales, deportivos, que son enormes. AR: El asociacionismo que planteaba Tocqueville. Este es un punto que me parece interesante: la relación de la sociedad civil con la democracia, que está muy ejemplificada con Tocqueville, aunque no es el único que la ha tratado. Usted dice que la sociedad civil debe vigilar y controlar al Estado, y participar de alguna forma en la toma de decisiones. JF: Lo que yo digo es que no deben mezclarse las esferas, o confundirse Estado y sociedad. Ésta tiene un campo, pero no debe tratar de invadir ni el campo del mercado ni el campo del Estado, porque entonces se vuelve un enredo y ya no hay posibilidades de un progreso por vía de lo que son los grandes parámetros de la modernidad. Así como tampoco la sociedad civil es favorable a una expansión de Estado sin freno, un Estado totalitario que la colonice -como dice Habermas- o que también colonice el mercado; o al revés, un mercado que trate de ponerle precio a lo que no lo tiene, como es la actividad social o como es el ejercicio del poder para el beneficio colectivo. AR: Como dice usted más adelante: que no se estatice ni se privatice la sociedad. Pero volviendo a lo que decía yo con anterioridad: ¿cómo podría participar la sociedad civil en el ámbito de la democracia moderna, que supone partidos, parlamentos, representación? JF: La sociedad civil tiene en ese sector una labor de vigilancia y de crítica a través de la opinión pública, que es la voz de la sociedad civil. En los espacios en los que se realiza esta actividad discursiva son los públicos, que deben irse ganando poco a poco. Ahora nosotros estamos perdiendo espacios públicos porque los está ganando la delincuencia, tales como jardines, foros, calles, etc., que son nuestros y que, sin embargo, tenemos miedo a recuperarlos. Nos están arrinconando hacia nuestros espacios más elementales, casi construidos como fortalezas. Eso es un mal signo de la democracia, porque ésta debe tener un piso básico de orden político y social, porque de lo contrario no avanza.
AR: En la actualidad, los "socialcivilistas" (por llamar de alguna manera a todos aquellos que hablan a nombre de la sociedad en su conjunto como si fueran sus representantes) hacen mucho énfasis en que la forma de participar en las decisiones de gobierno sería a través de mecanismos de democracia directa. Usted no está de acuerdo con ello. ¿Por qué? JF: Así es. Esas son opciones antidemocráticas, ya que la democracia plebiscitaria en realidad es una contradicción en los términos, porque una de las bases de la democracia es no decidir con base en emociones, sino en razones. Éstas son producto de las deliberaciones, y generalmente los plebiscitos, las iniciativas populares y los referéndum se basan en el "sí" o en el "no", es decir, en opciones excluyentes. Ese no es el papel de la democracia. AR: La primera parte es un fascinante viaje a través de la filosofía política para ubicar y revisar el concepto de sociedad civil. JF: Lo diseñe con base en el libro de Jostein Gaarder que se llama El mundo de Sofía, que no es una novela, pero que tiene esa misma secuencia, ahora tratada a través de un hilo conductor que es el concepto de sociedad civil y cómo ha ido progresando desde la época de los griegos hasta la actualidad. AR: Yo encontré en el libro temas poco tratados acerca de algunos clásicos. Por ejemplo, que Maquiavelo enunciara ya la concepción moderna de la sociedad civil. JF: El motor de la sociedad civil es el conflicto, pero es un conflicto regulado, no es el conflicto que quiere ponernos el CGH, los ejidatarios de San Salvador Atenco o el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. AR: El desarrollo del concepto es fascinante porque ha cambiado radicalmente. Primero hay una identificación entre la sociedad civil y la sociedad política; después, Hegel ya establece una distinción entre la sociedad civil y el Estado. En los últimos años, como usted señala, ahora algunos pretenden que la sociedad civil se oponga sistemáticamente al Estado. ¿Qué opina de esta última concepción? JF: Yo rechazo esa concepción, porque el Estado y la sociedad civil deben trabajar juntos. En periodos de transición como el que estamos experimentando deben encontrarse formas de mediación nuevas, no corporativas, sino plurales, democráticas, liberales. No concuerdo con aquellos que dicen que la sociedad civil por definición es enemiga del Estado. Eso no es cierto en la concepción de la democracia. Eso lo expresan bien dos autores que para mí fueron esenciales en la elaboración de este libro: Cohen y Arato. Ellos dicen: "Mentira que la sociedad civil pueda caminar sin mercado y sin Estado. La cuestión, más bien, es que la sociedad civil es la que puede hacernos salir de ese falso dilema entre estatismo y neoliberalismo porque es la vía hacia la democracia." AR: En los clásicos podemos encontrar claves para esos problemas. Por ejemplo, en el libro encuentro que Hegel anunció el Estado de bienestar, o que Louis Blanc planteó soluciones que evitaran los extremos tanto del socialismo como del liberalismo. JF: A final de cuentas en la propuesta que presento en este libro es la del socialismo liberal, que tiene el respaldo de los tres más importantes autores de la época moderna: John Rawls, Norberto Bobbio y Jürgen Habermas, a los que agregaría a otro hombre que va a dar mucho de qué hablar: Amartya Sen. Éste propone una combinación de la creatividad individual con la distribución equitativa de los frutos de la cooperación social. AR: También plantea otra idea a mi parecer muy valiosa: que el fruto del desarrollo debe ser la ampliación de las libertades. JF: Así es. La lucha contra la pobreza es una lucha a favor de las libertades, no en contra de ellas. Pero libertades entendidas como capacidades. AR: En los temas del libro puedo observar que la izquierda todavía carga lastres intelectuales dañinos. Por ejemplo, todavía sostener a rajatabla la oposición del marxismo al liberalismo, en una confrontación que no ha podido superar. En su opinión, ¿qué puede rescatar la izquierda del liberalismo? JF: Primero que nada debe empezarlo a conocer, porque en México la izquierda ha sido antiliberal, desgraciadamente. Hoy, de manera muy reduccionista, hace coincidir el liberalismo con el neoliberalismo, al estilo de los sectores más reaccionarios de la intelectualidad estadounidense, como un Robert Nozick y todos los mercateros. El liberalismo es mucho más amplio, porque hay un liberalismo político, jurídico, ético, y que tiene raíces profundas. Lo que quise descubrir y enseñarle a la izquierda que está aferrando mucho de su camino en virtud de que sigue siendo contestataria, conflictivista, que no encuentra una propia identidad después del derrocamiento del socialismo real. En este libro también señalo que la izquierda tomó un camino equivocado al identificarse con el multiculturalismo. Ese es el error en el que cayeron los zapatistas de Chiapas y los intelectuales que los han secundado. AR: Otro tema muy interesante. ¿Por qué la izquierda, hija de la modernidad, promotora de las ideas de la igualdad y el progreso, ha caído en el juego del comunitarismo, que finalmente es reaccionario? JF: Lo que pasa es que por una idea muy chata de los que es el antiliberalismo, ellos defienden cualquier sujeto colectivo. No pensaron que de golpe y porrazo pasaron de la defensa de un sujeto colectivo llamado proletariado a la de otro llamado grupos indígenas; a éstos se les debe defender, pero no con las banderas de la ultraderecha histórica occidental. Si usted ve el discurso de los zapatistas y el discurso de la ultraderecha europea, racista y diferenciadora, no igualadora, son exactamente lo mismo. Hasta párrafos completos plagiados. AR: De libro saco que el discurso multicultural de buena parte de la izquierda es, a mi parecer, una mezcolanza rara: allí está un poco de organicismo aristotélico -de por allí viene el comunitarismo-, algo de Rousseau con su concepción del buen salvaje y sus peticiones de democracia directa, recupera de Burke la defensa de la tradición, de Joseph de Maistre el subrayar las diferencias, etc. Cuando menos estos dos últimos son pensadores clásicos de la derecha. ¿Está usted de acuerdo? JF: Absolutamente. Es una transposición absoluta de la ideología de la derecha, ultraconservadora, de la ultraderecha antidemocrática. Los zapatistas se pusieron ese ropaje y creo que traicionaron la ideología con la que nacieron, que era la de la Convención de Aguascalientes, que es la opción democrática de la revolución mexicana de 1914. AR: Usted llega a decir, de plano, que el abandono del socialismo a favor de esta lucha por los derechos culturales y la autonomía ha sido en nombre del más puro oscurantismo. JF: Así es. Es el regreso del reino de las tinieblas. AR: ¿Por qué apareció este desafío tan franco a la modernidad que es el multiculturalismo?
JF: Lo que ocurre es que en el siglo XX la democracia tuvo dos grandes enemigos, a los cuales venció: uno fue el fascismo y el otro el socialismo real. Una vez que los derrotó, parecía que el campo se había abierto para un desarrollo y expansión de la democracia internacional. Pero un fenómeno inesperado fue este: el resurgimiento de las identidades tribales más primitivas. Este es el nuevo enemigo que ha encontrado la democracia en su camino, y que amenaza con distorsionarla. Los defensores de esas identidades también, como ocurría con la democracia soviética, se dicen verdaderos portadores de la democracia porque es una democracia directa. Pero la democracia moderna se basa en la defensa de los derechos individuales y en la defensa de los derechos sociales; en contrapartida esos grupos hacen una defensa de las identidades colectivas pero desde el organicismo para sacrificar los derechos a la igualdad y los derechos a la libertad. Se ha querido combinar lo incombinable: es decir, el derecho constitucional con los derechos comunitarios, y no es posible porque parten de dos embriones distintos: uno, el individualista, y el otro, colectivista. Los derechos colectivos son derechos premodernos. AR: Entonces no hay forma de conciliar ni política ni jurídicamente el derecho positivo y el derecho consuetudinario. JF: No. Sobre todo porque no se trata simplemente de una inclusión de la iniciativa comunitarista en el constitucionalismo, sino que se trata de una verdadera y propia alteración, porque la base es que ellos quieren una autonomía política que es insostenible en el marco de un Estado nacional de derecho. AR: ¿No es paradójico que una buena parte de la izquierda que sostiene el multiculturalismo se refugie bajo el membrete de sociedad civil, que finalmente es una posición liberal? JF: Es una coartada, es una salida fácil. Cuando la izquierda no entiende las cosas, entonces trata de imponer su voluntad de manera autoritaria. AR: Como decía, parte de lo anterior parece venir de Rousseau. ¿Qué puede utilizar la izquierda del ginebrino? JF: Sí. Rousseau parte del derecho individual, no es comunitarista como se le ha hecho aparecer. El ideal rousseauniano sigue allí; el problema es llevarlo a la práctica. Él mismo aceptó que debíamos echar mano de la representación política para después entrar en la voluntad general. En ese sentido es más actual que nunca, para romper el cuadro de las oligarquías que están dominando nuestras sociedades. AR: Usted ejemplifica grandes movimientos de la sociedad civil con los casos de Polonia y Checoslovaquia. ¿Qué ha ocurrido cuando los líderes importantes de la sociedad civil acceden al poder, como ha ocurrido en esos dos casos con Walesa y Havel? ¿Qué cambios instrumentaron en la relación Estado-sociedad? JF: Entre uno y otro el que salió mejor librado fue Vaclav Havel, porque reconoció que había encontrado problemas inesperados en el poder. Pero lo que siempre hizo fue tratarlo de cara y sin tapujos, ante la sociedad, para ver cómo se podían enfrentar conjuntamente entre el gobierno y los gobernados. Otro fue el destino de Lech Walesa, que tuvo una influencia mucho más acentuada de la iglesia católica. AR: Una anotación muy importante es la de que la sociedad civil es plural. Eso, porque se nos quiere presentar como una agrupación homogénea, casi monolítica, y por ello se afirma muchas veces sin bases: la sociedad civil quiere esto, o exige aquello. Pero ella también alberga diferencias. JF: Sí, se habla en bloque, pero en realidad es la parte plural de un país, que encuentra su solución en la unidad del Estado. El problema es en cuando el Estado está fragmentado -como en nuestro caso en estos días-, y los partidos no logran conjuntarse ni entenderse; entonces la sociedad civil debe presionar para que el Estado cumpla la función unitaria para el que fue construido. AR: Finalmente, en este marco actual de desprestigio de los políticos, de los representantes populares, de los partidos, del desgaste de la propia democracia, ¿cuál es el futuro de la sociedad civil? ¿Cuál es su papel? JF: Frente al desgaste de las otras esferas, el papel de la sociedad civil es de echarse al lomo la transición, y que los nuevos liderazgos salgan de la sociedad civil, como fue el caso en Europa del Este. Y barrer, o por lo menos darle la buena lección a nuestra clase política de que no es la dueña del poder. |
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