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| 26 de diciembre del 2004 |
La Insignia. España, diciembre del 2004.
Israel se comporta como el patoso abusón de la clase. De uno en uno nos gana a todos. Pero en cuanto muchos de los pequeñajos logremos coordinarnos, una simple zancadilla les hará caer de su falso trono de miedo y arbitrariedad. Deportándome no lograrán callarme; deportando a un insignificante periodista independiente no lograrán que cientos de periodistas independientes de pequeños medios de comunicación y estómagos agradecidos de grandes corporaciones mediáticas le cuenten al mundo lo que suceda en Palestina a lo largo de esta campaña electoral.
¿Cuántos regímenes dictatoriales o aparentemente democráticos han intentado a lo largo de los últimos años cerrarles la boca, cortarles las manos, negarles la palabra, impedirles publicar, encarcelar e incluso asesinar a los periodistas independientes? Amplia es la nómina tanto en el tiempo como en el espacio. Desde el feroz anticomunismo de la caza de brujas de los EEUU de los 50 hasta los gulags soviéticos de la misma época; desde la gris dictadura del general Franco hasta la sangrienta Junta Militar argentina de los años 70. No resultaría difícil encontrar ejemplos de todo tipo de intentos por conseguir que el mundo no conozca lo que sucede en determinados países, pero todos ellos han fracasado. Ninguna dictadura, ningún gobierno, ningún tirano, ninguna seudodemocracia de las que en el mundo han sido, ha logrado ganarle la batalla a la prensa. E Israel no va ser más ni menos que ninguno de sus miserables predecesores. No va a ser capaz de aportar ninguna novedosa variedad represiva que tenga la misma mínima posibilidad de triunfar frente a la fuerza de la verdad y el esfuerzo de la cantidad de personas dispuestas a asumir cualquier tipo de riesgos o circunstancias complejas para denunciar las injusticias que se cometen en los territorios palestinos ocupados. Me pregunto si el gobierno de Israel realmente cree que negándole la entrada en el país a los periodistas independientes va a conseguir que el silencio cubra la vergüenza y la injusticia de su comportamiento hacia el pueblo palestino. Me pregunto si realmente creen que deportar a un periodista español servirá para actuar con más impunidad en su destrucción diaria de los territorios palestinos que ilegalmente ocupa desde 1967. Me pregunto también si las autoridades israelíes no son conscientes de que, pese a haberme impedido informar de la campaña de acompañamiento de los voluntarios internacionales del ISM (Movimiento de Solidaridad Internacional), en estos momentos casi 100 personas dispuestas a cubrir la información que yo me disponía a cubrir se encuentran en las diferentes sedes del ISM a lo largo de los territorios ocupados. Y lo que allí suceda saldrá al exterior quiera el gobierno israelí o no quiera. Se pongan como se pongan, nosotros ya hemos ganado. El mundo conocerá una vez más una verdad tan simple como que los palestinos tienen razón y que el comportamiento israelí se sostiene única y exclusivamente sobre el uso indiscriminado de la fuerza, el apoyo externo que los Estados Unidos le proporcionan a su comportamiento ilegal e injusto y el silencio cómplice de nuestra "humanitaria y comprensiva", pero inoperante, Unión Europea. Me pregunto, ¿hasta cuándo van a tener que soportar los palestinos tanta insidia? Todas estas preguntas no sirven más que para ridiculizar el patético comportamiento que los responsables del Ministerio de Defensa y de la policía fronteriza de Israel han tenido en lo relativo a la detención y la deportación de las que fui objeto el pasado miércoles 22 de diciembre en el aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv. La rabia me puede. El enfado me carcome. Pero deportándome no han logrado más que insuflarme más ánimo, si cabe, para poner todas mis fuerzas al servicio del desenmascaramiento de las mentiras del Estado de Israel y la presión para que sea castigado internacionalmente por su criminal comportamiento hacia el pueblo palestino. Cuando llegué al aeropuerto de Tel Aviv, la policía israelí me estaba esperando. Supongo que, en la escala en Estambul, los agentes que me interrogaron antes de permitirme embarcar con destino a Israel identificaron el evidente peligro de mis características (hombre español joven que viaja solo por segunda vez a Israel en el plazo de cuatro meses). Separado del resto de pasajeros antes incluso de tener la posibilidad de entregar mi pasaporte en la aduana, la policía me registró minuciosamente y hasta el más espantoso de los ridículos durante más de cinco horas . Una y otra vez. Abre y cierra la mochila. Una y otra vez el detector de no sé qué sobre mi cuerpo. Supongo que temerosos de que transportase alguna bomba o simplemente con el objetivo de ponerme nervioso de cara al interrogatorio. Y en ese momento uno se percata de la dificultad de mantener la entereza ante los avezados interrogadores israelíes. Mis interrogadores eran agentes del Ministerio de Defensa israelí y decidieron considerarme una "amenaza para la seguridad del Estado". Patético. Considerar que yo represento una amenaza para la seguridad del Estado de Israel no demuestra más que el infantilismo paranoide de sus mentes enfermas. Decidieron deportarme, pero deportarme sin orden judicial, deportarme sin procedimiento legal, impidiéndoles a la abogada israelí y a la embajada de España -que pretendían sacarme del centro de detención- presentar una apelación contra mi orden de expulsión del país. Negándoles los motivos por los que se me considera una "amenaza para la seguridad del Estado" y asegurándole al cónsul de España en Tel Aviv que el mío era un caso político y no legal. Reconociendo la alegalidad de su propio comportamiento. Los hechos que me afectan a mí, en cuanto informador, no tienen más importancia que lo meramente anecdótico y servirán para generar un poco de ruido en los reducidos círculos del activismo propalestino y de los medios de comunicación alternativos con los que colaboro. Mi caso no tiene mayor interés que el de un relato individual y no trasciende más allá de la frustación personal que cualquier persona con una necesidad física de contar lo que ve puede sentir cuando se la amordaza y se le impide trabajar. Pero más allá de lo meramente particular es posible extraer de mi caso determinadas verdades que merecen ser repetidas hasta la saciedad, bombardeadas con la insistencia y la pertinaz constancia de quienes no tienen demasiado que perder más allá de su propia credibilidad y la convicción de quien cree firmemente en la lucha de pueblo palestino por su libertad. Israel es un Estado que no puede bajo ninguna circunstancia homologarse con los regímenes democráticos con los que pretende relacionarse. Israel no es de ningún modo la única democracia de Oriente Medio como con tanta insistencia repiten ellos mismos y tantas mentes pacatas quieren creer en Europa, Estados Unidos y otros países. Israel no es un Estado democrático. Israel es un Estado asustado, un país que vive atenazado por la única fuerza que conoce capaz de mantenerlo unido: el miedo. Y los Estados atemorizados no son capaces de construir democracias. Los Estados que sólo son capaces de subsistir sintiéndose atacados e identificando amenazas que provienen de todas partes no pueden avanzar, sólo pueden encerrarse sobre sí mismos. Lamentablemente, en un Estado que surge con una justificación premoderna de origen bíblico y se cohesiona en torno al miedo a todo lo que venga del exterior, que no puede más que ser considerado como amenaza antisemita, la mezcla resultante no puede más que ser considerada enfermiza, paranoica y con un final seguro. Me viene a la cabeza que no resulta demasiado complejo encontrar paralelismos entre la persistente "securitización" en la que Israel se encierra y se atrapa falsamente a medida que su destrucción de Palestina se vuelve más y más injustificable y la misma persecución a la que el pueblo judío fue sometida en la Europa de los siglos XIX y XX. Deportar periodistas debería servirle a este Estado cobarde y victimista para que ninguno de nosotros hubiese tenido la oportunidad de ver las imágenes difundidas hace tan sólo unas semanas y en las que un soldado israelí obligaba a un violinista palestino a tocar para él en un puesto de control. Y aun deportando periodistas, estas imágenes salen al exterior. Lamentablemente somos testigos de cómo los soldados de las Fuerzas de Defensa israelíes se comportan con los palestinos del mismo modo que los nazis se portaron con los judíos el siglo pasado. Y esta triste afirmación no es un secreto propiedad de iniciados sino una verdad cantada a voces a lo largo del mundo entero. Los israelíes representan, en el Oriente Medio de comienzos del siglo XXI, lo que los nazis fueron en la Europa de los años 30 y 40 del siglo pasado. Cada vez lo sabe más gente. Cada vez les resultará más complicado esconderse y justificarse. A medida que pase el tiempo, los resistentes palestinos aparecerán, incluso en la tan manipulada prensa internacional, como lo que realmente son: luchadores por la libertad de su pueblo. Y los israelíes pasaran a la historia con la imagen que se ganan día a día: unos verdaderos terroristas. Tiempo al tiempo. Israel acabará doblegado. Sus mentiras son demasiado evidentes. Sus castigos colectivos sobre la población palestina son ignominiosos y el muro de apartheid con el que encierran Cisjordania caerá. Llegará un día en que el checkpoint de Calandia no será más que un museo de los horrores que los escolares visiterán para conocer lo que nunca más debe suceder, al igual que hoy se visitan los campos de Auschwitz o Buchenwald o el checkpoint Charlie de Berlín. Y ese día yo estaré allí para verlo y contarlo. Mientras tanto, los agentes del Ministerio de Defensa que hace apenas 48 horas me deportaron de Israel no sabrán donde esconderse de la justicia internacional. Que no lo duden. Los palestinos tendrán su Estado y yo volveré para disfrutarlo junto a ellos, sin necesidad de volver a pisar el aeropuerto Ben Gurion en toda mi vida. Que disfruten de su prepotencia, porque ya no puede durar demasiado tiempo. |
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