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| 24 de febrero del 2004 |
Ricardo III
William Shakespeare
Acto cuarto
Escena III (El Palacio) Entra Tyrrel.
Tyrrel: La acción tiránica y sangrienta está realizada; el más malvado acto de horrible matanza de que jamás se hizo culpable esta tierra. Dighton y Forrest, a quienes soborné para que hicieran esta inexorable carnicería, aunque eran rufianes crueles, perros sanguinarios, se derretían de ternura y benigna compasión, llorando como dos niños al contar la triste historia de muerte. "Ah, así -decía Dighton-, estaban durmiendo los lindos niños"; así, así -decía Forrest-, ciñiéndose con sus inocentes brazos de alabastro: sus labios eran cuatro rosas en un tallo, que se besaban en su belleza estival. En su almohada había libro de oraciones que casi cambió mi intención; pero ¡ah, el diablo!"... ahí se detuvo el rufián, y Dighton continuó así: "Ahogamos la más enjundiosa obra que jamás formó la Naturaleza desde la primera creación". Los dos se han ido de aquí con remordimientos de conciencia a llevar esas noticias al sanguinario Rey que aquí viene. Ricardo: Bondadoso Tyrrel, ¿soy feliz con tus noticias? Tyrrel: Si el haber hecho lo que encargasteis produce vuestra felicidad, sed feliz entonces: pues está hecho. Ricardo: Pero ¿les viste muertos? Tyrrel: Les vi, señor. Ricardo: ¿Y enterrados, amable Tyrrel? Tyrrel: El capellán de la Torre les enterró, pero, para decir verdad, no sé dónde. Ricardo: Ven a verme, Tyrrel, poco después de cenar, y me contarás cómo fue su muerte. Mientras tanto, piensa sólo cómo puedo hacerte bien y sé heredero de tu deseo. Hasta entonces, adiós. Tyrrel: Me despido humildemente. (Se va) Ricardo: Al hijo de Clarence le he encerrado en secreto; a su hija la he casado en bajo matrimonio; los hijos de Eduardo duermen en el seno de Abraham, u Ana, mi mujer, ha dado las buenas noches al mundo. Ahora sé que el bretón de Richmond apunta a la joven Isabel, hija de mi hermano, y, con ese enlace, mira orgullosamente hacia la corona. Iré por ella, alegre y próspero cortejador. (Entra Catesby) Catesby: ¡Señor! Ricardo: ¿Noticias buenas o malas, que entras tan bruscamente? Catesby: Malas noticias, señor; Ely ha huido junto a Richmond; y Buckingham, respaldado por los fuertes galeses, está en campaña, aumentando sus fuerzas. Ricardo: Ely, con Richmond, me molesta más de cerca que Buckingham con sus fuerzas reclutadas a toda prisa. Vamos, he aprendido que el temeroso comentar es plomizo acompañante de la lenta tardanza; la tardanza trae consigo la miseria impotente, de paso de caracol: entonces, ¡que la fogosa rapidez sea mi ala, Mercurio de Júpiter y heraldo de un rey! ¡Ve a reunir hombres! Mi decisión es mi escudo: hemos de ser rápidos cuando hay traidores en campaña. (Se van) |
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