| Mapa del sitio | Portada | Redacción | Colabora | Enlaces | Buscador | Correo |
|
|
|
| 23 de diciembre del 2004 |
Jaime Atienza Azcona (*)
I. Tres aspectos de la globalización
Se debe distinguir en el proceso su contexto histórico, los avances científicos, y las decisiones humanas, que son las que marcan su naturaleza. Es precisamente el ámbito de las decisiones humanas, las normas, los organizamos internacionales, las relaciones económicas y políticas globales, y la suma de las conductas individuales lo que marca el resultado del proceso, y por tanto, aquello sobre lo que es -dada la trágica realidad que vivimos- imperativo influir para cambiar. Pero veamos estas tres caras más detenidamente: 1. El contexto histórico. Tras la Segunda Guerra Mundial, se organiza en torno al sistema de las Naciones Unidas un modelo de "cooperación basada en la competencia" entre las naciones. Sin embargo, los nuevos organismos que nacen en Bretton Woods, en el año 1944 con ese objetivo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), lo hacen supeditados al contexto histórico: los EEUU son la primera potencia mundial y se convierten en el socio mayoritario de ambas instituciones, imponiendo en ellas su propia visión del mundo. El comercio es declarado el factor esencial de progreso humano, y ambas instituciones tutelarán las políticas económicas de los países a cambio de créditos accesibles en momentos de emergencia. La segunda mitad del siglo XX está también marcada, hasta la llegada de los años 90, por el enfrentamiento de dos bloques: el comunista y el capitalista. Liderados por los Estados Unidos y la Unión Soviética, ofrecen respaldo y apoyo a los países pobres a cambio de su adhesión a uno u otro bloque. El derrumbe del bloque comunista -o su conversión a un sistema híbrido en China o Vietnam- ha dado paso a una etapa acrítica con el funcionamiento del capitalismo, minimizando sus deficiencias. Descartado el socialismo de estado -en decadencia desde años antes de la caída del muro de Berlín - se impone definitivamente el capitalismo en su versión más radical: el neoliberalismo, cuyos efectos negativos son cada vez más visibles. Mirado con perspectiva histórica, no parece un gran éxito que la vigencia poco contestada de unas ideas no pase de dos décadas y ofrezca un récord económico y social claramente negativo en el conjunto del mundo en desarrollo. 2. Los avances técnicos. Al referirnos a los avances técnicos y sus implicaciones directas sí estamos ante lo irreversible del proceso de globalización, destacando dos campos: las comunicaciones y el transporte. En el campo del transporte, se ha producido un cambio cualitativo, al aumentar de forma exponencial el número de conexiones entre diferentes puntos del planeta, y reducirse sustancialmente el coste del movimiento de bienes y de personas. En definitiva se ha hecho más fácil, más posible y más barato el desplazarse -personas y mercancías- por el planeta. En el campo de las comunicaciones hay quien llega a hablar de revolución. Las comunicaciones por satélite -telefónicas, radiofónicas, televisivas- han creado una interconexión informativa y de conocimiento mutuo extraordinaria. Y de un valor fabuloso también para el mundo de los negocios, al acelerarse gestiones, facilitarse encuentros, diálogo… Desde luego ha permitido que la realidad de las diferentes partes del mundo se conozca en el resto, haciendo menores las distancias, físicas y mentales. Así que hay un mayor conocimiento mutuo, flujo de información, flujo de capital, mercancías y seres humanos, algo con consecuencias muy diversas, como comprobaremos más adelante. Y la realidad de pobreza y riqueza en los diferentes países es cada día más mutuamente conocida. 3. Las decisiones humanas. Partiendo del contexto histórico presentado y de los avances de la técnica, las decisiones políticas -decisiones humanas, al fin- son las que marcan el carácter del proceso de globalización y determinan si el mismo es más o menos solidario, equitativo… Y esas decisiones pueden ser revisadas en cualquier momento, resultando ello posible y, en opinión de muchos, necesario. Dos opciones muy relacionadas entre sí marcan las últimas décadas y determinan las características del proceso de globalización: (a) La liberalización acelerada de ciertos mercados. Si el camino de una mayor liberalización nace del espíritu de Bretton Woods y permite al mundo alcanzar notables cotas de crecimiento en los años 50 y 60, es entre 1970 y el presente cuando ese proceso se acentúa y radicaliza. A la crisis económica producida por el aumento del precio del petróleo en los setenta, a la crisis industrial asociada y a la posterior crisis social y económica que fue la de la deuda externa gestada en los setenta, que estalla en 1982 y aún está sin resolver, desde el mundo industrializado se responde adoptando la decisión de avanzar en la liberalización. Si bien se trata de una liberalización selectiva hacia el interior -los países ricos, con Europa y Norteamérica a la cabeza subvencionan sectores económicos enteros, e imponen barreras arancelarias y no arancelarias- se promueve que sea indiscriminada para el mundo en desarrollo. Aprovechando las nuevas tecnologías, en los años 80 se diversifican los mercados financieros y se crean nuevas formas de mover el dinero para intentar aumentar su rentabilidad. Ante la madurez de sus mercados (es decir, la mayor dificultad para obtener beneficios altos por la elevada competencia), se amplía el campo de acción a la vez que se promueven condiciones en los países en desarrollo que ofrezcan seguridad suficiente para repatriar los beneficios y no someterse a controles -sean de capitales o laborales-. En definitiva se adapta la realidad de los países del Sur a las necesidades de rentabilizar el capital de los países del Norte. Ahora bien, esa forma de hacer se ve acompañada por toda una doctrina económica elaborada desde el FMI, que indica que el desarrollo llegará al Sur de la mano del capital exterior, así que esas reformas se dicen en beneficio de los propios países en desarrollo. En definitiva, este marco comporta una fuerte desregulación en los países en desarrollo y una competencia amplia y supervisada (mediante comisiones con un alto poder sancionador) funcionando junto con sectores completos con un alto grado de protección en el Norte. Sirva como ejemplo la política de subvenciones agrarias de la Unión Europea, cuyo monto sextuplica el total de la ayuda al desarrollo que circula de Norte a Sur cada año. Acercándonos al presente, este doble rasero es más visible que nunca en las negociaciones para la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en el que los países del Sur de América abrirán sus mercados de par en par a los productos de los EEUU (titular del 70% de la producción del continente), mientras no retira sus barreras arancelarias a más de trescientos productos sensibles. Un tratado, por cierto, aún en proceso de negociación y ante el que se está produciendo una creciente movilización social en buena parte de América Latina. (b) La reducción y deslegitimación del papel del estado en la sociedad y en la economía. De forma paralela a esa liberalización -selectiva y asimétrica- se ha consolidado, en el pensamiento y en la acción la deslegitimación del sector público como factor determinante de desarrollo -asumida en los 80 en el Consenso de Washington y matizada seriamente por el propio BM en el Consenso de Santiago, de finales de los 90-. En los ochenta se inició una etapa en que, por motivos económicos y políticos, se vaciaron de recursos y competencias los aparatos estatales para hacer frente al pago de la deuda externa, que se ha llevado los ingresos producidos en la privatización de numerosas empresas públicas, compradas a buen precio por empresas transnacionales, y garantizándose una posición dominante en telecomunicaciones, suministros eléctricos, subcontratación de servicios públicos, gestión del agua… En este punto se cruzan esas razones políticas: se consideró al estado ineficaz por definición, y al mercado adecuado para regular las relaciones económicas y sociales. Siempre habrá agentes del mercado interesados en invertir en cualquier sector y hacer de ello algo rentable, garantizar un mejor funcionamiento, más eficacia, menos costes… y menos impuestos. Ello explica el deterioro de los sistemas públicos de salud y educación, transportes… tanto en el norte como en el sur, al someterse a la ley del beneficio económico cuestiones anteriormente entendidas como derechos. II. El resultado El resultado de la suma de esas tres caras es el mundo en el que vivimos hoy, del que cabe destacar: - Un aumento creciente de la desigualdad. Ya sea en el ámbito internacional -entre las naciones más ricas y más pobres- como en el nacional -entre los sectores sociales más pudientes y menos favorecidos-. Una desigualdad palpable en el nivel de ingreso, pero que afecta a elementos esenciales del desarrollo humano, como el acceso a servicios sanitarios, educativos, a empleo, a vivienda, a activos productivos… Ni la desigualdad ni la pobreza son consecuencia del proceso de globalización, pero éste, sin duda, ha contribuido a agravarlos. - Aumento de la pobreza en el sur y desinterés por ello en el norte. El aumento de la pobreza en términos absolutos y relativos -excepto en China y la India en la última década- es un hecho que se ha acentuado merced al avance del proceso de globalización y ha ido acompañado de una alarmante desconsideración desde el norte hacia la gravedad de la situación en que viven -y mueren- millones de personas en el sur, que se ha plasmado en un retroceso de la ayuda al desarrollo y en el incumplimiento sistemático de aquellos acuerdos internacionales encaminados a corregir las desigualdades, reducir la pobreza… (compromisos de las cumbres de Río, Copenhague, Pekín…). En este sentido, nunca en los últimos cincuenta años el norte ha estado tan lejos de sentirse responsable en parte y actuar en consecuencia de los problemas que se viven en el sur, prefiriendo responsabilizar únicamente a los pobres de su propia pobreza. - Deterioro ambiental. Tal y como se constató en la cumbre sobre el desarrollo sostenible de Río de Janeiro en 1992 y en su segunda edición, en Johanesburgo en 2002, nos encontramos en una fase de acelerado deterioro ambiental del planeta. El cambio climático es un hecho: el calentamiento global -con el lento deshielo de los círculos polares-, el agujero de la capa de ozono, la tala masiva de bosques tropicales, la desaparición de numerosas especies y ecosistemas, el desecamiento del planeta o la previsible escasez futura de fuentes de agua potable son elementos que prueban la gravedad de ese deterioro ambiental. Que es causado principalmente por los excesivos niveles de producción y emisión de gases tóxicos de los países ricos y por la sobreexplotación de los recursos naturales en el sur principalmente a cargo de empresas transnacionales del norte. En muchos casos la presión para pagar el servicio de la deuda externa es lo que provoca que se sobreexploten las tierras, se talen los bosques y se vendan a bajo precio el suelo y la riqueza natural. El acelerado consumo de los recursos naturales tiene gravísimas consecuencias para las generaciones futuras, pues sobre ellos recaerán con mayor gravedad sus consecuencias, y ello ha llevado a hablar de la deuda ecológica que el mundo rico tiene con el sur, que crece día a día, a medida que somos responsables de un deterioro planetario que a todos afecta por igual. - Aumento de las migraciones sur-norte. Esta evolución planetaria ha dado lugar a una oleada migratoria muy singular desde el sur hacia el norte. Se ha reducido para muchos millones de personas en el sur la expectativa de tener en su propio entorno una vida digna. Millones de campesinos pobres sin un pedazo de tierra que cultivar, otros que no pueden vender sus productos, la caída de los niveles de empleo y las sucesivas crisis económicas y financieras que, a fin de cuentas, son crisis sociales, hacen que la salida a otros países sea una salida cada vez más frecuente. En España estamos viviendo de cerca este proceso, pero hasta ahora de forma mayoritaria se entiende la inmigración como un fenómeno que afecta a nuestro país, sin darnos cuenta de que es una consecuencia directa de esta globalización que no permite una vida digna para miles de millones de personas en el planeta. La migración del tiempo actual supone la más importante en términos de flujo sur-norte hacia países y zonas altamente pobladas y al margen de la existencia de vínculos coloniales. Factores ambos que fueron importantes en anteriores etapas migratorias. (*) Jaime Atienza Azcona (11-12-72) es economista, especialista en desarrollo. Coordinador de economía social y codesarrollo en Cáritas española. Trabajó (98-01) como coordinador de la campaña "Deuda externa ¿deuda eterna?". Autor y coautor de varios libros e informes sobre deuda externa, economía, cooperación y migraciones así como de artículos en diversas revistas y diarios (La deuda externa del mundo en desarrollo. Madrid, AKAL, 2002.). Participante en reuniones del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y las Naciones Unidas. Experiencia docente en cursos y seminarios en varias universidades españolas, y en consultoría en temas de cooperación para el desarrollo. |
|