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La insignia
15 de enero del 2004


El futuro de la izquierda


Marcelo Colussi
La Insignia. Guatemala, enero del 2004.


Hoy en día, las izquierdas políticas están sin rumbo. Tras la caída de la primera experiencia socialista del mundo, los paradigmas que alentaron las luchas populares por un mundo mejor en el s. XX han entrado en crisis. Esto no significa que el actual triunfo de la empresa privada, del imperialismo estadounidense en su fase de control global, del retroceso en las conquistas sociales para las grandes mayorías de la humanidad, sean de eternos. La lucha sigue. Las injusticias continúan, y mientras sea así, no faltará quien levante una voz de protesta.

De todos modos, la cuestión que se plantea es ver por qué fracasó esa primera experiencia de construcción de un mundo igualitario. Las izquierdas de todo el mundo, aquellos que seguimos teniendo esperanza en un mundo más justo, debemos revisar críticamente nuestro pasado reciente, tanto en los errores políticos como -creo que esto es decisivo- en los supuestos teóricos básicos con los que se ha estado llevando a cabo la lucha. Hay, por tanto, dos niveles de autocrítica: político y conceptual, lo que podríamos formular en otros términos como una necesaria, sana y honesta "relectura del marxismo".

Algo pasó en la construcción de socialismo, que no funcionó como se preveía. ¿Por qué? ¿En qué medida es posible establecer un mundo nuevo sin repetir las estructuras de poder de siempre? ¿Es posible horizontalizar los poderes? ¿Por qué las experiencias socialistas han dado siempre como resultado camarillas gobernantes y líderes augustos? ¿Qué hay con el "hombre nuevo"? ¿Es la izquierda consciente de la necesidad de ahorrarse líderes sempiternos que se creen salvadores imprescindibles y que se pegan a los cargos con la más que dudosa excusa de que son referentes y personas conocidas por las masas? ¿Se puede tener credibilidad al defender una sociedad mejor cuando para ganar congresos y asambleas es necesario amenazar y descalificar, trucar censos, falsificar firmas, ofrecer cargos remunerados, recurrir a asalariados de la organización, o a gente muy mayor cargada de símbolos y que votan al líder sin preguntar más?

Luego de la caída del muro de Berlín y del triunfo -hoy por hoy omnímodo- del neoliberalismo, los caminos a la izquierda se le presentan muy complicados. Ante el monumental poder planetario del gran capital y de su inmenso aparato militar, las fuerzas progresistas, las tendencias políticas que siguen luchando por un mundo más justo, no encuentran fórmulas convincentes. ¿Qué le queda al discurso contestatario que aún no ha perdido las esperanzas y busca una sociedad menos troglodita?: ¿administrar el capitalismo con buenas maneras? ¿Por qué siempre renovarse y modernizarse son sinónimos de derechizarse, de buscar electorado en sectores sociales que no quieren cambios profundos y olvidar así a los sectores más combativos de la sociedad, única vía para una verdadera transformación? ¿Por qué hay que limitar la acción política a la búsqueda desesperada de votos? ¿Seguiremos enfermos de institucionalismo parlamentario hasta el final de nuestros días? ¿Cómo contrarrestar el poder hegemónico de los medios de comunicación del sistema? ¿Cómo va a organizar la izquierda la resistencia contra la maquinaria más poderosa de aniquilar que son los Estados Unidos de América? En definitiva: ¿qué responsabilidad tenemos en la izquierda por haber construido una sociedad tan derechista?

Estas preguntas tienen que ser el abc mínimo con que comenzar la autocrítica. Es obvio que en la revisión del socialismo propuesta deben enfocarse los dos niveles apuntados más arriba: lo ideológico de base y las estrategias políticas.

Para tratar de decirlo de forma resumida: en cuanto a la revisión de los fundamentos deben releerse los instrumentos teóricos con la idea (nueva en los tiempos de Marx) de hasta dónde es posible cambiar la condición humana, y centrar la cuestión de las transformaciones sociales en torno a la discusión sobre el poder, única manera de no repetir "ingenuidades" (todos somos iguales, pero siempre hay algunos más iguales que otros).

En cuanto a las cuestiones más coyunturales, o si se quiere: más pragmáticas (¿qué hacer para producir los cambios sociales tras las derrotas sufridas?), se debe intentar contestar cada una de las preguntas puntuales arriba señaladas, pero siempre en la lógica de la revisión primera: ¿qué y cómo es posible cambiar en la condición humana? ¿Es posible el "hombre nuevo" altruista y solidario, o debemos aspirar a mejores mecanismos de auditoría social, de control de la transparencia?

Preguntábamos si, luego del derrumbamiento del modelo socialista, a la izquierda no le queda otra alternativa que presentarse con "buen aspecto", siendo su máxima aspiración administrar el capitalismo de modo decente (digamos: socialdemocracia a la europea). Esto se articula con una cuestión tan espinosa como la forma de gobierno democrático-parlamentaria y la posibilidad de construir una sociedad justa desde ese modelo. Hasta hace algunas décadas atrás, antes de la caída del socialismo real en buena parte de naciones, esa estructura del poder basada en el juego de partidos políticos y división entre ejecutivo y legislativo era vista como la encarnación del estado burgués, y de lo que se trataba era de destruirla para dar lugar a otra cosa. Hoy, movimientos guerrilleros desmovilizados e izquierda en su conjunto ven en el trabajo político dentro de esos cánones el gran desafío. Ante lo que surge de inmediato la pregunta: ¿es posible transformar realmente relaciones de poder en los marcos de la democracia representativa?

Cada vez que se intentó tocar seriamente la estructura del poder económico y político en el marco de un gobierno democrático burgués (pensemos en el Chile de Salvador Allende) la reacción por parte de los amenazados no se hizo esperar, y las aventuras reformadoras fueron brutalmente abortadas. Estas democracias parlamentarias, surgidas a partir del triunfo del capitalismo dieciochesco, están hechas a la medida de la clase que detenta el poder desde la caída de las monarquías, es decir: las burguesías modernas. Hoy, con un mundo globalizado que se rige absolutamente por las reglas del mercado capitalista, la expresión política por antonomasia -la "correcta", "la que debe ser" según la lógica dominante- es la democracia parlamentaria, basada en el juego de los partidos. Hasta en las más remotas latitudes, en culturas cuya evolución propia les llevó a formas muy particulares de expresión política totalmente distintas de la democracia representativa, la dinámica de los partidos políticos ha terminado imponiéndose.

El socialismo político a la europea (¿se le puede llamar socialismo?) es posible porque hay tras esa formación política una robusta economía (en buena medida apoyada también en la explotación de las ex colonias, hoy países del llamado Tercer Mundo) que permite un estado de bienestar aceptablemente repartido entre todos sus habitantes. Cuando el modelo socialdemócrata (parlamentario, con juego de partidos políticos y cuotas de justicia social) trata de implementarse en el sur por supuesto no funciona (pensemos en Nicaragua de la última era del sandinismo, por ejemplo).

Es evidente, entonces, que este tipo de organización del estado, en tanto está concebido como mecanismo funcional de los grandes propietarios, no permite una distribución equitativa del producto social. Es, sin duda, un avance en relación con el absolutismo monárquico, o preferible a las fascitoides dictaduras unipersonales que nos dejó el pasado siglo; pero lejos está de ser un camino de transformación real. Por tanto, ¿hasta dónde la izquierda puede encontrar ahí una vía de trabajo político de genuino impacto?

En esto hay un reto abierto. La destrucción de la democracia burguesa que se reclamaba a partir del Manifiesto de 1848 como condición para la construcción de una nueva sociedad -sabiendo que, cuando comenzó a suceder, dio como resultado cuestionable la entronización de un partido único con características verticales, dictatoriales incluso- hoy día ha salido de la agenda política de las izquierdas. La situación de retroceso en el campo popular fue tan grande a partir de la caída soviética en los años 90 que ya no se ha vuelto a hablar de "toma del poder" por parte de los oprimidos. El golpe sufrido por la izquierda ha sido muy fuerte, a punto que se reconsidera la democracia formal como un campo importante de trabajar. Nadie habla hoy - sería una locura por cierto - de movimientos armados como vanguardias de los procesos de transformación social. Pero más allá del terreno perdido que lleva a replantear estrategias, es claro que desde dentro del estado capitalista, así se tuviera mucho poder político, no se pueden operativizar los cambios que una revolución ha menester. ¿Es improcedente trabajar en ese ámbito entonces? Quizá no; pero debe quedar claro que eso no constituye un verdadero proyecto revolucionario. ¿Por qué esa insistencia machacona, entonces, en el trabajo dentro de los límites de la democracia formal que hace la izquierda en esta última década?

A partir de las derrotas sufridas no hay mucho espacio para plantearse lo mismo de tres décadas atrás (sería, en todo caso, una reiteración enfermiza). El desarrollo militar de las potencias capitalistas, con Estados Unidos al frente, anula - al menos de momento - la posibilidad de impulsar estrategias de toma del poder por vía militar. El asalto al Palacio de Invierno por los bolcheviques, o la derrota de ejércitos de ocupación interna como los de Batista en Cuba o Somoza en Nicaragua, o incluso la Larga Marcha de Mao, son hoy piezas del museo de la historia. El grado de control militar alcanzado por la maquinaria militar del capitalismo avanzado torna imposible alternativas de ese corte, por lo que el trabajo político-partidario, el ámbito parlamentario, el aporte desde dentro mismo del estado burgués por medio de algunos resortes (alcaldías, poderes locales, trabajo en los sistemas de justicia) no deja de ser un camino interesante de explorar. La resistencia armada de los pueblos oprimidos (cualquiera que busquemos, alguna del escenario árabe por ejemplo) es eso: resistencia, pero no alcanza para erigirse en modelo social superador.

La cuestión es no perder el norte: la democracia representativa que hoy se impone como el punto máximo de perfectibilidad en la organización política puede permitir mantener un perfil de lucha por una mayor justicia, pero no es el objetivo en sí mismo. Confundirlo es condenarse a ser una izquierda "amansada", más preocupada por salir en la televisión que en una transformación social genuina. Y la resistencia antiimperialista (la iraquí, por ejemplo) no es un proyecto de transformación de las estructuras, más allá de lo loable como reacción popular.

¿Qué hacer entonces? ¿Dónde incidir? ¿Cómo y de qué manera? Definitivamente el presente escrito es una invitación a sumar voces a este debate, pero no un manual, mucho menos una guía de acción con carácter profético. La experiencia enseña que cada pequeño espacio donde se puede aportar algo por un mejoramiento de las condiciones de vida puede ser útil. Y para ello no sólo son pertinentes los partidos políticos; existe también el amplísimo arco de la sociedad civil, en el que numerosas instancias no partidarias pueden servir como plataforma para vehiculizar esos aportes. Tal vez desde un cerrado partidismo centralista, en años anteriores la izquierda menospreció la importancia de organizaciones de base que son, a no dudarlo, un importantísimo fermento de cambio: movimientos locales, de reivindicación étnica, grupos de mujeres, de jóvenes, instancias de defensa de intereses puntuales como consumidores, vecinos organizados, o los reclamos por un mundo ecológicamente sano. Ahí, probablemente, puede haber más "vena revolucionaria" que en un partido comunista.

De momento quedó atrás - a partir de las experiencias vividas - la idea de un asalto al poder rompiendo el orden constitucional capitalista para comenzar a construir el mundo nuevo. Quizá ese cambio no sea posible de una vez tal como van las cosas y haya que ir sumando pequeños pasos de hormiga que, a la larga, provoquen una transformación sustantiva. En esa lógica puede inscribirse el trabajo parlamentario o en cualquier estructura del estado burgués, tanto como la organización de base, los pequeños grupos contestatarios o las reivindicaciones sectoriales específicas.

Quizá una acción muy importante en esta línea la constituya también el tratar de incidir en los medios de comunicación. Sabiendo que, cada vez con mayor intensidad, la ideología se transmite en forma contundente y sin dejar casi espacio al disenso a través de los medios masivos, una opción es - homologando en cierta forma lo que se puede hacer con el estado capitalista - buscar los espacios que permitan llevar un discurso alternativo. Sabemos, sin embargo, que el peso de la ideología dominante es tan enorme que se torna un desafío más que monumental enfrentarse a ese dispositivo. De todos modos -fieles al principio aquel que pregona "no hay peor lucha que la que no se hace" - es un espacio muy importante que la izquierda, en la medida de sus posibilidades, no debe abandonar. Los medios alternativos de comunicación, en el gran espectro que presentan, son un campo propicio para llevar un contramensaje.

Desde luego que ningunas de estas acciones (buscar los intersticios en el estado, en los medios de comunicación) garantiza por sí misma el crecimiento de la causa popular y su triunfo; son caminos, instancias que no es malo recorrer, siempre con la idea que no son un fin en sí mismo.

Algo que se ve como especialmente problemático es el desarrollo monstruoso que ha tenido -y sigue teniendo- el campo militar, habiendo hecho de la principal potencia hegemónica (los Estados Unidos) un rival casi imposible de vencer en ese ámbito. Ante ello, sabiendo de la derrota estratégica que se infringió a los movimientos populares en las últimas décadas, puede quedar el sabor amargo de no saber qué hacer. ¿Cómo enfrentarse a ese poderío tan enorme? Creo que, en lo inmediato, no pueden buscarse alternativas por ese lado. Seguramente habrá que repensar la revolución desde posiciones no militares; o incluso, habrá que repensar el sentido mismo de la revolución. Quizá ese gran día en el que los oprimidos toman el poder con las armas en la mano -a estar con las experiencias conocidas- ya no puede esperarse en esos términos. Los cambios sociales, absolutamente imprescindibles -la humanidad no puede seguir más así, se va a autodestruir - habrá que entenderlos, y buscarlos, de otra manera.

¿Pero qué debe hacer la izquierda entonces? Insisto con la idea básica de este escrito: replantearse su papel. Tratar de definir, al menos, lo que no debe hacer. Y entre esas cosas tenemos claramente: no conformarse con ser la versión "buena" del capitalismo, el ser un partido único detentador de la verdad revelada, el menospreciar expresiones progresistas que no comparten su mismo lenguaje cenacular, el no plantearse con profundidad un espíritu autocrítico. Hoy por hoy representan un discurso contestatario, más que los partidos comunistas, el movimiento antiglobalización liberal (espectro amplio de diversas formas de combate al capitalismo desbocado de los últimos años). Creo, básicamente, que debemos reconsiderar -no para desecharla sino para ir más allá todavía- la idea misma de revolución, de cambio, de transformación.

Porque la izquierda no está condenada a ser el "rostro humano" del capitalismo "salvaje"; porque la izquierda no debe repetir el error de un partido omnipotente que establece la felicidad y la solidaridad por decreto; porque la izquierda debe ser estímulo de la espontaneidad creativa y sanamente irreverente (¡la imaginación al poder!) y no su muerte; por todo eso, porque seguimos creyendo en que nuestra especie se merece algo mejor al mundo en que vivimos, es que formulo estas preguntas, no porque tenga las respuestas, sino para invitar a profundizar su debate.



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