| Mapa del sitio | Portada | Redacción | Colabora | Enlaces | Buscador | Correo |
|
|
|
| 17 de febrero del 2004 |
Ricardo III
William Shakespeare
Acto cuarto
Escena II (Londres. El Palacio) Marcha solemne. Entran Ricardo, coronado, Buckingham, Catesby, un Paje y otros. Ricardo (hasta aquí llamado Gloucester): Apartaos todos. Primo Bukingham. Buckingham: ¿Mi augusto soberano? Ricardo: Dame la mano. (Sube al trono. Tocan las trompetas). En esta altura, tu consejo y ayuda, se sienta el rey Ricardo: pero ¿llevaremos estos esplendores durante un día? ¿O durarán y disfrutaremos con ellos? Buckingham: ¡Sigan viviendo, y duren eternamente! Ricardo: Ah, Buckingham, ahora haré de piedra de toque para probar si de veras eres oro de ley. El pequeño Eduardo vive: piensa ahora lo que querría decir. Buckingham: Sigue hablando, mi amado señor. Ricardo: Pues digo, Buckingham, que querría ser Rey. Buckingham: Bien, ya lo sois, mi soberano tres veces famoso. Ricardo: ¡Ah! ¿Soy Rey? Así es; pero Eduardo vive. Buckingham: Es verdad, ilustre soberano. Ricardo: ¡Ah, amarga continuación, que Eduardo haya de seguir viviendo! "Es verdad, ilustre soberano". Primo, tú no solías ser tan tonto: ¿debo hablarte con franqueza? Deseo que mueran esos bastardos; y querría que se hiciera enseguida. ¿Qué dices ahora? Habla pronto. Sé breve. Buckingham: Vuestra Majestad puede hacer lo que le plazca. Ricardo: ¡Bah, bah! Eres todo de hielo, tu amabilidad hiela, di, ¿tengo tu consentimiento para que mueran? Buckingham: Dejadme un poco de respiro, una pequeña pausa, señor, antes de que hable sobre eso de modo decidido; inmediatamente responderé a Vuestra Majestad. (Se va) Catesby: (aparte, a otro) El Rey está furioso: mira cómo se muerde el labio. Ricardo: Quiero tratar con tontos de cabeza de hierro y con muchachos sin juicio: para mí no está bien nadie que me mire con ojos de consideración; el ambicioso Buckingham se vuelve circunspecto. ¡Mozo! Paje: ¿Señor? Ricardo: ¿Conoces a alguien a quien el oro corruptor tentara a una secreta obra de muerte? Paje: Conozco a un caballero descontento cuyos humildes medios no están a la altura de su elevado ánimo: el oro sería tan bueno como veinte oradores, y, sin duda, le tentará a cualquier cosa. Ricardo: ¿Cómo se llama? Paje: Tyrrel es su nombre, señor.
Ricardo: Conozco un poco a ese hombre: ve a llamarle. (Se va el Paje) Stanley: Sabed, amado señor, que el marqués de Dorset, según he oído decir, ha huido junto a Richmond, donde vive éste.
Ricardo: ¡Ven acá, Catesby! Difunde por ahí el rumor de que Ana, mi esposa, está gravemente enferma; daré órdenes para que se quede encerrada. Búscame algún caballero pobre y humilde a quien casar enseguida con la hija de Clarence: el muchacho es tonto, y no le temo. ¡Eh! ¿Estás soñando? Te digo otra vez que rumorees que la Reina Ana está enferma, y a punto de morir: ¡a ello!, porque me importa mucho atajar todas las esperanzas cuyo crecimiento pudiera hacerme daño. (Se va Catesby) Debo casarme con la hija de mi hermano, o si no, mi reinado está sobre vidrio frágil. ¡Incierta manera de ganar! Pero ya estoy tan metido en sangre, que un pecado saca otro pecado: la compasión lacrimosa no reside en mis ojos. Tyrrel: Soy James Tyrrel, vuestro más obediente súbdito. Ricardo: ¿Lo eres de veras? Tyrrel: Ponedme a prueba, mi augusto soberano. Ricardo: ¿Te atreverías a matar a un amigo mío? Tyrrel: Con vuestra venia, preferiría matar dos enemigos. Ricardo: Bien, entonces sea como quieres: dos graves enemigos, adversarios de mi descanso y conturbadores de mi dulce sueño, son los que querría que te ocuparas de ellos; Tyrrel, me refiero a esos bastardos que están en la Torre. Tyrrel: Si tengo medios fáciles de llegar hasta ellos, pronto os libraré de su temor. Ricardo: Me cantas dulce música. Escucha, ven acá, Tyrrel, ve con esta contraseña: levántate y préstame oídos. (Susurra) No hay más sino eso: di que está hecho, y te querré, y te preferiré por ello. Tyrrel: Lo despacharé enseguida. (Se va. Vuelve a entrar Buckingham) Buckingham: Señor, he considerado en mi ánimo la reciente demanda sobre la que me sondeasteis. Ricardo: Bueno, déjalo en paz. Dorset ha huido junto a Richmond. Buckingham: He oído la noticia, señor. Ricardo: Stanley es hijo de tu mujer: bueno, anda con cuidado. Buckingham: Señor, reclamo el don, deuda por promesa, en que se empeñó vuestro honor y vuestra fe: el condado de Hereford, y los bienes muebles, todo lo cual me prometisteis que poseería yo. Ricardo: ¡Stanley, mira a tu mujer! Si envía cartas a Richmond, tú responderás de ello. Buckingham: ¿Qué dice Vuestra Majestad a mi justa petición? Ricardo: Recuerdo que Enrique VI profetizó que Richmond sería rey, cuando Richmond era un muchachito displicente. ¡Rey!..., quizá... Buckingham: Señor... Ricardo: ¿Cómo ocurrió que el profeta no me dijera entonces, si estaba yo a su lado, que le había de matar? Buckingham: Señor, vuestra promesa del condado... Ricardo: ¡Richmond! Hace poco, cuando estuve en Exeter, el Alcalde, por cortesía, me mostró el castillo y lo llamó Rougemont, ante cuyo nombre me estremecí porque un bardo de Irlanda me dijo una vez que no viviría mucho después de ver a Richmond. Buckingham: Señor... Ricardo: Sí, ¿qué hora es? Buckingham: Me atrevo a recordar a Vuestra Majestad lo que me prometió. Ricardo: Bueno, pero ¿qué hora es? Buckingham: Van a dar las diez. Ricardo: Bueno, pues deja que den. Buckingham: ¿Por qué tengo que dejar que den? Ricardo: Porque, como el autómata del reloj, levantas el martillo entre tu petición y mi meditación. Hoy no estoy de humor de dar. Buckingham: Bueno, entonces aclaradme si querréis o no. Ricardo: Me molesta: no estoy de humor. (Se van todos, menos Buckingham) Buckingham: ¿Conque sí? ¿Con tal desprecio paga mis grandes servicios? ¿Le he hecho Rey para esto? ¡Ah, me acordaré de Hastings, y me iré a Brecknock, mientras que tengo encima mi miedosa cabeza. (Se va) |
|