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La insignia
26 de diciembre del 2004


Migraciones y crisis del desarrollo (III)


Jaime Atienza Azcona (*)
La Insignia. España, diciembre del 2004.


La crisis del desarrollo desde la década de 1980 hasta hoy

Desde un punto de vista principalmente económico, en el pasado ya vivimos una primera etapa globalizante, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial. Una etapa en la que el aumento del comercio y de la financiación fue superior en términos porcentuales al de la renta. En la que disminuyeron las barreras a los intercambios comerciales y aumentó el flujo de crédito internacional, y se produjeron movimientos migratorios significativos, en particular hacia tierras poco pobladas como Australia o los EEUU. En particular, fue una etapa de una fuerte emigración española, italiana e irlandesa hacia América, llegando a ese continente varios millones de personas (se calcula que en torno a dos millones y medio de emigrantes españoles llegaron a América Latina en el período). Coincidió esa etapa económica globalizante con la expansión de las migraciones a la búsqueda de nuevas oportunidades; en un flujo principalmente desde países europeos hacia otros menos poblados o industrializados.

En el período que va desde el final de la Primera Guerra Mundial a los años setenta, prosiguen las migraciones, que se producen principalmente por la demanda de mano de obra en los países más industrializados -en la que se enmarca la emigración española al centro de Europa que se inicia en los años 50, y en la que el diferencial de renta y salarios tiene una importancia obvia- y por los procesos de descolonización, dominantemente en África -en esa categoría queda la fuerte emigración argelina a Francia-.

Al inicio de la década de los setenta, comienza una fase de crisis en la que es la segunda etapa globalizante -que comienza tras la Segunda Guerra Mundial y llega hasta la actualidad- marcada por dos factores determinantes: la ruptura de la hegemonía monetaria estadounidense (la paridad dólar-oro) y la crisis del petróleo, que se desencadenó por motivos tanto políticos como económicos (con un primer shock en 1973, cuando su precio se multiplicó por cuatro en el espacio de pocos meses y un segundo shock en 1979 cuando se consolidó una subida acumulada en la década de veinte veces el precio anterior a la crisis) y que supuso una sacudida para la economía internacional. En este tiempo de crisis las IFI nacidas en Bretton Woods perdieron su poder de influencia, y el peso de los EEUU en el sistema global se vio postergado por la llegada masiva de petrodólares a los mercados de crédito.

Esos petrodólares viajaron a las economías en desarrollo en forma de crédito como nunca antes había sucedido, permitiéndoles este hecho sostener sus procesos de crecimiento mientras en los setenta los países ricos vivían un tiempo de crisis y reconversión industrial. Algo que ocurrió con particular incidencia en América Latina, que vio multiplicarse por diez sus ingresos en forma de crédito externo entre 1972 y 1981. La reconversión industrial del mundo rico en los años setenta fue consolidando un cambio ideológico conducido por el conservadurismo político, de Thatcher, primero, y Reagan después. Se entra en ese tiempo en la transición hacia un modelo que se ha dado en llamar neoliberal (más correcto sería decir ultraliberal), un proceso en el que la crisis de la deuda externa tiene una influencia indudable.


La revolución silenciosa o la década perdida del desarrollo

Con la entrada en crisis financiera del mundo en desarrollo, que estalla en México en 1982, se entra en una fase en que las Instituciones Financieras Internacionales (IFI) se convierten en un actor decisivo en el diseño de las políticas económicas del mundo en desarrollo. En ese momento, en plena renegociación inicial, los países acreedores reclaman un papel dominante del FMI, que los países deudores aceptan sin grandes condiciones. Se entra en la que se llamó en América Latina la década perdida del desarrollo o, según la versión del propio FMI, en la década de la revolución silenciosa hacia la estabilidad monetaria y la liberalización y apertura del mundo en desarrollo. En los ochenta y noventa cerca de 100 países del mundo en desarrollo pasaron a tener políticas económicas guiadas y/o supervisadas por el FMI.

Este profundo cambio en el diseño de las políticas públicas del mundo en desarrollo supuso un giro hacia la privatización -muchas veces acelerada e indiscriminada- como forma de obtener recursos rápidos y afrontar el pago de la deuda, y por otra parte para obtener el aplauso de la comunidad internacional de inversores y donantes, que ya habrían consagrado como modelo único el desarrollo a través de la apertura y la liberalización sin matices. En ese tiempo, se cortaron también las importaciones, de nuevo para ahorrar recursos y poder pagar la deuda, haciendo más difícil la diversificación productiva. Se impulsaron políticas de aumento de la producción para la exportación para aumentar los ingresos y pagar la deuda... pero se entró en una fase de sobreexplotación de la tierra y los recursos naturales, y los precios de las materias primas cayeron.

Numerosos países llenaron el mercado mundial de productos primarios produciéndose un efecto inverso al promovido. Y en el ámbito interno, los recortes de los gastos recayeron sobre los sectores sociales, de inversiones en infraestructuras, y sobre los aparatos administrativos. Ello ha tenido como consecuencia un considerable deterioro en los niveles de legitimidad, respaldo y credibilidad de los aparatos públicos y de la propia democracia en el mundo en desarrollo -con diferencias en función de la realidad de países y regiones diversas; mientras en América Latina se vivió un grave deterioro, en África se hizo imposible la construcción de estados en la práctica, una realidad a la que se ha venido a denominar "los estados fallidos".

En el tiempo más reciente, desde la década de los noventa, un elemento ha tenido un peso extraordinario en el avance económico y en la sucesión de crisis con graves efectos sociales: el desarrollo acelerado de los mercados financieros. Aprovechando un contexto de amplia apertura y falta de control, y las facilidades de la técnica que a continuación mencionaremos, los mercados financieros se han convertido en la auténtica vanguardia como mercado libre y sin controles a escala global. Mientras pocos mercados son realmente libres como se predica, los mercados financieros sí que cumplen en buena medida esa condición. Y ello lo ha convertido en abundante fuente de recursos para el mundo en desarrollo -aunque también cada vez más selectiva en cuanto al destino nacional de los recursos- y también en un espacio con gran facilidad para generar crisis financieras.

Ejemplos fueron las crisis que afectaron en los noventa y el comienzo del siglo XXI a México, el sudeste asiático, Brasil, Argentina, Turquía, Ecuador, etc. En definitiva, los mercados financieros produjeron en los 90 el espejismo de ser el nuevo canal de llegada de recursos externos decisivos para el desarrollo, pero su casi total libertad de movimientos -promovida y defendida desde el FMI- y su alta volatilidad quedó probada muy pronto, dejando a diferentes regiones -en especial América Latina- sumidas en crisis financieras, por extensión sociales, y desde luego de deuda externa al comienzo del siglo XXI de mayor gravedad que la iniciada en 1982.


La década de 1990 y el final del espejismo del desarrollo por el capital externo

Tras la década perdida del desarrollo, los dos primeros tercios de la década de los noventa se convierten en un período de relativa bonanza económica, con la recuperación de la confianza en el mundo en desarrollo del sector financiero. Tras década y media de ajustes sin fruto, el mundo en desarrollo percibe con esperanza la posibilidad de la recuperación en los noventa. Así que cuando esa esperanza se trunca y se entra en un nuevo tiempo de crisis -con las excepciones de los gigantes asiáticos- a partir de 1998, puede decirse que se pierde la fe en el futuro. Y la migración pasa a ser una opción más generalizada, pese al aumento de las políticas y medidas represivas, que no consiguen frenar o desincentivar esa migración, que en América Latina se convierte en masiva en el inicio del siglo XXI -hacia los EEUU y hacia Europa- y en África pasa a incorporarse al deseo y al imaginario colectivo de sus pueblos: emigrar para sobrevivir.

La realidad económica y política se ve en esta ocasión acompañada de los avances técnicos en los sectores de las comunicaciones y el transporte, y en los que ahora nos detendremos un poco más. La evolución de ambos sectores interactúa con esas opciones económicas, políticas y sociales que se han mencionado previamente para generar un panorama nuevo para los procesos migratorios; permiten que la migración y las crisis de desarrollo se comporten como vasos comunicantes cada vez más directos, pese al creciente recurso a las políticas represivas y de control de los principales países de destino de los migrantes del mundo empobrecido.

Veamos el campo del transporte: en las dos últimas décadas se han abaratado los costes relativos, han aumentado a una alta velocidad los puntos interconectados al interior de los países y en el planeta en su conjunto. Es decir, hay más canales para desplazarse entre más lugares y a un coste sustancialmente menor. Esto es un elemento del contexto fruto del avance de la técnica y de la competencia existente en los sectores nacionales e internacionales del transporte, aunque resulta llamativo que mientras las conexiones aéreas han aumentado, aquellas que requieren grandes inversiones públicas, como el ferrocarril, su crecimiento ha sido mucho menor, retrocediendo en buena parte del mundo en desarrollo. Estas mayores facilidades para el transporte, unidas a la liberalización y a la apertura económica externa ya mencionadas, han supuesto también un mayor contacto directo de personas que viajan, empresas de otros países que se instalan, técnicos que visitan, o personas del ámbito de la cooperación internacional. Todos ellos han propiciado un contacto muy directo entre realidades antes mucho más distantes en el imaginario de las sociedades empobrecidas, y tienen efectos por tanto sobre la mentalidad de las personas y producen efectos culturales y de atracción por motivos económicos.

Y por otra parte, el sector de las comunicaciones se puede decir que ha vivido una verdadera revolución, con avances extraordinarios en las dos últimas décadas del siglo XX. La extensión planetaria de los medios de comunicación de masas a través de señales satelitales ha permitido la llegada a todos los rincones del mundo de las comunicaciones que se realizan desde el mundo rico, haciendo llegar una información y una imagen -desde luego deformada- de ese mundo a millones de personas del mundo pobre. Al tiempo que el abaratamiento de los costes de los aparatos y su constante renovación tecnológica ha permitido la llegada de receptores de televisión a los puntos más insospechados del planeta.

Por otra parte los avances en la comunicación telefónica han sido revolucionarios, con el desarrollo acelerado de la telefonía móvil y por satélite, y con una notable extensión de las redes telefónicas previamente existentes. La fibra óptica y otros materiales han permitido el desarrollo de sistemas de tratamiento y procesamiento de la información que han hecho del acceso a la información en tiempo real no una quimera sino una realidad. Por último, un último avance revolucionario marca este comienza del siglo XXI: el desarrollo de internet, un sistema de comunicación y obtención de información instantánea, libre y barato.

Todos estos avances del campo de las comunicaciones han producido, de nuevo, un acercamiento entre los países de origen de los migrantes y aquellos a los que preferentemente se están dirigiendo que hace más sencilla tanto la posibilidad real de conocer, saber, comunicarse, conectar... como el viaje. Al mismo tiempo, de nuevo el imaginario de las sociedades pobres encuentra una mayor presencia del mundo rico y sus ventajas, pero no de sus miserias económicas, sociales o morales.

Así que un contexto de crisis del desarrollo, desesperanza y mayor conocimiento de las formas de vida en el mundo rico, junto con una serie de avances técnicos que han permitido acercar el imaginario del migrante a la realidad de la riqueza de los países ricos, nos ofrecen un escenario nuevo en el que la migración gana enteros como opción de vida para millones de personas del mundo en desarrollo. Factores que pocas veces se tienen en cuenta a la hora de comprender la realidad que impulsa hacia la salida del país del que los migrantes que viajan al norte son originarios, pero que son decisivos si se quiere abordar el hecho migratorio de una forma integral, tratando de que todas las personas puedan tener un futuro allá donde vivan, sea en su país de origen o en el de destino.


(*) Jaime Atienza Azcona (11-12-72) es economista, especialista en desarrollo. Coordinador de economía social y codesarrollo en Cáritas española. Trabajó (98-01) como coordinador de la campaña "Deuda externa ¿deuda eterna?". Autor y coautor de varios libros e informes sobre deuda externa, economía, cooperación y migraciones así como de artículos en diversas revistas y diarios (La deuda externa del mundo en desarrollo. Madrid, AKAL, 2002.). Participante en reuniones del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y las Naciones Unidas. Experiencia docente en cursos y seminarios en varias universidades españolas, y en consultoría en temas de cooperación para el desarrollo.



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